jueves, 20 de noviembre de 2008

Toda historia tiene un origen

El campo está plagado de hormigas y de avispas. Esa fue una de las primeras cosas que aprendí una de aquellas mañanas (por llamarlas de alguna manera, porque hasta aquel entonces, para mí, las mañanas siempre habían empezado, al menos, cuando se hacía de día) en las que mi padre me sacaba de la cama casi por los pies para llevarme a una, como él mismo las llamaba, de sus apasionantes sesiones de caza, pesca o lo que fuera. Entendiendo lo que fuera como cualquier actividad al aire libre, preferiblemente lejos de la civilización, muy tempranera y que, además, conllevara calzarse unas botas altas e impermeables, un gorro verde calado hasta las orejas y cinco capas de ropa interior que, aparte de evitar que se te colara aquel frío traicionero por entre los huesos, hacía que tu agilidad quedara mermada hasta los mínimos y que parecieras más un tonelete andante incapaz de saltar aquellas verjas y matojos que mi padre emocionado, me instaba con toda su pasión ardorosa a que yo trepara de un salto sin que acabara rodando por la ladera como un tronco hueco.

Cuando lograba dar el salto –siempre después del segundo o tercer intento– y sentía que las cataratas del Niágara, solo que más viscosas, más molestas y un poco más calientes comenzaban a correrme por la espalda después de todo el esfuerzo, mi padre me cogía de la mano y me contaba la lección del día. Que si así se utilizaba una caña; que si los espárragos se cortaban por la base y nunca por el centro; y que de un jabalí se aprovechaba todo, hasta los colmillos. Yo asentía pacientemente a todas sus indicaciones mientras me palpaba con mucho disimulo lo que llevaba guardado en el pecho, preocupado por si lo que allí escondía se hubiera perdido en uno de mis saltos o lo hubiera dejado olvidado sobre la mesilla de noche por haberme levantado aún casi inconsciente y a la fuerza aquella mañana.

Y es que el campo estaba plagado de hormigas y de avispas. El suelo no era tan verde como decían y, si acaso tenía suerte y efectivamente era así, estaba tan húmedo y resultaba tan incómodo sentarse sobre él, que era preferible quedarse de pie y no hacerlo. Las hormigas se te subían por el brazo y había veces que se te metían por los calzoncillos. Una vez, incluso me mordió una en una parte bastante innombrable de mi honroso cuerpo. Por no hablar de las arañas.

Por eso tenía que hacerlo, tenía que llevarme escondido el libro en el que apareciera el campo tal y como yo me figuraba. Aquellas campiñas verdes sobre las que se sentaba Alicia sin que nadale produjera ronchas ni picaduras; aquellos bosques frondosos donde se guarecía Robin Hood y luchaba por el bien y la justicia sin que le aparecieran sabañones al día siguiente, los acantilados, los castillos, los riscos, los sauces, las montañas… El campo me gustaba mucho más en aquellos libros y con ellos digería mucho mejor aquellas mañanas de frío húmedo y cabeza dormida a las que me aventuraba mi padre.
Nunca se lo dije. Al fin y al cabo, aprendí a pescar y uno nunca sabe si como nos contaba Richard Matheson, habremos de necesitar esos conocimientos algún día. Pero que no se sorprenda, todo lo que él sabía ya lo había descubierto yo en los libros. Y si no, habían hecho que acabara inventándomelo. Porque todos terminamos eligiendo nuestro propio campo.

4 comentarios:

Deira dijo...

Definitivamente, te queda campo bonito y real por conocer, Fer :_D Aunque no sé si querría que lo hicieras porque no tendrías excusas para escribir cosas así entonces...

Ruth dijo...

Tú di que no, que las hormigas son un coñazo y las abejas pican que no veas.
Por cierto, "solo" me sacas ocho mil palabras en el NaNo (por más que el mío sea extraoficial). Je, je.

Fernando Alcalá dijo...

Bueno, Dei, todo se andará.

exacto, por no hablar de las arañas, Ruth. Por cierto, ¿solo ocho mil? Mira ahora y ponte a escribir, que el Nano va de esto, ¡¡de picarse!!

Carmen dijo...

Pues a mi me gusta mucho más tu campo que el de las hormigas. Para qué escribimos si no es para tener nuestro propio campo.
Sigue en él y yo que lo vea.