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sábado, 20 de noviembre de 2010

Vida literaria (que no es lo mismo que literatura)

Qué jartito estoy de mí, narices.

Mira que, para empezar, uno que se cree blogger tiene que empezar por lo obvio: el egocentrismo. Si no es para hablar de mí, de lo que pienso, de lo que veo o de lo que opino, ¿para qué iba a tener un blog?

Y, para continuar, uno que se cree proyecto de escritor ha de continuar con lo todavía más obvio: el egocentrismo. Porque, a fin de cuentas, aunque no seamos conscientes, aunque no queramos hacerlo, cuando contamos algo, lo hacemos tiñéndolo por completo de nuestra subjetividad, así que, al final, también estamos hablando de nosotros mismos. De una manera muy velada, claro, en el caso de las novelas, pero de nosotros al fin y al cabo.

Y, en fin, es lo que llevo haciendo sin parar en estos dos últimos meses.

Me han entrevistado para la prensa (podéis leer una de las entrevistas aquí), para la radio (próximamente subiré la entrevista), el lunes que viene grabamos un reportaje para la tele, he dado una charla en un instituto, he presentado la novela (próximamente, cuando recuerde cómo fue porque no me acuerdo de nada de nada de la noche, os haré crónica) y todo eso ha hecho que, cada vez más gente, comenzara a preguntarme por mí y por mi oficio de proyecto de escritor.

Me gusta, no voy a negarlo, a nadie le disgusta su poquito de atención ni el hecho de que se le reconozca su trabajo. Aparte de que, claro, sigue siendo un sueño el hecho de que mi primera novela haya salido a la luz y, aunque me canse, sí que me gusta hablar de mí mismo, no voy a negarlo.

Y disfruto de las entrevistas y de hablar en público. Y jamás pensé que pudiera llegar a cansarme.

Pero es eso, disfruto de ellos, en el momento, cuando lo estoy haciendo.

Después, al llegar a casa, te viene la oleada enorme de, no sé cómo llamarlo, ¿"visibilidad"? y te da el canguelo. Más que nada porque, no sé, se me ocurren cientos de cosas más importantes de las que hablar que de uno mismo. Y aunque siempre he dicho que "los aplausos me ponen", al final, el otro día, en la presentación me di cuenta de que no tenían tanto valor porque, en su amplia mayoría, venían de gente conocida, de gente querida y que te quiere. Y, claro, ¿cómo no van a aplaudirte los que te quieren?

¡Si yo a los que quiero procuro aplaudirles diariamente!

Se me ocurrió que no quería que me aplaudieran a mí porque si eso hubiera sido así, me habría hecho cantante, actor de teatro o playmate. Sin embargo, al final, ha caído lo de ser proyecto de escritor y cuando uno es proyecto de escritor, lo que quiere que aplaudan (si acaso hay algo a lo que aplaudir) es a la novela, ¿no? al trabajo que has hecho.

Supongo que, al final, como todo, el hecho de que me hayan publicado lo único que ha hecho es colocar las cosas en su sitio. La realidad siempre se impone y te da bofetadas y te hace madurar.

Me alegro de que haya sido así.

Así que voy a tener que desdecirme de lo que dije en la entrada anterior. Publicar sí que te cambia la vida y, en mi caso, ha sido para bien porque me ha hecho darme cuenta de que no es lo mismo literatura que vida literaria.

Eso no quiere decir que la vida literaria no me guste. Me gusta hablar de literatura, me gusta que se me reconozca como escritor y que la gente me pregunte por mí y por mi libro. Pero eso no lo es todo. Me gusta más la literatura. Ser lector. Ser proyecto de escritor. En la intimidad, en mi casa, disfrutando con las historias y con los personajes.

Eso es lo realmente importante. No hablar de ello por muchas alegrías que eso traiga.

Así que, aunque os pido disculpas por mi silencio, no os lo toméis como tal. Como digo en mi novela, hay varios tipos de silencios. Y este ha sido un silencio agradable, un silencio en compañía, un silencio fruto de haber compartido muchas palabras previamente. El hecho de estar en silencio con alguien sin que este silencio sea incómodo y uno esté a gusto no es más que la muestra de confianza, complididad.

Es como volver a casa.

Y esta, de alguna manera, es mi casa y vosotros siempre tenéis las puertas abiertas.

Aunque sea para compartir el silencio conmigo.

Gracias por seguir por aquí. Seguiremos dando guerra.

Y ahora es cuando vienen los aplausos, claro.

viernes, 7 de mayo de 2010

El estado de la cuestión

El proceso de edición detrás de Ne Obliviscaris está siendo agotador. Extenuante, diría yo.

La verdad es que no tenía la menor idea de que fuera así, lo que me hace explicarme muchas cosas acerca de por qué pasa lo que pasa en los concursos literarios y me da cierto sonrojo haber enviado ciertas obras mías a algunos de ellos.

Y es que este proceso no tiene nada que ver con el proceso de corrección al que yo sometía mis obras (esto suena un poco pretencioso, ¿no? Mis obras... como si yo fuera, no sé, un Kafka cualquiera o algo así).

Aunque yo me las diera de corregir exhaustivamente, me río yo ahora de mis correcciones. Sí, las hacía en serio, en varias fases, de diversas maneras, pero siempre desde mí, nunca saliendo de mí. Lo que era un error. Sí, no soy de los autores que se niegan a eliminar párrafos. O páginas. O capítulos enteros. Lo he hecho (siempre guardándolos en un archivo aparte, claro. Que uno es kamikaze pero tiene su corazoncito) pero siempre desde mi punto de vista.

Se me ha olvidado siempre meterme en el lector.

Bueno, no. Porque a veces he considerado a mi potencial lector un ente tan estúpido que no era capaz de eliminar tal o cual explicación. Cosa que le quitaba ritmo a la novela.

En cualquier caso, siempre desde mi YO enorme y dictador.

Editar la novela mano a mano con el editor está siendo un proceso tan intenso que no puedo evitar disfrutarlo. Razonamos cada párrafo (sí, como lo oís, cada párrafo) y después lo razono yo solito durante un rato para ver el porqué del cambio (si lo hay) o de la ausencia del mismo. De pronto me he hecho muy consciente de las palabras, del efecto que producen, de su razón de ser dentro de una novela, de su entidad casi física e individual.

Además, hablar con otra persona acerca de tus personajes, de tus intenciones al decir tal o cual cosa. Que alguien que no eres tú hable de ellos con la misma familiaridad con la que tú lo haces, o que se plantee disyuntivas que tú mismo te planteaste a la hora de escribirla...

No sé, es algo extraño y al mismo tiempo familiar. Editar la novela está siendo algo parecido a escribirla, me he vuelto a meter de lleno en su universo, he vuelto a abrazar a sus personajes y he vuelto a pensar como ellos.

No sé si lo habéis sentido alguna vez, pero terminar de escribir una novela es algo mucho más doloroso que terminar de leer una. Cuando se te acaba una novela que estás leyendo y que te gusta mucho, te pasas las horas que siguen echando de menos a los personajes, neceistando que vuelvan a la vida... Pero pasa pronto, solo dura lo que dura el rato en que estás sin coger un libro nuevo. Cuando lo haces, la historia vuelve a empezar. Te olvidas de los anteriores y te sumerges en los nuevos.

Sin embargo, al terminar de escribirla, el vacío es más grande. Casi permanente. Esa historia tuya que, hasta ese momento, tenías guardada, deja de ser tuya y aparece como un ente físico diferente a ti. Ha ganado forma, ha conseguido entidad propia. Deja de ser tú. No sé, ¿será igual a cuando tu hijo crece y se hace independiente? No lo sé y espero que pasen muchos, muchísimos años, antes de que me llegue el momento de descubrirlo.

Y aquí estamos, probablemente termine el proceso de edición la semana que viene y aunque estoy deseando releer la novela terminada, al mismo tiempo me da una pena horrorosa porque eso significará que, definitivamente, ha dejado de ser mía.

Y a veces soy un egoísta de la hostia.

jueves, 22 de abril de 2010

Diario de progresos

Cuando te dicen por primera vez que van a publicarte una novela, no os voy a engañar, la ilusión sube hasta el décimo piso y se queda allí durante un buen rato. Un rato tan largo que puede durar siglos. Te levantas y cuando recuperas la conciencia y lo recuerdas, te sube desde el estómago un calor agradable que hace que lo coloque todo, como si, de pronto, el mundo fuera perfecto y todas las piezas encajasen.

Yo no os voy a engañar. Escribo para ser leído. Incluso cuando escribo para mí, escribo precisamente para ser leído por mí.

Está claro que la escritura tiene varias fases. Y está claro que uno tiene que escribir lo que quiera escribir, cualquier aproximación a este acto que no responda a estos intereses suele terminar de mala manera: o con desmotivación, o con malas críticas (si son sinceras) o con, lo más importante, un resultado carente de vida.

Sin embargo, una vez que decido lo que quiero escribir, para mí es inevitable pensar en quién va a leerme. La verdad es que yo no suelo tener en la cabeza un tipo de lector concreto. Más bien, me planteo un lector ideal que se parece mucho a mí pero con la distancia suficiente para hacerme preguntas acerca de mi proceso de escritura: si tengo que dar más información, si tengo que dar menos, si he explicado lo suficiente, si he pintado bien a los personajes, si no lo he hecho, si gustará lo que he escrito, si no gustará...

Es inevitable y supongo que alguien superidealista que tenga un concepto de literatura estricto, académico, clásico y culterano, probablemente dirá que estas preguntas no son más que manchas que ensucian el proceso.

Yo no soy así. Soy una persona bastante práctica. Quizá soy tan práctico que, a veces, este sentido práctico mío, en vez de una virtud, acaba siendo un defecto porque me vuelvo demasiado racional y ciertas cosas pierden su sentido místico y emocional.

Qué le vamos a hacer, soy un tío. No esperes dobles sentidos por mi parte, cariño. Je suis simple, mon amour.

Sin embargo, es cierto que con esto de la publicación, a uno le entra un cosquilleo por el estómago que hace que le den ganas de trabajar desde otra perspectiva, con otro fin.

Me hace especial ilusión que Ne Obliviscaris sea mi primera novela publicada (en cuanto a novelas escritas, es la cuarta) porque tengo la sensación de haber escrito lo que quería escribir.

No sé cómo ocurrió, pero era una novela que tenía pensada para mucho más adelante, pero hubo un día en que se me metió en la cabeza la historia y, desde entonces, no pude quitármela. Inconscientemente se me iba la cabeza y yo ya estaba en su universo.

Entonces, a pesar de tener otros proyectos pendientes, una mañana me puse a escribirla. Y no pude parar. Tardé poco, unos seis meses más o menos, en tener terminado el primer borrador. Después de corregir ese borrador una vez, quedó una novela un poco más decente. Y volví a corregirla. Y después volví a ella una vez más.

Todo esto en el plazo de dos años.

