domingo 25 de mayo de 2008

Anuncio urgente

He perdido una voz narrativa. ¿Alguien sabe dónde está?

Si alguien la encuentra, por favor, póngase en contacto conmigo. Será recompensado con un beso con lengua.

Gracias

sábado 24 de mayo de 2008

De concursos, premios y ciudades

Primero, lo importante. A día de hoy, vamos, quiero decir que me ha pasado esta mañana, Equilátero es lo más largo que he escrito nunca, superando en mil palabras la longitud de CarPa. Qué curiosidad me da saber hasta dónde voy a llegar. Al menos ya sé dónde voy a llegar porque hasta hace escasamente unas semanas no tenía la menor idea de cómo iba a ser el final. Al fin y al cabo, la novela trata de un triángulo, si hacemos uso de la combinatoria aquella que di en matemáticas de BUP nos salen infinidad de posibilidades, así que por fin, tal y como me había salido la segunda parte y el lugar hacia el que habían derivado los personajes lo he tenido claro: ese tiene que ser el final y no puede ser otro (cómo me doy ínfulas de misterio, ¿eh?). Ahora bien, cómo llegue a ese final, esa es otra historia e imagino que me dará ganas de tirarlo todo a tomar por culo y quedarme más ancho que Pancho (Pancho, ¿lo recordáis? Mi gorila, que ya ha crecido).

Además, mientras tanto y sin darme cuenta, la novela juvenil ha ido creciendo y ya he escrito la primera parte de un total de cuatro. Me está pasando algo con esta novela que no me pasaba desde CarPa y es que estoy realmente enganchado. Me gustan los personajes, me gusta la ambientación me gusta la sensación que me está dando de estar escribiendo exactamente lo que quiero decir y que apenas me cueste y estoy deseando seguir para saber qué pasa, igual que si la estuviera leyendo. Cómo se nota que esta sí que la tengo clara. Al menos su estructura interna. No sé cuál acabaré antes si sigo a este ritmo. Y me encanta no saberlo. Claro que no sé dónde leí hace poco que alguien dijo que pobres lectores que leyeran algo que había hecho disfrutar al escritor... y no sé si estar de acuerdo o completamente en contra. Supongo que me abstendré. Por ahora.

Y ahora vayamos al grano porque la verdad es que el tema es gracioso pero desagradable. Vamos, no desagradable en sí, sino por lo que me ha hecho sentir. Veréis, en noviembre gané el primer premio de jóvenes artistas de la ciudad de Cáceres. Fue un premio para empezar que no esperaba y que, por otra parte, me hizo mucha ilusión porque eso de ser profeta en tu propia tierra no es algo fácil.

Pero claro, ahí está el tema: mi propia tierra. Y mi propia tierra no se ha caracterizado nunca por funcionar a la perfección. Para empezar no hubo entrega de premios. Primero nos convocaron para un día y después nos llamaron para cancelarlo hasta nuevo aviso. Aviso que todavía no ha llegado y me consta que, evidentemente, no se realizará porque está a punto de salir la convocatoria del certamen del 2008 y sería un poco ridículo que ambas celebraciones coincidieran en el tiempo. Y qué queréis que os diga, los aplausos me ponen. Quería mi ración de aplausos. Cada uno tiene su fetiche, ¿no?

Y luego está el premio. Premio que todavía no he cobrado. Aunque pueda parecer lo contrario, el dinero del premio no es algo que me importe. Afortunadamente no escribo para sobrevivir económicamente (sino que lo hago para sobrevivir de otras maneras) y todo dinero extra que venga a través de la escritura es eso, extra e inesperado, así que, no sé, no me ha preocupado (y sigue sin preocuparme) el no haber cobrado el premio (tanto mejor, que si lo tengo me lo gasto ipso facto, dios, no tengo un duro ahorrado y llevo dos años de furcionario).

