viernes, 26 de noviembre de 2010

La tele me engorda pero yo pensaba que la cámara me adoraba

Pero qué le vamos a hacer. Por supuesto, en la entrevista llevo la camiseta del NaNoWriMo, porque si me hacían la entrevista en noviembre, no podía no llevarla:

sábado, 20 de noviembre de 2010

Vida literaria (que no es lo mismo que literatura)

Qué jartito estoy de mí, narices.

Mira que, para empezar, uno que se cree blogger tiene que empezar por lo obvio: el egocentrismo. Si no es para hablar de mí, de lo que pienso, de lo que veo o de lo que opino, ¿para qué iba a tener un blog?

Y, para continuar, uno que se cree proyecto de escritor ha de continuar con lo todavía más obvio: el egocentrismo. Porque, a fin de cuentas, aunque no seamos conscientes, aunque no queramos hacerlo, cuando contamos algo, lo hacemos tiñéndolo por completo de nuestra subjetividad, así que, al final, también estamos hablando de nosotros mismos. De una manera muy velada, claro, en el caso de las novelas, pero de nosotros al fin y al cabo.

Y, en fin, es lo que llevo haciendo sin parar en estos dos últimos meses.

Me han entrevistado para la prensa (podéis leer una de las entrevistas aquí), para la radio (próximamente subiré la entrevista), el lunes que viene grabamos un reportaje para la tele, he dado una charla en un instituto, he presentado la novela (próximamente, cuando recuerde cómo fue porque no me acuerdo de nada de nada de la noche, os haré crónica) y todo eso ha hecho que, cada vez más gente, comenzara a preguntarme por mí y por mi oficio de proyecto de escritor.

Me gusta, no voy a negarlo, a nadie le disgusta su poquito de atención ni el hecho de que se le reconozca su trabajo. Aparte de que, claro, sigue siendo un sueño el hecho de que mi primera novela haya salido a la luz y, aunque me canse, sí que me gusta hablar de mí mismo, no voy a negarlo.

Y disfruto de las entrevistas y de hablar en público. Y jamás pensé que pudiera llegar a cansarme.

Pero es eso, disfruto de ellos, en el momento, cuando lo estoy haciendo.

Después, al llegar a casa, te viene la oleada enorme de, no sé cómo llamarlo, ¿"visibilidad"? y te da el canguelo. Más que nada porque, no sé, se me ocurren cientos de cosas más importantes de las que hablar que de uno mismo. Y aunque siempre he dicho que "los aplausos me ponen", al final, el otro día, en la presentación me di cuenta de que no tenían tanto valor porque, en su amplia mayoría, venían de gente conocida, de gente querida y que te quiere. Y, claro, ¿cómo no van a aplaudirte los que te quieren?

¡Si yo a los que quiero procuro aplaudirles diariamente!

Se me ocurrió que no quería que me aplaudieran a mí porque si eso hubiera sido así, me habría hecho cantante, actor de teatro o playmate. Sin embargo, al final, ha caído lo de ser proyecto de escritor y cuando uno es proyecto de escritor, lo que quiere que aplaudan (si acaso hay algo a lo que aplaudir) es a la novela, ¿no? al trabajo que has hecho.

Supongo que, al final, como todo, el hecho de que me hayan publicado lo único que ha hecho es colocar las cosas en su sitio. La realidad siempre se impone y te da bofetadas y te hace madurar.

Me alegro de que haya sido así.

Así que voy a tener que desdecirme de lo que dije en la entrada anterior. Publicar sí que te cambia la vida y, en mi caso, ha sido para bien porque me ha hecho darme cuenta de que no es lo mismo literatura que vida literaria.

Eso no quiere decir que la vida literaria no me guste. Me gusta hablar de literatura, me gusta que se me reconozca como escritor y que la gente me pregunte por mí y por mi libro. Pero eso no lo es todo. Me gusta más la literatura. Ser lector. Ser proyecto de escritor. En la intimidad, en mi casa, disfrutando con las historias y con los personajes.

Eso es lo realmente importante. No hablar de ello por muchas alegrías que eso traiga.

Así que, aunque os pido disculpas por mi silencio, no os lo toméis como tal. Como digo en mi novela, hay varios tipos de silencios. Y este ha sido un silencio agradable, un silencio en compañía, un silencio fruto de haber compartido muchas palabras previamente. El hecho de estar en silencio con alguien sin que este silencio sea incómodo y uno esté a gusto no es más que la muestra de confianza, complididad.

Es como volver a casa.

Y esta, de alguna manera, es mi casa y vosotros siempre tenéis las puertas abiertas.

Aunque sea para compartir el silencio conmigo.

Gracias por seguir por aquí. Seguiremos dando guerra.

Y ahora es cuando vienen los aplausos, claro.

viernes, 15 de octubre de 2010

No te cambia la vida

Me he levantado esta mañana con esa afirmación en la cabeza y no he dejado de darle vueltas en todo el día: "publicar no te cambia la vida". Lleva así, repitiéndose desde el desayuno, como un rurún incesante que ha hecho que se me removiera todo por dentro y que ciertos engranajes oxidados comenzaran a girar y a chirriar y a hacer ruido (¡que no cunda el pánico! No. No soy un robot. Es que mi cerebro hace ese ruido por falta de uso)

No te cambia la vida. Y es cierto. Creo que ahora mismo no hay verdad más grande que esa. Publicar no cambia tus gustos, ni tus rutinas. Tampoco a la gente a la que quieres ni lo que deseas hacer con tu día a día. Puede parecer bastante incoherente con toda la tralla que llevo dando estos últimos meses con la publicación de Ne obliviscaris y con la obsesión que ha supuesto para mí todo el proceso (no porque sea algo con lo que obsesionarse, no os preocupéis, porque es que yo me obsesiono con todo lo que emprendo debido a mi jodido afán de perfección congénito).

Tengo un libro. Es un sueño cumplido y no voy a negarlo. Pero de la emoción del principio (que era una cumbre) se van pasando por diversos estadíos hasta llegar, supongo, a un equilibrio. No sé, ni siquiera ha salido oficialmente la novela al mercado (sale durante esta semana... o la siguiente, no tengo la menor idea. Supongo que esto es lo que tiene lidiar con editoriales grandes) y ya me estoy planteando estas cosas.

La vida es la misma. Todo sigue igual. Y no es que me moleste. Al contrario: es lo que quiero. Eso no quita que no me preocupe por que la novela guste o no guste, por que llegue a las librerías, por que sea visible, por que se reseñe... yo qué sé... por que ocurra lo mejor que pueda ocurrir. Es normal. Es humano. Soy humano. Pero al mismo tiempo, me cansa, me agota, me exaspera mi entrega.

Suelo jactarme de que soy un tipo bastante práctico. Y lo soy. Pero, al mismo tiempo, con todo esto de la escritura me vuelvo demasiado pasional. Y no es que me moleste, al contrario, es necesaria la pasión y me encanta. Pero, de nuevo, bienvenidas sean las contradicciones, porque me molesta serlo. Me molesta que me preocupe algo que no puedo controlar. Me molesta que haya veces en las que me importe tanto.

Hoy ha llegado un momento en el que me he hartado de mí mismo y de mi novela. En serio. Y entonces he encontrado la paz: No te cambia la vida. Ni quiero que lo haga, porque lo de escribir es un rasgo más de todos los que me definen y lo de publicar, al final, por mucho que se desee, es algo completamente secundario. Sí, satisface cuando te dan la noticia. Supongo que satisfará cuando me comenten algo mis futuros lectores, pero ahora mismo no sé si esto no es más que un culto egocéntrico y masturbatorio que algo que sea realmente un derivado de la escritura. 

Y entonces, ahora, después de irme a beber un vaso de agua (es que he hecho una pausa porque, la verdad, no tenía la menor idea de hacia dónde quería que fuera esta entrada al ponerme a escribirla porque solo lo he hecho para ver si se me aclaraba un poco la mente) me he dado cuenta de algo importante. Escribir es que no tiene que cambiarte la vida. Mucho menos que te publiquen. En todo caso, si por algo es importante que te publiquen un libro y que se lo lea alguien que no es tu madre, es para que le cambie la vida a esa persona. No a ti.

Lo demás, supongo y me declaro completamente culpable si es así, no es más que lo dicho ahí arriba: una masturbación un poco enfermiza.

sábado, 25 de septiembre de 2010

De viajes y bandas sonoras

La música siempre ha sido muy importante para mí. Soy de los que les pone banda sonora a los momentos de su vida, a los años, a los momentos importantes... No hay un momento en el que no haya una canción rondándome en la cabeza y, cuando me sucede algo, es imposible desligar esa canción del acontecimiento.

De hecho, yo soy de los que piensa que la vida debería ser un musical: ir por la calle, darle al play y que todo se confabulara para acompañarte en un número musical magnífico acorde con tu estado de ánimo.¿Que estás contento? Pues todos a cantar y a bailar como si no hubiera un mañana. ¿Que estás tan desesperado que te gustaría cortarte las venas y que el viento te zarandeara como una hoja de otoño y que el cielo se pusiera gris? Pues nada, que se ponga a llover para que tú te marques un número lacrimógeno y expresivo merecedor de un Tony.

Así pues, si me pasa eso con la vida, con las novelas no podía ser menos. Normalmente pasa un año desde que me planteo escribir una novela hasta que la pongo en papel. Ese año, claro, la novela se convierte en una obsesión y todo lo que vivo, lo que leo, lo que me pasa, lo que disfruto o lo que me llega, me lleva a pensar en la novela y, por supuesto, la música no podía ser menos.

Por eso, siempre comienzo creando una lista de reproducción en el itunes donde voy añadiendo cualquier canción que me haya recordado al proyecto que tengo entre manos, ya sea por su melodía, por su letra, por lo que me hace sentir... Al final, después de un año, acabo teniendo una recopilación extensa basada en la novela y que después escucho en bucle mientras estoy escribiendo. No falla. Siempre acaba inspirándome. Cada escena tiene su canción, así como lo tiene su personaje. Es un modo más de caracterizarlos.

Como sabéis, soy un poco friki y, sobre todo para las últimas novelas que he escrito, que se adaptan más a la literatura juvenil, las bandas sonoras de videojuegos han sido mi mejor inspiración. Tienen un espectro tan amplio que es imposible no encontrar una canción que se adapte a lo que necesitas. Y, además, como son instrumentales, no tienen letra que te distraiga mientras escribes. Lo tienen todo. Y a mí me gustan.

Me gustan tanto como la banda sonora que, finalmente, ha quedado para Ne obliviscaris, que os presento ahora y que podréis escuchar en la web de la novela. ¡Espero que la disfrutéis!