Es inevitable, pero cuanto más lees y escribes, más consciente te vuelves de tus propios vicios y errores. Puede parecer de perogrullo pero a veces alucina comprobar en tus propias carnes lo inconsciente que has sido al escribir tal o cual cosa y darte cuenta del error tan garrafal de, por ejemplo, coherencia textual o subtextual que habías cometido.

Y ahora acabo de terminar la tercera corrección. Pero esta vez con compañía, siguiendo las directrices dadas por el editor (pero siempre dejándome capacidad de elección). No os podéis hacer una idea de lo intenso y agotador que ha sido este proceso. Pero, al mismo tiempo, quizá por su intensidad y por la ilusión que hace, ha sido un proceso del que he aprendido muchísimo y gracias al que me he vuelto mucho más consciente de mis palabras.

Esto es bueno, porque quizá me convierta en mejor escritor, pero desde luego me hace un lector mucho menos inocente. Y eso es un poco triste. Pero nadie dijo que de esto no obtuviéramos consecuencias. Algunas buenas. Otras, no tanto.

A veces echo de menos leer con la inocencia con la leía antes, caer en los juegos de luces y humo del mago escritor de turno y caer irremediablemente ante sus encantos sin darme cuenta de los andamios. Hace mucho que perdí esa inocencia y aunque me dé pena, no debo arrepentirme porque fue mi decisión. Una decisión de la que me he arrepentido muchas veces pero una decisión, al fin y al cabo, a la que acabaría volviendo todos los días.

Porque hace que, muchos de esos días, todo parezca haber encontrado su sitio.

martes, 4 de agosto de 2009

Demasiado perezoso para ponerle un título

Lo primero, y más importante, infinitamente más importante que cualquier cosa: ¿Quién narices ha entrado en mi blog buscando chicas lozanas? ¿Eh? ¿Eh? ¡Que confiese! Sobre todo para que me digan dónde están, que el verano aprieta y mi novia trabaja demasiadas horas mientras yo me derrito en minutos de tedio y ensoñación pensando en nuestras vacaciones a Malta. Sí. A Malta. No tengo un duro pero no importa, ¡me voy a Malta!

Ahem...

Por fin he terminado El Traficante de recuerdos y ya fui a registrarlo y ya me hice la copia pertinente para su corrección y reescritura. Porque, sí, lo que he terminado es el borrador y además lo he terminado con tantas prisas que, sí, sé que me esperan horribles horas de reescritura y revisión. Pero no importa... ¡seguro que bajo el sol de Malta se corrige bien! O no, porque a lo mejor es demasiado pronto para corregirla (o no, porque de lo que hace poco tiempo es del final, lo anterior hace casi un año que lo escribí y hace eones que ni lo leo. Ahora que lo pienso: a lo mejor por eso me ha costado tanto el final, porque como sabía que si releía lo anterior me iba a poner a corregirlo, no lo he leído y, claro, después del año como que uno pierde el hilo...)

Pero no importa, porque me llevaré un libro. No un libro cualquiera no, porque...

(carraspea de nuevo)

He caído. Fue así, de casualidad, yo estaba en casa de mis padres, me estaba haciendo popó, no había ningún libro que llevarme (Nota mental: poner estantería en el cuarto de baño en cuanto me den mi casa) y... lo cogí. ¿A quién? Está claro, a Larsson. Bueno, no a él, que está muerto, sino al primero de Millenium.

Así que me puse a hacer popó con él y no dejé de popear hasta media hora después a pesar del hedor (sí, soy muy simple, decís caca, decís peo y Fer se parte de la risa. Tengo incluso una sudadera que pone caca culo pedo pís. True story)

(Solo de pensar en las búsquedas a través de las que entrará la gente en mi blog después de esta entrada me meo)

Pues lo dicho, anoche me tuve que quedar hasta las cuatro de la mañana para terminármelo. ¡Y eso que ya me sabía el final, que había ido a ver la película! Pero no me importa. Nunca me ha importado, de hecho, porque hay un placer culpable en leer un libro después de saber qué pasa, puedes hacerlo más despacio y fijarte en los detalles.

Ya sabéis que no tengo nada en contra de los best-sellers, pero, no sé, había algo en estos libros que me echaba para atrás (¿sus portadas en español? Nadie puede negar que no son artísticas o, no sé, bonitas, pero quizá esa belleza era un poco repulsiva, me echaban para atrás). Tampoco soportaba que me los recomendara todo el mundo como si supieran que me fueran a gustar sí o sí.

Era eso, sí. Que no tiene por qué gustarme porque a todo el mundo le guste. De hecho, me gustan muchas cosas que no le gustan a mucha gente y estoy acostumbrado a que pongan esa cara rara. Sí, esa en la que se tuercen los labios y se arruga la nariz. Sí. Esa. Y no, no lo digo en plan poniéndome la boina francesa y las gafas de pasta y la camiseta esa de Threadless que dice que escucho grupos de música que todavía ni se han inventado, no.

A mí me gusta que las cosas que me gustan a mí les gusten a los demás y soy el primero que cuando lee, escucha, ve algo bueno (o que, simplemente, le gusta) lo proclama a los cuatro vientos, así que no es que no quisiera leer la trilogía por pedantería (acabo de hacer una rima interna pero no pienso corregir la entrada) sino, no sé, ¿por pereza? La pereza suena como un buen motivo, sí. Pereza: adjudicado.

Aunque al final el primer libro me ha gustado y ya me he comprado el segundo. No sé si es literatura (¿Qué coño es la literatura? Después de cinco años de filología estudiando unas cuantas, cada día tengo menos claro qué es y qué no es) pero sé que me entretiene, que es una historia bien contada y que me gusta. Yo creo que eso es suficiente para ser un best-seller, ¿no? A fin de cuentas esas son tres de las generalidades que deben tener como mínimo, ¿no?

Y todos sabemos que los best-sellers son un género en sí mismo, ¿verdad?

¿O no?

Demasiado calor como para pensar en gilipolleces como esa.

Me voy a leer.

(Aunque si alguien encuentra a las chicas lozanas esas que pululan por aquí sin que yo me haya enterado que me avise, ¿eh? Que uno tiene sus prioridades)

lunes, 27 de julio de 2009

En guiones

- Retraso tanto como puedo ponerle el punto final al borrador del Traficante de recuerdos. Voy por el último capítulo desde hace... ¡meses! Escribo una línea o un párrafo diario y me agoto, me da la ansiedad, me dan ganas de tirarlo, pienso en el trabajo horrendo de revisión y reescritura que me queda por hacer en cuanto lo termine y me entra la pereza. El verano es sinónimo de pereza. Y de calor. Joder, qué calor.

-En verano leo más. Es un hecho. Ya no solo tengo las horas libres de la sala de profesores o los pocos minutos por la noche (a veces solo leo una línea, pero es suficiente, no puedo dormir si no leo algo). Me ha vuelto a dar por la literatura juvenil (por muy en contra que esté de esta nomenclatura). Uno tiene que saber a qué se enfrenta y, por otro lado, disfruto tanto retrotrayéndome a la infancia y adolescencia que en la piscina soy un cangrejo que se convierte en Peter Pan. ¿La última? Los juegos del hambre (gracias, Uschtu, me ha encantado). Os la recomiendo. Ahora estoy con Estirpe salvaje de la amiga Montse de Paz. Ya hablaré de ella cuando la termine, no me gusta hablar de novelas que no he terminado porque las opiniones cambian a medida que uno avanza en las páginas.

-Me da por recordar demasiado a menudo aquel verano en el pueblo con mis padres, asqueado por tener que estar con ellos mientras leía Mort en la piscina con el walkman (¡todavía existían las cintas TDK de 90!) y Sheryl Crow de fondo. Lo odiaba y ahora no me importaría irme de vacaciones a esos recuerdos durante un par de días.

-Quiero escribir. Cosas nuevas. Pero hasta que no acabe El traficante de recuerdos no lo voy a hacer. No quiero mezclar estilos, que luego me hago la picha un lío. Y en verano no estamos para desliarla, que hay que usarla.

-Tampoco puedo escribir porque antes tengo que hacerle los cambios pertinentes a la novelita en manos del editor. Ya sé cómo hacerlos, pero tengo que ponerme. Qué pereza. Yo veo la escritura algo así como el arado de un campo. Cuando empiezas ves los resultados mucho más fácilmente. Una vez te metes en materia, parece que no avanzas nunca. Soy impaciente. Nadie es perfecto.

-Creo que me voy a ir a la piscina. Ea! A disfrutar!

lunes, 4 de mayo de 2009

Una bocanada de aire con sabor a lágrimas

Yo tenía siete u ocho años, no lo recuerdo bien. Había sido el cumpleaños de mi hermano y le habían regalado dos libros del Barco de vapor de la serie blanca: El Jajilé azul y Kiricosas Quisicosas. Yo los miraba con los ojos entrecerrados cuando estaban encima de la mesa y alargaba la mano para cogerlos de donde estaban arrepintiéndome al instante en que los tocaba.

¡Es que eran de la serie blanca! Que yo ya era de la serie azul, por Alanis, que había leído ya Rabicún.

Pero un día los cogí. Me tragué el orgullo y decidí que tenía que leer uno de aquellos dos libros. Escogí Kiricosas Quisicosas.

No sabría expresar cómo me sentí al leer aquella novelita, pero la historia de aquella niña que quería comprarse una goma de borrar que bostezaba al fondo del cajón y se desperezaba me encantó. Yo quería también una goma como esa.

Sin embargo, ahí no quedó todo porque en aquel libro estaba La Frase. Sí, la frase: "una bocanada de aire con sabor a lágrimas". No sé qué me pasó exactamente cuando la leí, pero sé que fue algo especial. La releí. La volví a leer. Una bocanada de aire con sabor a lágrimas. Me pareció increíble, estupenda, algo que expresaba perfectamente cómo me sentía yo muchas veces.

Pasó algo. Un cortocircuito. Algo. Pero esa frase cambió muchas cosas. Tenía siete u ocho años, me creía muy mayor por haber pasado a la serie azul del barco de vapor y, de pronto, una pequeña frase de una novela de la serie blanca hizo que quisiera ser escritor aunque yo exactamente en aquel momento no supiera cómo identificar aquel latido más fuerte del corazón y aquella sensación inmensa.

Una bocanada de aire con sabor a lágrimas.

(siempre que puedo, la incluyo en mis novelas. Es mi homenaje)

Y por mucho que he buscado al autor de la novela en internet, no lo he encontrado y me encantaría saber quién escribió aquella frase. Porque le haría un monumento. ¿Alguien lo sabe?

Gracias, Deira, ahora ya sé que la autora es Pilar Mateos.

Hay muchas cosas que contar y mayo se presenta como un mes de respuestas, pero ahora lo más urgente es hacer la maleta porque mañana me voy a Finlandia. Es estupendo, me voy de embajador del instituto con otra compañera y dos alumnos a conocer el colegio con el que trabajamos en el programa Comenius y a que nos traten bien y a estar a ochenta kilómetros por debajo del Círculo Polar. Algo que me alucina y me emociona porque mi película preferida es Los amantes del Círculo Polar.

