jueves, 22 de abril de 2010

Diario de progresos

Cuando te dicen por primera vez que van a publicarte una novela, no os voy a engañar, la ilusión sube hasta el décimo piso y se queda allí durante un buen rato. Un rato tan largo que puede durar siglos. Te levantas y cuando recuperas la conciencia y lo recuerdas, te sube desde el estómago un calor agradable que hace que lo coloque todo, como si, de pronto, el mundo fuera perfecto y todas las piezas encajasen.

Yo no os voy a engañar. Escribo para ser leído. Incluso cuando escribo para mí, escribo precisamente para ser leído por mí.

Está claro que la escritura tiene varias fases. Y está claro que uno tiene que escribir lo que quiera escribir, cualquier aproximación a este acto que no responda a estos intereses suele terminar de mala manera: o con desmotivación, o con malas críticas (si son sinceras) o con, lo más importante, un resultado carente de vida.

Sin embargo, una vez que decido lo que quiero escribir, para mí es inevitable pensar en quién va a leerme. La verdad es que yo no suelo tener en la cabeza un tipo de lector concreto. Más bien, me planteo un lector ideal que se parece mucho a mí pero con la distancia suficiente para hacerme preguntas acerca de mi proceso de escritura: si tengo que dar más información, si tengo que dar menos, si he explicado lo suficiente, si he pintado bien a los personajes, si no lo he hecho, si gustará lo que he escrito, si no gustará...

Es inevitable y supongo que alguien superidealista que tenga un concepto de literatura estricto, académico, clásico y culterano, probablemente dirá que estas preguntas no son más que manchas que ensucian el proceso.

Yo no soy así. Soy una persona bastante práctica. Quizá soy tan práctico que, a veces, este sentido práctico mío, en vez de una virtud, acaba siendo un defecto porque me vuelvo demasiado racional y ciertas cosas pierden su sentido místico y emocional.

Qué le vamos a hacer, soy un tío. No esperes dobles sentidos por mi parte, cariño. Je suis simple, mon amour.

Sin embargo, es cierto que con esto de la publicación, a uno le entra un cosquilleo por el estómago que hace que le den ganas de trabajar desde otra perspectiva, con otro fin.

Me hace especial ilusión que Ne Obliviscaris sea mi primera novela publicada (en cuanto a novelas escritas, es la cuarta) porque tengo la sensación de haber escrito lo que quería escribir.

No sé cómo ocurrió, pero era una novela que tenía pensada para mucho más adelante, pero hubo un día en que se me metió en la cabeza la historia y, desde entonces, no pude quitármela. Inconscientemente se me iba la cabeza y yo ya estaba en su universo.

Entonces, a pesar de tener otros proyectos pendientes, una mañana me puse a escribirla. Y no pude parar. Tardé poco, unos seis meses más o menos, en tener terminado el primer borrador. Después de corregir ese borrador una vez, quedó una novela un poco más decente. Y volví a corregirla. Y después volví a ella una vez más.

Todo esto en el plazo de dos años.

Es inevitable, pero cuanto más lees y escribes, más consciente te vuelves de tus propios vicios y errores. Puede parecer de perogrullo pero a veces alucina comprobar en tus propias carnes lo inconsciente que has sido al escribir tal o cual cosa y darte cuenta del error tan garrafal de, por ejemplo, coherencia textual o subtextual que habías cometido.

Y ahora acabo de terminar la tercera corrección. Pero esta vez con compañía, siguiendo las directrices dadas por el editor (pero siempre dejándome capacidad de elección). No os podéis hacer una idea de lo intenso y agotador que ha sido este proceso. Pero, al mismo tiempo, quizá por su intensidad y por la ilusión que hace, ha sido un proceso del que he aprendido muchísimo y gracias al que me he vuelto mucho más consciente de mis palabras.

Esto es bueno, porque quizá me convierta en mejor escritor, pero desde luego me hace un lector mucho menos inocente. Y eso es un poco triste. Pero nadie dijo que de esto no obtuviéramos consecuencias. Algunas buenas. Otras, no tanto.

A veces echo de menos leer con la inocencia con la leía antes, caer en los juegos de luces y humo del mago escritor de turno y caer irremediablemente ante sus encantos sin darme cuenta de los andamios. Hace mucho que perdí esa inocencia y aunque me dé pena, no debo arrepentirme porque fue mi decisión. Una decisión de la que me he arrepentido muchas veces pero una decisión, al fin y al cabo, a la que acabaría volviendo todos los días.

Porque hace que, muchos de esos días, todo parezca haber encontrado su sitio.

martes, 20 de abril de 2010

Qué difícil es ser guapa

Y para certificar que los cuentos pueden leerse de muchas maneras, aquí va una versión de uno muy clásico que escribí allá por el 2006:

En los tiempos que corren, ser guapa no es una bendición como todos creen, es más, tía, yo creo que es algo así como una pesadilla, como si transformaran los Cuarenta Polifónicos en otra cosa, no sé, algo así como Dial Gregoriano. ¡El Canto Gregoriano está tan pasado! Y yo se lo dije, claro que se lo dije. ¿Qué? ¿A quién? Pues eso, tía, que yo le dije al Grimm ese; que yo sabía que era guapa, pero que serlo no era tan bonito como parecía, aunque una, todo sea dicho, esté estupenda pese a su edad. Que ya van para ciento cuatro años. Y yo fui y se lo conté, porque yo soy muy mía para mis cosas y tengo que contarlo todo, ya me conoces.