El caso es que en marzo estaba por la concejalía de juventud de mi ciudad para hacerme carnets y ese tipo de cosas que hace uno antes de salir de viaje y me dio por preguntarle al responsable. El responsable de la concejalía, muy azorado y servicial, todo sea dicho, llamó inmediatamente a quien tuviera que llamar para informarse del tema. Le dijeron que cobraríamos la semana siguiente y yo me dije: "mira que bien, dinero extra para Escocia" y me fui de allí tan contento.

Evidentemente no cobré.

El otro día fui de nuevo al ayuntamiento porque gracias a mi hermano resulta que era un moroso que llevaba dos años sin pagar el impuesto de circulación (nunca le encarguéis nada a vuestro hermano pequeño) y como yo entregué toda la documentación que me requerían para el premio en el mismo sitio donde tenía que pagar mi deuda, pues aproveché y pregunté. Je.

Nadie sabía dónde estaba mi expediente.

Me enviaron a otro departamento (no pude evitar recordar la película de Asterix y las doce pruebas) y allí que me presenté yo con mi cara de niño bueno (experto en ponerla después de ensayar doce horas diarias delante del espejo) y una señora me atiende diciéndome: "buenos días, que sepas que no tengo un buen día". Me encantó, la verdad, agradecí mucho su sinceridad.

Si queréis que os diga la verdad, yo me caliento enseguida y me pongo bastante borde y ácido. pero eso me pasa con las cosas que realmente me importan, como en el instituto, por ejemplo, o yo qué sé, cuando tengo que levantarme temprano y no me apetece ir a clase, que solo me falta escupirle a mi reflejo en el espejo después de las parrafadas de odio eterno y deseo de destrucción que le echo.

Así que me comporté muy tranquilamente y cordial. Es un premio. No iba a hacer un drama ni montar un pollo en el ayuntamiento porque llevarme un sofocón por un premio que encima he ganado pues como que me da cortocircuitos cerebrales, la verdad. Total, que me mandaron otra vez a la planta de abajo, desde la que me enviaron a la cuarta planta y de ahí vuelta a empezar a la primera. Evidentemente, yo ya me reía, pero no estaba dispuesto a seguir perdiendo el tiempo, que es lo más valioso que tengo.

Llamé a la concejalía y pregunté si el responsable sabía algo. De nuevo se mostró muy sorprendido y blablablabaquevergüenzablablabla y tal. En fin, que yo no voy a perder mi tiempo ni voy a montar un drama por algo que se supone que tiene que ser agradable.

Pero no creáis, que lo que me preocupa no es esto. Es que mi ciudad se presenta a Ciudad Europea de la cultura para el año 2016 y la gente está convencida de que vamos a conseguirlo. Sí, claro, seguro (dicho con toda la ironía del mundo). Solo hay que ver la importancia que le dan a los artistas de la ciudad, al premio que lleva su nombre y a demás cosas que ahora mismo no vienen a cuento pero que dejan a mi ciudad a la altura del betún (como, por ejemplo, el escaso presupuesto de la feria de libros, por poner un ejemplo que no se salga del tema). Es una pena, pero así es la ciudad en la que vivo.

Qué entrada más descafeinada me ha salido, ¿no? ¿Será que estoy nervioso por Eurovisión? O porque hoy es Sábado y me merezco el gintónic que pedía dos entradas más abajo y que compartiré con Joaquín por hacer que saliera de dudas y me ratificara en mi petición desesperada por el uso de la palabra fomento en lugar de fomentación (a no ser que quiera utilizar los libros a modo de paños mojados cuando entra la fiebre, que todo es posible, oiga).

martes 20 de mayo de 2008

Cuando las palabras no son suficientes

Cuando hace unos meses Pilar Galán en el taller al que acudo nos pidió que hiciéramos una poética o declaración de intenciones yo me puse fino y escribí esto sin ser realmente consciente de la verdad tan grande que estaba poniendo en palabras.