Así que estoy histérico, eléctrico y nervioso. Porque encima tengo mocos. Todavía no me dejan subir al avión, ya veréis. Y tengo menos de veinticuatro horas para aprender a estornudar como la gente educada y no como una explosión nuclear.

Tantas cosas y tan poco tiempo.

Una bocanada de aire con sabor a lágrimas.

jueves, 23 de abril de 2009

¡Mierda!

El mes pasado ha sido una mierda.

Pero antes de entrar en pormenores definamos el verdadero significado de la palabra mierda y todos sus matices.

Según el RAE, una mierda es:

1. f. Excremento humano.

2.
f. Excremento de algunos animales.

3.
f. coloq. Grasa, suciedad o porquería que se pega a la ropa o a otra cosa.

4.
f. coloq. Cosa sin valor o mal hecha.

5. com. coloq. Persona sin cualidades ni méritos.


Como podéis comprobar, a pesar de tener cinco acepciones, los significados a los que apela la palabra mierda van mucho más allá de eso que expulsamos los seres humanos por abajo (y a veces por arriba). A mí es que, qué queréis que os diga, la palabrita con esos significados se me queda corta. Se me queda corta porque es eso, esa sensación tan vibrante que te sube por el estómago cada vez que la pronuncias con todas tus fuerzas. Y si lo haces en francés como Sigourney Weaver en su película de los monos, pues también hasta te sientes cosmopolita y todo.

Porque mierda es tener mil exámenes que corregir y dejarlos para última hora.

Porque mierda es tener alergia y que los jodidos antihistamínicos no te hagan el suficiente efecto pero sí que te dejen medio atontado y dormido.

Porque mierda es estar esperando un par de emails que no llegan y ser un confeso intolerante a la incertidumbre.

Porque mierda es no tener tiempo para hacer lo que más te gusta.

Porque mierda es pasarse un mes entero de trámites bancarios que te dejan tan exhausto que te quitan las ganas del punto anterior. Y de otros.

Porque mierda es comprarte un coche y rayarlo a los tres días y encima ir tan tenso en él que más que conducir parece que te estás aferrando al volante con todas tus fuerzas porque no quieres hundirte cual Titanic en el océano del tráfico (donde, por cierto, la palabra mierda es de las más flojitas que puedes escuchar y yo tengo unos oídos muy sensibles, sobre todo, cuando esas palabras se dirigen a mi ineptitud conductora) (1)

Porque mierda es enterarte de que el año siguiente consigues tu destino definitivo y resulta que te exilian al orto del mundo (por ponernos finos, que esta entrada ya es un poco malsonante de hecho)

Y mierda son muchas cosas más pero que, afortunadamente, mi cabeza no recuerda debido a ese mecanismo tan maravilloso que es la memoria selectiva.

Pero, en fin, afortunadamente, parece que la primavera se está abriendo paso y yo tengo más tiempo, así que si pensabais que os habíais librado de mí con esa pasmosa facilidad, podéis daros con un canto en los dientes.

¡¡feRliz día del libro!!

(1) Lo de rayar el coche jode sobremanera sobre todo cuando lo que te has comprado es un maravilloso y flamante MINI Cooper D. Porque, si os habéis dado cuenta viendo alguno por la calle, ¿acaso habéis visto alguno que esté rayado? No, en absoluto. Rayar un mini es sacrilegio y a mí ya me han expulsado del club por herejía. Pero a que es bonito:



viernes, 27 de febrero de 2009

Y cayó una piedra y los mató

El otro día, haciendo limpieza en el cuarto que ocupaba en casa de mis padres y que ahora me sirve un poco de trastero de libros (en mis 35 metros cuadrados, pocos caben) encontré algo que pensaba que había perdido para siempre.

¡Mi primera novela!

A los dieciséis años, Javier, mi profesor de literatura, nos mandó como trabajo de curso escribir una novela. Aquella tarea suscitó todo tipo de comentarios (¿veis la cantidad de vocabulario que manejo? ¡He dicho suscitó! Eso no lo puedo decir en clase, que seguro que lo transforman en algo guarrete. El otro día una compañera dijo "nabo" y no veáis la que se lió, pero, claro, nabo, pues como que ya es erótico de hecho) pero yo no los escuché, porque me quedé helado.

Era lo que necesitaba, porque si me obligaban a hacerlo para aprobar (empollón que era uno) pues lo tenía que hacer y se convertía en una obligación y no podía evitarlo.

Hubo polémica, claro, porque un amigo mío decidió que mi trama era un plagio de la suya cuando, en realidad, yo había acabado sugiriéndole la suya y el problema es que no sabía cómo escribirla (terminé casi escribiéndosela yo por completo, de desagradecidos está el mundo lleno) pero me dio igual, iba a escribir ese bombazo: un grupo de amigos (casualmente parecido al mío) que se quedaba encerrado en un centro comercial debido a un terremoto la noche de fin de año.

La novela, por supuesto, llevaría el tan sorprendente nombre de Temblor de tierra.

Original que era yo.

El problema vino a la hora de elegir al grupo de chicas que quería que acompañara a mis amigos a los protagonistas de la novela. Por una parte me debatía entre meter a mis verdaderas amigas (una de las cuales es mi actual novia, por cierto) o meter a la chica que me gustaba por aquel entonces y a sus amigas para ver si así conseguía un poquito de atención.

Obviamente, eso fue lo que elegí (el corazón de un adolescente se encuentra por debajo del estómago) y, como se esperaba, no conseguí ni un parpadeo sexy ni una sonrisita cómplice al hacerlo.

A la tierna edad de dieciséis años fue cuando descubrí que lo de la literatura no iba a servirme para ligar.

Eso sí que fue un descubrimiento (atroz y desolador, porque escribir era lo único que se me daba más o menos bien y ya se sabe que si a los dieciséis no eres capaz ni de hacer la voltereta ni de darle una sola patada al balón o, mucho peor, cubrirte la cabeza con las manos cada vez que la pelota se acerca a ti vertiginosamente, poco tienes que hacer con el sexo opuesto).

Recuerdo que en el colegio donde trabajaba mi madre acababan de instalar unos cuantos ordenadores y ella se trajo a casa algo que sabía que iba a hacerme ilusión: la máquina de escribir. Me advertían de que no iba a aguantar, de que era mejor que escribiera la novela a mano y le pidiera a alguien que me la pasara a ordenador, pero yo me resistía.

Me senté en la mesa de la cocina con la máquina delante, un tocho grueso de folios blancos y, después de dar un largo suspiro de expectación, escribí la primera palabra.

Y ahí me quedé.

Es que me llamaron por teléfono y hablar por teléfono era prioritario por aquel entonces. Hablar por teléfono, salir, ir al Burger King, ver la tele, ver el porno codificado de canal plus intentando vislumbrar alguna teta, y demás tareas enriquecedoras.

Así que llegó Abril, yo no había escrito nada más que un par de páginas (resultó que mis padres tenían razón en que escribir a máquina era un coñazo, pero a mí como siempre me había vencido la estética) y me quedaban apenas tres semanas para entregar la novela.

Al menos iba mejor que Javi, mi mejor amigo, que solo tenía escrita la primera línea. En la que se repetía la misma palabra unas cuantas veces, así que tampoco era una línea línea (la palabra era "curvas". Era algo así como "curvas, curvas, curvas. Curvas que te hacen sentir..." Y no, no eran las mismas curvas que se anunciaban en la publicidad de la DGT).

Tuve que escribir la novela al final a todo correr, pero no quedó mal del todo. Mi padre es profesor de ciclos formativos y tenía una imprenta en su instituto, así que después de que yo se la entregara a una chica para que me la pasara a ordenador, me hizo dos copias y me la encuadernó como si se tratara de un libro (yo dibujaba por aquel entonces e incluso había hecho ilustraciones, a ver si un día las escaneo porque si Freud estuviera vivo, tendría mucho que decir acerca del tamaño de los pechos de las chicas que dibujé) y yo me sentí el tipo más grande de la tierra a pesar de que la chica que me gustaba no me hiciera caso, siguiera huyendo despavorido cada vez que la pelota se cruzaba conmigo (o contra mí) en el campo de fútbol y que, por falta de tiempo, hubiera tenido que matar al final a todos los personajes. Además, en la última línea, sin anestesia ni nada. ¡Olé mis huevos!

viernes, 30 de enero de 2009

Lo bueno

Siempre he dicho que algo me parece bueno cuando me inspira. No es una sorpresa para nadie el hecho de que admita que me gustan los videojuegos (ahora es cuando la mitad de la audiencia se levanta horrorizada y apaga el ordenador). Aunque, bueno, no los videojuegos en general, sino un tipo de videojuego: Los difamados juegos de rol. Y no todos. Solo algunos. Los buenos. Que suelen ser japoneses.

Bueno, pues ya está hecha la confesión del día.

La verdad es que llevo jugando a ese tipo de juegos desde hace más de quince años y, aunque ya uno tiene una edad y no se deja sorprender por cualquier cosa, tengo que admitir que hacía mucho tiempo que no me encontraba con juegos de calidad tan sorprendente como los Persona.

Y cuando hablo de calidad, me refiero, sobre todo, a su calidad narrativa. Porque, sí, estos juegos podrían considerarse, para que nos entendiéramos todos, películas o libros interactivos. Una historia que descubrir, muchos planos de lectura y un desarrollo de personajes que ya lo quisieran para sí muchos libros.

Este tipo de videojuegos está pensado especificamente para que el jugador se siente y pese a que, evidentemente, tenga que dedicar un tiempo a matar bichejos y demás, se meta (literalmente) en el papel del protagonista para que, a través de sí mismo y su relación con el resto del elenco, se vaya descubriendo la historia que hay detrás de cada personaje y que envuelve y da sentido a todo lo demás (mucho mejor explicado aquí, aunque en inglés).

Hacía mucho tiempo que no me encontraba con una historia que daba tanto de sí y que tenía unos personajes tan bien escritos, con un diálogo perfecto y unas caracterizaciones tan estupendamente hechas.

Me ha hecho pasar unos ratos increíbles de diversión, he reído mucho con sus personajes y sus diálogos, me he emocionado, he llorado con ellos. Han sido capaces de llevarme de la mano e introducirme de lleno en sus vidas.

Si el guión, si la historia, si los personajes no estuvieran tan bien escritos, si no hubiera un desarrollo tan pulcro detrás, estoy seguro de que no me habría pasado. Y lo mejor de todo es que, igual que ocurrió con su antecesor (el Persona 3) este juego que acabo de terminar hace una hora escasa y del que todavía conservo la congoja de la certeza por la segura nostalgia de echarles de menos, ha inspirado muchas de las claves de la que será mi próxima novela.