 Además, ayer recibí el primer ejemplar de Ne obliviscaris. No me lo esperaba tan pronto. Me habían dicho desde la editorial que no recibiría mis ejemplares correspondientes ni los de la promoción hasta principios de octubre, pero a mi editor (que ha llegado a conocerme bien y sabe lo intolerante a la incertidumbre y lo impaciente que puedo llegar a ser) se le ocurrió mandarme uno de los primeros que les han llegado a ellos.

El corazón empezó a latirme en cuanto abrí el buzón y vi el sobre marrón de la editorial Edelvives. No podía ser otra cosa más que mi novela, así que el viaje en ascensor se me hizo más largo de lo normal, tiré la bandolera al suelo, dejé las gafas de sol en algún sitio que ahora no recuerdo y de donde todavía no las he rescatado y me fui directo al salón para abrirlo.



Tengo un libro.

Es una frase que todavía no me voy a acostumbrar a decir. Mucho menos a creer.

Y me voy diez días a Sicilia con mis alumnos. Entre otras cosas, voy a ver si me uno a la mafia. Que El Padrino es una de mis películas favoritas y, qué le vamos a hacer, uno es un fetichista para todo...
Portaos bien hasta mi vuelta!!

sábado, 18 de septiembre de 2010

Obli

Cuando estuve en Escocia hace dos años, visité el pueblo de Inveraray, que es uno de los lugares más encantadores en los que he estado nunca. Allí, visité su castillo, perteneciente a los duques de Argyll y, entonces, sin darme cuenta, lo encontré.

En aquellos meses, estaba completamente inmerso en la escritura de la novela y, por lo tanto, estaba obsesionado hasta el tuétano. Y cuando entré en ese castillo y descubrí que el lema de la familia (recordad que todos los clanes escoceses tienen un lema) era Ne Obliviscaris y que ese lema significaba "nunca olvidar", supe que había encontrado título para mi novela. El título perfecto, además, porque inconscientemente, creo que buscaba algo que sonara a latín.
Sin embargo, para hablar de ella, sonaba demasiado largo y no sé si fui yo o si fue Adhara quien empezó llamando Obli a la novela.

Así pues (y dado que hay un grupo de heavy metal que se llama igual), la página web de Ne Obliviscaris solo podía llamarse así.

Y aquí os la presento:


Bienvenidos a la página web de Ne Obliviscaris, mi novela.

Me hace una ilusión tremenda que me hayáis acompañado hasta este momento, porque no sería ni la mitad de divertido si no lo pudiera compartir con vosotros.

Así como me hace la misma ilusión poder mostrar hoy en este blog, por primera vez, su portada. Tengo que reconocer que, antes de que me la mostraran, estaba acojonado porque no sabía de qué modo el equipo de diseño iría a interpretar la novela. No era fácil de ilustrar, la verdad. Pero mi editor me decía que siempre lo lograban y yo confiaba en él.

Y no me equivoqué.

No se me ocurre imagen mejor con la que presentaros, por fin, Ne Obliviscaris. Espero que os guste:

viernes, 17 de septiembre de 2010

Emociones

No sé cómo empezar esta entrada, pero es que tiene que haber pocas palabras que definan con exactitud la emoción que sentí ayer cuando entré en el aula de 4º de ESO y me encontré escrito en la pizarra el título de mi novela junto al del Príncipe destronado del gran Delibes.

Resulta que mis compañeros de lengua la han escogido como "lectura obligatoria" (¡cómo detesto este término!) para ese curso y yo no sé cómo agradecerles esa confianza.

Tuve que contener las lágrimas de la emoción. Más que nada porque no es plan que los alumnos te vean llorar el primer día. Que ocurra el tercero, o el cuarto, vale, pero el primero, no. ¡Que uno tiene una reputación de tipo duro que mantener durante, al menos, la primera semana!

Así que ya es real. Ne Obliviscaris sale a la venta a mediados del mes que viene y reboto (todavía más) por las paredes de la emoción.

Estad atentos a vuestras pantallas porque, desde la editorial, me han dado el visto bueno para hacer públicas la portada y la sinopsis. Cosa que haré mañana a través de una web que hemos creado para la novela.

Espero que me acompañéis. Todo esto no sería lo mismo sin vosotros.

viernes, 3 de septiembre de 2010

El menor espectáculo del mundo

Y como comienza septiembre y para mí termina el año y uno se pasa los días haciendo balance, ya he llegado a la conclusión que siempre me gusta tomar por estas fechas.

Esta vez ha sido fácil: El mejor libro que he leído este año ha sido El menor espectáculo del mundo, volumen recopilatorio de cuentos de Félix J. Palma que ha editado Páginas de Espuma y que ya estáis tardando en conseguir. Si no lo hacéis, pienso ir a visitaros por las noches con una capa negra, unos colmillos de pega y una carcajada maléfica que suene algo así como esta... O, esperad, mejor no, que como están de moda los vampiros, no vaya a ser que os enamoréis de mí y acabéis violándome y esas cosas, que uno es muy recatadito cuando quiere.

(Paula Prendes, Sara Carbonero o Angelina Jolie, si vosotras estáis leyendo esto, no os preocupéis que lo anterior no va por vosotras. Me visto de vampiro lujurioso cuando queráis)

(Y ahora, de nuevo, este blog se llenará de visitantes pajilleros que sufrirán la mayor decepción de sus vidas al no encontrárselas)

El año pasado no fue fácil porque se me juntaron Los juegos del hambre de Suzanne Collins, el Curso de Literatura Europea de Nabokov y Paraíso inhabitado de Ana María Matute en el top 3 del ránking, pero acabó venciendo por goleada la distopía de Collins.

En fin, a lo que íbamos.

No soy un gran escritor de cuentos. Como ya he contado mil veces por aquí (y es que siendo casi del sur de la península, es normal que se me haya pegado algo del gazpacho y no pueda evitar no repetirme), escribir cuentos me agota psíquicamente. Muchas veces tardo más en escribir un cuento que en escribir varios capítulos de una novela. Cada vez que me apetece escribir un cuento, acaba entrándome tal ansiedad, que tengo que dejarlo para respirar durante unos días. Y es que eso de intentar que una obra sea perfecta desde la primera a la última palabra cuando no se cuentan con muchas para despistar al lector no es nada fácil.

Por eso valoro sobremanera cuando me encuentro con un libro de la categoría del de Félix. Perfectos relatos desde el primero al último. Tanto, que ahora mismo, no sabría con cuál de ellos quedarme. Aunque, quizá, precisamente por su lugar en el libro, me quedo con el último.

Para empezar, me gusta que todos los relatos tengan un nexo común tanto formal como temático. Esas voces masculinas tan bien orquestadas que van desgranando poco a poco sus historias fueron lo primero que me convenció. No sé si quizá es porque yo no he leído muchos ejemplares del género, pero no me parece que actualmente abunden las voces masculinas en los cuentos. Y, a decir verdad, en la narrativa en general. (nuestro género sexual no está de moda, qué le vamos a hacer. Como me dijo Adhara cuando intentaba publicar CarPa: eres hombre, tienes entre veinticinco y cuarenta años y eres heterosexual. Lo tienes todo para no destacar en nada).

Así que, para mí, escuchar las voces de Palma es algo que agradecí mucho. Aunque parezca una tontería (y, en parte, lo es), el hecho de escuchar unas voces tan claras pertenecientes a unos personajes tan bien definidos con los que comparto sexo y atracciones, me hizo mucho más fácil adentrarme en su universo.

En segundo lugar, evidentemente, el tema: un amor tan actual como variopinto, con tantos matices ante los que es imposible no sonreír con complicidad, ni identificarse con, al menos, una idea de las muchas que pueblan los relatos (el de la carta de Kafka me enamoró de principio a fin. Leí a mis alumnos algunos trozos y, sorprendentemente, pidieron más).

Esta es una recomendación en toda regla acerca de la que no puedo profundizar más porque ahora mismo, en esta habitación, probablemente estemos a treinta grados y acaba de empezar septiembre, así que no me pidáis que piense con claridad. Dadme mi tiempo.

Dadle una oportunidad. Esa portada tan preciosa, esa edición tan cuidada (como suele hacer esa editorial), todas esas historias se merecen un hueco en vuestras estanterias.

A ver si termina siendo también vuestra mejor lectura del año en curso. Porque la del año que viene ya está clara, ¿verdad? Ne Obliviscaris, que para algo la publicaremos antes de navidad y para algo se la compraréis a vuestra abuela, a vuestra tía, a vuestro vecino el ermitaño del quinto y a todos vuestros conocidos. Reconocedlo, no se os ocurre un mejor regalo.

Y cuando yo cuente tres, despertaréis.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Septiembre

Diga lo que diga el calendario, el año comienza en septiembre.

Porque, vamos a ver, ¿acaso en enero se produce algún cambio? La verdad es que no. Y, vale, de acuerdo, lo acepto. Mucho tiene que ver el ser profesor para que yo haga tal afirmación, pero es que, si te paras a pensarlo, es así. En verano, el tiempo se detiene. O va más lento... o más rápido si tienes vacaciones, pero en cualquier caso, se produce una distorsión de la visión que nosotros tenemos de nuestro día a día.

Y es en septiembre cuando sentimos esa sensación de renovación y retorno que, al mismo tiempo, emociona, da cosquillas en el estómago y asusta. En septiembre es cuando se produce la renovación.

(El crucero, bien. Muy bien. Es probablemente lo más kistch y hortera en lo que he participado en mi vida, pero una vez te metes en el mundillo del barco y de tedas arrastrar, te lo pasas teta)

Por eso, no se me ocurre fecha mejor que hoy, día uno de septiembre, para cambiar el diseño del blog y para presentaros ese ataque tan grande de egocentrismo que me ha dado y que me ha hecho capaz de perpetrar mi página personal:


No es que sea gran cosa teniendo en cuenta mis rudimentarios conocimientos de HTML, pero da el pego.

El curso se presenta lleno de ilusiones: Me iré diez días a Sicilia acompañando a varios alumnos; en breve recibiré mis ejemplares de Ne Obliviscaris; imagino que habrá presentación de la novela,; estoy preparando su página web; sigo escribiendo esa adaptación literaria de la que ya os hablé y que tanto me está gustando recrear; acaba de salir el número nueve de la revista Prosofagia, donde participo con un artículo en el que cuento mi experiencia desde que el manuscrito llegó a la editorial; mañana quedaré con mis compañeras y amigas de Cinco a las Cinco y, además, es el día en el que sale a la venta Sinsajo, la tercera parte de la gran trilogía de los Juegos del hambre, por Suzanne Collins y al que le tengo unas ganas que no veáis...