Entre otras razones, no han sido unas semanas fáciles y de ahí el parón del blog. Esto no deja de ser una ventana al público y cuando las coasa van mal yo me cierro en banda y nadie se entera, así que mucho menos lo iba a dejar por escrito. Para que os hagáis una idea borro inmediatamente los mensajes al móvil que llevan malas noticias o que están relacionados con ellas. Tengo cierta fobia a la palabra escrita, como si esta fuera más real que la palabra hablada. Cuando no se dicen las cosas es mucho más fácil ignorarlas.

Y esto es curioso que me esté pasando en estos momentos porque en la novela juvenil que estoy trabajando ahora mientras me doy las vacaciones de Equilátero trato precisamente ese tema entre otros. De la realidad de las palabras (dándole un tono un poco fantástico que me encanta, todo sea dicho), de cómo las palabras tienen el poder de transformar la realidad que nos rodea como si fueran seres vivos. Una paranoia, sí. Pero a mí me encanta (hasta tal punto que no paro de escribir y llevo la cuarta parte del borrador).

Y es entonces en estos momentos nada fáciles cuando he vivido en mis propias carnes las cursilerías que ponía en la poética. Escribir me ayuda a que lo que haya a mi alrededor tenga sentido y, sobre todo, me proporciona el equilibrio que me falta cuando la vida se precipita. Hay gente que necesita estar en compañía cuando las cosas van mal. No es que yo no lo necesite, tendría que tener un ego como un globo aerostático de grande para hacer una afirmación tan rotunda, pero sí es cierto que yo suelo tomar el rol de líder y hacerme con la situación así que no es tan descabellado imaginarme en un rincón a solas meditando cuando no puedo controlarla hasta que mi cabeza deja de echar humo y, o encuentro una solución al problema o asumo que no la tiene.

¿Y qué hago cuando llego a esta conclusión?

Escribo. Me entra una necesidad irrefrenable de estar a solas y ponerme a escribir. Pero no, no os asustéis que no me pongo a hacer odas al dolor cual romántico hasta arriba de opio ni nada por el estilo. Necesito escribir lo que sea que esté escribiendo en ese momento. No sé si lo he dicho ya (que creo que sí) pero para mí la escritura es una especie de escapismo, así que ¿qué mejor momento para escapar de la realidad que cuando esta no va bien?

(Y, sinceramente, para mí, creo que es lo más terapéutico. Pero no se lo digáis a mi novia, que es psicóloga y no quiero que piense que le quito la clientela.)

Y, sin embargo, a pesar de todo lo anterior, en la semana en la que descubres los resultados de la palabra más fea del castellano (empieza por c, acaba por r y tiene la misma forma de la palabra que designa a un signo del zodíaco) y sientes que a tu alrededor se desmoronan pilares importantes, por mucho que valore las palabras y lo que me hacen sentir y el lugar tan importante que tienen en mi vida, simplemente, a veces no son suficientes.

(Disculpad el tono de la entrada de hoy, prometo volver a mis orígenes en breve, que si no saco la mala leche a flote, ya sabéis que se me enquista y luego me salen granos. Y gracias a Joaquín por el abrazo)

domingo 4 de mayo de 2008

Malito del hígado, de verdad

Llevo unos días bastante ocupado, lo que no es una excusa para haberos abandonado de esta manera. Lo que sí es excusa es que lo que me ha tenido ocupado es la emoción de haber terminado (¡por fin!) la segunda parte de Equilátero y que, para celebrarlo, decidiera empezar la novela juvenil que tenía pensada para el verano y que, de pronto, se haya convertido en una obsesión y esté disfrutando tanto y me lo esté pasando tan bien que todo lo demás haya pasado a un segundo plano y me levante y me acueste pensando en continuar la historia y saber hacia dónde van mis personajes. Si esto sigue así no sé si llegaré a verano, porque teóricamente la novela es corta y voy a un ritmo del que no me creía capaz. Claro que mucho tiene que ver que desde la semana pasada, entre semanas culturales, excursiones varias a las que no pude acudir porque soy un alérgico sin posibilidad de cura y que hemos tenido este gran acueducto que le agradezco en el alma a las altas autoridades educativas, he tenido un tiempo precioso que he aprovechado como dios manda.

