viernes, 29 de febrero de 2008

Pequeñas grandes tragedias

La duda me embarga, me corroe. No puedo dormir, no como, no respiro, no vivo, no trabajo, no follo,. Y todo porque no puedo dejar de pensar, porque soy un drama andante, porque dudo, porque soy un diagnosticado intolerante a la incertidumbre. Y como no la tolero, pues tengo que pensarla, que masticarla, que comérmela para ver si se convierte en certeza y puedo volver a mi vida.

Creo que no sé qué es lo que no me gusta de Equilátero. No, no me entendáis mal. No quiero decir que Equilátero no me guste. Menuda mierda sería tener que escribir una novela de la que llevo doscientas y pico páginas y solo voy por la mitad sin que me gustara. Como ya sabéis, a mí me va lo del placer, así que muy probablemente habría dejado que se pudriera entre los documentos del word y los cuadernos sin usar porque, en fin, ¿para qué hacer algo que me aburre cuando el objetivo de hacerlo es divertirme? Pues eso, lo dicho.

No, es simplemente que hay algo de la novela que, como escritor, creo que me echa para atrás y hace que me cueste mucho ponerme. Que luego disfrute haciéndolo, sí, pero que el momento del pre-, me dé una pereza horrible y encuentre mil excusas para no hacerlo.

Cuando hice la carta de presentación de CarPa, creo que puse algo así como que CarPa iba de esas pequeñas grandes tragedias, que eran (y siguen siendo) las que, en definitiva, más nos preocupaban. Creo que no he sido del todo consciente de la verdad y del alcance de mis palabras hasta que he aderezado mi existencia con un poco de drama acerca de mi nueva novela.

En Equilátero no hay pequeñas grandes tragedias, hay un tragedión que ni los griegos serían capaces de igualar. O al menos así es como yo lo veo, que tiendo a exagerarlo todo por costumbre. CarPa iba de personas normales (o al menos eso traté de hacer ver. Normales, además, no es la palabra. No es, de hecho, una palabra que me guste en absoluto, pero creo que os hacéis a la idea de lo que quiero decir, ¿no?) que sufrían de cosas por las que, seguramente, hemos pasado todos. Ese era uno de los objetivos de la novela: que todos y cada uno de los lectores sintieran en alguna de las páginas esa sensación tan conocida de "¡hey! ¡esto yo lo he vivido o lo he pensado!"

Con Equilátero no. No digo que los tres personajes principales de la novela no sean normales. Son normales, si entendemos esta palabra como, por ejemplo, "no extraterrestre, no mitad anfibio mitad humano o algo así". Lo que ocurre es que, bueno, digamos que sus circunnstacias no lo son tanto. Dudo que alguno de nosotros tenga tanto dinero como tienen ellos. Cosa que es importante, porque uno de los temas que quería tratar era cómo la posesión que no lleva ningún esfuerzo detrás puede que nos deshumanice. O algo así, vamos.

Y creo que ahí está la clave. Son tres personajes extremos. Me agotan, me cansan, me cuesta mucho ponerme como escritor en sus pieles y actuar como ellos actúan. Son muy diferentes a mí, me atraen y les cojo manía a cada rato y eso termina por cansarme. Siendo humanos, a veces parece que no lo son y, aun así, yo creo que está justificado, que precisamente por no serlo, lo son todavía más.

Pero me da igual, el caso es que me agotan y que estoy escribiendo algo que a veces siento que se me escapa de las manos, que no controlo. Y entonces me frustro, y como me frustro, me agoto y como me agoto, necesito descansar y como descanso pierdo el hilo, y como pierdo el hilo, tengo que volver a recuperarlo, y eso lleva su tiempo. Además, cuando lo recupero, vuelvo a tener dudas y vuelta a empezar.

Con CarPa no me pasaba, iba fluido. Sí que tenía mis períodos de sequía, pero luego descubrí que era porque se iba gestando un nuevo episodio en mi cabeza. La verdad es que incluso cuando no escribo estoy escribiendo, gran parte de lo que acabo poniendo sobre el papel lo he visto primero en mi cabeza, lo he masticado, lo he pensado. Hasta que no tengo muy seguro el paso que voy a dar, no lo doy. Salvo honrosas excepciones, como esta segunda parte de Equilátero, que por sí misma me está guiando y me está sorprendiendo y, la verdad, estoy disfrutando aunque ahora haya tenido que dejarlo unos días por la intensidad.