Si acaso eso no es un comienzo, que venga Alanis y lo vea.

Así pues, declaro inaugurado este nuevo año:

Sin embargo, justo antes de perder del todo la consciencia, en mitad del silencio de la casa, sientes el frío de septiembre, el aire de la noche que arrastra la luz y el polen de oro.

Y te duermes, por fin, sabiendo definitivamente que mañana no va a ser otro día.

Septiembre (Finalista del XIII Premio Ana María Matute)
Pilar Galán. Manual de Ortografía. Editorial de la luna libros, 2003.

martes, 17 de agosto de 2010

De viaje

Por fin se han calmado las cosas. La verdad es que, hasta hace unas semanas, el verano ha sido de todo menos tranquilito. Pero, bueno, a veces la vida se impone y hay que pasar a través.

Y como yo soy más chulo que un ocho, mañana parto hacia Málaga a disfrutar de su feria. Aunque esa es solo la excusa, porque en realidad voy a Málaga ya que el sábado montaré en este barco para irme de crucero por el Mediterráneo.

Soy débil.

Lo sé.

Pero es que mi novia y yo no nos poníamos de acuerdo en las vacaciones. A mí, como siempre, me apetecía colgarme la mochila y patearme ciudades. Ella prefería playa.

Así que, como uno no es tonto, le sugerí la idea del crucero, que (aunque algo pija, para qué vamos a engañarnos) se adaptaba a ambas apetencias.

Yo suelo marearme en estas sillas de despacho que tienen ruedas y como haga un movimiento brusco, ya estoy con náuseas y ganas de vomitar, así que lo de montar en barco va a ser... interesante.

Si en las noticias véis que el Mediterráneo se está cubriendo de una sustancia rosada y viscosa, no busquéis culpable. Lo tenéis delante. Será por mi vómito.

Pero no creáis que estoy perdiendo el tiempo, no. En mi verano se ha cruzado un proyecto que ni esperaba y que estoy disfrutando como un niño pequeño.

Veréis, desde la agencia me sugirieron que me presentara a un concurso de adaptaciones de clásicos literarios para lectores juveniles y he aceptado. La verdad es que en cuanto me lo propusieron, un libro se me plantó en la cabeza y ya no pude quitármelo.

¿No habéis tenido nunca esa sensación de haber leído algo y pensar inmediatamente: "joder, me encantaría haber escrito esto"?

A mí me ha pasado muchas veces. De hecho, me ocurre casi diariamente. Soy así de envidioso.

Así que, ya que me daban la oportunidad, desempolvé mis apuntes de la carrera, saqué del armario el ejemplar de esa novela (que ya tenía bien iluminado a lápiz, a fluorescente, lleno de notas y con miles de post-its), retomé mis guías de lectura, me compré todas las ediciones audiovisuales que de dicha obra se han hecho y me puse manos a la obra.

Y la verdad es que lo llevo bastante avanzado.

No sé si lo estoy haciendo bien o mal, porque lo de las adaptaciones literarias es algo que no he hecho nunca, pero sí que estoy disfrutando al contar mi propia versión de esa historia que tanto me gusta, embarcándome de nuevo en los textos de esa autora a la que admiro, y sumergiéndome por primera vez en esa época, la de la Regencia en Inglaterra (y ya estoy dando muchas pistas), que me apasiona.

Pienso llevarme el cuaderno al crucero, que seguramente allí, sobre la cubierta, al borde de la piscina y con una caipirinha entre los labios, lo de escribir también sale bien.

Portaos bien y cuidadme el chiringuito hasta mi vuelta, que yo me acordaré de vosotros.

Y, además, como de viajes va la cosa, aquí os dejo mi última intervención radiofónica, que demuestra una vez más que, si a mí me dan un micro, me pongo tonto. Esta vez, sobre mi viaje a Finlandia:

martes, 10 de agosto de 2010

En la radio

La verdad es que después de mi trauma con la de radio taxi (cada vez que llamo se despide de mí con un "hasta luego, bonita" o un "que te vaya bien, mi niña") pensaba que no iba a gustarme el tema de la radio (también estoy acostumbrado a que en los números de atención al cliente, los pobres teleoperadores tarden de media entre uno y dos minutos en darse cuenta de que están hablando con "el señor Alcalá", no con "la señora Alcalá"), pero como uno ya no tiene traumas por nada y le ponen un micro delante y se pone tonto, tengo que reconocer que me divertí muchísimo hablando con Kanuto y con José Carlos Macías. Me divertí tanto, de hecho, que este jueves vuelvo.

Aquí os dejo la entrevista por si no pudisteis escucharla. Perdonadme el uso de palabras malsonantes, uno es así de basto hasta cuando habla en público.


video

De todos modos, os recomiendo escuchar todas las tardes el programa Los dos de la tarde, de 16:00 a 18:00 en Canal Extremadura Radio, porque estoy convencido de que pasaréis un buenísimo rato. Podéis escucharlo aquí.

miércoles, 4 de agosto de 2010

Breves!

Entre vacaciones, cañitas, piscinas, un cachorrito del que soy padrino y que me ha sido adjudicado mientras sus "padres" estaban de viaje de novios, más cañitas, organización de nuevos proyectos y demás, ando que no paro.

Pero llego a tiempo para anunciaros que, esta tarde a eso de las 17:00 o 17:30, hora peninsular, estaré en el programa Los dos de la tarde en Canal Extremadura Radio, donde charlaré un rato con Kanuto y José Carlos Macías acerca de todo esto que es escribir. Podréis escucharlo online aquí. ¡No os lo perdáis!

Y como diría ese gran gurú de nuestro tiempo que es Terminator: ¡Volveré!

martes, 27 de julio de 2010

Habemus portadam

Había un momento en todo este proceso de edición de una novela en el que no había pensado realmente. Bueno, vale, sí que lo había pensado, pero no le daba prioridad. Durante el proceso de corrección y de edición de la novela, me he obsesionado hasta tal punto con el pulido del texto que todo lo demás pasaba a un punto completamente secundario.

Sin embargo, cuando ayer recibí la portada definitiva de Ne Obliviscaris en mi bandeja de entrada, no pude evitar ponerme a temblar de la emoción.

Siempre he sido muy fetichista y, muchas veces, he escogido un libro por su portada. Me gusta su estética, el hecho de que existan, de que estén en mi casa (de hecho, lo que he ganado con el anticipo de la novela lo he invertido en crear la biblioteca-habitación de invitados de mi casa, porque no podía soportar que mis libros llevaran casi un año en cajas y quería lucirlos) así que, el hecho de recibir la que sería la carta de presentación de mi novela, usando otra lengua que a veces se antepone al castellano en mi cabeza y por eso a veces tengo que corregir tanto, sent shivers down my spine.

La portada me encanta. El equipo de diseño de Edelvives ha sabido captar a la perfección el quid de la novela y no puedo estar más contento. De hecho, ya me he puesto la imagen de cubierta de fondo de escritorio y de fondo del iphone porque soy así de egocéntrico.

Da vértigo.

Da vértigo ver cómo algo que has creado tú está dejando de pertenecerte, que alguien que no eres tú haya cogido el texto y haya creado otra cosa a partir de él. pensarlo es un poco perturbador. Como si alguien sin derecho hubiera cogido algo tuyo, pero al mismo tiempo es emocionante porque, precisamente, no conoces a ese alguien y ese alguien ha creado algo a partir de lo tuyo.

Estoy deseando enseñárosla pero todavía no sé cuándo puedo hacerla pública. Eso sí, en cuanto pueda, seréis los primeros en conocerla.

viernes, 9 de julio de 2010

Galeradas

La verdad es que hasta la palabra es bonita, "galeradas", como si aludiera a uno de esos barcos piratas de la canción que me viene ahora a la cabeza "galeradas, a remar" o algo así.

Es cierto, no podría estar más acertada la letra de la canción porque para llegar a verlas hay que remar, y mucho. Y después de verlas también.

Porque, señoras y señores, hace una semana recibí mis galeradas en el correo electrónico y si ya había estado rebotando por las paredes antes de recibirlas, al hacerlo volví a rebotar con doble efecto, looping mortal y salto del tigre incluido.

La verdad es que ver lo que has escrito tal cual va a quedar, con su letra redondita, sus capítulos ordenados con la fuente elegida, los márgenes, las dedicatorias, los agradecimientos, ¡El ISBN!, la ficha para bibliotecas... hace una ilusión que no podéis imaginaros. Si ya queda bonito en PDF no quiero ni imaginar cómo quedará cuando esté impreso.

Pero, claro, no todo podía ser tan bonito, porque el hecho de recibirlas solo podía significar una cosa: había que revisarlas. ¡Otra vez!

Pero no pesa, es algo que llevo queriendo hacer casi que desde tengo uso de razón.

Así que, a ello me puse, aunque los ojos se me cayeran de sus cuencas al resbalarse por el sudor (vivo en Extremadura, lo del calor está a la orden del día). Y, bueno, la verdad es que no hubo mucho que apuntar. Una mayúscula descolocada, un par de párrafos que estaban "más arriba de lo debido" porque separaban escenas, un error de tilde en una palabra en francés (en el índice: porque hay índice al final!) y poco más.

Así que, ya está hecho, ya he revisado las galeradas. Ya he recibido la sinopsis que irá en la contraportada. Ya he recibido la "biografía" que irá en la cuarta de cubierta.

Ya queda menos para ver finalizado el proceso y no puedo esperar para contaros más, para hablaros por fin de la novela, de sus personajes, de por qué elegí esa trama, del porqué de tantas cosas que estoy deseando que la editorial me dé luz verde para bombardear la red con información.

Así que, estad atentos, porque os hartaréis de Ne Obliviscaris.

(Espero que no)

PD: Y os recuerdo que ya salió el número de Junio de la revista Prosofagia, dedicado al mundo editorial y con una mención que me hace mucha ilusión en el apartado de noticias. No os la perdáis, porque este número va en la línea de los anteriores: colosal.

martes, 29 de junio de 2010

Rebotando por las paredes (literalmente)

A mí el verano me da un subidón marujil que ya lo querrían para sí las señoras que se ponen una bolsa en la cabeza y ven a Ana Rosa Quintana (atentos a las vergonzosas búsquedas a través de las que los salidos de turno llegarán a mi blog después de esta mención) mientras comen patatas fritas del Mercadona.

Desde que me dieron las vacaciones, he llevado a la tintorería alfombras, fundas nórdicas, sábanas... he intentado hacer limpieza, la he hecho, la he vuelto a hacer; estoy planeando pintar una habitación (y convertirla en pseudobiblioteca porque mis libros llevan casi un año metidos en cajas y no es plan); he instalado yo solo un aparato de aire acondicionado...