Entonces resulta que cuando se lo conté, fue y me dijo que seguro que estaría estupenda para el papel, porque cumplía con todos los requisitos. Porque, sí, mira, resulta que cuando yo nací a mis padres les dio por invitar a toda la peña del palacio, que si a las damas, que si a los caballeros y a los condes y a las condesas y a todo el mundo, tía, que digo yo que menos mal que era un bebé porque si llego a ser un poco mayor, yo qué sé, a mí me hubiera dado algo, que aguantar a tanto vejestorio junto hubiera sido el muermazo del Reino y yo ya no estoy para esas historias, que he perdido mucho tiempo.

Y yo se lo conté. ¿Qué? ¿El qué? ¡Jo, tía! Mira que eres corta. ¡Pues mi historia, tía! ¡Mi historia! Lo de cuando invitaron a las hadas a mi bautizo y cada una me hizo un regalo. ¿A santo de qué te crees tú que yo soy tan guapa? A ver si te crees que no ha sido gracias a Dermoestética, el hada rosa. A ver si te crees que esta nariz viene de serie, mona, que mi madre es la nieta de Piruja, que es famosa por su nariz. ¿Te imaginas? ¿Yo? ¿Con la nariz de mi madre? Ni loca, hija, ni loca. Antes muerta que con la nariz de mi madre.

Pues, eso, lo que te iba contando, que le conté todo al Grimm ese, que es muy mono, tía, ¿te habías fijado? Resulta que Madonna, el hada azul, por lo visto me regaló una voz estupenda, y todo iba genial, según me ha contado mi madre, porque todas en el reino envidiaban que le hubiera diseñado el tocado alguien como Florentino, el sastre de palacio y todo lo de mi nacimiento era la comidilla del reino pero, acércate tía, que no quiero que nos escuchen, eso, que, claro, siempre tiene que haber la típica envidiosa que te coge por banda y te amarga la vida y tú ya sabes que aquí en el reino somos todas de mucho parlotear y darle al pico, que nos gusta mucho criticar e inventarnos cosas, así que estaba claro que la fiesta no iba a salirle perfecta a mi madre, ¡cómo para que le saliera! ¿No tienes un chicle? ¿Ni un cigarro? ¡Qué sosa eres, mona!

Bueno, pues nada, que resulta que mi madre no le había dicho a la del torreón izquierdo que yo había nacido. Que sí, tía, la del torreón izquierdo, la que se pone esos tocados tan horteras y tan de la Alta, que estamos en la Baja Edad Media ya, ¿qué se creerá esa que se lleva? Que ya se nos pueden ver los tobillos y todo. Pues eso, a lo que iba, que mi madre no la invitó porque, oye, que yo entiendo que sea tu vecina y tal, pero es que seguro que iba a acabar desluciéndolo todo y, además, a mi madre ella no la invitó cuando redecoró el torreón con los tapices de Bizancio y eso no se perdona tan fácilmente, tía, que ni siquiera le dijo que los había encargado. ¿Tú te crees? ¡De Bizancio!

Ay, que me voy del tema.

Pues la muy zorra acabó presentándose en mi bautizo y todo. Así, como lo oyes. Y la guarra fue y me maldijo, con todas las palabras. Me-mal-di-jo. ¡A mí! Que acababa de nacer y que no le había hecho nada. Claro, que mi madre, ¡ay, mi madre! mi madre se levantó del trono y le dijo que lo retirara. Que eso no se lo decía ni ella ni nadie a su hija. Porque es que mi madre… mi madre es muy suya con las maldiciones, que ya sabes que tuvo que aguantar lo de su nariz desde incluso antes de nacer. Y también lo de la manzana envenenada. Y la otra, dale que dale, que ella no retiraba la maldición.

¿Qué? ¿Que qué maldición era? Pues morirme, hija, morirme, ¿tú te crees? A los dieciséis encima, sin haber podido entrar nunca en un salón de baile ni nada. Total, que la muy guarra dijo que no la retiraba y se fue. Así, sin decir adiós ni nada. Es que las hay que son malas hasta para eso.

Menos mal que había por ahí un hada un poco hortera, a la que no le habían hecho mucho caso, y cambió un poco la maldición. Pero sólo un poco, ¿eh? A ver si te vas a creer que una tía tan hortera iba a solucionarme la vida. ¡Que por lo visto llevaba todavía traje de lino! ¡De lino! O sea, mira, yo no es que tenga algo en contra del lino, pero ¿de lino? Si eso era lo que llevaba mi abuela, por favor, ¡lino! Que estamos en la Baja, ¿es que no van a enterarse nunca? El caso es que el hada del lino dijo que en vez de morirme pues que me dormiría unos cuantos años. Cien para ser exactos. ¡Ala! ¡Chúpate esa, tía! ¡Cien añitos del ala! Que digo yo que podría haber dicho, yo qué sé, por decir un número, pues tres, o cuatro, o cinco años, o hasta que llegara a los veinte. Pero no, la muy tonta tuvo que decir cien, como si en la Baja tuviéramos una esperanza de vida mayor que los treinta. Si es que las hay que son bobas.