Porque es eso, narices. ¡qué intensos son estos tres jodidos personajes! ¡por dios, cómo lo viven todo, con qué intensidad, y encima contado en primera persona! Si es que me agoto. Carlos era cansino, los que habéis leído CarPa lo sabéis, pero tenía ese punto irónico y sarcástico que tanto me gusta y que era lo que realmente me movía a seguir escribiendo, que Carlos era muy consciente de sus propios errores y limitaciones, se reía de ellos (después de dramatizarlos un montón, claro) y después trataba de superarse. Carlos, quizá por ser el primero, siempre será el personaje que más me guste. Aunque, tengo que reconocerlo, Patrick de Equilátero y Blanca de Tormenta de Verano, se le acercan también.

Así que es eso, estoy cansado de dramas. De dramas de los de verdad, me refiero, no de pequeñas grandes tragedias. Me agotan, me drenan, me adormecen. Nunca sé si lo que estoy escribiendo es real o no, dudo de si estoy siendo fiel al contrato entre el lector y yo mismo, si los acontecimientos (por muy exagerados) son lógicos y responden a un sistema de causa-efecto dentro del cosmos de la novela y estoy deseando terminarla, ponerle punto y final, saber hasta dónde he llegado y respirar tranquilo. O no.

Lo que tengo claro es que volveré a las pequeñas grandes tragedias de todos los días con Buskers, el argumento que me traje de Londres. Cosa que es curiosa, si me lo hubieran preguntado antes de dedicarme a la escritura de forma más o menos profesional hace unos cuantos años, nunca habría pensado que ese fuera el género en el que más a gusto iba a encontrarme.

Por ahora.

miércoles, 27 de febrero de 2008

Yo ya he ganado

No, no me he muerto, ni me ha tocado la lotería (más quisiera) ni me he secado ni nada por el estilo. Digamos que las evaluaciones y recuperaciones y mosqueos y padres y madres y tutores legales de mis alumnos se han metido en medio de mi vida sin intención de soltarme (y que mi hermano se ha comprado una wii, pero eso es algo que negaré en público, que la imagen va siempre por delante).

Está a punto de fallarse el premio Barco de Vapor, en el que participo y, aunque no tengo ninguna esperanza --es un premio demasiado grande como para ganarlo así, porque sí, sin comerlo ni beberlo-- sí que tengo curiosidad por saber qué novela ha quedado ganadora y en qué se parece o difiere de la que he presentado.

La verdad es que presentarme a ese premio fue una de las mejores decisiones que tomé el año pasado. No me preguntéis por qué, porque no tengo ni idea, pero cuando empecé a mover CarPa por abril del año pasado (a excepción de un par de cuentos) dejé de escribir completamente, no es que me bloqueara, ni que se me quitaran las ganas, no sé exactamente por qué, pero dejé de hacerlo. No os voy a engañar, de un puntito de eso es culpable la desazón que me entró al no obtener respuesta. Hasta ahora en mi vida me había bastado con querer algo y trabajar mucho por ello para conseguirlo. Me había pasado siempre con los estudios, con las oposiciones (con las chicas...)

Así que eso de enfrentarte a algo, currártelo, ponerle todo el interés y no conseguirlo, digamos que me frustró un poco bastante mucho y me quitó, si no las ganas, sí la energía y la concentración para hacerlo. Estoy seguro que durante esa época perdí pelo y todo (bueno, más pelo que de costumbre).

Entonces cuando la siempre dispuesta Adhara me propuso que por qué no hacíamos nuestro propio NaNoWriMo de Verano no me lo pensé dos veces. No sé cómo llegó la idea de la novela a mi cabeza ni por qué decidí hacerla, pero ahora me alegro. La novela acabó siendo una novela que a mí me hubiera gustado leer cuando tenía la edad correspondiente (nunca le hubiera dicho que no a una novela con una casa encantada que luego no resulta serlo, amistad y un poquito de rito del pasaje) y ahora estoy contento con ella porque al final resultó ser un reto. Escribir teniendo en la mente como lector a un niño (aunque seas tú mismo de niño) fue un reto mucho mayor del que esperaba y me alegra haber descubierto que también podía simplificar la forma de las ideas para limpiarlas de toda floritura e ir directamente al grano. Fue un ejercicio de estilo bastante útil, la verdad. Así que, como siempre, Adhara me obligó, yo acepté y acabé ganando porque volví a escribir y no hay mejor premio que ese (tuvo también su parte de culpa nuestra querida Care y su Muerte de Venus, que me hicieron ver que la literatura también podía ser aquello que a mí me gustaba y a lo que yo aspiraba)