Vamos, que me pongo un delantal y podría unirme al club de Gracita Morales y Rafaela Aparicio e irme de copas con ellas por las noches después de terminar la tarea, para comentar lo mal que está el servicio y el batín tan elegante que llevaba puesto el señorito durante el desayuno.

Pero es que siempre me pasa igual al comienzo y al finalizar el verano. No sé por qué, supongo que es porque termina el curso y hay como deseos de tirar a la basura todo lo pasado, de limpiar el estrés de junio y de quedarse con lo necesario de cara al proceso de renovación que siempre sucede en septiembre.

Además es que estoy tan ansioso que tengo que ocupar mi tiempo con algo. Aparte de por ser opositor consorte, estoy nerviosito porque en teoría la semana que viene corrijo galeradas y no puedo estar más impaciente.

Ahora mismo, después de las mil revisiones que le hicimos a la novela entre el editor y yo durante el mes de mayo, le está echando un ojo la correctora de la editorial (después de haber pasado un proceso previo de maquetación y de revisión por parte del editor jefazo) por si se nos ha pasado alguna errata o error de concordancia o váyase usted a saber qué.

Este miércoles terminará esta revisión y volverá a echarle un vistazo el editor para después pasar el texto a maquetación y, finalmente, pasármelo a mí para la revisión final durante la semana que viene, semana en la que también trabajaremos con el texto de cuarta de cubierta y con mi biografía (¡Con mi biografía! ¡Pero si aparte de que me gustan los helados de leche merengada, que soy un vago redomado y que mi deporte preferido es el sillón-ball, poco hay que decir!).

Y, mientras tanto, me consta que el equipo de diseño está trabajando en la portada de la novela.

Esto marcha, los resultados son inminentes y yo no hago más que rebotar por las paredes como una pelota de tenis.

miércoles, 16 de junio de 2010

Sueños

Atención: esta entrada puede contener dosis interminables de azúcar y ñoñería. No digan que luego no les avisé si les da una hiperglucemia.

No sé si habéis tenido uno de esos, uno de esos sueños que pensáis tan imposible que os regodeáis pensando en cómo sería que ocurriera, en qué sentiríais, en con quién estaríais cuando se realizase, en qué pensaríais, en dónde sucedería... No sé, ese tipo de cosas.

No sé si lo habéis tenido, pero yo sí (unos cuantos, la verdad) y este fin de semana he tenido la suerte de que uno de ellos se hiciera realidad.

Tampoco sé si sabéis el grado tan enorme de emoción que puede llegar a sentirse al ser consciente de eso, a salir de un lugar y decir en voz alta: "chicos, acabo de hacer un sueño realidad". En cómo los pelos del brazo, efectivamente, están erizados y en cómo te taladra un escalofrío toda la médula espinal.

Pero es que el hecho de cumplir este sueño ha sido así, exactamente así, como me lo imaginaba, con quien me lo imaginaba a pesar de las ausencias (aunque conocí por fin a mi gran amiga Georgia. Presten atención a su nombre, estoy completamente convencido de que será una escritora muy reconocida), haciéndome sentir tal cual me imaginaba.

Porque, sí, señoras y señores, por muy friki que les pueda parecer, este fin de semana estuve en Estocolmo disfrutando del Distant Worlds II, concierto por la Stockholm Royal Philarmonic Orchestra, dirigido por Arnie Roth y, teniendo en sus butacas, nada más y nada menos, que a Nobuo Uematsu, quizá una de las personas que más me han influido a la hora de concebir el arte. Mi compositor preferido sobre la faz de la tierra.

No os lo he dicho, pero el programa del concierto estaba completamente formado por composiciones emblemáticas de la saga de videojuegos Final Fantasy.

Mi historia con Final Fantasy viene de lejos, pero la primera vez que jugué a uno y escuché los primeros compases de su banda sonora, supe que algo dentro de mí había cambiado, no sabía qué, pero de lo que sí fui consciente era de eso, de que dentro de mí se había iniciado un cambio. Y ese cambio me marcaría de por vida.

Todavía no sé qué fue lo que ocurrió ese 11 de abril de 1995, pero sí sé que gracias a Final Fantasy varias de las mejores cosas que me han pasado a lo largo de mis treinta años de vida (porque, sí, durante este fin de semana también he celebrado mi trigésimo cumpleaños. ¡En Estocolmo! ¡Toma estilazo!) han tenido lugar. Quizá en no todas esas cosas tuvo una incidencia directa, pero sí que las ha tenido indirectamente.

Porque, sí, también escribo porque una vez jugué a Final Fantasy VI.

Y el 2010 ha venido con la sorpresa de haber podido hacer este sueño realidad, de haber podido sentir que esas melodías que me han acompañado durante tanto, tanto tiempo, se estaban haciendo reales delante de mí, para mí, que estaban siendo tocadas precisamente en ese mismo momento. La música en directo es algo que siempre va a emocionarme.

Comencé a llorar en el momento en el que sentí este arpa que a todos los que hemos jugado y disfrutado y vivido un Final Fantasy nos dice tantas cosas. Es tan emblemática que no tengo palabras. (también lloré con la segunda canción, que Gloria conoce muy bien porque nos unió a través de una historia escrita en conjunto que todavía nos emociona). Seguí llorando durante este viaje hacia una tierra desconocida que siempre logra que se me ponga el vello de punta y que se me anude la garganta y terminé el concierto casi en éxtasis cuando, sin esperarlo, tocaron mi tema favorito, tan especial que, sinceramente, sigo sin tener palabras para describir lo que me hace sentir.

Fue realmente un sueño hecho realidad, mano a mano (literalmente, mano con mano y lágrima con lágrima) con una de las personas más especiales de mi vida, porque, entre otras miles de cosas, sin ella, jamás habría logrado que otro de mis sueños, mi primera novela publicada, se hiciera realidad también este año.

Espero que no decaiga. Creo que lo de cumplir sueños me gusta.

sábado, 29 de mayo de 2010

Ansias

Me debato, me estreso, me cuestiono, me pregunto, me indigno, me cabreo, me obligo, me doy leches... hago miles de cosas al mismo tiempo, pero conmigo, siempre conmigo, memememememe, yoyoyoyoyoyoyo...

En estas semanas en blanco de literatura por corrección de exámenes, por espera de galeradas, por alergia mortal, por ferias y demás, de pronto se ha encendido la mecha.

Yo tenía planeado un verano muy tranquilo sumergido en las correcciones de El traficante de recuerdos (que falta le hacen) pero llevo una semana con un cuaderno en la mano (lo juro, fue casualidad, ni siquiera recuerdo haber metido ese cuaderno en la bandolera del instituto) haciendo esquemas, nombrando personajes y peleándome con estructuras.

Supongo que el espíritu del NaNo ha vuelto.

Es inevitable, el buen tiempo siempre logra que me den ganas de escribir. Pero es que esta vez son gordas. No me meto en ninguna novela desde El Traficante (bueno, La encrucijada del cuentista fue y sigue siendo un proyecto a medias que me gustaría terminar) y tengo ganas de hacerlo. Estoy empezando a querer a los personajes y eso me gusta. En mi cabeza ya les están pasando cosas.

Pero no todo son algodones de azúcar, manzanas de caramelo y supernovas brillantes: he tenido una idea. Y cuando Fer tiene ideas, a veces tiembla el mundo.

La idea es acerca de la estructura de la novela y, aunque tiene muchas ganas de ponerla en práctica, Fer no se ve capaz de llevarla a cabo. Y al mismo tiempo piensa que sin esa estructura, Fer no sería capaz de escribirla...

Ah, dudas, nervios, ansias, tensión, emoción, letras.

Llega el verano.

¿Logrará Fer no sucumbir a la tentación y corregir El traficante de recuerdos antes de comenzar la otra novela?

¡Permanezcan atentos a sus pantallas!

(Pero, antes, junto a la mejor de las compañías, Fer parte hacia las tierras del norte para presenciar esto el día de su cumpleaños. Tengo tantas ganas que cada vez que pienso en ello me meo del gusto como mi perrita)

miércoles, 26 de mayo de 2010

Razón número 4 por la que decidí ser escritor

Para hacer sentir a la gente lo mismo que sentí yo la primera vez que escuché esta canción:


(Siento la ausencia de entradas, pero la corrección de exámenes y la inminente selectividad de mis alumnos me tienen completamente ocupado. Por no hablar de cierta cena de graduación de la que me costó un par de días recuperarme. ¿Cómo dar clase a los mismos alumnos con los que te has cogido una borrachera el día anterior? ¡Ah! Cuántos misterios tiene la vida. ¡Volveré!)

lunes, 10 de mayo de 2010

Políticamente correcto

Yo no soy lo que reza el título de la entrada. Lo he sido, sí. Durante mi más inocente adolescencia, yo fui políticamente correcto. Tanto, que una amiga una vez me dijo que yo era el yerno perfecto, que cualquier madre querría tenerme de novio para sus hijas.

¡Cojones! Yo quería ser novio (o amante ocasional, en todo caso) no yerno.

Y así fue como descubrí (aunque yo ya tenía mis sospechas) que aquello de la corrección política no me molaba mucho.

Me gusta la sinceridad, llamar a cada cosa por su nombre sin poner paños calientes. La realidad es la que hay. Por mucho que disfracemos las palabras, la realidad va a seguir siendo como es. No me gustan los adornos.

Y, ojo, que como ya dije otra vez, para mí la sinceridad no es lo que se nos vende actualmente. No es lo de decir lo primero que se te viene a la cabeza porque soy muy sincera, tía y yo digo siempre lo que me sale del bolo, tía y si no me crees te pego dos hostias en el baño y punto en boca, ¿me entiendes?

No. La sinceridad necesita de una sensibilidad educada, de un ejercicio previo de reflexión, requiere un ejercicio previo de empatía y un saber ponerse en el lugar del otro para llegar a deducir por qué ha dicho lo que ha dicho o por qué ha hecho lo que ha hecho.

Ser sincero no es decir lo primero que se te viene a la cabeza. No. Ser sincero es decir la verdad. Y para decir una verdad, hay que pensar primero. Siempre. En el otro, en ti, en lo que vas a decir, en tu porcentaje de razón, en tu porcentaje de sinrazón, en tu porcentaje de subjetividad al respecto...

Me explico, ¿verdad?

Por eso me jode tanto tantísimo que actualmente se lleve tanto la corrección política y te tachen de miles de cosas en cuanto no sigues lo establecido.