Y me dormí, vamos que si me dormí, tía, pero con los ojos cerrados y todo, sin enterarme de nada. Resulta que un día estaba yo por el palacio más ancha que pancha, mirando los trapitos que se había comprado una de mis damas, porque, mira, yo sé que Areúsa es un poco así… así como guarrilla. Que sí, que sí, que tú ya sabes que a mí eso de criticar no me gusta nada, pero es que tenía que decírtelo, hija, tenía que decírtelo, que es muy mala influencia para ti, que no te conviene, que va a la capilla sin llevar toca ni nada, como si fuera del pueblo llano, pero, eso sí, dice mi madre que le traen las telas directamente de Irás y No Volverás, fíjate tú, yo, que soy la princesa, tengo que conformarme con los que me hace Florentino y ella, la muy guarra, se los trae importados. Claro, así es normal que me pinchara. Que serán muy finos los vestidos y todo lo que tú quieras, pero traían más alfileres que espinas tiene una sardina.

¡Ah! ¿Que no lo sabes? La sardina es el pescado de moda desde que don Carnaval dejó a doña Cuaresma. ¿Que no te has enterado? Pero, ¿tú dónde vives, hija? Pues resulta que, el otro día, se encontró mi madre con doña Cuaresma, a la salida del refectorio, y se lo contó. La había dejado por la del zapatito de cristal. Sí, tía, la que empezó limpiando escaleras y luego mira cómo terminó. Porque, es lo que yo digo, algo tiene que haber hecho para acabar de amante de don Carnaval, que el palacio es muy pequeño y aquí nos conocemos todos. ¿Y esos zapatos? Esos zapatos no los venden ni en Siete Leguas. ¿Que no has ido? Siete Leguas, mujer, la zapatería de la calle mayor del Reino. Si es que estás que no te enteras.

Pues nada, lo que te estaba contando, que me das conversación y me voy del tema. Estaba yo en los aposentos de Areúsa, cogí una fábrica de algodón, que era monísima y me pinché. Que no, que no, que no fue con el huso de una rueca, que eso luego se lo ha inventado el Grimm para darle emoción a la cosa después de que yo le diera la exclusiva.

Fue con el alfiler de una fábrica de algodón, pero eso que quede entre nosotras dos, ¿eh? Que yo tengo una reputación que mantener, ya sabes. Que soy la princesa. A ver si alguien se va a enterar de que estaba enredando con telitas de la plebe y se va a liar la cosa. Que una es la princesa y no lleva algodón, aunque sea precioso de la muerte. Porque es que era más bonito, tía…

De lo demás, no me acuerdo mucho, por lo visto sí que estuve durmiendo cien años. Pero conservo el cutis estupendo, oye, le he comprado a la bruja del pueblo un ungüento de baba de caracol y semilla de enebro que va estupendamente. ¡Toca! ¡Toca! A que está terso y suave como el cuello de un cisne. Si es que ya te lo digo yo, que lo que tiene esa bruja es estupendo. ¿Qué? ¿Que cómo desperté? Si yo pensé que ya te lo habrías imaginado…

Pues con mi Yonatan, hija, con mi Yonatan. Resulta que mi Yonatan estaba un día de caza por el bosque al lado del palacio y vio la torre más alta del castillo. Y mira que ya sabes que a mí esto de criticar no me gusta, pero es que mi Yonatan se cree que es como el Juan sin Miedo ese del Juglar Quincenal, y le dio por meterse dentro del bosque con el caballo y todo, y así fue como llegó a la torre más alta del castillo más alto de la región, que es el mío, tía, claro, ¿Qué esperabas? ¿Que fuera el de la idiota del zapatito, la de don Carnaval? Ya le gustaría a esa tener mi castillo, ya le gustaría…

Y, nada, tía, que mi Yonatan me vio ahí dormida, y no pudo evitarlo, que mi Yonatan es muy macho y si te ve desprevenida… ¡ay, lo que pasa cuando te ve desprevenida!, Y el caso es que me besó y ahí fue cuando me desperté.

Le pegué un poco, pero es que, hija, una tiene un despertar muy malo, y encima había estado durmiendo cien años, ¿cómo no iba a tenerlo? Pero luego me calmé y ya te sabes el resto de la historia, que ya sabes que tampoco había mucho dónde elegir, que todos los hombres casaderos del reino ya estaban ocupados y una es la princesa y tiene que dar ejemplo. Además, que mi Yonatan es mi Yonatan y a ver quién se atreve a decir lo contrario, que él es muy macho y muy buen príncipe y me deja hacer todo lo que yo quiera, incluso comer perdices, aunque él les tenga alergia. Oye, ¿y de verdad que no tienes un chicle? ¿Ni un cigarro? ¿No? ¡Pues mira que eres sosa, hija!

lunes, 19 de abril de 2010

Yo ya no me callo

No sé si lo habéis leído, o si yo simplemente he escuchado campanas sin saber de dónde provienen, pero me alucinan los últimos comentarios que se han vertido, entre otros, desde el Ministerio de Igualdad acerca de lo que pueden significar los cuentos populares dentro del sistema educativo actual, o hablando en plata, del papel que pueden jugar en nuestra sociedad.

En resumen, lo que plantean es lo de siempre: ricemos el rizo, busquemos un titular y digamos que los cuentos están llenos de estereotipos sobre las mujeres y los hombres, que las mujeres presentan un papel pasivo, que las niñas no pueden leer eso porque van a tomar esos roles y los niños tampoco, porque en su maldad congénita, van a tomar esos cuentos como modelo y van a volver a tiranizar al género femenino (hola, Ministerio, el género es una característica gramatical. Los seres vivos tenemos SEXO!) y, como las mujeres son tontas del culo y en cuanto ven un vestidito precioso y una corona, se vuelven idiotas, dejarán que el hombre vuelva a someterlas.