Así, ¿el Barco de Vapor? Yo ya lo he ganado, oigan.

viernes, 8 de febrero de 2008

De vuelta (y vuelta, que uno está todavía poco hecho)

El otro día vino a visitarnos al taller al que asisto desde hace tres años Víctor Chamorro. Dijo perlas con las que no pude estar más de acuerdo ("al final, somos lo que pensamos", "la palabra convertida en arte tiene que ser al final lo que decía Platón: lo bello, lo puro y lo sencillo") pero hubo otras que llamaron mucho más la atención, y no porque no estuviera de acuerdo con ellas, todavía no lo sé, sino porque me hicieron pensar. Sí, señoras y señores, aquí tengo una primicia: yo pienso. Hasta yo me sorprendo a veces.

No, ahora hablando en serio, lo que dijo, si mis apuntes no me fallan fue algo más o menos así:

[...] Sacando a una palabra "autista" y uniéndola a otras para que "germine" no se puede no ser humilde. Si vives una cosa tan maravillosa no te puedes llevar mas que a la humildad absoluta. ¡Qué poco soy yo con respecto a la palabra y qué grande he sido al encontrar un párrafo en el que adecuar lo que quería contar a la palabra [...]

Y yo es que no lo veía. Bueno, vamos a ver, verlo sí que lo veo, pero es que no acabo de encontrar ese profundo amor por la palabra escrita del que muchos escritores hacen gala. No sé, será que yo siempre he sido un poco epicureo. ¿Qué le vamos a hacer? Me va el placer por el placer, por eso hago el amor siempre que puedo, me fumo un cigarrito con el café, no puedo decirle que no a unas frambuesas, adoro el albornoz recién lavado y planchado (y calentito a poder ser) después de la ducha, y me he gastado cantidades indecentes de dinero para conseguir algo que me proporcionara eso, placer (no, no os asustéis, que he puesto indecente porque me encanta cómo suena. Indecente. Es que suena tan bien. Me hace parecer tan misterioso. Indecente. Sí).

Y a mí, para conseguir esto del placer, pues me tocó la escritura. No hay nada que me dé un subidón más grande que ese momento en que estás escribiendo y la historia parece que se escribe sola, que el boli o los dedos sobre el teclado se mueven con su propio ritmo y los personajes tienen sus propias palabras en los labios sin que tú tengas que ponerlas por ello. Luego puede que lo que hayas escrito sea una mierda, pero ese momento, ese momento, no lo cambio por nada. Equiparable a un gran polvo. De verdad. ¿Qué le vamos a hacer? A mí me tocó la escritura, a otros, yo qué sé, pues les da por chupar candados (¿verdad, Adhi?)

Por eso no entiendo ese engrandecimiento de la palabra, de la tarea de escribir. Bueno, matizo, sí que la entiendo pero quizá no la siento. No me parece algo tan grande ni tan especial ni tan apoteósico ni tan, no sé, ¿único?

Sí es cierto que escribir me hace sentir especial. Mentiría si no lo asumiera ni lo aceptara ni lo dijera. Pero tampoco me parece que vaya a salvar el mundo con mi escritura o algo parecido (para eso ya están los superhéroes, hombre). O incluso que la escritura vaya a salvarme a mí. Sí es cierto que muchas veces ayuda a darme sentido y a orientar mis días, pero eso es porque sería tonto si no sacara tiempo para hacer aquello que más me gusta (que levante la mano quien ha dicho que no ante la perspectiva de un buen polvo o de un helado de chocolate con dos bolas, triple de nata y cuatro guindas).

Por eso me agobio, e incluso me frustro, porque a lo mejor realmente hay ese algo más que no soy capaz de ver, ese mundo de las ideas, real y absoluto (por volver a mencionar a Platón, que queda muy bien) al que yo no tengo acceso. No sé, quizá es que yo he sido siempre muy práctico y nunca he pensado acerca de asuntos que no me fueran a servir para algo. Pero el caso es que no lo siento, no siento la palabra ni la escritura como un ser superior al que rendir clemencia ni me siento mucho mejor ni más importante por escribir.