Por eso he decidido mantenerme en mis trece:

Durante estas correcciones, me percaté de que yo tenía escrita la palabra "hombres" para referirme al género humano en una parte de la novela. Con la sensibilidad al cien por cien y la inseguridad de la recta final rezumándome por todos los poros, decidí cambiar ese término por el de "seres humanos" y se lo comenté al editor aludiendo a esta corrección política de la que hablo.

El editor se mostró comprensivo y adujo que, si se trataba de un tema ideológico, él no se metía, pero que, como yo pienso y pensaba, en castellano los términos no marcados están en la mente de los hablantes como tal y que el hecho de no verlos así es simplemente una sobre-educación (no fueron sus palabras exactamente, pero yo las entendí así. Dejadme. Yo me entiendo).

Y me ha convencido. He vuelto a usar el término "hombres" porque si de una cuestión ideológica se trata, esa palabra encaja mejor con mi epistemología que lo de "seres humanos" que, por lo demás, me parece un término vacío y poco sonoro.

¿Que no soy políticamente correcto y que esta entrada puede levantar ampollas?

En fin.

Es lo que conlleva la sinceridad. Pero aplícate esos ejercicios antes de responder airado.

viernes, 7 de mayo de 2010

El estado de la cuestión

El proceso de edición detrás de Ne Obliviscaris está siendo agotador. Extenuante, diría yo.

La verdad es que no tenía la menor idea de que fuera así, lo que me hace explicarme muchas cosas acerca de por qué pasa lo que pasa en los concursos literarios y me da cierto sonrojo haber enviado ciertas obras mías a algunos de ellos.

Y es que este proceso no tiene nada que ver con el proceso de corrección al que yo sometía mis obras (esto suena un poco pretencioso, ¿no? Mis obras... como si yo fuera, no sé, un Kafka cualquiera o algo así).

Aunque yo me las diera de corregir exhaustivamente, me río yo ahora de mis correcciones. Sí, las hacía en serio, en varias fases, de diversas maneras, pero siempre desde mí, nunca saliendo de mí. Lo que era un error. Sí, no soy de los autores que se niegan a eliminar párrafos. O páginas. O capítulos enteros. Lo he hecho (siempre guardándolos en un archivo aparte, claro. Que uno es kamikaze pero tiene su corazoncito) pero siempre desde mi punto de vista.

Se me ha olvidado siempre meterme en el lector.

Bueno, no. Porque a veces he considerado a mi potencial lector un ente tan estúpido que no era capaz de eliminar tal o cual explicación. Cosa que le quitaba ritmo a la novela.

En cualquier caso, siempre desde mi YO enorme y dictador.

Editar la novela mano a mano con el editor está siendo un proceso tan intenso que no puedo evitar disfrutarlo. Razonamos cada párrafo (sí, como lo oís, cada párrafo) y después lo razono yo solito durante un rato para ver el porqué del cambio (si lo hay) o de la ausencia del mismo. De pronto me he hecho muy consciente de las palabras, del efecto que producen, de su razón de ser dentro de una novela, de su entidad casi física e individual.

Además, hablar con otra persona acerca de tus personajes, de tus intenciones al decir tal o cual cosa. Que alguien que no eres tú hable de ellos con la misma familiaridad con la que tú lo haces, o que se plantee disyuntivas que tú mismo te planteaste a la hora de escribirla...

No sé, es algo extraño y al mismo tiempo familiar. Editar la novela está siendo algo parecido a escribirla, me he vuelto a meter de lleno en su universo, he vuelto a abrazar a sus personajes y he vuelto a pensar como ellos.

No sé si lo habéis sentido alguna vez, pero terminar de escribir una novela es algo mucho más doloroso que terminar de leer una. Cuando se te acaba una novela que estás leyendo y que te gusta mucho, te pasas las horas que siguen echando de menos a los personajes, neceistando que vuelvan a la vida... Pero pasa pronto, solo dura lo que dura el rato en que estás sin coger un libro nuevo. Cuando lo haces, la historia vuelve a empezar. Te olvidas de los anteriores y te sumerges en los nuevos.

Sin embargo, al terminar de escribirla, el vacío es más grande. Casi permanente. Esa historia tuya que, hasta ese momento, tenías guardada, deja de ser tuya y aparece como un ente físico diferente a ti. Ha ganado forma, ha conseguido entidad propia. Deja de ser tú. No sé, ¿será igual a cuando tu hijo crece y se hace independiente? No lo sé y espero que pasen muchos, muchísimos años, antes de que me llegue el momento de descubrirlo.

Y aquí estamos, probablemente termine el proceso de edición la semana que viene y aunque estoy deseando releer la novela terminada, al mismo tiempo me da una pena horrorosa porque eso significará que, definitivamente, ha dejado de ser mía.

Y a veces soy un egoísta de la hostia.

martes, 27 de abril de 2010

Coloured Earth

Con esta canción escribí los últimos capítulos de Ne Obliviscaris y ahora que he terminado la primera fase de las correcciones, no puedo dejar de escucharla y de recordar lo que me emocioné escribiéndola:



Otro día más acerca de bandas sonoras, esto solo es un pequeño adelanto porque estaba aquí recordando mis momentos épicos con los finales que salen.

Y con los que no salen porque, a su manera, también son épicos.

Jodidamente épicos.

lunes, 26 de abril de 2010

El mecanismo del reloj (II)

En el episodio anterior...

A Fer le habían invitado a participar en el comité de lectura de un certamen internacional de novela y aceptó. Fer se reunió con los miembros del comité y fueron seleccionando una a una qué novelas cumplían las bases y qué novelas no las cumplían, después las numeraron e hicieron varios bloques (cada bloque acabó formado por diez novelas). Finalmente, se dividieron en grupos (tres personas para cada bloque de diez novelas) y se llevaron los manuscritos a sus casas para leerlos...

Bueno, después de este resumen, cuando me vi delante de las novelas, la verdad es que me agobié mucho porque no me sentía, no capacitado intelectualmente para decidir, sino quizá, moralmente. Supongo que detrás de esto está mi deformación profesional: me paso casi diez horas al día siendo profesor y evaluando a alumnos que pueden, o no pueden, llegar al diez y dándoles todas las oportunidades posibles para que, al menos, lleguen al cinco.

Sin embargo, esto era diferente. No valía con un cinco, porque de mis diez novelas, yo tenía que decidir qué par era el que, en mi opinión, merecía el diez.

Finalmente, y a pesar de que suelo ser conocido por mi alto índice de aprobados, ninguna de las novelas que tuve que leer llegaron al diez. E incluso me atrevería a decir que ni llegaron al cinco.

Tuve que cambiar el chip, claro está. De todas las novelas se puede sacar algo bueno, por supuesto, no voy a ser yo quien diga lo contrario. Pero como lector, yo quiero leer lo mejor. Y mucho más, como lector de un comité de lectura: no solo quería leer lo mejor, sino que era responsabilidad mía que la novela que se publicase fuera la mejor, estuviera impoluta y no tuviera ningún fallo.

Ni siquiera me conformaba con hacer reina a la tuerta de las novelas. No me daba la gana, no me parecía justo que, de la muestra que yo tenía, eligiera una que no se adaptara a lo que yo querría leer en un libro publicado.

Por tanto, con mucha pena, no seleccioné ninguna. Y creo que fue lo más justo que hice. ¿por qué? Ahí van mis razones:
  • Los fallos en la forma: Cuando presentas una novela a un premio, no puede tener fallos. Y ahora no estoy hablando de fallos en su estructura interna o en la narración o en vaya usted a saber qué. No. Estoy hablando de cosas mucho más prácticas y casi pueriles: no puede haber errores en su puntuación, no debe haber faltas de ortografía, por favor (es deperogrullo, pero me las encontré). Tiene que estar impoluta. No puede ni debe faltar nada. ¿Por qué? Muy fácil. Cuando presentas una novela a un premio, no hay lugar para la edición porque suele pasar poco tiempo (si acaso lo hay) entre el fallo del premio y la publicación de la obra. Una novela premiable debe ser perfecta en su concepción, en su construcción y en su consecución. Tiene que ser efectiva. El propio autor ha de ser el editor y hacerse las mismas preguntas que le haría un editor. No puede ser condescendiente consigo mismo, tiene que ser muy consciente de que lo que entregue tiene que estar perfecto. O al menos, lo más cercano a ese punto.
Está claro que hay muchas obras que se presentan a los premios. Cuando lo hacemos, está claro también que tenemos que intentar que nuestra obra destaque, no por las florecillas que le pongamos (error garrafal) ni porque nuestra fuente y nuestra portada sean las más bonitas (error por dos, la discreción es sinónimo de elegancia y buen gusto. Lo que ha de primar es el texto por encima de todo). No. Tiene que destacar, como mínimo, en su compostura. Ni una errata, por favor. Al menos, intenta parecer lo más profesional posible.
  • El principio: Si no tienes un buen principio, no te molestes. No voy a seguir leyendo. ¿Por qué? ¿Porque soy un talibán de las letras? ¿porque soy un nazi empedernido? No. Muy fácil. No voy a seguir leyendo porque si no tienes un buen principio, para empezar, por muy buena que sea tu historia, no me va a apetecer seguir leyendo. Si tienes un mal principio, tu novela no está perfecta, seguramente le sobren cosas (o le falten). Por tanto, no será merecedora de un premio.
  • La narración: Ya puede ser genial tu historia, que si la narración es enreversada, no es clara, o está llena de errores de concordancia, o no tienes clara la voz del narrador, o tus puntos de vista no están bien focalizados, o demás... pues tampoco voy a seguir leyendo porque, directamente, no creeré a esa novela merecedora de un premio. Falta técnica.
  • La historia: Y aquí es donde yo diferencio entre escritor y redactor. Puedes escribir de puta madre, puedes ser el único que sacó una media de diez en los ejercicios de redacción del colegio, del instituto y de la universidad, pero como lo que cuentes no me interese o me aburra aunque solo sea un poco, no voy a seguir leyendo. Si me aburre, no me gusta. Si no me gusta, como lector, no voy a leerlo y ahora mismo lo que soy es un lector de un comité de lectura, es decir, UN MERO LECTOR como otro cualquiera. Por tanto, llegamos a la conclusión siguiente: de ser publicada, yo no me compraría tu novela; por tanto, en mi opinión, tu novela no merece ese premio para el que estoy trabajando por mucho que su factura sea impecable.
¿Que es injusto? Probablemente. A lo mejor si tu novela hubiese caido en otro comité con gustos diferentes a los míos, habría sido seleccionada. No tengo la menor idea. Por mucho que me pese, no soy dios (y lo que me gustaría serlo y lo que os gustaría a vosotros tener un dios tan sexy, oscuro y misterioso como yo) y no tengo todas las claves de la vida ni tengo el don de la clarividencia ni el de la sapiencia supina (qué bien hablo, por dios! es decir, por mí mismo!) simplemente tengo una opinión y, desgraciadamente, es con mi opinión con la que estás jugándote las cartas.