Me gusta eso. Que lo bueno acabe inspirándote y seas capaz de crear algo con ello. Esa capacidad, la de ser tan maleable que alguien sea capaz de crear algo con lo que tú has hecho es, para mí, sin duda, una de las características que definen la calidad cuando nos referimos a una obra creativa (ya sea literaria o audiovisual).

Por eso, ahora que viene el tema a colación, jamás podría estar en contra de la Fan Ficción.

Tema que daría para otra entrada.

Porque ahora quiero seguir disfrutando de esta sensación algo masoquista de saber que unos personajes te han llevado por sus caminos y que ahora te queda viajar solo.

Me encanta que eso ocurra por muy doloroso que a veces resulte.

viernes, 12 de septiembre de 2008

Opinar acerca de todo

Dice mi querida escritora Pilar Galán (que ayer le dedicó su columna a Ana María Matute y me hizo mucha ilusión) que existe esta conciencia generalizada de que un escritor puede opinar sobre cualquier cosa. Es más, no es que pueda opinar (porque opinar podemos todos, aunque nuestras opiniones sean nefastas y, contrario a lo que se estile ahora, no deban tener todas el mismo valor mal que nos pese porque nos encanta escucharnos a nosotros mismos. ¡Maldita democratización de la opinión -sin acritud, sin acritud-!), sino que se espera su opinión como la de un experto cuando, precisamente por ser escritores, de expertos tienen poco o nada.

No tengo ni idea de dónde viene esto pero antes de que ella le diera forma a aquella idea con palabras lo que es cierto es que, de un modo u otro, estaba ya en mi cabeza y yo también lo creía. Es estupendo cómo, cuando te dicen bien las cosas, se caen los andamios de las ideas mal formadas y te puedes crear otra mucho más sólida y estable. A lo mejor eso también es crecer, no lo sé. Cuando se me quite el complejo de Peter Pan y empiece a hacerlo, pues ya os lo diré.

Esta entrada viene a que, últimamente, he bajado la cantidad de colaboraciones que desde el año pasado iba haciendo en el periódico y me he dado cuenta de que es precisamente porque, de los temas que yo suelo opinar, muy pocos han saltado a la palestra durante la época estival y, claro, pues opinar de lo que no tengo ni idea, pues no me ha gustado nunca. De hecho, siempre he sido mejor "escuchador" que orador (aunque cuando a mí me dan un micro suele ponerse a temblar el mundo). De todos modos, había uno acerca del que no podía evitar opinar.

Tengo la sensación de que los temas de los que yo opino son muy pocos y muy limitados y, de alguna manera, aunque lo considere lógico e, incluso, justo, no puedo evitar que me dé rabia porque soy así de ansioso y yo quiero saberlo todo y opinar de todo. Pero no opinar tontamente, no. Quiero ser experto en todo. Es algo que me ha pasado desde siempre y, sinceramente, creo que es un problema porque muchas, muchísimas veces me ha impedido centrarme en una sola cosa por miedo a abandonar otras que, igualmente, me resultaban igual de interesantes. Y, claro, he acabado haciéndolo todo al mismo tiempo con el consiguiente agotamiento y el posterior abandono de todo lo que había comenzado. Soy un desastre.

Y llega septiembre, nuevas alternativas, nuevos planes, nuevas motivaciones que, a bien seguro, si no me centro y elijo en condiciones no llegarán a buen puerto. Así que, mejor voy con calma, entro en septiembre con el pie derecho y no me dejo aturullar por este tiempo loco y sin cabeza que hace que lo mismo te pongas una camiseta que necesites una sudadera bien gordita a los cinco minutos.

Qué difícil es ser yo.

PD: Os debo visitas, comentarios, entradas acerca del viaje, de mi búsqueda y posterior desayuno con Antonia Romero en Praga, de mi genial encuentro online con Leo, de Peso Cero, y de mil cosas que ahora no me acuerdo, pero debéis perdonarme porque, aprendiendo de errores pasados, no quiero perderme en miles de cosas. Estoy completamente cegado por la novela (no me queda nada para llegar al final pero quiero saborearlo, que soy consciente de que siempre los precipito), me da la sensación de que era una idea que tenía desde siempre y que, de alguna manera, siempre había querido escribir esa historia que no sabía que existía. Y como soy así de egoísta me apetece disfrutarlo yo solito. No me odiéis mucho.

jueves, 24 de julio de 2008

Como un viaje

Hace unos días le hicieron una pregunta al gran George RR Martin acerca de cómo organizaba él las complejas estructuras de sus novelas (o de su novela, según se mire, que la Canción de hielo y fuego puede ser considerada una novela en sí misma dividida en varios grandes tochos) y me gustó mucho su respuesta.

Cuando, a veces, ha surgido la discusión de si somos escritores de mapa o escritores de brújula yo nunca he sabido en cuál de los dos grupos encuadrarme, así que la respuesta que dio Martin me encantó porque creo que es ahí donde me encuadro. Vamos a ver, yo necesito saber hacia dónde voy, antes de ponerme a escribir una novela me compro un cuaderno pequeño de cuartillas y me pongo a hacer esquemas, resúmenes de capítulos, guiones, fichas de personajes... en fin, podría decirse que, siendo fieles al símil, me pongo a dibujar un mapa. Lo que ocurre es que llega un punto siempre en el que me atasco, suele ser a la mitad de la novela, cuando las bases están más o menos sentadas y ya sé desde donde estoy partiendo y hacia dónde quiero ir. Para continuar con el esquema suelo necesitar ponerme a escribir y llegar a ese punto para, a partir de ese momento, continuar con mi mapa.

Así que, sí, podría decirse que soy un escritor de mapa.

Lo que ocurre es que normalmente nunca sé cómo va a acabar una novela. Con Equilátero, por ejemplo, me ha pasado. No ha sido hasta que casi tenía terminada la segunda parte (de tres) que no he sabido exactamente el final que necesitaba. Bien es cierto que tenía una selección de finales diferentes (ah, los poderes de la combinatoria. Nunca pensé que aquellas horribles matemáticas de COU fueran a servirme para algo) pero no tenía ni idea de cuál iba a elegir. De alguna manera, podríamos decir que el final lo eligieron los propios personajes. O el propio personaje catalizador del final. Y lo más fuerte es que, mientras releía la novela para su corrección (tediosa y desesperante a más no poder y que, supongo, que requerirá de una nueva incursión por mi parte en ese mar de letras que tanto me ha costado y sobre el que tantas dudas tengo) más me iba sorprendiendo de las pistas que iba dando acerca del final que había elegido. Sé precisamente que ese es el final correspondiente porque todo lo escrito apunta hacia ahí. A veces no puedo dejar de sorprenderme por la fuerza del subconsciente.

Así que ahí me teníais hasta la entrevista de Martin, sin saber decidirme, sin tener ni idea de si uno era un escritor de mapa o de brújula. Supongo que queda mucho mejor decir lo segundo, que uno no sabe a dónde va a llegar, que es mucho más divertido ver hacia dónde te llevan los personajes, que si uno sabe de antemano qué es lo que va a pasar, pues la tarea de escribir pierde gracia... Pero, no sé, no acaba de convencerme esa visión del asunto.

Para mí, escribir es una cosa un poco metódica. Necesita de preparación, organización y mucho trabajo previo a la propia escritura. Por eso no acabo de creérmelo, no acabo de creerme a los escritores que se dicen con brújula. De alguna manera es imposible que sin un pequeño mapa trazado salga una historia coherente. Adoro atar cabos, adoro dar pistas, adoro dar pequeñas pinceladas a lo largo de toda la novela que, para mí, sería imposible dar de no caminar con un mapa bajo los ojos. A mí, por ejemplo, no hay cosa que más me guste que cogerme el Ipod y ponerme a caminar mientras dibujo una y otra vez en mi cabeza las escenas que tengo que escribir. Pero no, no penséis que uno se pone a caminar porque sí, que uno no es tan... ¿cómo llamarlo? ¿bohemio? Cuando me refiero a caminar, me refiero a ir de un sitio a otro porque tengo la necesidad de hacerlo. Se llama optimización de tiempo.

Por eso me gustó lo que dijo Martin acerca de este proceso. Dijo que, para él, escribir era como un viaje. Sabía de dónde partía, sabía hacia dónde tenía que ir y por dónde tenía que pasar y a dónde quería llegar al final, pero lo que no sabía eran las anécdotas que iban a ocurrir durante ese viaje.

Me encanta la afirmación. Define a la perfección el concepto que yo tengo de todo este asunto. Precisamente porque esas anécdotas son las que me gusta escribir. Bueno, no nos engañemos, es cierto que cuando me planteo una novela hay una serie de escenas (dos, tres, cuatro a lo sumo) que me muero por escribir y que son el eje central de la misma, las que tengo claras desde el principio y casi la razón principal por la que quiera escribir esa historia, más que nada, bueno, porque esas escenas son la historia en sí. Lo que ocurre es que, luego, al final, esas escenas nunca quedan tal cual las habías pintado en tu cabeza. Unas veces porque en tu cabeza son tan geniales y quedan tan de puta madre que cualquier cosa que tú escribas no va a ser capaz de estar a la altura ni de coña, otras porque ya no pegan y quedan como un pegote que, al final, tienes que quitar en la revisión (me ha pasado, una pena, aunque luego me he guardado esas escenas para futuras novelas. ¿Quién sabe?)...

Así que, sí, me encanta escribir esas anécdotas del viaje de las que habla Martin. Son las que me ayudan a conocer a los personajes, a darles vida. Son esas pequeñas cosas cotidianas que, quizá no son importantes a la hora de la trama principal, pero que son fundamentales en el dibujo del personaje y sus relaciones con los otros personajes.

Además me encanta la metáfora: Escribir una novela es como un viaje. Nunca mejor dicho, señor Martin.

Y hablando de viajes, mañana me marcho a Venecia. No me esperéis levantados.

domingo, 22 de junio de 2008

Moralinas estúpidas

Estoy un poco hasta las narices (iba a decir cojones, pero los cojones están muy abajo y la nariz está más arriba. Además, la nariz es el órgano por el que se huele la mierda) de la falsa moral de la que hace gala todo el mundo. Me resulta tan estúpida que me cabrea. Y cualquiera que me conozca (en persona, que el personaje de este blog tiene menos paciencia que yo) sabe que odio cabrearme y que es una sensación que detesto hasta tal punto que hago un ejercicio de reflexión previa a todo cabreo que suele racionalizar los sentimientos negativos para así evitar la explosión.

Veréis, hace un par de días escribí un artículo en el periódico con el que de vez en cuando colaboro que, dependiendo del círculo, ha tenido una acogida mejor u otra acogida peor. No me sorprende ni me afecta. Una de las cosas a las que he tenido que acostumbrarme a lo largo de los años es a las críticas. Soy alguien muy perfeccionista y antes me afectaban mucho porque no consideraba mi criterio como absolutamente válido si había una persona en el mundo que no estaba de acuerdo con él, así que cualquier crítica era una bomba directa hacia los cimientos de mi epistemología y acababa derrumbándome y teniendo que construir una nueva después.