Eso no quita que no quiera publicar ni hacerme un hueco en este mundillo, por supuesto. Cuando escribo, escribo para alguien, tampoco me creo eso de que se escribe para uno mismo, yo siempre tengo en mente a un lector cuando lo hago. Y ese lector es un lector que, para empezar, disfruta leyendo por leer. Lee por placer, como lo he hecho yo desde que me metía de cabeza en los libros de Los Cinco. Porque de todos modos tampoco podría ser de otra manera, si yo busco placer tanto en la escritura, el lector en el que pienso es alguien que busque divertirse. Y punto pelota. Qué poco me gustan las cosas trascendentales, cómo nos complican la vida y qué poco me gusta a mí hacerlo. Quizá por eso de adolescente las madres me veían como el yerno perfecto y sus hijas no pensaban en mí de la misma manera en que yo pensaba en ellas: No me complicaba la vida, no tenía misterios, era transparente.

Afortunadamente, con el paso de los años, he aprendido a complicarme la vida mucho menos que cuando estás de hormonas hasta las orejas. Pero también he aprendido otras cosas. Como hacerme el misterioso. Eso sí que vende.

En otro orden de cosas (qué seriedad, por favor, parezco un presentador de telediario) vuelvo de Londres (de ahí mi ausencia) con muy buenos recuerdos, serias intenciones de irme este verano allí a hacerme un curso de escritura creativa en la escuela de artes, mucha morriña y con un nuevo argumento para una nueva novela que me golpeó en la cara sin que me diera cuenta y para el que tuve que comprarme un cuaderno (precioso) en Foyles porque no dejaban de venirme detalles a la cabeza y tenía que apuntarlo todo. También me encanta que eso me ocurra. Y no podía ser en otro sitio más que en Londres.

Y ahora, los agradecimientos (¡cómo me gustan estas cosas, me imagino con un esmoquin de Armani subido en un escenario y me da la risa tonta!) a Tawaki por mi nominación al premio Dalis ("a los blogs que se leen con frecuencia y se consideran buenos")

Así que, siguiendo las normas, mis elegidos para ostentar la maravillosa insignia que nos hace únicos e irrepetibles ganadores del honor de este premio son:
  • Adhara: Porque si escribo es por ella y ella sí que sabe darle el nombre adecuado a cada cosa.
  • Alfredo Gómez Cerdá: Porque su sensibilidad a la hora de escribir sus entradas me llega.
  • Carmen F. Etreros: Porque cada día me divierte más leerla.
  • Cosette: Porque es un diamante que tiene la manía de embrutecerse por cabezonería y quiero que salga ya del cascarón.
  • César Mallorquí: Porque cada vez que habla de escribir parece que han sido mis propios pensamientos a través de sus palabras los que han hablado.
  • Joaquín Bernal: Porque hace mucho tiempo que no actualiza ni la cuatácora ni el diario y quiero tirarle de las orejas.
Y ahora os dejo, pero no sin regalaros otra perla de Víctor Chamorro: "escribir para ponerse en orden". No podría ser más cierto.

Ea, me voy a ordenarme un rato, que tengo Equilátero muy atrasado.

martes, 22 de enero de 2008

Si vuelves te contaré el secreto

El viernes pasado salió a la venta la novela Si vuelves te contaré el secreto de nuestra compañera blogger Mónica Gutiérrez sancho en la editorial Caballo de Troya. Yo tuve la suerte de estar por Madrid al día siguiente y aproveché para comprármela en el FNAC.

Tengo que reconocer que el primer motivo por el que me la compré fue por mi malsana curiosidad. A veces me compro un libro de un autor solo porque le conozco de algo (gracias al taller literario que hago, he tenido la suerte de conocer a varios escritores) y, claro, una vez que les conoces, sientes una necesidad irrefrenable de saber qué se esconde detrás, qué es lo que han sido capaces de crear. Es un poco de fetichismo, lo reconozco. Me gusta ver que los escritores son también personas, como yo. Y reconocer en sus palabras las motivciones o inspiraciones que han podido tener para tal o cual cosa.

La segunda razón que me llevó a comprármela fue el título. Creo que aunque no hubiera conocido a Mónica de antemano, seguramente me habría fijado en él de haberlo visto en alguna estantería. Es un título objetivamente bonito y atrayente. Sugerente.

Comencé a leer la novela ese mismo día, en el viaje de vuelta en tren. Y me ha acompañado hasta ayer, que me la terminé en el instituto. Tengo incluso que reconocer que les puse un vídeo a un grupo de alumnos para que me dejaran leer tranquilo. ¿Qué le vamos a hacer? Uno nunca ha dicho que fuera perfecto...