¡Prohibamos los cuentos, por favor! ¡Son peligrosos!

No estamos en una sociedad tan naïve e inocente como la que nos quieren hacer creer. Porque si algo han ido perdiendo los niños con el paso de los años, precisamente es la inocencia, que no es más que el resultado de los avances en comunicación. Cuanto más saben, menos inocentes serán. No es un problema ni una dificultad. Es simplemente una ley natural: el conocimiento llama al conocimiento y cuanto más sabe uno más preguntas se hace y más suspicacias le surgen.

Es nuestra tarea como docentes, escritores, bomberos o legisladores... en fin, como adultos, darles las herramientas adecuadas para interpetar correctamente esa realidad que nunca será perfecta ni políticamente correcta y que, en muchas ocasiones, irá en contra de nuestro credo, del suyo o del de Antoñita la Fantástica (prima hermana de Bibiana Aído, a quien cada día soporto menos pese a quien pese). Habrá que enseñarles a reconocer eso que les chirría, o que no les chirría, pero habrá que enseñarles, simplemente, a leer.

Porque los alumnos de hoy en día se piensan que leer es simplemente unir letras y formar palabras. Y no solo los alumnos, también los legisladores y esos señores tan amables que ahora hablan por todos lados de "competencias básicas" sin tener muy claro ni qué es básico ni qué es un colegio o un instituto o una clase ni lo que se hace en ellas ni lo que se debe hacer en casa, en la calle, en el cine o en el cuarto de baño.

Si les enseñamos a leer correctamente, nos evitaremos muchos problemas. Uno de ellos es este. Claro, que a lo mejor hay ciertas ministras, políticos, legisladores e incompetentes que deberían aprender a leer primero, a interpretar la realidad primero y a no prohibir todo lo que no está de acuerdo con lo que ellos piensan.

Porque esa es la realidad: lo bueno, lo malo y lo peor.

En fin, no sé en qué sociedad viven, pero en la sociedad donde yo vivo, las niñas no son tontas ni se vuelven idiotas al ver a la cenincienta fregando el suelo, los niños son muy conscientes de la superioridad intelectual que suelen presentar las chicas durante la época de escolarización.

Las niñas quieren ser veterinarias, enfermeras, escritoras, cantantes, modelos, profesoras, ingenieras, informáticas y también amas de casa. Los niños quieren ser futbolistas, escritores, modelos, conductores, cantantes, actores, ingenieros, informáticos, veterinarios y Fernando Alonso.

Hoy en día, afortunadamente, cada uno puede ser quien quiera ser. Y si quieres ser ama de casa, modelo, cantante o estrella del árbol de navidad, tendremos que educar en que es posible que lo seas solo si lo intentas (ergo, bienvenida capacidad de esfuerzo y concentración, tan denostada hoy en día).

Hay que enseñar a leer, porque si sabes leer de verdad, serás crítico, y si eres crítico, sabrás expresar tu opinión y si sabes expresar tu opinión (y lo que es más importante, tenerla, pero una opinión tuya, formada a ravés de tus propios mecanismos mentales, n impuesta por alguien ajeno a ti), sabrás elegir.

En definitiva, hay que educar en la libertad de expresión, sí, pero sobre todo, en la libertad de ELECCIÓN, sea la que sea.

Pero, por eso, para que esas elecciones no sean erróneas, debemos darles a los niños y adolescentes las herramientas necesarias para que no las tomen. Y esas herramientas, precisamente, no pasan por decirles qué pueden o no pueden leer: tienen que leerlo todo. Incluso lo que no les gusta. Incluso lo que no nos gusta a nosotros.

Pueden ser lo que quieran.

Afortunadamente.

Aunque a nosotros no nos guste.

miércoles, 31 de marzo de 2010

Cuando menos te lo esperas

Llevas preparando una excursión durante dos meses. Es la excursión de fin de etapa, primero de bachillerato. Sois tres profesores pero tú te encargaste de mirar las agencias, tus dos compañeros andan metidos en miles de cosas también aparte de la excursión.

Teóricamente nos vamos a Edimburgo. Destino elegido porque tú ya has estado varias veces y, puestos a llevar a veintiocho alumnos hormonados a algún sitio, mejor uno que ya conozcas y que controles. Los vuelos salen caros. Los hoteles, también. Te pasas prácticamente los dos meses de agencia de viajes en agencia de viajes buscando un presupuesto que os convenga. Finalmente lo encuentras. Prácticamente a tres semanas del viaje.

Recopilas del dinero, organizas a los niños, haces un planning, montas la excursión. Parece que todo va a salir, que todo el esfuerzo verá su resultado.

Y, entonces, a menos de una semana del viaje, te enteras de la bomba: huelga de la compañía aérea. Se han suspendido vuestros vuelos.

El terror te posee, te tiemblan las piernas, un sudor frío te recorre la espalda. ¿Qué hacer?

Decides ponerte el disfraz de padre coraje y acudes a la agencia, amenazas con no moverte de allí a menos que lo solucionen. También piensas que tampoco tienes por qué ponerte así, al fin y al cabo, las chicas de la agencia tan solo son la cara visible de todo lo que hay detrás, esa fiesta de burocracia infinita a la que en este país somos adictos.

Pero tú no te mueves. El terror a que veintiocho alumnos con su respectivo par de padres decida lincharte en las puertas del instituto puede más que tu educación refinada y tu empatía traicionera.

Termina la tarde sin que se solucione nada y al día siguiente es fiesta nacional. Nadie trabaja en España.