Pero no os confundáis, señores, que no voy a convertirme en el señor Umbral ni voy a venir aquí a hablar de mi libro (por ahora). Hoy voy a suplantar a la señorita Maritornes y voy a desgañitarme un poco con un tema que me horroriza y del que si no hablo, la bilis es capaz de supurarme por todos los poros del cuerpo y no creo que me favorezca ese brillo amarillo y amargo esta mañana tan bonita de domingo.

Veréis, hace un tiempo que sigo el blog de una escritora extremeña. Sí, pongo escritora en cursiva, no ha sido un error de dislexia dactilar. Lo empecé a seguir por el obvio interés de la cercanía. Siempre es bueno tener localizados a los compañeros en la batalla. Después mi interés a secas empezó a decaer y dio paso a un interés malvado, ese que hace que sigas a alguien o que te interese la trayectoria de alguien por la mera manía que le estás cogiendo. Vamos, el interés hijoputa.

Una de las cosas que me planteé al empezar este blog, y ya no solo el blog, sino cualquier cosa que emprendo, era ir con la humildad por delante. Ojo, no quiero confundir humildad con falsa modestia, que hoy en día tanto estos dos términos como el de sinceridad andan un poco desequilibradillos, todo sea dicho. Sé que soy muy claro y directo y que a veces mi cerebro parece no funcionar cuando hablo o escribo y suelto lo primero que me sube desde el estómago (o desde el hígado, rebozaditas mis palabras en bilis), pero tengo muy claro que no soy nadie, al menos en este mundillo literario, que como yo hay cientos, si no miles y que, a veces, es mejor callar que hablar, porque igual que yo critico, hay veinte mil cosas de mí mismo que también son susceptibles de ser criticadas y estoy más guapo callado (pero guapo guapo, que salgo en las fotos que ni Brad Pitt, oiga).

Pero es que hay veces, hay veces que la bilis se desborda, me inunda y la tengo que vomitar so pena de morir ahogado. Veréis, yo siempre he defendido que cualquiera puede escribir. Sí, cualquiera puede hacerlo, ahí están las herramientas, los diccionarios, los libros... Ahora bien, cualquiera que se ponga a escribir no tiene por qué ser escritor (esta palabra hay días que siento que me queda grande y otros días a los que no le encuentro un significado claro). Creo que para ser escritor (utilicemos esta nomenclatura, aunque ahora mismo no me haga gracia) hay que empezar bajo una premisa muy importante: el respeto. El respeto hacia uno mismo y, sobre todo, hacia los demás, hacia los que te leen.

¿Y cómo, desde mi punto de vista, se parte desde el respeto para ser escritor? Yo creo que está claro, para empezar hay que hacerlo bien. Y, ojo, que no estoy diciendo que haya que ser un buen escritor, quizá a esto de hacerlo bien me esté refiriendo a ser un buen redactor. Para mí son términos diferentes. Un buen redactor escribe bien en términos puramente lingüísticos, ortográficos y estilísticos, lo que no quiere decir que cuente buenas historias.

Lo que ocurre es que hay gente a las que esta premisa, la de ser un buen redactor, le es suficiente para considerarse escritor. Bueno, discrepo totalmente, pero si son felices así, allá ellos. No basta con cumplir las reglas ortográficas. Pero sí es condición sinequanon se puede ser escritor. Aunque sea uno un escritor mediocre, malo u horrendo.

Escribir técnicamente bien, aunque tu técnica sea de redacción de COU, es lo mínimo que se puede consentir si te quieres llamar escritor. Saber usar las palabras, el diccionario, las tildes y ya no digamos las bes y las uves (por cierto, tengo un problema con la palabra absorber que no es ni medio normal. ¿Por qué narices se escribe con dos bes y en mi cerebro aparece siempre la primera con be y la segunda con uve? ¿Algún psicólogo en la sala que me saque algún trauma?). Conozco por la red a escritores terribles que se consideran tal pero que, al menos, redactan bien y se preocupan por pulir sus textos. Aunque sean más planos y aburridos que, no sé, Helen Lindes antes de pasar por el quirófano, por poner un ejemplo evidente y placentero (aunque me da en la nariz que lo de aburrido lo sigue teniendo por muchas tetas que se haya puesto. Qué pena).