La novela me ha gustado desde principio a fin. Sí es cierto que hay un par de cosas que yo no habría hecho, como por ejemplo, cambiar la voz narrativa (me gusta mucho más Mónica siendo narrador omnisciente que tomando la voz de algunos de sus protagonistas, a los que es difícil distinguir cuando hablan desde este punto de vista narrativo, ya que parecen el mismo) o, por ejemplo, tratar de explicar demasiado al principio del libro. A veces parece que Mónica tiene miedo de que no lleguemos a entender cómo ve ella la escena con las pocas pinceladas que da y trata de explicarnos demasiado. Sin embargo, esto solo ocurre al principio, la narrativa es mucho más fluida a medida que entras en acción y te deja sin aliento hasta la última palabra.

Objetivamente la novela me ha gustado mucho. Adoro las novelas bien estructuradas y Si vuelves... tiene un andamio muy sólido sobre el que sustentarse. Me daba miedo enfrentarme a una novela que podría ser considerada coral con tan poca duración, pero se nota el equipaje musical que arrastra Mónica, que ha sabido darle un ritmo endiabladamente bueno a su narración, que te deja con el culo sobre el asiento. Me daba miedo enfrentarme porque para que una novela me guste lo primero que tiene que gustarme son sus personajes y en una novela coral se corre el peligro de que de algunos demos pocos detalles y nos queden planos. No ocurre así en Si vuelves... desde Rita a Simón, pasando por Víctor (mi preferido), Julia (mi segunda preferida), o Sara (la tercera en discordia), nos encontramos con personajes con motivaciones definidas, personajes a los que les coges cariño, personajes con los que no te importa continuar el viaje una vez que llegas a la novela. Sabemos de ellos únicamente lo que tenemos que saber, y eso no solo es más que suficiente, sino que es lo adecuado, lo justo.

Sin embargo, lo que más me gusta de la novela es la capacidad que ha tenido Mónica de introducir al lector en su mundo, dentro de su personaje más importante: The Club. Creo que al principio no me daba cuenta de lo importante que era, no solo para mí, como lector, o para ella, como autora, sino para el resto de personajes, lo que ese cambio produce en sus vidas.

Debido a la atemporalidad con la que la novela está escrita (algo que me gustó mucho ya que, no sé, me recordó a una de esas ambientaciones como las de la película Gattaca, que sabes quese dearrolla en un futuro, pero que tiene una ambientación tan bien conseguida que no sabes exactamente cuándo sucede porque la ambientación es de los años cincuenta) no llegas a ver el tema del peso de la fama hasta la mitad del libro, por ejemplo, y hay una conversación entre Julia y Sara, creo. O entre Víctor y Julia, también con respecto a la fama y a las motivaciones que The Club tuvo para contratar a esa serie de personajes que me calaron hondo y que supongo que releeré.

Es en ese punto cuando me di cuenta de que estaba realmente enganchado, no un enganche de esos apoteósicos que te puede ocurrir con un best-seller, sino uno de esos sutiles, de esos que te atrapan lentamente, como con hilos. Y la sorpresa de estar enganchado fue francamente agradable.

Desde entonces los acontecimientos se suceden en un orden y una armonía perfectas y al final del libro, cuando descubres toda la trama, no puedes evitar sonreír, complacido porque el contrato entre la autora y el lector se ha establecido por completo y al volver hemos conocido el secreto.

En días como hoy en los que siento que mi paciencia se cansa y que me da rabia que según mi agente un par de editoriales se hayan echado atrás porque CarPa está escrita desde el punto de vista masculino (si es que es lo que dice Adhara: soy tío, tengo entre veinticuatro y cuarenta años y además soy heterosexual. Definitivamente no he nacido en la época que debería para que se me tenga en cuenta), y tengo la sensación de estar atado de pies y manos, de no poder hacer más, de estar dándome cabezazos contra un muro de piedra y me cabree y me frustre y me den ganas de dejarlo, que una novela como la de Mónica esté en el mercado en parte gracias a su insistencia y, sobre todo, porque ella haya creído en sí misma y en su trabajo, anima a seguir adelante.