Porque, precisamente, es aquí donde entra la parte optimista de todo esto. Quizá no has ganado este premio, quizá no has entrado dentro de mis gustos y por eso no has sido seleccionado, quizá tu obra estaba genialmente escrita pero yo soy un tiquismiquis de cojones y he acabado amargándote el mes en el que tenías puestas tantas ilusiones porque no me interesaba lo que me estabas contando. Pero, ¿sabes qué? Hay gente con opiniones diferentes a las mías a las que puede gustarles lo que haces. Si es así, ¿qué haces leyendo este rollo? ¡Corre a preparar tu novela! ¡Hay mil premios ahí fuera que están esperando una obra digna! ¿Por qué no va a serlo la tuya?

jueves, 22 de abril de 2010

Diario de progresos

Cuando te dicen por primera vez que van a publicarte una novela, no os voy a engañar, la ilusión sube hasta el décimo piso y se queda allí durante un buen rato. Un rato tan largo que puede durar siglos. Te levantas y cuando recuperas la conciencia y lo recuerdas, te sube desde el estómago un calor agradable que hace que lo coloque todo, como si, de pronto, el mundo fuera perfecto y todas las piezas encajasen.

Yo no os voy a engañar. Escribo para ser leído. Incluso cuando escribo para mí, escribo precisamente para ser leído por mí.

Está claro que la escritura tiene varias fases. Y está claro que uno tiene que escribir lo que quiera escribir, cualquier aproximación a este acto que no responda a estos intereses suele terminar de mala manera: o con desmotivación, o con malas críticas (si son sinceras) o con, lo más importante, un resultado carente de vida.

Sin embargo, una vez que decido lo que quiero escribir, para mí es inevitable pensar en quién va a leerme. La verdad es que yo no suelo tener en la cabeza un tipo de lector concreto. Más bien, me planteo un lector ideal que se parece mucho a mí pero con la distancia suficiente para hacerme preguntas acerca de mi proceso de escritura: si tengo que dar más información, si tengo que dar menos, si he explicado lo suficiente, si he pintado bien a los personajes, si no lo he hecho, si gustará lo que he escrito, si no gustará...

Es inevitable y supongo que alguien superidealista que tenga un concepto de literatura estricto, académico, clásico y culterano, probablemente dirá que estas preguntas no son más que manchas que ensucian el proceso.

Yo no soy así. Soy una persona bastante práctica. Quizá soy tan práctico que, a veces, este sentido práctico mío, en vez de una virtud, acaba siendo un defecto porque me vuelvo demasiado racional y ciertas cosas pierden su sentido místico y emocional.

Qué le vamos a hacer, soy un tío. No esperes dobles sentidos por mi parte, cariño. Je suis simple, mon amour.

Sin embargo, es cierto que con esto de la publicación, a uno le entra un cosquilleo por el estómago que hace que le den ganas de trabajar desde otra perspectiva, con otro fin.

Me hace especial ilusión que Ne Obliviscaris sea mi primera novela publicada (en cuanto a novelas escritas, es la cuarta) porque tengo la sensación de haber escrito lo que quería escribir.

No sé cómo ocurrió, pero era una novela que tenía pensada para mucho más adelante, pero hubo un día en que se me metió en la cabeza la historia y, desde entonces, no pude quitármela. Inconscientemente se me iba la cabeza y yo ya estaba en su universo.

Entonces, a pesar de tener otros proyectos pendientes, una mañana me puse a escribirla. Y no pude parar. Tardé poco, unos seis meses más o menos, en tener terminado el primer borrador. Después de corregir ese borrador una vez, quedó una novela un poco más decente. Y volví a corregirla. Y después volví a ella una vez más.

Todo esto en el plazo de dos años.

Es inevitable, pero cuanto más lees y escribes, más consciente te vuelves de tus propios vicios y errores. Puede parecer de perogrullo pero a veces alucina comprobar en tus propias carnes lo inconsciente que has sido al escribir tal o cual cosa y darte cuenta del error tan garrafal de, por ejemplo, coherencia textual o subtextual que habías cometido.

Y ahora acabo de terminar la tercera corrección. Pero esta vez con compañía, siguiendo las directrices dadas por el editor (pero siempre dejándome capacidad de elección). No os podéis hacer una idea de lo intenso y agotador que ha sido este proceso. Pero, al mismo tiempo, quizá por su intensidad y por la ilusión que hace, ha sido un proceso del que he aprendido muchísimo y gracias al que me he vuelto mucho más consciente de mis palabras.

Esto es bueno, porque quizá me convierta en mejor escritor, pero desde luego me hace un lector mucho menos inocente. Y eso es un poco triste. Pero nadie dijo que de esto no obtuviéramos consecuencias. Algunas buenas. Otras, no tanto.

A veces echo de menos leer con la inocencia con la leía antes, caer en los juegos de luces y humo del mago escritor de turno y caer irremediablemente ante sus encantos sin darme cuenta de los andamios. Hace mucho que perdí esa inocencia y aunque me dé pena, no debo arrepentirme porque fue mi decisión. Una decisión de la que me he arrepentido muchas veces pero una decisión, al fin y al cabo, a la que acabaría volviendo todos los días.

Porque hace que, muchos de esos días, todo parezca haber encontrado su sitio.

martes, 20 de abril de 2010

Qué difícil es ser guapa

Y para certificar que los cuentos pueden leerse de muchas maneras, aquí va una versión de uno muy clásico que escribí allá por el 2006:

En los tiempos que corren, ser guapa no es una bendición como todos creen, es más, tía, yo creo que es algo así como una pesadilla, como si transformaran los Cuarenta Polifónicos en otra cosa, no sé, algo así como Dial Gregoriano. ¡El Canto Gregoriano está tan pasado! Y yo se lo dije, claro que se lo dije. ¿Qué? ¿A quién? Pues eso, tía, que yo le dije al Grimm ese; que yo sabía que era guapa, pero que serlo no era tan bonito como parecía, aunque una, todo sea dicho, esté estupenda pese a su edad. Que ya van para ciento cuatro años. Y yo fui y se lo conté, porque yo soy muy mía para mis cosas y tengo que contarlo todo, ya me conoces.

Entonces resulta que cuando se lo conté, fue y me dijo que seguro que estaría estupenda para el papel, porque cumplía con todos los requisitos. Porque, sí, mira, resulta que cuando yo nací a mis padres les dio por invitar a toda la peña del palacio, que si a las damas, que si a los caballeros y a los condes y a las condesas y a todo el mundo, tía, que digo yo que menos mal que era un bebé porque si llego a ser un poco mayor, yo qué sé, a mí me hubiera dado algo, que aguantar a tanto vejestorio junto hubiera sido el muermazo del Reino y yo ya no estoy para esas historias, que he perdido mucho tiempo.

Y yo se lo conté. ¿Qué? ¿El qué? ¡Jo, tía! Mira que eres corta. ¡Pues mi historia, tía! ¡Mi historia! Lo de cuando invitaron a las hadas a mi bautizo y cada una me hizo un regalo. ¿A santo de qué te crees tú que yo soy tan guapa? A ver si te crees que no ha sido gracias a Dermoestética, el hada rosa. A ver si te crees que esta nariz viene de serie, mona, que mi madre es la nieta de Piruja, que es famosa por su nariz. ¿Te imaginas? ¿Yo? ¿Con la nariz de mi madre? Ni loca, hija, ni loca. Antes muerta que con la nariz de mi madre.

Pues, eso, lo que te iba contando, que le conté todo al Grimm ese, que es muy mono, tía, ¿te habías fijado? Resulta que Madonna, el hada azul, por lo visto me regaló una voz estupenda, y todo iba genial, según me ha contado mi madre, porque todas en el reino envidiaban que le hubiera diseñado el tocado alguien como Florentino, el sastre de palacio y todo lo de mi nacimiento era la comidilla del reino pero, acércate tía, que no quiero que nos escuchen, eso, que, claro, siempre tiene que haber la típica envidiosa que te coge por banda y te amarga la vida y tú ya sabes que aquí en el reino somos todas de mucho parlotear y darle al pico, que nos gusta mucho criticar e inventarnos cosas, así que estaba claro que la fiesta no iba a salirle perfecta a mi madre, ¡cómo para que le saliera! ¿No tienes un chicle? ¿Ni un cigarro? ¡Qué sosa eres, mona!

Bueno, pues nada, que resulta que mi madre no le había dicho a la del torreón izquierdo que yo había nacido. Que sí, tía, la del torreón izquierdo, la que se pone esos tocados tan horteras y tan de la Alta, que estamos en la Baja Edad Media ya, ¿qué se creerá esa que se lleva? Que ya se nos pueden ver los tobillos y todo. Pues eso, a lo que iba, que mi madre no la invitó porque, oye, que yo entiendo que sea tu vecina y tal, pero es que seguro que iba a acabar desluciéndolo todo y, además, a mi madre ella no la invitó cuando redecoró el torreón con los tapices de Bizancio y eso no se perdona tan fácilmente, tía, que ni siquiera le dijo que los había encargado. ¿Tú te crees? ¡De Bizancio!

Ay, que me voy del tema.

Pues la muy zorra acabó presentándose en mi bautizo y todo. Así, como lo oyes. Y la guarra fue y me maldijo, con todas las palabras. Me-mal-di-jo. ¡A mí! Que acababa de nacer y que no le había hecho nada. Claro, que mi madre, ¡ay, mi madre! mi madre se levantó del trono y le dijo que lo retirara. Que eso no se lo decía ni ella ni nadie a su hija. Porque es que mi madre… mi madre es muy suya con las maldiciones, que ya sabes que tuvo que aguantar lo de su nariz desde incluso antes de nacer. Y también lo de la manzana envenenada. Y la otra, dale que dale, que ella no retiraba la maldición.

¿Qué? ¿Que qué maldición era? Pues morirme, hija, morirme, ¿tú te crees? A los dieciséis encima, sin haber podido entrar nunca en un salón de baile ni nada. Total, que la muy guarra dijo que no la retiraba y se fue. Así, sin decir adiós ni nada. Es que las hay que son malas hasta para eso.