Luego maduré y aprendí (mal que bien) a comprenderlas y a aceptarlas y a valorarlas en su justa medida. Lo siento pero hay críticas y críticas y no valen lo mismo ni emocional ni intelectualmente. Puedo sonar prepotente, pero no lo es. Y si lo es, no me importa porque creo que este sentimiento es el que quiero reivindicar en esta entrada.

Ya estoy harto da la falsa moral, de la falsa modestia que se valora actualmente. No puedo soportarla, parece que solo pueden triunfar los mediocres y que si crees que vales ya estás siendo prepotente y creído y, solo por eso, hay que ponerte una cruz. Pues miren, señores, yo creo que no. Me he hartado. Nunca saqué menos de un sobresaliente en el instituto y me avergonzaba por ello. No por tener las notas, no. Al contrario, creía que eran fruto de mi trabajo y, además, como me enseñaron mis padres, era mi única obligación, así que obtener un sobresaliente, era el justo premio. Lo que me avergonzaba era tener que decir las notas, es decir, no saber qué tono emplear para decirlas en voz alta sin parecer un estúpido prepotente y orgulloso. Fui la nota más alta de selectividad en mi comunidad autónoma el año que la hice e, igualmente, acabé avergonzándome porque pensaba que si me alegraba un poco egoístamente por ello, lo que hacía era regodearme en ello y corría el riesgo de parecer (ojo, que no de ser) un egocéntrico, así que lo he llevado más o menos en secreto hasta hace poco que me ha dado por culo tanta mediocridad absurda y me ha dado por reivindicara a la gente que se lo curra y que vale. Lo mismo pasa con la carrera y cuando me saqué las oposiciones. Perdón a los señores interinos por haber ido bien preparado y valer para esto y habérmelas sacado a la primera, lo sé, señoras y señores, no tengo perdón de dios, me pudriré en el infierno (pero que vengan a mi lado todas las ligeras de cascos y, ya que nos quemamos en el fuego de la eternidad, pues hagámoslo disfrutando de ello).

Y, sí, supongo que esto puede parecer precisamente lo que no quiero que parezca pero como estoy cabreado y esto es un vómito, pues permitídmelo.

Es que no puedo, de verdad que no puedo con la falsa moralina de las palabras. Del no hay que serlo sino parecerlo y de que nos escandalicen ciertas cosas pero que no lo hagan otras.

Porque, sí, hay gente que se ha escandalizado con la comparación que establezco en el artículo. La verdad es que me ha sorprendido mucho. Como he dicho antes no me afecta la crítica, puede haber sido más o menos desafortunada la comparación, pero, en fin, me toca mucho las narices.

El caso es que alguien ha colgado este artículo y lo ha puesto en un foro de profesores con, imagino, la intención de compartirlo y hay gente que ha pedido que se retirara de dicho foro porque le resultaba ofensivo. Como dirían los ingleses: What the fuck? ¿Ofensivo? En fin...

Si yo sé que debería estar contento, porque si hice una comparación tan exagerada era para que se viera con claridad de lo que estaba hablando, para despertar a las conciencias, para afectar al lector de alguna manera. Así que, sí, he cumplido mi objetivo y debería estar contento. La gente ha reaccionado ante él, ¿que no ha sido como a mí me gustaría? Además, la ironía no la comprende todo el mundo. Bueno, qué le vamos a hacer, ya sé que nadie es perfecto. Pero, no sé, es que es estúpido que la gente se haya quedado ahí, en la forma.

Y la estupidez sí que me cabrea.

Hace mucho tiempo que me dejé de gilipolleces y decidí decir, con la máxima educación posible que mis órganos, mis vísceras y todo lo que controla mi mala leche me lo permitiera, lo que opinaba. Que tampoco quiero decir que haga gala de esa """sinceridad""" (entre mil comillas más) que tan de moda han puesto los realities del "yo digo lo que me sale del coño cuando me sale del coño porque soy súpersincera, tía, y te lo digo y te lo vomito aquí, en la cara, y delante de todos porque soy súpersincera, tía y de paso te meto una hostia". No. Eso no es sinceridad. La sinceridad no está reñida con la falta de tacto ni con la cortesía ni con la falta de educación, joder. La sinceridad es otra cosa, es una reflexión previa acerca de lo que vas a decir, es un ejercicio de empatía por cómo va a recibir la otra persona lo que vas a decirle, es un elegir la mejor forma de decir lo que vas a decir... la sinceridad no es lo que ahora todo el mundo cree, joder.

Y por eso me cabrea que haya gente que se haya escandalizado con mi artículo. Que sí, que sí, que si quiero ser escritor, pues la que me espera si esta nimiedad llega a cabrearme, pero es que supongo que no es más que la gota que colma el vaso. No soporto las chorradas ni las medias tintas. Se me acusa de no tener sensibilidad. En fin, sé que no debo darle más vueltas al asunto, porque distingo muy, pero que muy bien, entre moral y moralina. Pero es eso, no puedo evitar no cabrearme por la estupidez humana.

Y ahora tachadme de prepotente, anda.

martes, 20 de mayo de 2008

Cuando las palabras no son suficientes

Cuando hace unos meses Pilar Galán en el taller al que acudo nos pidió que hiciéramos una poética o declaración de intenciones yo me puse fino y escribí esto sin ser realmente consciente de la verdad tan grande que estaba poniendo en palabras.

Entre otras razones, no han sido unas semanas fáciles y de ahí el parón del blog. Esto no deja de ser una ventana al público y cuando las coasa van mal yo me cierro en banda y nadie se entera, así que mucho menos lo iba a dejar por escrito. Para que os hagáis una idea borro inmediatamente los mensajes al móvil que llevan malas noticias o que están relacionados con ellas. Tengo cierta fobia a la palabra escrita, como si esta fuera más real que la palabra hablada. Cuando no se dicen las cosas es mucho más fácil ignorarlas.

Y esto es curioso que me esté pasando en estos momentos porque en la novela juvenil que estoy trabajando ahora mientras me doy las vacaciones de Equilátero trato precisamente ese tema entre otros. De la realidad de las palabras (dándole un tono un poco fantástico que me encanta, todo sea dicho), de cómo las palabras tienen el poder de transformar la realidad que nos rodea como si fueran seres vivos. Una paranoia, sí. Pero a mí me encanta (hasta tal punto que no paro de escribir y llevo la cuarta parte del borrador).

Y es entonces en estos momentos nada fáciles cuando he vivido en mis propias carnes las cursilerías que ponía en la poética. Escribir me ayuda a que lo que haya a mi alrededor tenga sentido y, sobre todo, me proporciona el equilibrio que me falta cuando la vida se precipita. Hay gente que necesita estar en compañía cuando las cosas van mal. No es que yo no lo necesite, tendría que tener un ego como un globo aerostático de grande para hacer una afirmación tan rotunda, pero sí es cierto que yo suelo tomar el rol de líder y hacerme con la situación así que no es tan descabellado imaginarme en un rincón a solas meditando cuando no puedo controlarla hasta que mi cabeza deja de echar humo y, o encuentro una solución al problema o asumo que no la tiene.

¿Y qué hago cuando llego a esta conclusión?

Escribo. Me entra una necesidad irrefrenable de estar a solas y ponerme a escribir. Pero no, no os asustéis que no me pongo a hacer odas al dolor cual romántico hasta arriba de opio ni nada por el estilo. Necesito escribir lo que sea que esté escribiendo en ese momento. No sé si lo he dicho ya (que creo que sí) pero para mí la escritura es una especie de escapismo, así que ¿qué mejor momento para escapar de la realidad que cuando esta no va bien?

(Y, sinceramente, para mí, creo que es lo más terapéutico. Pero no se lo digáis a mi novia, que es psicóloga y no quiero que piense que le quito la clientela.)

Y, sin embargo, a pesar de todo lo anterior, en la semana en la que descubres los resultados de la palabra más fea del castellano (empieza por c, acaba por r y tiene la misma forma de la palabra que designa a un signo del zodíaco) y sientes que a tu alrededor se desmoronan pilares importantes, por mucho que valore las palabras y lo que me hacen sentir y el lugar tan importante que tienen en mi vida, simplemente, a veces no son suficientes.

(Disculpad el tono de la entrada de hoy, prometo volver a mis orígenes en breve, que si no saco la mala leche a flote, ya sabéis que se me enquista y luego me salen granos. Y gracias a Joaquín por el abrazo)

domingo, 4 de mayo de 2008

Malito del hígado, de verdad

Llevo unos días bastante ocupado, lo que no es una excusa para haberos abandonado de esta manera. Lo que sí es excusa es que lo que me ha tenido ocupado es la emoción de haber terminado (¡por fin!) la segunda parte de Equilátero y que, para celebrarlo, decidiera empezar la novela juvenil que tenía pensada para el verano y que, de pronto, se haya convertido en una obsesión y esté disfrutando tanto y me lo esté pasando tan bien que todo lo demás haya pasado a un segundo plano y me levante y me acueste pensando en continuar la historia y saber hacia dónde van mis personajes. Si esto sigue así no sé si llegaré a verano, porque teóricamente la novela es corta y voy a un ritmo del que no me creía capaz. Claro que mucho tiene que ver que desde la semana pasada, entre semanas culturales, excursiones varias a las que no pude acudir porque soy un alérgico sin posibilidad de cura y que hemos tenido este gran acueducto que le agradezco en el alma a las altas autoridades educativas, he tenido un tiempo precioso que he aprovechado como dios manda.

Pero no os confundáis, señores, que no voy a convertirme en el señor Umbral ni voy a venir aquí a hablar de mi libro (por ahora). Hoy voy a suplantar a la señorita Maritornes y voy a desgañitarme un poco con un tema que me horroriza y del que si no hablo, la bilis es capaz de supurarme por todos los poros del cuerpo y no creo que me favorezca ese brillo amarillo y amargo esta mañana tan bonita de domingo.

Veréis, hace un tiempo que sigo el blog de una escritora extremeña. Sí, pongo escritora en cursiva, no ha sido un error de dislexia dactilar. Lo empecé a seguir por el obvio interés de la cercanía. Siempre es bueno tener localizados a los compañeros en la batalla. Después mi interés a secas empezó a decaer y dio paso a un interés malvado, ese que hace que sigas a alguien o que te interese la trayectoria de alguien por la mera manía que le estás cogiendo. Vamos, el interés hijoputa.

Una de las cosas que me planteé al empezar este blog, y ya no solo el blog, sino cualquier cosa que emprendo, era ir con la humildad por delante. Ojo, no quiero confundir humildad con falsa modestia, que hoy en día tanto estos dos términos como el de sinceridad andan un poco desequilibradillos, todo sea dicho. Sé que soy muy claro y directo y que a veces mi cerebro parece no funcionar cuando hablo o escribo y suelto lo primero que me sube desde el estómago (o desde el hígado, rebozaditas mis palabras en bilis), pero tengo muy claro que no soy nadie, al menos en este mundillo literario, que como yo hay cientos, si no miles y que, a veces, es mejor callar que hablar, porque igual que yo critico, hay veinte mil cosas de mí mismo que también son susceptibles de ser criticadas y estoy más guapo callado (pero guapo guapo, que salgo en las fotos que ni Brad Pitt, oiga).