Porque, además, de todas maneras, la frustración por las negativas solo se me quita trabajando, metiéndome de nuevo otra vez en la escritura y dejando que el mundo pase a mi alrededor mientras yo me divierto con mis personajes. Creo que es la única medicina para esta sensación tan desagradable de la que os he hablado.

Así que ya sabéis, sé que estáis deseando conocer el secreto, así que id corriendo a buscar vuestra entrada a The Club.

domingo, 20 de enero de 2008

Marchando una de recomendaciones

Estoy leyéndome Los treinta y ocho errores más comunes a la hora de escribir ficción (y cómo evitarlos) --The 38 Most Common Fiction Writing Mistakes (And How To Avoid Them)-- por Jack M. Bickham y me está gustando tanto porque está escrito con tanta naturalidad, tanta gracia y de una manera tan cercana que me parece bueno hasta el índice, así que aquí os lo planto para que ni yo ni vosotros caigamos en esos errores. La traducción cutre y salchichera es mía:
  1. No te pongas excusas... cuando puedes evitar el retraso a la hora de ponerte a escribir con estas ideas para empezar tus proyectos.
  2. No te consideres demasiado inteligente... cuando puedes poner los pies de tu escritura sobre la superficie terrestre--donde están tus lectores, por cierto.
  3. No trates de darte ínfulas cuando escribas... cuando puedes darle fuerza a tu escritura traduciendo ideas complicadas en un lenguaje simple y directo.
  4. No esperes milagros... cuando puedes alcanzar tus metas literarias a través del trabajo duro, de la paciencia y de la perseverancia.
  5. No calientes motores... cuando puedes escribir una historia llamativa desde el propio comienzo de la misma.
  6. No describas atardeceres... cuando puedes hacer que tu historia se mueva evitando las descripciones floridas y detalladas.
  7. No uses a gente real en tus historias... cuando puedes crear personajes vívidos y convincentes a través de la exageración.
  8. No escribas acerca de debiluchos... cuando puedes construir personajes fuertes y activos.
  9. No eludas los problemas... cuando puedes llenar tu escritura de conflictos reales.
  10. No hagas que las cosas ocurran sin razón aparente... cuando puedes usar el trasfondo y la motivación para darle lógica y credibilidad a tu ficción.
  11. No te olvides de los estímulos y de las reacciones... cuando puedes fortalecer tu escritura a través de la causa y el efecto.
  12. No olvides acerca de quién es la historia... cuando puedes evitar la confusión a través del uso de los pensamientos de tu personaje como punto de vista principal así como sus percepciones para que controlen la historia.
  13. No falles a la hora de clarificar el punto de vista... cuando puedes hacer que tus lectores se queden absortos con un solo personaje y sus problemas.
  14. No adoctrines ni sermonees a tus lectores... cuando puedes transmitir la información a través de medios más innovadores y creativos.
  15. Tampoco dejes que tus personajes lo hagan... cuando puedes alejar tus diálogos de la documentación pesada y la información por la mera información.
  16. Tampoco dejes que sean unos charlatanes... cuando puedes mantener un diálogo brillante y directo buscando una meta conversacional.
  17. No mutiles el discurso de los personajes... cuando puedes escribir un diálogo realista sin tener por qué recurrir a dialectos, slang, coloquialismos y lenguaje ordinario.
  18. No te olvides de las sensaciones... cuando puedes crear empatía por un personaje usando sus pensamientos, sentimientos y sensaciones acerca de lo que le rodea.
  19. No tengas miedo de decir "dijo"... cuando puedes hacer que tus diálogos se mantengan firmes evitando el uso de sinónimos que acaban distrayendo al lector.
  20. No asumas que lo sabes: búscalo... porque un pequeño error te puede quitar la credibilidad.
  21. Nunca dejes de observar ni de tomar notas... cuando puedes afinar tus habilidades descriptivas practicando continuamente sobre el mundo que te rodea.
  22. No ignores la estructura de escena... cuando puedes usar sus siete sencillos pasos para crear una escena impactante en la que se vaya aumentando la tensión.
  23. No tires cocodrilos desde el tejado... cuando puedes crear complicaciones interesantes relacionadas directamente con tu historia.
  24. No te olvides de dejar que tus personajes piensen... cuando puedes utilizar el poder de la "emoción a través de la decisión" para conseguir tus metas en la historia.
  25. No camines sin sentido por la niebla... cuando puedes definir la dirección de tu historia y mantenerte firme sobre ella.
  26. No te preocupes por ser demasiado obvio... cuando puedes confiar en que tu historia es lo suficientemente clara y poderosa como para mantener a tus lectores a la luz de tus palabras.
  27. No te critiques hasta morir... cuando puedes dejar simplemente que fluyan tus humores creativos.
  28. No te preocupes por lo que vaya a pensar tu madre... cuando puedes escribir libremente, sin las presiones del exterior.
  29. No te escondas de tus propios sentimientos... cuando puedes llenar tu escritura con la pasión y la emoción que buscan los lectores.
  30. No lleves lo que escribas al club de lectura... cuando puedes evitar los consejos innecesarios, incorrectos e irrelevantes.
  31. No ignores el consejo de los profesionales... cuando te puedes beneficiar de la experiencia de escritores ya publicados.
  32. No persigas el mercado... cuando puedes escribir ficción sólida y publicable sin tener por qué colgarte de las modas.
  33. No poses ni te posiciones... cuando puedes quitar de tu prosa la pretensión y el cinismo que no hace más que detener el flujo de tu historia.
  34. No desperdicies ideas... cuando puedes utilizarlas una y otra vez.
  35. No te detengas demasiado pronto... cuando puedes tener en tus manos un trabajo realmente terminado después de completar un plan de revisión y corrección.
  36. No tengas prejuicios acerca de los editores... cuando les puedes enviar tus manuscritos sin mácula, para que ellos no tengan prejuicios sobre ti.
  37. No abandones... cuando puedes ser optimista y persistente en tu carrera como escritor.
  38. No te quedes sentado mirando a las musarañas... cuando puedes empezar a escribir ahora mismo, y seguir escribiendo hasta el éxito.
Algunos de los errores y consejos son obvios, otros no tantos, hay algunas incluso discutibles, pero el libro es tan inteligente y me ha gustado tanto que no podía evitar compartirlo con vosotros. Ya sabéis:

The 38 Most Common Fiction Writing Mistakes (And How To Avoid Them) por Jack M. Bickham - Writer's Digest Books.

miércoles, 16 de enero de 2008

Los géneros

Cada vez me gusta más la distinción tan clara que hay en el mundo literario anglosajóncon respecto a los géneros en narrativa. La distinción entre los diferentes tipos de novela está mucho más clara y nadie se ofende al ser catalogado como un escritor de novela, yo qué sé, de ciencia ficción o de, por ejemplo, novela romántica.

Es más, estas barreras están tan claras que los propios autores, de hecho, se constituyen en gremios o asociaciones para tener más fuerza, estar al tanto de las modas dentro de su género o incluso las novedades y premios. ¡Y nadie se ofende! Yo creo que aquí, o quizá en el mundillo literario de habla hispana en general, catalogas a alguien como escritor de un género y ya la hemos liado con el ego de esa persona en cuestión, que parece que estamos cuestionando su labor artística o algo. Porque esa es otra, que parece que aquí el objetivo de escribir hasta el más mínimo texto es hacer una obra de arte que perdure hasta los confines de la historia...

Ojo, que no estoy de acuerdo del todo con esto de asociarse por géneros, que yo creo que por la propia naturaleza del escritor, puede apetecerte un día escribir algo de ciencia ficción, pero otro día querer contar una historia romántica. O al menos eso es lo que me pasa a mí, me parecería muy triste que todos mis intereses quedaran encuadrados en un solo tipo de historias.

Pero está claro que no me ofendería en absoluto si alguna de mis novelas fuera catalogada dentro de un género. Es más, si ese trabajo mío ha sido capaz de ser encuadrado dentro de uno, quizá será porque no lo he hecho del todo mal si he sido capaz de adaptarme a las convenciones del género, ¿no? O a lo mejor lo he hecho tan bien que, a pesar de no adaptarme a esas convenciones, la novela sigue cumpliendo premisas...

No llego a entender por qué aquí en España parece que la narrativa de género, por naturaleza, es inferior. No sé, quizá yo tengo una concepción demasiado funcional de las cosas. Suelo preguntarme antes "¿para qué'" que "¿por qué?" y por eso no soy capaz de ver esa supuesta inferioridad de la narrativa de género. Está claro que el momento de afrontar una novela de género es diferente al momento de afrontar una novela, llamémosla, "literaria", así como también serán diferentes el público y los objetivos que quedarán marcados a través de la escritura de una u otra.