Menos mal que había por ahí un hada un poco hortera, a la que no le habían hecho mucho caso, y cambió un poco la maldición. Pero sólo un poco, ¿eh? A ver si te vas a creer que una tía tan hortera iba a solucionarme la vida. ¡Que por lo visto llevaba todavía traje de lino! ¡De lino! O sea, mira, yo no es que tenga algo en contra del lino, pero ¿de lino? Si eso era lo que llevaba mi abuela, por favor, ¡lino! Que estamos en la Baja, ¿es que no van a enterarse nunca? El caso es que el hada del lino dijo que en vez de morirme pues que me dormiría unos cuantos años. Cien para ser exactos. ¡Ala! ¡Chúpate esa, tía! ¡Cien añitos del ala! Que digo yo que podría haber dicho, yo qué sé, por decir un número, pues tres, o cuatro, o cinco años, o hasta que llegara a los veinte. Pero no, la muy tonta tuvo que decir cien, como si en la Baja tuviéramos una esperanza de vida mayor que los treinta. Si es que las hay que son bobas.

Y me dormí, vamos que si me dormí, tía, pero con los ojos cerrados y todo, sin enterarme de nada. Resulta que un día estaba yo por el palacio más ancha que pancha, mirando los trapitos que se había comprado una de mis damas, porque, mira, yo sé que Areúsa es un poco así… así como guarrilla. Que sí, que sí, que tú ya sabes que a mí eso de criticar no me gusta nada, pero es que tenía que decírtelo, hija, tenía que decírtelo, que es muy mala influencia para ti, que no te conviene, que va a la capilla sin llevar toca ni nada, como si fuera del pueblo llano, pero, eso sí, dice mi madre que le traen las telas directamente de Irás y No Volverás, fíjate tú, yo, que soy la princesa, tengo que conformarme con los que me hace Florentino y ella, la muy guarra, se los trae importados. Claro, así es normal que me pinchara. Que serán muy finos los vestidos y todo lo que tú quieras, pero traían más alfileres que espinas tiene una sardina.

¡Ah! ¿Que no lo sabes? La sardina es el pescado de moda desde que don Carnaval dejó a doña Cuaresma. ¿Que no te has enterado? Pero, ¿tú dónde vives, hija? Pues resulta que, el otro día, se encontró mi madre con doña Cuaresma, a la salida del refectorio, y se lo contó. La había dejado por la del zapatito de cristal. Sí, tía, la que empezó limpiando escaleras y luego mira cómo terminó. Porque, es lo que yo digo, algo tiene que haber hecho para acabar de amante de don Carnaval, que el palacio es muy pequeño y aquí nos conocemos todos. ¿Y esos zapatos? Esos zapatos no los venden ni en Siete Leguas. ¿Que no has ido? Siete Leguas, mujer, la zapatería de la calle mayor del Reino. Si es que estás que no te enteras.

Pues nada, lo que te estaba contando, que me das conversación y me voy del tema. Estaba yo en los aposentos de Areúsa, cogí una fábrica de algodón, que era monísima y me pinché. Que no, que no, que no fue con el huso de una rueca, que eso luego se lo ha inventado el Grimm para darle emoción a la cosa después de que yo le diera la exclusiva.

Fue con el alfiler de una fábrica de algodón, pero eso que quede entre nosotras dos, ¿eh? Que yo tengo una reputación que mantener, ya sabes. Que soy la princesa. A ver si alguien se va a enterar de que estaba enredando con telitas de la plebe y se va a liar la cosa. Que una es la princesa y no lleva algodón, aunque sea precioso de la muerte. Porque es que era más bonito, tía…

De lo demás, no me acuerdo mucho, por lo visto sí que estuve durmiendo cien años. Pero conservo el cutis estupendo, oye, le he comprado a la bruja del pueblo un ungüento de baba de caracol y semilla de enebro que va estupendamente. ¡Toca! ¡Toca! A que está terso y suave como el cuello de un cisne. Si es que ya te lo digo yo, que lo que tiene esa bruja es estupendo. ¿Qué? ¿Que cómo desperté? Si yo pensé que ya te lo habrías imaginado…

Pues con mi Yonatan, hija, con mi Yonatan. Resulta que mi Yonatan estaba un día de caza por el bosque al lado del palacio y vio la torre más alta del castillo. Y mira que ya sabes que a mí esto de criticar no me gusta, pero es que mi Yonatan se cree que es como el Juan sin Miedo ese del Juglar Quincenal, y le dio por meterse dentro del bosque con el caballo y todo, y así fue como llegó a la torre más alta del castillo más alto de la región, que es el mío, tía, claro, ¿Qué esperabas? ¿Que fuera el de la idiota del zapatito, la de don Carnaval? Ya le gustaría a esa tener mi castillo, ya le gustaría…

Y, nada, tía, que mi Yonatan me vio ahí dormida, y no pudo evitarlo, que mi Yonatan es muy macho y si te ve desprevenida… ¡ay, lo que pasa cuando te ve desprevenida!, Y el caso es que me besó y ahí fue cuando me desperté.

Le pegué un poco, pero es que, hija, una tiene un despertar muy malo, y encima había estado durmiendo cien años, ¿cómo no iba a tenerlo? Pero luego me calmé y ya te sabes el resto de la historia, que ya sabes que tampoco había mucho dónde elegir, que todos los hombres casaderos del reino ya estaban ocupados y una es la princesa y tiene que dar ejemplo. Además, que mi Yonatan es mi Yonatan y a ver quién se atreve a decir lo contrario, que él es muy macho y muy buen príncipe y me deja hacer todo lo que yo quiera, incluso comer perdices, aunque él les tenga alergia. Oye, ¿y de verdad que no tienes un chicle? ¿Ni un cigarro? ¿No? ¡Pues mira que eres sosa, hija!

lunes, 19 de abril de 2010

Yo ya no me callo

No sé si lo habéis leído, o si yo simplemente he escuchado campanas sin saber de dónde provienen, pero me alucinan los últimos comentarios que se han vertido, entre otros, desde el Ministerio de Igualdad acerca de lo que pueden significar los cuentos populares dentro del sistema educativo actual, o hablando en plata, del papel que pueden jugar en nuestra sociedad.

En resumen, lo que plantean es lo de siempre: ricemos el rizo, busquemos un titular y digamos que los cuentos están llenos de estereotipos sobre las mujeres y los hombres, que las mujeres presentan un papel pasivo, que las niñas no pueden leer eso porque van a tomar esos roles y los niños tampoco, porque en su maldad congénita, van a tomar esos cuentos como modelo y van a volver a tiranizar al género femenino (hola, Ministerio, el género es una característica gramatical. Los seres vivos tenemos SEXO!) y, como las mujeres son tontas del culo y en cuanto ven un vestidito precioso y una corona, se vuelven idiotas, dejarán que el hombre vuelva a someterlas.

¡Prohibamos los cuentos, por favor! ¡Son peligrosos!

No estamos en una sociedad tan naïve e inocente como la que nos quieren hacer creer. Porque si algo han ido perdiendo los niños con el paso de los años, precisamente es la inocencia, que no es más que el resultado de los avances en comunicación. Cuanto más saben, menos inocentes serán. No es un problema ni una dificultad. Es simplemente una ley natural: el conocimiento llama al conocimiento y cuanto más sabe uno más preguntas se hace y más suspicacias le surgen.

Es nuestra tarea como docentes, escritores, bomberos o legisladores... en fin, como adultos, darles las herramientas adecuadas para interpetar correctamente esa realidad que nunca será perfecta ni políticamente correcta y que, en muchas ocasiones, irá en contra de nuestro credo, del suyo o del de Antoñita la Fantástica (prima hermana de Bibiana Aído, a quien cada día soporto menos pese a quien pese). Habrá que enseñarles a reconocer eso que les chirría, o que no les chirría, pero habrá que enseñarles, simplemente, a leer.

Porque los alumnos de hoy en día se piensan que leer es simplemente unir letras y formar palabras. Y no solo los alumnos, también los legisladores y esos señores tan amables que ahora hablan por todos lados de "competencias básicas" sin tener muy claro ni qué es básico ni qué es un colegio o un instituto o una clase ni lo que se hace en ellas ni lo que se debe hacer en casa, en la calle, en el cine o en el cuarto de baño.

Si les enseñamos a leer correctamente, nos evitaremos muchos problemas. Uno de ellos es este. Claro, que a lo mejor hay ciertas ministras, políticos, legisladores e incompetentes que deberían aprender a leer primero, a interpretar la realidad primero y a no prohibir todo lo que no está de acuerdo con lo que ellos piensan.

Porque esa es la realidad: lo bueno, lo malo y lo peor.

En fin, no sé en qué sociedad viven, pero en la sociedad donde yo vivo, las niñas no son tontas ni se vuelven idiotas al ver a la cenincienta fregando el suelo, los niños son muy conscientes de la superioridad intelectual que suelen presentar las chicas durante la época de escolarización.

Las niñas quieren ser veterinarias, enfermeras, escritoras, cantantes, modelos, profesoras, ingenieras, informáticas y también amas de casa. Los niños quieren ser futbolistas, escritores, modelos, conductores, cantantes, actores, ingenieros, informáticos, veterinarios y Fernando Alonso.

Hoy en día, afortunadamente, cada uno puede ser quien quiera ser. Y si quieres ser ama de casa, modelo, cantante o estrella del árbol de navidad, tendremos que educar en que es posible que lo seas solo si lo intentas (ergo, bienvenida capacidad de esfuerzo y concentración, tan denostada hoy en día).

Hay que enseñar a leer, porque si sabes leer de verdad, serás crítico, y si eres crítico, sabrás expresar tu opinión y si sabes expresar tu opinión (y lo que es más importante, tenerla, pero una opinión tuya, formada a ravés de tus propios mecanismos mentales, n impuesta por alguien ajeno a ti), sabrás elegir.

En definitiva, hay que educar en la libertad de expresión, sí, pero sobre todo, en la libertad de ELECCIÓN, sea la que sea.

Pero, por eso, para que esas elecciones no sean erróneas, debemos darles a los niños y adolescentes las herramientas necesarias para que no las tomen. Y esas herramientas, precisamente, no pasan por decirles qué pueden o no pueden leer: tienen que leerlo todo. Incluso lo que no les gusta. Incluso lo que no nos gusta a nosotros.

Pueden ser lo que quieran.

Afortunadamente.

Aunque a nosotros no nos guste.

miércoles, 31 de marzo de 2010

Cuando menos te lo esperas

Llevas preparando una excursión durante dos meses. Es la excursión de fin de etapa, primero de bachillerato. Sois tres profesores pero tú te encargaste de mirar las agencias, tus dos compañeros andan metidos en miles de cosas también aparte de la excursión.

Teóricamente nos vamos a Edimburgo. Destino elegido porque tú ya has estado varias veces y, puestos a llevar a veintiocho alumnos hormonados a algún sitio, mejor uno que ya conozcas y que controles. Los vuelos salen caros. Los hoteles, también. Te pasas prácticamente los dos meses de agencia de viajes en agencia de viajes buscando un presupuesto que os convenga. Finalmente lo encuentras. Prácticamente a tres semanas del viaje.