Después están Los Otros, los que se erigen además como escritores con mayúsculas (¿el ego está reñido con las faltas de ortografía y expresión? ¿Algún otro psicólogo en la sala?) que acaban por destrozarme el hígado (si ya me lo destrozo yo solito los sábados por la noche, ¿no podríais tener un poco de compasión conmigo?) y hacer que vomite este tipo de entradas aunque en un principio (valga la redundandia) fueran en contra de mis principios porque otra gente lo hace mucho mejor y con más motivos que yo.

Pero es que no puedo evitarlo. A esta señorita en cuestión, de la que hablaba en el principio de mi entrada, la han publicado en unas cuantas editoriales (una de ellas es Entrelíneas, con lo cual su credibilidad, desde mi punto de vista, está bajo tierra) y se pasea por colegios e institutos dando charlas. Yo, mientras tanto, al principio, cuando comenzaba a seguirla le escribí un educado e-mail en el que le sugería que cuidara la ortografía y la gramática de su blog, no por nada en concreto, sino porque con una mala ortografía (¿tan difícil es poner tildes?) se desprestigiaba tanto a sí misma, como al género en el que publica así como al resto de escritores (o pseudoescritores. O gente a la que le da por escribir) de Extremadura.

Pues bien, la señorita en cuestión me respondió diciendo que no tenía tiempo para revisar sus entradas, que escribía por las noches (en medio de un drama terrible, todo sea dicho) y que no podía pararse a revisar lo que había escrito.

¿Pero qué coño...?

A eso es a lo que yo me refería con respeto, narices. No sé si sabe, y si no lo sabe y algún día se pasa por aquí, se lo digo, ya que el email que me envió me dejó tan estupefacto que decidí no responder: Que lo que escribes y lo que publicas se lee. Da igual que lo lean quince, que solo lo lea tu tía Ramona la del pueblo o que solo lo leas tú. Se lee. Y como se lee y te estás autoproclamando escritora, lo mínimo, minimísimo, que puedes hacer es revisar tus textos, coño. Aunque sea un texto para anunciar tus próximas presentaciones. Que te estás llamando escritora, tía, que te estás dejando a la altura del betún, joder, que no me da la puta gana de que encima seas extremeña y si ya los extremeños tenemos fama de paletos, vengas tú a dárte ínfulas y no sepas poner una puta tilde. Y que encima hayas ido por los colegios haciendo talleres y dando charlas por "la fomentación" de la lectura.

¿Sabes? Se dice FOMENTO, tía. Fomento. Efe o eme e ene te o. Fomento.

Y tú vas y me escribes "fomentación" cinco veces en tu entrada de hoy. No puedo contigo.

Ala, qué a gusto me he quedao.

¿Me pones un gintónic, por favor? Puestos a destrozarnos el hígado, que al menos disfrutemos con ello.

miércoles 23 de abril de 2008

Obsesiones

Últimamente a la hora de ponerme a escribir hay un tema que me obsesiona más de lo normal. Concretamente desde que me puse a escribir Equilátero (esta novela me está trayendo más quebraderos de cabeza de lo que imaginaba en un principio. A todo esto, estoy a cuatro capítulos de terminar la segunda parte).

Cuando me puse a escribir la novela me dio la sensación de que mi vocabulario era una mierda. Un tema que me obsesionaba (si titulo esta entrada obsesiones es por algo) era la contención. Por el tipo de historia que cuento, hubiera sido muy fácil para mí haber caído en el melodrama (no quiero decir que no haya caído, mucho me temo haberlo hecho) y quería ser lo más aséptico posible. Mucho más teniendo en cuenta que la novela estaba contada desde tres puntos de vista diferentes. En uno de ellos, quizá, podría haberme permitido un poco de melodrama y dramatismo, pero no en los otros dos, porque, para empezar, no todos vemos las cosas de la misma manera y, bueno, en fin, para eso están los tres puntos de vista, ¿no?