La noche la pasas en blanco, dando vueltas en la cama. Imaginas alternativas, universos paralelos en los que las excursiones no existen, en los que se viaja con tan solo un chasquido de dedos y, sobre todo, en los que tú no tienes estrés. Porque si antes pensabas que lo habías tenido, no tiene nada que ver con lo que sientes ahora: Ahora no tienes estrés, eres una montaña de estrés andante desde la punta de las orejas hasta los dedos de los pies. Rezumas nervios, tiemblas tensión.

Así que te levantas más temprano de lo habitual para ser un día de fiesta y, después de estar un buen rato mirando a la pared, te planteas si sería una buena idea empezar a comértela. Tu perrita, a fin de cuentas, parece ser adicta a la cal de la pintura. Quizá no sea tan mala idea comérsela. Es una manera tan buena como cualquier otra de pasar el rato.

Pero, en vez de eso, decides coger el teléfono y ponerte a llamar a diestro y siniestro a cualquiera que pueda solucionarte la papeleta. Por supuesto, las primeras llamadas no tienen éxito. En España nadie trabaja. Así que llamas a Inglaterra, directamente a la compañía aérea. Se lo explicas, les cuentas tu situación, no lloras porque tienes que estar concentrado en entender por teléfono ese endiablado acento británico al que no estás acostumbrado debido a las interminables horas de series de televisión norteamericana que te tragas casi diariamente sin ningún tipo de aderezo.

Y lo solucionas. O al menos eso parece. Solo queda que llame la agencia al lunes siguiente a primera hora, les de nosequé número y cambien los billetes. Solo queda eso para que lo emitan. Has hecho todo lo que has podido. Teóricamente ahora puedes descansar.

Pero es imposible.

Llega el lunes y no haces más que mirar al teléfono. Estás esperando la llamada de la agencia. Queda un día para el viaje y todavía no sabes si podréis iros o no. Les has dado la noticia a los alumnos esa misma mañana y la histeria se ha contagiado como un virus. Nadie escucha en clase, nadie atiende. Ni siquiera tú.

Entonces te llaman.

Pero no es la agencia.

Es un editor. De una editorial a la que tu agente había enviado una de tus novelas hacía unos meses. Te quedas mudo. Si había un día que no esperabas esa llamada, precisamente es el día que estás viviendo. Y entonces te lo confirma. Publicarán tu novela en la temporada de navidad. No te lo crees, le cuelgas, le explicas que tienes que ir a clase.

Después te llaman de la agencia de viajes: Te han conseguido los vuelos.

Entonces te sientas, comienzan a temblarte las piernas y cuando llegas a casa y le das la gran noticia a tu novia, te echas a llorar. No sabes si de la felicidad, de los nervios o por todo a la vez.

No es posible que todo suceda el mismo día.


Pero lo ha hecho.

Y eso que acabo de contar es lo que me ocurrió el lunes pasado, probablemente el día más surrealista que haya vivido hasta este momento.

Y, sí, tengo el placer de anunciaros que Ne Obliviscaris (No me olvides), mi cuarta novela, si todo sale bien, será publicada por Edelvives esta temporada de otoño, dentro de la colección Alandar. Esto es tan grande que no tengo palabras para expresarlo, ni tampoco tengo tiempo. Desde que he vuelto de la excursión (al final todo ha salido estupendamente, gracias) estoy mano a mano con el editor, prácticamente a un par de e-mails diarios, organizando nuestro plan de trabajo, planeando correcciones, mejorando estructuras y argumentos.

Esto marcha y yo no puedo estar más contento por que lo haga.

lunes, 1 de marzo de 2010

Pequeñas cosas

No soy economista, lo máximo que sé de dinero es lo que me cuesta llegar a fin de mes y lo que me gusta gastármelo (también sé un poco de recibos estratoféricos de gas natural, pero eso es otra historia), pero sé que estamos en crisis, nos lo repiten constantemente y yo me lo creo. Debemos de estarlo, yo qué sé.

No soy economista pero tengo dos dedos de frente y sé de lo que hay que quitar y dónde hay que ponerlo. No sé si saldremos de esta, quizá mi mundo es muy reducido y estoy equivocado en mi argumentación, pero creo que si hay algo en lo que, precisamente ahora, hay que invertir más es en educación.

Y en educación de verdad, no en ordenadores para cada alumno, no en campañitas que salen en la tele, no en becas que luego no acaban siéndolo, no en palabras vacías sin significado (qué pena que una palabra llegue a perder su significado).

Es una pena que el presupuesto que Educación vaya a dedicar en esos ordenadores para los alumnos sea tan desorbitado. En serio, cuando me he enterado esta mañana, casi me desmayo. ¿De qué van a servir? ¿Realmente es una medida tan urgente? Por supuesto que no voy a hablar de esto porque no es el lugar y estoy convencido de que la mayoría (de los que me leen, de los que no me leen, de los que me hablan, de los que no me hablan) sabe tan bien como yo que un aparato así, por muy útil que sea, no es lo primero que uno tiene que ver cuando llega a un centro educativo.

Hay muchas formas mucho más baratas de educar.

Y lo que es más triste: baratas y efectivas.

Disminuyan las ratios, señores (una ratio es el número de alumnos que hay por clase), aumenten la plantilla de profesores, aumenten las horas de idiomas, separen de nuevo la lengua de la literatura y fomenten algo el esfuerzo. El esfuerzo es humano, si algo nos cuesta trabajo, nos motivamos, si lo conseguimos, sabemos que ha merecido la pena. Si no nos cuesta trabajo, mostramos la mitad de interés en la tarea. Hay que educar en el esfuerzo, hay que aprender a esforzarse. En la vida, nada es fácil.