Recopilas del dinero, organizas a los niños, haces un planning, montas la excursión. Parece que todo va a salir, que todo el esfuerzo verá su resultado.

Y, entonces, a menos de una semana del viaje, te enteras de la bomba: huelga de la compañía aérea. Se han suspendido vuestros vuelos.

El terror te posee, te tiemblan las piernas, un sudor frío te recorre la espalda. ¿Qué hacer?

Decides ponerte el disfraz de padre coraje y acudes a la agencia, amenazas con no moverte de allí a menos que lo solucionen. También piensas que tampoco tienes por qué ponerte así, al fin y al cabo, las chicas de la agencia tan solo son la cara visible de todo lo que hay detrás, esa fiesta de burocracia infinita a la que en este país somos adictos.

Pero tú no te mueves. El terror a que veintiocho alumnos con su respectivo par de padres decida lincharte en las puertas del instituto puede más que tu educación refinada y tu empatía traicionera.

Termina la tarde sin que se solucione nada y al día siguiente es fiesta nacional. Nadie trabaja en España.

La noche la pasas en blanco, dando vueltas en la cama. Imaginas alternativas, universos paralelos en los que las excursiones no existen, en los que se viaja con tan solo un chasquido de dedos y, sobre todo, en los que tú no tienes estrés. Porque si antes pensabas que lo habías tenido, no tiene nada que ver con lo que sientes ahora: Ahora no tienes estrés, eres una montaña de estrés andante desde la punta de las orejas hasta los dedos de los pies. Rezumas nervios, tiemblas tensión.

Así que te levantas más temprano de lo habitual para ser un día de fiesta y, después de estar un buen rato mirando a la pared, te planteas si sería una buena idea empezar a comértela. Tu perrita, a fin de cuentas, parece ser adicta a la cal de la pintura. Quizá no sea tan mala idea comérsela. Es una manera tan buena como cualquier otra de pasar el rato.

Pero, en vez de eso, decides coger el teléfono y ponerte a llamar a diestro y siniestro a cualquiera que pueda solucionarte la papeleta. Por supuesto, las primeras llamadas no tienen éxito. En España nadie trabaja. Así que llamas a Inglaterra, directamente a la compañía aérea. Se lo explicas, les cuentas tu situación, no lloras porque tienes que estar concentrado en entender por teléfono ese endiablado acento británico al que no estás acostumbrado debido a las interminables horas de series de televisión norteamericana que te tragas casi diariamente sin ningún tipo de aderezo.

Y lo solucionas. O al menos eso parece. Solo queda que llame la agencia al lunes siguiente a primera hora, les de nosequé número y cambien los billetes. Solo queda eso para que lo emitan. Has hecho todo lo que has podido. Teóricamente ahora puedes descansar.

Pero es imposible.

Llega el lunes y no haces más que mirar al teléfono. Estás esperando la llamada de la agencia. Queda un día para el viaje y todavía no sabes si podréis iros o no. Les has dado la noticia a los alumnos esa misma mañana y la histeria se ha contagiado como un virus. Nadie escucha en clase, nadie atiende. Ni siquiera tú.

Entonces te llaman.

Pero no es la agencia.

Es un editor. De una editorial a la que tu agente había enviado una de tus novelas hacía unos meses. Te quedas mudo. Si había un día que no esperabas esa llamada, precisamente es el día que estás viviendo. Y entonces te lo confirma. Publicarán tu novela en la temporada de navidad. No te lo crees, le cuelgas, le explicas que tienes que ir a clase.

Después te llaman de la agencia de viajes: Te han conseguido los vuelos.

Entonces te sientas, comienzan a temblarte las piernas y cuando llegas a casa y le das la gran noticia a tu novia, te echas a llorar. No sabes si de la felicidad, de los nervios o por todo a la vez.

No es posible que todo suceda el mismo día.


Pero lo ha hecho.

Y eso que acabo de contar es lo que me ocurrió el lunes pasado, probablemente el día más surrealista que haya vivido hasta este momento.

Y, sí, tengo el placer de anunciaros que Ne Obliviscaris (No me olvides), mi cuarta novela, si todo sale bien, será publicada por Edelvives esta temporada de otoño, dentro de la colección Alandar. Esto es tan grande que no tengo palabras para expresarlo, ni tampoco tengo tiempo. Desde que he vuelto de la excursión (al final todo ha salido estupendamente, gracias) estoy mano a mano con el editor, prácticamente a un par de e-mails diarios, organizando nuestro plan de trabajo, planeando correcciones, mejorando estructuras y argumentos.

Esto marcha y yo no puedo estar más contento por que lo haga.

lunes, 1 de marzo de 2010

Pequeñas cosas

No soy economista, lo máximo que sé de dinero es lo que me cuesta llegar a fin de mes y lo que me gusta gastármelo (también sé un poco de recibos estratoféricos de gas natural, pero eso es otra historia), pero sé que estamos en crisis, nos lo repiten constantemente y yo me lo creo. Debemos de estarlo, yo qué sé.

No soy economista pero tengo dos dedos de frente y sé de lo que hay que quitar y dónde hay que ponerlo. No sé si saldremos de esta, quizá mi mundo es muy reducido y estoy equivocado en mi argumentación, pero creo que si hay algo en lo que, precisamente ahora, hay que invertir más es en educación.

Y en educación de verdad, no en ordenadores para cada alumno, no en campañitas que salen en la tele, no en becas que luego no acaban siéndolo, no en palabras vacías sin significado (qué pena que una palabra llegue a perder su significado).

Es una pena que el presupuesto que Educación vaya a dedicar en esos ordenadores para los alumnos sea tan desorbitado. En serio, cuando me he enterado esta mañana, casi me desmayo. ¿De qué van a servir? ¿Realmente es una medida tan urgente? Por supuesto que no voy a hablar de esto porque no es el lugar y estoy convencido de que la mayoría (de los que me leen, de los que no me leen, de los que me hablan, de los que no me hablan) sabe tan bien como yo que un aparato así, por muy útil que sea, no es lo primero que uno tiene que ver cuando llega a un centro educativo.

Hay muchas formas mucho más baratas de educar.

Y lo que es más triste: baratas y efectivas.

Disminuyan las ratios, señores (una ratio es el número de alumnos que hay por clase), aumenten la plantilla de profesores, aumenten las horas de idiomas, separen de nuevo la lengua de la literatura y fomenten algo el esfuerzo. El esfuerzo es humano, si algo nos cuesta trabajo, nos motivamos, si lo conseguimos, sabemos que ha merecido la pena. Si no nos cuesta trabajo, mostramos la mitad de interés en la tarea. Hay que educar en el esfuerzo, hay que aprender a esforzarse. En la vida, nada es fácil.

No sé, esas son las que se me ocurren para empezar.

Invirtamos en cultura.

Es un momento difícil para entrar en el mercado laboral, muchos de mis exalumnos abandonaron los estudios porque ganaban más poniendo ladrillos o trabajando en una hamburguesería (comprendo que 1000 euros cuando tienes dieciséis años es mucho dinero) pero ahora ¿qué? Están en la puerta del instituto porque no tienen dónde ir. Ya no pueden entrar. Pero es como si nunca hubieran salido porque tampoco han tenido acceso a otro sitio. O se les ha echado. O se les ha denegado la entrada.

Los políticos venden humo. Todos, sin excepción.

Y mientras tanto, el futuro pueblo, el pueblo que nos va a dirigir, el que va a decidir, se está educando en cosas vacías, pasa por la vida de puntillas y no aprende. Y, si no aprende, no sabe. Y, si no sabe, no elige bien.

¿Realmente a alguien le beneficia esto? ¿Es positivo que nadie sepa nada, que nadie juzgue nada, que nadie opine de nada porque no sabe opinar, ni interpretar la realidad de ninguna de las maneras?

Supongo que no hay nadie que responda con un "sí" a la pregunta anterior. Mucho menos los políticos, mucho menos los ideólogos.

Pero, da igual, mientras se gastan millonadas en ordenadores portátiles, hoy he recibido una carta del Ministerio de Cultura en la que se niega a mi centro el poder formar parte de los "Encuentros literarios en Institutos de Educación Secundaria" a través del cual queríamos traer a un escritor para celebrar el día del libro dentro del Plan de Fomento para la lectura debido a, cito textualmente, "las medidas adoptadas en el nuevo plan de austeridad del Ministerio de Cultura".

(¡Qué bonitos quedan los nombres en las páginas web! ¿verdad? Porque otra cosa yo no veo... Nombres)

¿Me puede decir alguien en qué tienen que gastarse el dinero los de ese Ministerio si no es para este tipo de cosas? Porque yo es que no lo entiendo.

Pero, da igual, mientras en los periódicos salga que nos dan ordenadores, que hay subvenciones estupendas para todas las cineastas femeninas (porque eso es lo importante, que seas mujer, no que hagas buenas películas) todos contentos.

Y, mientras tanto, son estas pequeñas cosas que, a priori, no interesan a nadie y de las que nadie se entera, las que van sufriendo los verdaderos vaivenes de esta crisis tan manida y de nombre tan vacío que ya harta y por la que nadie hace nada en condiciones y por la que sufren siempre los mismos.

A veces, sinceramente, creo que lo que se pretende actualmente es la verdadera alienación.

Y esa palabra, por lo menos a mí, sí que me da miedo.

No hay nada peor que un pueblo sin conciencia.

(perdonad el tono de la entrada de hoy, es que ni la he pensado, la he vomitado tal cual la he sentido al recibir la famosa carta de rechazo. Seguramente haya ideas inconexas y sin razonar que no he sabido enlazar bien, amén de un tono naïve que seguro que echa para atrás.

Está claro que mis alumnos no se van a quedar sin escritor (mi centro, afortunadamente, tiene fondos de sobra) pero sinceramente da miedo que se esté llegando a estos extremos y que se esté recortando de lo único de lo que no hay que recortar mientras se debate largamente acerca de recortes para los que todo el mundo está más que de acuerdo. Porque, por supuesto, la feria del libro de Cáceres también ha sufrido un recorte presupuestario pero, vamos, tampoco creo que lo notemos mucho, más mierda de lo que era no puede ser...)

(Al menos, en la página del ministerio, podrían anunciar que hay recorte presupuestario y que ya no se realizan los encuentros literarios, ¿no? Ah, claro, que mejor ese tipo de cosas, las ocultamos, pero que salgan los números -seguramente, maquillados, que yo también he hecho estadísticas para un organismo público, que fui becario, pero no gilipollas- de los balances de otros años)