Pues lo dicho, al obsesionarme con la contención, me obsesioné con las palabras. Pero no, no os confundáis, que esto no es un alegato panfletista porque hoy es el día del libro. Me refiero a que me obsesioné de verdad. Intento que el Mounstro (como lo llama Ruth), ese crítico interior insobornable que todos llevamos dentro, no se apodere de mi persona mientras lo hago. Y, de alguna manera lo consigo. Cuando llevo un rato escribiendo y me meto en la historia, son las voces de los personajes las que me hablan y pisotean la suya.

Es luego cuando releo lo que he escrito cuando me doy cuenta de lo que os he dicho un poco más arriba acerca de mi vocabulario. Odio la palabra cosa, la palabra extraño y muchas otras más de las que ahora mismo no me acuerdo pero que generan en mí un sentimiento tan rabioso que me dan ganas de apretar los dientes y dejar de respirar. Ea. Porque uno es así de maduro.

Para paliarlo uso el Casares o el de Fernando Corripio pero aun así me siento atado de pies y manos. Impotente. Me da la sensación de que cada palabra que uso es transparente, está vacía, que no dice nada.

Supongo que es por eso por lo que no me gusta escribir cuentos. Lo hago, sí, porque generan satisfacción a corto plazo y porque hay historias que no pueden contarse de otra manera. Pero eso no quiere decir que me guste hacerlo. En un cuento, tal y como yo lo entiendo, no puede sobrar ni puede faltar una sola palabra. El estilo, por su brevedad, queda mucho más patente, es mucho más evidente que en otro tipo de texto en prosa. Un cuento tiene que retumbarte en los oídos, en las retinas. Para que me guste un cuento tengo que sentir que está perfecto, que está hecho con conciencia de historia y de estilo. Por eso me cuesta tanto hacerlos. El Mounstro está mucho más despierto cuando escribo un cuento que cuando estoy con una novela. Con la novela me da la sensación de que es mucho más fácil engañar a los lectores (tan listo que me creo que soy) porque la obra es más amplia y a veces trozos tediosos son necesarios (bueno, realmente no, pero es como yo me consuelo).

Y ya no solo son las palabras. Hoy mismo leía que los críticos, entre otras cosas, han puesto verde la nueva novela de Ruíz Zafón (no he leído ninguna de este autor, por lo que no puedo opinar, pero mi sentido común me dice que aparte de toda la propaganda comercial, publicitaria y de márketing, algo bueno tiene que tener para que le guste a la gente, ¿no? No creo que todo el mundo sea tan tonto, ¿no?) porque en ella encontramos escrita cosas como "ojos inyectados en sangre" y entonces yo me he puesto a revisar y he visto dos pares de ojos inyectados en sangre en mis dos novelas para adultos y, no sé, me ha dado la sensación de que ha vuelto a quedar patente mi obvia falta de vocabulario porque yo no sé decir esa expresión de otra manera que no sea esa, y para eso sí que no hay diccionario que me salve.

martes 15 de abril de 2008

Ganas

Hoy me he levantado con ganas de escribir. No es una sensación fácil de reconocer. No. Un momento. Me corrijo. No era una sensación fácil de reconocer hasta que la reconocí por primera vez, claro. Normalmente le echo la culpa al desayuno. Cuando desayuno y duermo bien, se conjugan los astros de tal manera que me sube desde el estómago una suerte de calor optimista que hace que me den ganas de saltar y gritar y de reírme. No. No lo estoy haciendo ahora. Estoy en clase, gracias. ¿Mis alumnos? Mis alumnos llevan tres semanas conjugando verbos regulares. Ya se los saben. Al principio les parecía una tortura, pero ahora, como les van saliendo, les encanta hacerlos. Ya no tengo ni que poner ejemplos en la pizarra. En fin, el trabajo, lo que inspira.