No sé, esas son las que se me ocurren para empezar.

Invirtamos en cultura.

Es un momento difícil para entrar en el mercado laboral, muchos de mis exalumnos abandonaron los estudios porque ganaban más poniendo ladrillos o trabajando en una hamburguesería (comprendo que 1000 euros cuando tienes dieciséis años es mucho dinero) pero ahora ¿qué? Están en la puerta del instituto porque no tienen dónde ir. Ya no pueden entrar. Pero es como si nunca hubieran salido porque tampoco han tenido acceso a otro sitio. O se les ha echado. O se les ha denegado la entrada.

Los políticos venden humo. Todos, sin excepción.

Y mientras tanto, el futuro pueblo, el pueblo que nos va a dirigir, el que va a decidir, se está educando en cosas vacías, pasa por la vida de puntillas y no aprende. Y, si no aprende, no sabe. Y, si no sabe, no elige bien.

¿Realmente a alguien le beneficia esto? ¿Es positivo que nadie sepa nada, que nadie juzgue nada, que nadie opine de nada porque no sabe opinar, ni interpretar la realidad de ninguna de las maneras?

Supongo que no hay nadie que responda con un "sí" a la pregunta anterior. Mucho menos los políticos, mucho menos los ideólogos.

Pero, da igual, mientras se gastan millonadas en ordenadores portátiles, hoy he recibido una carta del Ministerio de Cultura en la que se niega a mi centro el poder formar parte de los "Encuentros literarios en Institutos de Educación Secundaria" a través del cual queríamos traer a un escritor para celebrar el día del libro dentro del Plan de Fomento para la lectura debido a, cito textualmente, "las medidas adoptadas en el nuevo plan de austeridad del Ministerio de Cultura".

(¡Qué bonitos quedan los nombres en las páginas web! ¿verdad? Porque otra cosa yo no veo... Nombres)

¿Me puede decir alguien en qué tienen que gastarse el dinero los de ese Ministerio si no es para este tipo de cosas? Porque yo es que no lo entiendo.

Pero, da igual, mientras en los periódicos salga que nos dan ordenadores, que hay subvenciones estupendas para todas las cineastas femeninas (porque eso es lo importante, que seas mujer, no que hagas buenas películas) todos contentos.

Y, mientras tanto, son estas pequeñas cosas que, a priori, no interesan a nadie y de las que nadie se entera, las que van sufriendo los verdaderos vaivenes de esta crisis tan manida y de nombre tan vacío que ya harta y por la que nadie hace nada en condiciones y por la que sufren siempre los mismos.

A veces, sinceramente, creo que lo que se pretende actualmente es la verdadera alienación.

Y esa palabra, por lo menos a mí, sí que me da miedo.

No hay nada peor que un pueblo sin conciencia.

(perdonad el tono de la entrada de hoy, es que ni la he pensado, la he vomitado tal cual la he sentido al recibir la famosa carta de rechazo. Seguramente haya ideas inconexas y sin razonar que no he sabido enlazar bien, amén de un tono naïve que seguro que echa para atrás.

Está claro que mis alumnos no se van a quedar sin escritor (mi centro, afortunadamente, tiene fondos de sobra) pero sinceramente da miedo que se esté llegando a estos extremos y que se esté recortando de lo único de lo que no hay que recortar mientras se debate largamente acerca de recortes para los que todo el mundo está más que de acuerdo. Porque, por supuesto, la feria del libro de Cáceres también ha sufrido un recorte presupuestario pero, vamos, tampoco creo que lo notemos mucho, más mierda de lo que era no puede ser...)

(Al menos, en la página del ministerio, podrían anunciar que hay recorte presupuestario y que ya no se realizan los encuentros literarios, ¿no? Ah, claro, que mejor ese tipo de cosas, las ocultamos, pero que salgan los números -seguramente, maquillados, que yo también he hecho estadísticas para un organismo público, que fui becario, pero no gilipollas- de los balances de otros años)

viernes, 19 de febrero de 2010

Profesores de lengua (¿y literatura?)

Después de llevar varios años trabajando en un instituto me he dado cuenta de una cosa: La mayoría de actividades relacionadas con la literatura en los institutos, se realizan a través del departamento de lengua española.

A mí, como profesor de inglés, es algo que me jode un poquito, porque me veta un terreno que creo fundamental para la educación integral de nuestros alumnos, pero, bueno, lo asumo. Soy profesor de inglés, mi función es otra.

Pero, seamos sinceros, el tema me jode bastante más. Porque una cosa es la teoría y otra muy diferente es la práctica.

Estoy harto de ver cómo los profesores de lengua enseñan sin pasión su supuesto amor por los libros, que no pongan interés en los escritores que nos visitan, que no se hayan leido sus obras, que manden las lecturas sin criterio (o que inviten a pseudoescritoras extremeñas que escriben sobre vampiros pero no y que cometen las faltas de concordancia más grandes que he visto nunca, cosa que demuestra que no se han parado a informarse un poquito, que no se han molestado en comprobar cómo está escrito lo que ha escrito la persona a la que invitan. Un poquito de criterio, por favor. El terruño no es lo primero ni en la literatura ni en nada. Apertura, señoras y señores, que no duele), que no se actualicen ni un poquito...