Pero es que hay veces, hay veces que la bilis se desborda, me inunda y la tengo que vomitar so pena de morir ahogado. Veréis, yo siempre he defendido que cualquiera puede escribir. Sí, cualquiera puede hacerlo, ahí están las herramientas, los diccionarios, los libros... Ahora bien, cualquiera que se ponga a escribir no tiene por qué ser escritor (esta palabra hay días que siento que me queda grande y otros días a los que no le encuentro un significado claro). Creo que para ser escritor (utilicemos esta nomenclatura, aunque ahora mismo no me haga gracia) hay que empezar bajo una premisa muy importante: el respeto. El respeto hacia uno mismo y, sobre todo, hacia los demás, hacia los que te leen.

¿Y cómo, desde mi punto de vista, se parte desde el respeto para ser escritor? Yo creo que está claro, para empezar hay que hacerlo bien. Y, ojo, que no estoy diciendo que haya que ser un buen escritor, quizá a esto de hacerlo bien me esté refiriendo a ser un buen redactor. Para mí son términos diferentes. Un buen redactor escribe bien en términos puramente lingüísticos, ortográficos y estilísticos, lo que no quiere decir que cuente buenas historias.

Lo que ocurre es que hay gente a las que esta premisa, la de ser un buen redactor, le es suficiente para considerarse escritor. Bueno, discrepo totalmente, pero si son felices así, allá ellos. No basta con cumplir las reglas ortográficas. Pero sí es condición sinequanon se puede ser escritor. Aunque sea uno un escritor mediocre, malo u horrendo.

Escribir técnicamente bien, aunque tu técnica sea de redacción de COU, es lo mínimo que se puede consentir si te quieres llamar escritor. Saber usar las palabras, el diccionario, las tildes y ya no digamos las bes y las uves (por cierto, tengo un problema con la palabra absorber que no es ni medio normal. ¿Por qué narices se escribe con dos bes y en mi cerebro aparece siempre la primera con be y la segunda con uve? ¿Algún psicólogo en la sala que me saque algún trauma?). Conozco por la red a escritores terribles que se consideran tal pero que, al menos, redactan bien y se preocupan por pulir sus textos. Aunque sean más planos y aburridos que, no sé, Helen Lindes antes de pasar por el quirófano, por poner un ejemplo evidente y placentero (aunque me da en la nariz que lo de aburrido lo sigue teniendo por muchas tetas que se haya puesto. Qué pena).

Después están Los Otros, los que se erigen además como escritores con mayúsculas (¿el ego está reñido con las faltas de ortografía y expresión? ¿Algún otro psicólogo en la sala?) que acaban por destrozarme el hígado (si ya me lo destrozo yo solito los sábados por la noche, ¿no podríais tener un poco de compasión conmigo?) y hacer que vomite este tipo de entradas aunque en un principio (valga la redundandia) fueran en contra de mis principios porque otra gente lo hace mucho mejor y con más motivos que yo.

Pero es que no puedo evitarlo. A esta señorita en cuestión, de la que hablaba en el principio de mi entrada, la han publicado en unas cuantas editoriales (una de ellas es Entrelíneas, con lo cual su credibilidad, desde mi punto de vista, está bajo tierra) y se pasea por colegios e institutos dando charlas. Yo, mientras tanto, al principio, cuando comenzaba a seguirla le escribí un educado e-mail en el que le sugería que cuidara la ortografía y la gramática de su blog, no por nada en concreto, sino porque con una mala ortografía (¿tan difícil es poner tildes?) se desprestigiaba tanto a sí misma, como al género en el que publica así como al resto de escritores (o pseudoescritores. O gente a la que le da por escribir) de Extremadura.

Pues bien, la señorita en cuestión me respondió diciendo que no tenía tiempo para revisar sus entradas, que escribía por las noches (en medio de un drama terrible, todo sea dicho) y que no podía pararse a revisar lo que había escrito.

¿Pero qué coño...?

A eso es a lo que yo me refería con respeto, narices. No sé si sabe, y si no lo sabe y algún día se pasa por aquí, se lo digo, ya que el email que me envió me dejó tan estupefacto que decidí no responder: Que lo que escribes y lo que publicas se lee. Da igual que lo lean quince, que solo lo lea tu tía Ramona la del pueblo o que solo lo leas tú. Se lee. Y como se lee y te estás autoproclamando escritora, lo mínimo, minimísimo, que puedes hacer es revisar tus textos, coño. Aunque sea un texto para anunciar tus próximas presentaciones. Que te estás llamando escritora, tía, que te estás dejando a la altura del betún, joder, que no me da la puta gana de que encima seas extremeña y si ya los extremeños tenemos fama de paletos, vengas tú a dárte ínfulas y no sepas poner una puta tilde. Y que encima hayas ido por los colegios haciendo talleres y dando charlas por "la fomentación" de la lectura.

¿Sabes? Se dice FOMENTO, tía. Fomento. Efe o eme e ene te o. Fomento.

Y tú vas y me escribes "fomentación" cinco veces en tu entrada de hoy. No puedo contigo.

Ala, qué a gusto me he quedao.

¿Me pones un gintónic, por favor? Puestos a destrozarnos el hígado, que al menos disfrutemos con ello.

miércoles, 23 de abril de 2008

Obsesiones

Últimamente a la hora de ponerme a escribir hay un tema que me obsesiona más de lo normal. Concretamente desde que me puse a escribir Equilátero (esta novela me está trayendo más quebraderos de cabeza de lo que imaginaba en un principio. A todo esto, estoy a cuatro capítulos de terminar la segunda parte).

Cuando me puse a escribir la novela me dio la sensación de que mi vocabulario era una mierda. Un tema que me obsesionaba (si titulo esta entrada obsesiones es por algo) era la contención. Por el tipo de historia que cuento, hubiera sido muy fácil para mí haber caído en el melodrama (no quiero decir que no haya caído, mucho me temo haberlo hecho) y quería ser lo más aséptico posible. Mucho más teniendo en cuenta que la novela estaba contada desde tres puntos de vista diferentes. En uno de ellos, quizá, podría haberme permitido un poco de melodrama y dramatismo, pero no en los otros dos, porque, para empezar, no todos vemos las cosas de la misma manera y, bueno, en fin, para eso están los tres puntos de vista, ¿no?

Pues lo dicho, al obsesionarme con la contención, me obsesioné con las palabras. Pero no, no os confundáis, que esto no es un alegato panfletista porque hoy es el día del libro. Me refiero a que me obsesioné de verdad. Intento que el Mounstro (como lo llama Ruth), ese crítico interior insobornable que todos llevamos dentro, no se apodere de mi persona mientras lo hago. Y, de alguna manera lo consigo. Cuando llevo un rato escribiendo y me meto en la historia, son las voces de los personajes las que me hablan y pisotean la suya.

Es luego cuando releo lo que he escrito cuando me doy cuenta de lo que os he dicho un poco más arriba acerca de mi vocabulario. Odio la palabra cosa, la palabra extraño y muchas otras más de las que ahora mismo no me acuerdo pero que generan en mí un sentimiento tan rabioso que me dan ganas de apretar los dientes y dejar de respirar. Ea. Porque uno es así de maduro.

Para paliarlo uso el Casares o el de Fernando Corripio pero aun así me siento atado de pies y manos. Impotente. Me da la sensación de que cada palabra que uso es transparente, está vacía, que no dice nada.

Supongo que es por eso por lo que no me gusta escribir cuentos. Lo hago, sí, porque generan satisfacción a corto plazo y porque hay historias que no pueden contarse de otra manera. Pero eso no quiere decir que me guste hacerlo. En un cuento, tal y como yo lo entiendo, no puede sobrar ni puede faltar una sola palabra. El estilo, por su brevedad, queda mucho más patente, es mucho más evidente que en otro tipo de texto en prosa. Un cuento tiene que retumbarte en los oídos, en las retinas. Para que me guste un cuento tengo que sentir que está perfecto, que está hecho con conciencia de historia y de estilo. Por eso me cuesta tanto hacerlos. El Mounstro está mucho más despierto cuando escribo un cuento que cuando estoy con una novela. Con la novela me da la sensación de que es mucho más fácil engañar a los lectores (tan listo que me creo que soy) porque la obra es más amplia y a veces trozos tediosos son necesarios (bueno, realmente no, pero es como yo me consuelo).

Y ya no solo son las palabras. Hoy mismo leía que los críticos, entre otras cosas, han puesto verde la nueva novela de Ruíz Zafón (no he leído ninguna de este autor, por lo que no puedo opinar, pero mi sentido común me dice que aparte de toda la propaganda comercial, publicitaria y de márketing, algo bueno tiene que tener para que le guste a la gente, ¿no? No creo que todo el mundo sea tan tonto, ¿no?) porque en ella encontramos escrita cosas como "ojos inyectados en sangre" y entonces yo me he puesto a revisar y he visto dos pares de ojos inyectados en sangre en mis dos novelas para adultos y, no sé, me ha dado la sensación de que ha vuelto a quedar patente mi obvia falta de vocabulario porque yo no sé decir esa expresión de otra manera que no sea esa, y para eso sí que no hay diccionario que me salve.

martes, 1 de abril de 2008

(no le hagáis caso al drama, mañana se me pasa)

Creo que una de las cosas que peor he podido hacer en mi vida es haber querido que me publicaran y encender el interruptor de la maquinaria que puso en marcha todo el proceso. Sí, sí, como lo oís. En este mes hace un año que tomé esa decisión, después de que CarPa estuviera descansando en el cajón dándome el calorcito que daba solo cuando me hacía sentir bien por el hecho de haberla hecho, por el hecho de que yo, un vago redomado, alguien que jamás terminaba nada, hubiera sido capaz de darle carpetazo.

Sin ningún temor a equivocarme puedo decir que hace un año era más feliz. Y no, no es que no haya tenido satisfacciones. A lo largo de este año, sí, vale, me he convencido de que quizá la novela merezca la pena, que cumple exactamente con mis pretensiones, que no eran en ningún momento hacer una obra maestra de la literatura contemporánea, sino, más bien, hacer que yo pasara el mejor de los ratos y que los que la leyeran lo pasaran también.

Sacar algo tan tuyo del cajón para dárselo a otros tiene algo de masoquista que no sabía que podía llegar a doler tanto. Supongo que la satisfacción también es proporcional. No sé. Supongo. Pero el rechazo es duro. En mi caso, tampoco ha habido tantos. Es más, conseguir agente literario en apenas unos meses se puede considerar un éxito, definitivamente es abrir una puerta importante, pero ¡ay, amigos! estáis leyendo a un reconocido intolerante a la incertidumbre.