Una novela literaria irá dirigida a una élite culta que busque en la literatura otra cosa además del obvio divertimento. Una novela de género (cuanto más uso este término menos me gusta por mucho que haya dicho más arriba que me gustan las consecuencias que trae su utilización) buscará a un público más amplio (tan amplio como sea el alcance de ese género) y que, precisamente por buscar una obra encuadrada en ese género, esperará encontrar algo de lo que busca, además de un buen rato de disfrute lector.

¿Entonces por qué nos empeñamos una y otra vez en hacer La Obra Maestra? Sí, me incluyo conscientemente porque siempre creí en aquello que pensaba Unamuno acerca de la inmortalidad y sus obsesiones pueden parecerse mucho a las mías. Sin embargo, quiero intentar ser consciente de mis limitaciones y, sobre todo, de mis gustos e intereses.

Desde luego no me ofenderé si, por ejemplo, CarPa se cataloga como una comedia romántica porque eso es lo que es. O lo que sea que escriba en un futuro, no me ofenderé porque no veo que se ataque a lo que he hecho ni a lo que soy, como a lo mejor otros pueden pensarse. Tengo muy claro que el primer objetivo que me planteo a la hora de escribir (aparte de mi obvio disfrute) es hacer disfrutar a los que me leen, teóricamente de la misma manera que yo disfruto leyendo historias de otros. Por mucha atención que le preste a la lengua y al estilo (la pulcritud lingüística y todo eso se dan por descontado, pero no sólo en mí, sino en cualquiera que haya tenido un acceso mínimo a la educación) siempre está para mí en un segundo plano, porque se supeditan a la historia que quiero contar, no hago novelas literarias y no creo que mi objetivo en un futuro sea hacerlas.

Por eso me gusta esa división de géneros en la literatura angolsajona, porque todo el mundo tiene muy claro su lugar. No entiendo por qué, por ejemplo, en Estados Unidos, en las grandes editoriales neoyorkinas, que son las que más o menos mueven todo el cotarro, se busque ese tipo de literatura (se busca sobre todo el mainstream, que, al fin y al cabo es literatura de género que no se ha adaptado del todo a las convenciones típicas) y que, además, a lo largo y ancho del país, editoriales universitarias sean las encargadas de la publicación de la literatura, digamos, más literaria, como es lógico ya que su público es menor; mientras que aquí en España no se tenga tan claro qué es lo que buscan ni las editoriales ni los lectores siquiera.

Se me ocurre así, a bote pronto, que ni siquiera nosotros los escritores tenemos claro a dónde queremos llegar, o quizá solo es problema mío, que estoy más familiarizado con el mundo anglosajón, no sé. A lo mejor el lector español tiene otros intereses y se mueve y busca de otra manera porque, evidentemente, pertenece a otra cultura o quizá, al final, todo se resume en la frase de siempre y yo estoy complicándome la vida: Spain is different.

sábado, 12 de enero de 2008

Resurgiendo de las cenizas...

... o más bien de los mocos, resurgiendo de los mocos, los pañuelos, los delirios y la fiebre, porque a eso se ha reducido mi semana después de las vacaciones: a un gripazo que me ha tenido en la cama con treinta y nueve de fiebre.

Dice ese proverbio famoso que hay que tener mucho cuidado con lo que uno desea, porque puede hacerse realidad, y yo le pedí a los reyes magos que me concedieran vacaciones de las vacaciones, que necesitaba descansar, que habían sido demasiadas salidas, demasiadas borracheras y amanecidas en la calle como para que yo ahora pudiera enfrentarme al comienzo del trimestre con la energía que se esperaba. Claro que tuvieron que malinterpretar mi carta o algo así porque, que yo sepa, lo de los delirios nocturnos no es que descanse mucho, que me pasé una noche pensando que era el río que abastecía el priorato de Kingsbridge y estuve bebiendo agua sin parar porque de mí dependían todos los molinos de la zona... Como podéis imaginar, tuve que dejar de leer el libro de Ken Follet porque la noche siguiente ya no era un río, era un caballero que tenía que organizar un ejército en función de los colores de la ropa que llevaban los campesinos, y dejé de leer, sí, pero entonces echaron los Borgia por la tele y ya estaba yo soñando que era uno de ellos, con esas capas de armiño tan bonitas, esas orgías tan estupendas y esa cantidad de poder tan estupenda también sobre la cabeza.

Si eso es descansar de las vacaciones que venga el señor Melchor y lo vea. Exijo la carta de reclamaciones.