Ojo, esto no es una crítica a mis compañeros. Conozco a muchos que aman los libros como se supone que tiene que hacerlo un profesor de lengua. Pero eso no quita que me plantee varias cosas.

No sé, mi experiencia me ha hecho ver que los profesores de lengua son eso, profesores de lengua. Y se limitan a eso, a enseñar lengua española. Que, sí, que está muy bien. Pero ¿dónde está la literatura?

Quizá sea un idealista (bueno, quizá no, es un hecho ratificado, soy un idealista del copón). Con muy pocos con los que he hablado, compartían mi amor por los libros. Y mi gusto por la literatura viene de antes de que descubriera que me gustara escribir. Yo me hice filólogo porque me gustaba la literatura, no enseñar lengua. De hecho, escogí filología inglesa porque me gustaba la literatura inglesa más que la hispánica.

Mi primera decepción vino al estudiar la carrera. Como ya he contado, la literatura parecía más un trámite que algo por lo que apasionarse. Nunca vi a uno solo de mis profesores en el teatro, No les vi jamás en ninguna de las obras escritas por su amado y requetestudiado y requeteanalizado (por ellos) Shakesperare y que anualmente venían a Cáceres y por las que por la mera perspectiva de verlas yo me emocionaba. Nunca lo comprendí.

Luego, al trabajar en un instituto, mi perplejidad fue en aumento, porque parecía que el amor por la literatura solo lo tenía yo por creerme escritor, no por ser filólogo. Y creo que es un razonamiento completamente erróneo ya que me hizo preguntarme por qué habían estudiado aquella carrera. ¿Por amor a la sintaxis? ¿por amor a la morfología?

Sinceramente, como adulto, sé que hay muchas filias y que te pueden poner muchas cosas y uno es abierto y tal y acepto que cada cual se excite con lo que quiera, pero, no sé, ¿ni una mención a los libros? ¡Conozco a muchos profesores de lengua que no leen (pero juegan al paddle, eso sí)!

No lo entiendo. No lo concibo. No me entra en la mollera.

Y me indigno y me ofendo y me cabreo y me enfado y no respiro.

Si nosotros no leemos, si no tratamos con respeto a la literatura, ¿cómo coño vamos a meterles esa idea en la cabeza de nuestros alumnos? Me consta que durante mis años de docencia yo, en mis horas de inglés, he hablado más de libros que muchos profesores de lengua.

¿Tiene sentido?

Lo siento, pero para mí no.

Luego, cuando resulta que viene el escritor de turno de visita al centro, tú tienes una hora libre, te metes a escucharle y el profesor de lengua te dice que ya que estás ahí tú te encargues de sus alumnos que tiene que ir a nosequé ya acaba por hacer que me explote la cabeza y que se esparzan mis sesos por todo el centro.

Y luego toca limpiarlo.

En fin.

Cuánta incoherencia me rodea.

(al final me he presentado al concurso de microrrelatos de SM, la verdad es que lo hice, sobre todo, porque no escribo. Lo intento, pero no tengo asiento, no soy capaz y mira que tengo ganas, pero necesito saber que tengo todo el tiempo del mundo para hacerlo y no lo tengo, estoy más ocupado que nunca.

Mi intención era escribir uno diario, pero al final solo he escrito uno. Una pena, tenía varias ideas que quedarán en el cementerio de las ideas. A ver si resucitan pronto.

De todos modos, aquí os dejo con el microrrelato con el que me decidí a participar:

sábado, 13 de febrero de 2010

El mecanismo del reloj (I)

Hace un par de semanas me ofrecieron formar parte del comité de lectura para un premio de novela. Y a mí, que la curiosidad me puede y los libros más, no me quedó más remedio que aceptar la propuesta a pesar de no cobrar nada, de que el premio de novela tuviera su sede en otra ciudad y, por tanto, que me tocara desplazarme y a pesar de... a pesar de nada, que acepté encantado (de todos modos, a mí se me soborna fácilmente).

Así que aquí estoy para contaros los entresijos de esto donde me he metido para que así, tanto yo como vosotros, podamos sacar algo en claro.

Cuando llegué a la reunión se respiraba un ambiente estupendo. Nos metimos en una habitación donde había (y no exagero) cerca de cien sobres con sus correspondientes novelas procedentes de todas las partes del mundo, así que nos dividimos en grupos de trabajo y nos dispusimos a abrirlos y catalogarlos.

La cosa era simple, había que comprobar que todas las novelas seguían las bases para después numerar tanto los ejemplares como sus plicas. Pero os sorprendería la cantidad de obras que tuvimos que rechazar porque no cumplían lo dicho en la convocatoria.

Nunca me he planteado el por qué de las bases. Su existencia es lógica. Es igual que en las oposiciones, se trata de que, al menos, en el aspecto meramente formal, todas las obras partan con las mismas posibilidades. Es algo bueno. Es algo positivo. Seguirlas nos hace continuar en la carrera. No hacerlo, nos elimina. Tan simple como eso. Si hay que discriminar, es mejor hacerlo porque no cumplan las bases. Es, simplemente, más justo.