Empezar en esto, sin tener ni idea, sin saber dónde te estás metiendo me hace sentir tan infantil e inmaduro que hasta me da vergüenza reconocerlo ahora. ¡Qué iluso, ¿no?! El mes de abril del año pasado fue, y no me avergüenza reconocerlo, horrible. Sobre todo porque me obsesioné. Sí, lo hice, lo reconozco. Actualizaba el correo casi con compulsión, pensaba que todo iba más rápido, hacía cuentas, contaba días, horas, intentaba ser políticamente correcto, me daba plazos, intentaba sobrevivir (sí, sí, no os riáis, que así de dramático lo viví yo). Llevaba mejor una negativa que el mero silencio. No lo entendía, en serio que no entendía qué costaba responder un correo electrónico. Y sigo sin entenderlo, la verdad. Para mí el respeto es muy importante y eso me parece una falta de respeto como un pino de grande, vamos.

Cuando empecé este blog, me propuse que lo último que os fuerais a encontrar aquí fuesen entradas como esta. Por varios motivos, para empezar. El primero porque esto es, al fin y al cabo, una ventana a tu mundo, ¿no? Esto es un modo de darse a conocer, nunca sabes quién puede estar leyéndolo y, bueno, no hay que ser muy avispado para darse cuenta que lo que menos vende es la publicidad negativa. Hablar de éxitos. No de fracasos.

En segundo lugar era porque no pegaban con la política del blog ni con mi forma de ver este mundo en circunstancias normales (que no son las de hoy). Soy una persona a la que, normalmente, le cuesta mucho tomarse las cosas en serio. Supongo que en parte eso ha sido causa de que muchas de las cosas que me he planteado (como los estudios o la oposición, por ejemplo) hayan salido sin que apenas me costaran trabajo. Soy irónico por naturaleza, me río de mí mismo, me río de ti, me río de cualquier cosa, soy ácido, no puedo evitarlo, pero me divierto mucho siéndolo.

Hasta que nos planteamos sacar del cajón mi novela.

Cojones, con la decisioncita.

Quizá es porque hasta ahora no he obtenido respuesta, pero si hace un año me hubieran dicho que hoy me iba a sentir así, creo que me lo habría evitado, que la vida no está pra disgustos autoimpuestos.

Hace una semana, cuando definitivamente supe que no había ganado el Barco de Vapor (como no tengo ni idea de cómo van estas cosas, la verdad, casi habría esperado que un helicóptero hubiera venido a buscarme a mi casa o algo así. Suena glamuroso, ¿eh?) pues no me afectó en absoluto. A ver, en fin, que sé perfectamente las características de mi novela, o que, en fin, como que no es muy fácil que ese tipo de premios se consigan a la primera. De hecho, no estoy afectado en absoluto por eso. Soy iluso pero no tanto, ¿eh?

Me ha afectado hoy, que paseando por algunos blogs que llevo visitando desde hace años me he enterado de que la autora de uno de ellos ha quedado finalista. Y no es lo mismo cuando ese tipo de cosas le pasan a gente que no conoces a que le ocurran a alguien a quien conoces, aunque solo sea por haber intercambiado unas líneas. Por lo menos para mí no es lo mismo. La entrada que ha escrito ella es la entrada que habría escrito yo. Por lo que he leído de ella a través de sus propias líneas y de líneas de otros, es una persona sorprendente (si no, no habría leído su blog desde hace tanto tiempo, por lo menos, cinco o seis años), ha alcanzado al cima de la publicidad, acaba de entrar en el mundo literario y ha ganado un premio interesante y quedado finalista en otro. Parece que con solo chasquear los dedos, lo tiene ahí, a huevo. Que seguramente no sea así, que seguramente, como en todos, hay mucho trabajo y muchas frustraciones detrás, pero, no sé, me ha dado mucha pena leer uno de sus párrafos del blog y que definiera con tanta precisión sensaciones que yo habría sentido. ¿Envidia? Posiblemente, quizá. Pero creo que no. Es más admiración, la sensación de que por mucho que lo intentes no vas a llegar, de que vas a seguir intentándolo porque eres así de masoca y de cabezón, y la certeza de que aun te queda mucho sufrimiento.

Es eso, el sufrimiento. Porque cuando quieres algo con todas tus fuerzas no te queda más remedio que sufrir.

(Y puede parecer que estoy obsesionado con publicar, o algo parecido, pero no es así. No voy a negar que no me importe, pero eso ha sido a posteriori, cuando tomé la decisión. Y tomé la decisión porque la obra en un cajón me parecía que estaba a medias, que no cumplía con su labor, me frustraba, el fin de escribir es que te lean, pues bien, sentía que no había cumplido ese fin. Supongo que es cuestión de tiempo, que dentro de equis meses, años, semanas, no sé qué, pasará algo, bueno o malo, y decidiré en consecuencia, pero mientras tanto, me cago en las consecuencias de la decisión que tomé hace un año. Y no pienso limpiarme el culo. Ea)

viernes, 28 de marzo de 2008

Las rosas son rojas, las violetas azules

Odio escribir poesia. Me hace sentir vulnerable, débil, frágil. Cuando me han hecho escribir un poema, o cuando he experimentado escribiéndolo yo, he acabado con una sensación muy desagradable. Es como un desnudo literario (y eso que yo, por lo general, soy bastante exhibicionista). No me gusta. Con la poesía, por mucho que lo intente, acabo siendo yo mismo, incluso aunque el sujeto lírico sea otro (o los demás piensan que cuando escribes poesía, hablas de ti mismo, así que me da igual, si ellos lo creen, cuanto más haga por contradecirles, más lo creerán).

La poesía me deja desnudo, me drena mucho más que la prosa, donde me siento más libre e impersonal. No tengo alma de poeta, qué le vamos a hacer. Y, sí, soy muy consciente de que haciendo esta afirmación, la legión de fans del Fer oscuro, misterioso, poeta y sexy se borrarán de la lista. C'est la vie...

Si puedo evitar escribir poesía, lo hago. Se produce una reacción tan de rechazo entre el papel y yo que acabo rechinando los dientes hasta tal punto que luego pierdo esmalte y, veréis, no está la economía como para que yo vaya gastándome el sueldo en dentistas...

Supongo que todo esto tiene que ver con las razones por las que escribo. No sé. He escuchado infinidad de veces que hay gente que escribe para encontrarse a sí mismo, que a través de la escritura acaba conociéndose mejor. Yo no (aunque ese sea un efecto colateral). Creo que escribo por todo lo contrario: Escribo para escapar de mí.

¡Que no cunda el pánico, señores!

No es que me odie y no me guste, ni ntengo ningún complejo ni nada por el estilo, no. Simplemente uno, que es así de egoísta y le fastidia tener solo una vida. Hubo un tiempo en el que quise ser actor. Más o menos por las mismas razones. Yo era de los que estaba en el grupo de teatro del instituto y disfrutaba horrores. No sé por qué no continué por ese camino, supongo que tuvo que influir que como uno, que además de egoista es ambicioso, descubrió que con su metro y medio (centímetro arriba, centímetro abajo, no vamos a ponernos exquisitos ahora) poco iba a hacer en Hollywood y, bueno, intentar algo para estar abocado al fracaso desde el principio, pues como que no merecía la pena tanto desgaste emocional.

Estar sobre un escenario me hacía sentir grande, importante. Adoraba (y sigo adorando) la explosión de adrenalina, el pitido de la sangre en los oídos, la transformación a la que me sometía cada vez que interpretaba un papel (otra cosa que tengo que reconocer es que los aplausos me ponen, ¿qué le vamos a hacer?). Pero no fue suficiente. Yo quería más. Llegó un momento en el que descubrí que, una vez que ya me había aprendido el papel de memoria y había automatizado la representación, la sensación perdía intensidad y me convertía en un mero reproductor, alguien que decía las palabras y hacía los gestos que había escrito otro o que le decían que hiciera.

Yo quería más.

Supongo que, de alguna manera, fue así como llegué a la escritura. Entre mis múltiples vocaciones (durante la adolescencia, ya sabéis, pasé de profesor a astronauta, de músico a matemático y de científico a médico, pasando por actor porno, que ya sabéis que todo adolescente que se precie ha querido serlo unas cuantas veces) está la de ser dios. Sí, señores, uno también es así de poco exigente consigo mismo.

Es electrizante, como una droga, esa sensación que uno tiene cuando parece que la historia se escribe sola, que te la están dictando desde algún sitio invisible y que tú simplemente tienes que limitarte a cerrar los ojos y dejarte llevar. Creo que, junto a la del orgasmo y la del buen desayuno, es la sensación que más me gusta en el mundo. No la cambio por nada. Porque además luego está lo que viene detrás, lo de ser Creador, lo de ser tú mismo el que vas tejiendo los hilos, el de ser el que toma las últimas decisiones, el de ser el ejectutor, el juez, el fiscal y el abogado al mismo tiempo y tener en tus manos el destino de personajes a los que les ha llegado un momento en que han dejado de serlo, transofrmándose en verdaderas personas para ti.

Quiero vivir millones de vidas. No me conformo solo con una. No hay día que pase que no me encapiche con una personalidad, con un estatus, con una situación, con un detalle. Quiero hacerlo mío, quiero vivirlo, experimentarlo, sentirlo, palparlo. Quiero hacerlo todo, absolutamente todo. Hay veces que incluso me agobio porque soy consciente de que no podré ir nunca a la Luna (incluso a pesar de quedarme todo el planeta tierra por visitar). Es una sensación frustrante, porque sé positivamente que no tendré tiempo para ser todo lo que quiero ser.

Por eso solo me queda escribirlo.

Y aun a pesar de todo eso, hay veces que me da por hacer de poeta.

(Pero, ojo, casi siempre bajo prescripción médica, que en mi caso se resume a prescripción de Pilar Galán, escritora, Maestra y amiga)

martes, 11 de marzo de 2008

Imperfecciones I

A veces, cuando estás escribiendo una novela, te encuentras con que hay un personaje que destaca más que el resto, no por su función en la historia (porque en mi caso, teóricamente y si lo estoy haciendo bien, su función es la misma que la de los demás) sino porque, de pronto, hace algo, piensa algo, se transforma en algo y te deslumbra.

Si encima eres alguien a quien le gustan los excesos, que adora las imperfecciones y que, otra cosa no, pero hacer sufrir a sus personajes es algo con lo que disfruta mucho mucho más cuando lo hace de forma cómica), ver cómo salen airosos de esas pequeñas, llamémoslas, putadas (sin las que, para qué nos vamos a engañar, no habría historia), y se superan a sí mismos es algo que me encanta. Ver cómo sin ser perfectos y siendo conscientes de sus limitaciones se las arreglan y se las ingenian para darme por culo y subirse en el pódium es algo por lo que pagaría.

Aparte de exagerado y contradictorio soy masoca, ¿qué le vamos a hacer?