Llevo dos semanas pasándomelo teta en el instituto. No me voy a quejar de horario, la verdad. Sobre todo hoy, los martes, en los que viene la lectora a dar clase y me quita cuatro de cinco (yo me ofrecí amablemente a estar con ella dentro del aula, preo prefiere que yo esté cerca, pero fuera. Por mí estupendo, oiga) y tengo simplemente que estar en el centro.

Me encanta tener esas cuatro horas para mí, como si estuviera encadenado a un sitio, para hacer lo que me da la gana. Estas dos últimas semanas las he utilizado para investigar todo lo investigable (de cómo he pasado de documentarme acerca de rumorología a las mareas lunares y a los agujeros negros y, de pronto, todo ha cobrado sentido en mi cabeza, no tengo ni idea). Hoy no. Por hoy ya he investigado bastante. De hecho, la novela está preparada para ser comenzada en junio. El quince, exactamente, fecha que Adhara y yo nos hemos propuesto para nuestro particular NaNo de verano. Igual que el año pasado.

Hoy voy a escribir (bueno, de alguna manera ya lo estoy haciendo ahora).

Todavía recuerdo cuando escribía CarPa. El hecho de escribir seguía pareciéndome algo extraño, algo para lo que necesitaba la ambientación perfecta, el momento perfecto, el estado anímico perfecto. No escribía si no se conjugaban los astros a mi favor y no estaba en el lugar adecuado.

Vamos, hablando en plata: no escribía.

Es increíble como a base de ir haciéndolo poco a poco, de ir necesitándolo mucho a mucho, esa actividad se ha ido apropiando de mi vida y ahora me parece lo más fácil, lo más natural del mundo (ponerme a hacerlo, no me miréis mal. Que hacerlo no lo es tanto). Puedo hacerlo casi en cualquier sitio (nota: releer esta frase me ha dado la risa tonta porque mi mente es muy calenturienta) siempre que sea capaz de evadirme. Y, señoras y señores, tenéis delante a la persona que, cuando se mete en algo, cuando se concentra, ya le podéis hablar, que ni os escucha.

Así que está a punto de tocar el timbre y comienzan mis cuatro horas libres de verdad.

Tengo un cuento que terminar.

lunes 14 de abril de 2008

Vagancia suma

Pero qué vago que estoy, leches. Entre mi vagancia congénita, el cambio de hora, que la luna está en Júpiter camino de Saturno, y que intuyo la presencia impepinable de la Señora Alergia Primaveral en mi vida, me paso el día bostezando por los rincones, sentándome en la primera silla que ven mis ojos, dormitando en la sala de profesores y pensando que, para qué voy a escribir nada en este blog si todo lo que yo querría decir, ya lo ha hecho Ian McEwan en Expiación. Y eso que solo voy por las primeras páginas:

Podía escribir la historia tres veces seguidas, desde tres puntos de vista; lo que la emocionaba era la perspetiva de libertad, de verse exonerada de la lucha engorrosa entre el bien y el mal, los héroes y los villanos. Ninguna de las tres versiones era mala ni tampoco especialmente buena. No necesitaba enjuiciar. No tenía que haber una moraleja. Solo había que mostrar mentes separadas, tan vivas como la suya, luchando contra la idea de que otras mentes estaban igualmente vivas. No era solo la maldad y las intrigas las que hacían infeliz a la gente, sino la confusión y la incompresión; ante todo, era la incapacidad de comprender la sencilla verdad de que las demás personas son tan reales como uno. Y solo en un relato se podía penetrar en esas mentes distintas y mostrar que valían lo mismo. Era la única enseñanza que debía haber en una historia.
Expiación. Ian McEwan.

Presiento que la novela me va a gustar muchísimo (no vi la película a propósito para que me diera tiempo a leerla primero). Por lo pronto, la prosa de este hombrecito ya lo está haciendo independientemente de lo que me está contando.