Y nosotros eliminamos las siguientes:
  • Las que no entregaban el número de ejemplares solicitado en la convocatoria. ¿Por qué, si se piden cinco ejemplares, tú mandas tres? ¿Sabes leer?
  • Las que no llevaban las páginas numeradas. Si no lo haces, ¿cómo vamos a saber que cumples con el número de páginas? Si uno de los premios (aparte de la dotación económica, que en este caso es sustanciosa) es la publicación, la editorial que finalmente saque al mercado al ganador, tendrá estipulados el volumen del ejemplar, el número de páginas aproximada. Y no responde a capricho. Normalmente se hace para que la novela ganadora encaje en su catálogo editorial y no destaque ni por encima ni por debajo. No olvidemos que cuando dejamos de escribir y la obra está finalizada, si queremos moverla, tenemos que meternos en un mercado. Y un mercado no es un museo.
  • Las que se excedían en los márgenes. Coño, si te pedimos un número de páginas determinado, lo lógico es que lo cumplas. Pero que lo cumplas bien, leche. Si empiezas a escribir a mitad de página, no estás cumpliendo con las bases. Mucho menos si llegas por los pelos al mínimo de páginas exigido en la convocatoria de esta manera. ¿Sabes? En mi casa, a eso lo llamamos trampa. Claro, que también llaman trampa a cuando yo soy la banca en el monopoly y me hago un préstamo, pero es que tiquismiquis los hay en todos los lados. Incluso en mi familia.
  • Las que no estaban debidamente encuadernadas. Comprendo que nunca entendí bien esto de la encuadernación al presentarme a los premios. ¿Qué es debidamente encuadernada? Pues ahora lo sé. Debidamente encuadernado es toda aquella encuadernación (y con este comienzo podría crear un trabalenguas que seguramente acabara haciéndose famoso) que no permite que se suelten las páginas. Y es que, queridos amigos, encuadernar una novela con grapas no es una buena idea. Digamos que acabas perdiendo, como poco, el final. Y uno no quiere que eso ocurra, ¿no? Así que descalificamos todas aquellas cuya encuadernación era endeble y que tanto impedía el fácil manejo de la obra durante su lectura así como también facilitaba la pérdida de páginas. Señoras y señores, el canutillo es nuestro amigo. Es un poco caro, sí. Pero la amistad siempre conlleva ciertos sacrificios.
  • Por no hablar de esas fuentes enormes, como poco a tamaño catorce, con un interlineado apocalíptico. O por no hablar de esas fuentes liliputienses con un interlineado a juego. No, señores, eso no es cumplir las bases y eso es partir con más ventaja (o desventaja) que aquellas obras cuyos autores se han preocupado por cuidar. No se trata de adaptar algo que ya tengamos para un concurso, coño. Eso nunca suele funcionar. Resulta que lo lógico es que algo que hayamos escrito se adapte. Así de fácil. Así de claro. O de escribirlo directamente teniendo en cuenta las premisas del concurso al que vamos a presentarla. Adaptar no suele salir bien. Si quitamos, porque quitamos. Si ponemos, porque ponemos. Si adaptamos una obra, nuestra decisión tiene que responder a criterios meramente estilísticos, literarios, novelísticos, o como coño queramos llamarlos. No tiene que responder a lo que dice una convocatoria. Si no se adapta, por mucho que nosotros le cambiemos la letra y el interlineado, va a seguir sin adaptarse.
  • Y, por último, aquellas novelas que no eran novelas. Pero ¿tú, que has mandado un cuento de tres páginas, has leído a qué te estás presentando? Por mucho que seas Augusto Monterroso, una obra de tres páginas nunca va a ser una novela. ¿O sí? Me da a mí que no tengo ni idea, pero para eso están las bases. Para no cometer injusticias. A lo mejor eres el precursor de un nuevo género y has creado el maravilloso mundo de las novelas de tres páginas, pero en cualquier caso, tu obra no vale porque no es un certamen para novelas de tres páginas.
Y es que, coño, da pena. Da pena que la gente se haya esforzado en escribir algo, que se haya gastado el dinero en enviarlo desde otros países, que se hayan tomado su tiempo... para nada. Para nada porque no hayan leído cómo tienen que hacerlo. En estos casos, lo siento, pero las normas están para cumplirlas porque en este caso sí que aportan justicia. Quizá sea el único aspecto de los concursos donde sí haya justicia.

Porque después viene el siguiente paso y ahí ya entran en juego otros factores.

Éramos bastantes miembros en el comité de lectura y no es humano (ni justo para el concurso) que todos leamos todas las novelas, más que nada porque no es humanamente posible leer cerca de ochenta novelas (después de eliminar alrededor de veinte) con la atención que se merecen y cumplir los plazos al mismo tiempo, así que nos dividimos en varios grupos. A cada grupo, se le asignó un determinado número de novelas. Las mismas.

Es decir, cada miembro del grupo tendrá que leerse las mismas novelas y seleccionar dos. Y por eso digo que, quizá, la parte de las bases sea la más justa (casi científicamente hablando) en cualquier certamen literario, ya que el siguiente paso depende de la suerte. A lo mejor, de las novelas que me han tocado no me gusta ninguna, pero si alguna de esas novelas hubiera caido en otro grupo dentro del comité, podría haber gustado. ¿Quién sabe?

Pero esa es otra historia que, como decía el gran Ende, deberá ser contada en otra ocasión. Ahora mismo estoy con la lectura de las novelas que me han tocado y tengo que decir que hay de todo. Pero que leerlas, cada uno de los miembros del comité de lectura, las estamos leyendo porque sabemos la responsabilidad que nuestro papel entraña. Queremos que gane la mejor, que nuestra decisión sea irrefutable y, para eso, tenemos que hacerlo con conciencia.

Así que me voy a seguir leyendo. El próximo día, más.