Me pasó con Carlos en CarPa, que hacía que estuviera enganchado a mi propia novela porque por más putadas que le hacía, el cabrón sabía cómo salir del paso (con mucho dramatismo, ironía y un poco de pateticismo, pero salía. Y yo me reía horrores). Lo mismo también me ha pasado con Patrick, uno de los tres protagonistas de Equilátero.

Querer a un hijo tiene que ser increíble de grande. No lo sé porque no tengo ninguno y, sinceramente, ni intenciones de que eso ocurra, pero tiene que parecerse a esto de querer a un personaje, digo yo. Los quieres primero porque son tuyos. Y después porque dejan de serlo en cierta manera.

Fue lo que me pasó con Carlos en CarPa, que de alguna manera me cayó tan bien, que me gustó tanto su visión del mundo y, sobre todo, cómo la contaba, que acabé queriéndole como si fuera alguien de mi familia. Solo que no. Es algo diferente, pero creo que querer a un personaje tiene que parecerse mucho. No sé. Digo yo.

A veces es un riesgo que tienes que evitar que ocurra. O, al menos, tienes que ser muy consciente de que te ocurre para no ceder a tus instintos y darle más protagnismo que el que debes darle.

De todas maneras, no me pasa con todos mis personajes, cla
ro. Bueno, con CarPa creo que sí, pero es que para mí fue imposible no cogerle cariño a esa panda. Creo que en gran parte es por eso por lo que me gustaría que se acabara publicada. Por ellos, es como darles el don del nacimiento o algo parecido.


Pero, en fin, ahora quien es el objeto de mis pasiones creativas es Patrick. Tengo que reconocer que, al principio, ponerme detrás de su punto de vsita resultaba agotador, yo no tengo tanta energía ni de coña, pero luego ha sabido ir conquistándome y es el personaje que más me ha sorprendido de los tres. Quizá por ser el más imperfecto. Y no solo eso, porque Elisa y Allan (los otros dos protagonistas) también lo son, y mucho. Pero Patrick es consciente, juega con esa imperfección, le saca partido, se regodea en ella y no le importa. Es más, la potencia. Eso me gusta, me ha sorprendido en bastantes ocasiones. Y encima luego cambia. Sigue igual, pero cambia. Adoro el cambio que se produce en él y cómo se aprovecha de las circunstancias. Por supuesto que no creo que sea buena persona (¿Alguien es buena persona en Equilátero?) pero desde luego sí que le convierte en el personaje más atractivo.

Tenía muy claro cómo era antes de comenzar la novela. De hecho, durante el verano pasado, para irme acondicionando, les hice una entrevista enorme a cada uno. Fue muy divertido, y además aprendí mucho porque como la novela está contada desde los tres puntos de vista en primera persona, aprendí a ver cómo hablaba cada uno, cómo se expresaba y en qué cosas se fijaba. En la novela digo constantemente que si Patrick tiene miedo a algo, entre otras cosas, es a crecer. Sabía de la existencia del complejo de Peter Pan, por supuesto, pero imaginaos cuál sería mi sorpresa cuando, a mitad de noviembre, durante el NaNoWriMo,cuando llevaba más o menos la mitad de la primera parte de la novela, me encuentro con esto en la wikipedia:

El complejo de Peter Pan se caracteriza por inmadurez o por ciertos problemas psicologicos, sociales y sexuales. El tipo de personalidad en cuestión, normalmente masculina, es inmadura y narcisista. Mucho más, las características de un "Peter Pan" incluyen atributos tales como irresponsabilidad, rebelión, carácter explosivo, dependencia, narcisismo, manipulación y la creencia de estar por encima de las normas.

No os podéis imaginar la cara que puse. Esas y exactamente esas eran sus características. Las que yo tenía pensadas y las que fueron surgiendo a medida que iba avanzando con la novela, como si así tuviera que ser y no pudiera ser de otra manera. Para qué engañaros, fue uno de esos momentos en los que uno cree que lo está haciendo bien.

Duró poco, no os asustéis.

Así que si el otro día estaba hablando de lo que me gusta la imperfección en mis personajes, ya os podéis hacer una idea de hasta dónde llega. Escribirle creo que es una de las experiencias que más me están gustando de la novela. Lo que también me está costando mucho y me está generando mucho sufrimiento, para qué nos vamos a engañar. Sobre todo por el desgaste emocional y mental que me produce. Supongo que, en parte, es por eso por lo que cojo la novela con cuentagotas.

Tengo que volver a hacerlo, ya vale de excusas.


No me gusta pensar que fui un rebelde sin causa porque a pesar de la imagen que daba no lo era. En absoluto. Ni siquiera creo que supiera lo que era ser rebelde. Era un adolescente pagado de sí mismo que pensaba que, con sólo chasquear los dedos, podía tenerlo todo. Me quería mi familia, me querían mis amigos, era admirado en el colegio, tenía a las chicas que me daba la gana con sólo mirarlas y hablarles un rato. Sentía que nada costaba trabajo. Ni siquiera las notas. Creía, y efectivamente era así para mí, que todo era muy fácil. Si hubiera querido rebelarme ante eso, habría estado absolutamente gilipollas.
(Patrick. Capítulo 2. Equilátero - 2007)

(En la foto, Jonas Armstrong, el actor que elegí para encarnar al personaje y así ayudarme en sus descripciones físicas. Pero no soy yo quien tiene que hablar de castings mentales y del método y de lo que ayudan y de lo que nos gustan y de todo lo demás. Es una entrada que nos debe Adhara y para lo que este paréntesis funciona: es una directa en toda regla)

miércoles, 5 de marzo de 2008

De vuelta con el tema

Como aparte de seguir con Equilátero estoy empezando con el esquema de Buskers: Con la música a otra parte, el argumento que me traje de Londres (que creo que será el que finalmente utilice para el NaNoWriMo del año que viene) y el otro día fui al cine a ver la de las Hermanas Bolena y pensé que a mí me habría gustado escribir esa historia, le estoy dando bastantes vueltas a esto del género en el que me siento más cómodo y la verdad es que me sorprendo con las vueltas que dan las cosas y con lo que cambiamos a lo largo del tiempo.

Antes, y cuando digo antes, nos remontamos a hace mucho tiempo en una galaxia muy muy lejana, al imaginarme como escritor me imaginaba escribiendo novelas históricas o fantásticas, la verdad. Es lo que tiene haber vivido (y seguir viviendo) en una ciudad con un entorno medieval precioso y soñar con un caballo, una espada y una capa, que mi juego preferido fuera perderme con mi hermano y con mi prima por la ciudad medieval y que mis historias preferidas fueran las que me contaba mi abuela, que cmo era la secretaria del alcalde, había tenido la oportunidad de entrar en los pasadizos que iban de un palacio a otro y a mí, qué queréis que os diga, se me ponían, no ya los dientes largos, ¡es que rayaban el parqué y mis babas lo encharcaban! Me moría por los cuentos clásicos, los reconstruía, hacía mis propias versiones, las grababa en un casette con mi hermano, los volvía a escribir, hacía dibujos... Definitivamente, si yo me veía cmo escritor me veía escribiendo una novela histórica. O incluso fantástica, aunque a mí Tolkien o la Dragonlance me aburran soberanamente, para qué os voy a engañar.

A pesar de eso, mi libro preferido es Olvidado rey Gudú, de Ana María Matute, una mujer a la que admiro, adoro y que hará que se me salten las lágrimas el día que la conozca. Creo que no se ha creado todavía una novela que diga tanto, tantísimo, y que me emocione más. La he leído dos veces (la primera vez con dieciséis años y la segunda con veintidós) y todavía tengo la sensación de que hay un millar de cosas que se me escapan, de que la novela está creciendo conmigo y de que la próxima vez que la lea, seguramente me deje cosas en el tintero de nuevo.

Pero el caso es que no me gusta la novela fantástica de héroes, brujos, luchas, poderes, nombres extraños y mitologías diversas pero en el fondo todas iguales. No me entendáis mal, adoro la fantasía. Pero ha llegado un momento en el que no veo fantasía novedosa en ningún sitio. Todo el mundo intenta ser un Tolkien o algo por el estilo y, la verdad, yo creo que está todo dicho. A excepción de Martin, por supuesto. George Martin ha creado algo tan grande que no soy capaz de describirlo. Ni siquiera sé si definirlo fantasía.

Pero no es esto de lo que yo quería hablar, aunque tenga que ver. Si escribiera fantasía, quizá se pareciera más a Harry Potter (que me encanta) que a Tolkien y compañía. A Martin ni se me ocurriría imitarle en ningún sentido. ¿Por qué creo que se parecería más a Harry Potter que a otra cosa? Pues yo creo que básicamente por los personajes. Aunque algunos secundarios de esta saga no se caractericen precisamente por su profundidad, sí que veo una evolución en los personajes principales, sí que son personajes de alguna manera redondos, tienen una evolución, cambian y se nos presentan como humanos de carne y hueso, yo ceo que es por eso por lo que han gustado tanto entre los adolescentes (y no tan adolescentes). Las otras novelas fantásticas adolecen de esto, se limitan a presentarnos estereotipos y, a mí, sinceramente, acaban aburriéndome soberanamente. Pero no solo ahora, sino que durante la infancia y la adolescencia también.

Creo que esa es una de las razones por las que no escribiría fantasía (aunque este verano planee ponerme con El traficante de recuerdos, que a pesar de mis reticencias, tiene un poco de trasfondo fantástico y que me gustaría presentar al Gran Angular si me da tiempo, pero que, en definitiva, trata de personajes), a mí me gusta hablar de personas, no de otras cosas. Y además, siendo fiel a mi condición de contradicción andante, también le tengo cierto respeto al género y no me veo capaz de hacer algo digno, ya que a mí lo que hay me parece indigno. Otra cosa es que yo fuera Adhara, claro, pero desgraciadamente no lo soy ni escribo como ella.

Me gusta hablar de personajes, de lo que son, de lo que sienten, de que les gusta desayunar cereales con leche y echarles un chorrito de licor sin que nadie se entere, por poner un ejemplo. No hay nada que me guste más del momento previo a escribir una novela que el de la creación de personajes, de esa ficha imaginaria llena de costumbres, tics, canciones preferidas, películas favoritas, manías y otras chorradas que seguramente no aparezcan en la novela pero que te van a ayudar a darle forma al personaje y hacerle vivo en tu cabeza. Por ejemplo, tengo muy claro que Carlos, el protagonista de CarPa, idolatra a Bruce Springsteen, pero creo que eso no sale en ningún momento de la novela y sin embargo, ese mero dato a mí me ayudó muchísimo para darle caŕacter. Así que creo que esa es otra de las razones por las que me siento más cómodo con mis pequeñas grandes tragedias que con otra cosa. Y por eso estoy volviendo a disfrutar tanto de la organización de mis cuatro personajes principales de Buskers. No son perfectos. Y no hay nada que me ponga más que la imperfección.

Claro, que de hasta dónde pueden llegar estas imperfecciones hablaremos en otra ocasión. Aparte de contradictorio, también soy exagerado.

viernes, 29 de febrero de 2008

Pequeñas grandes tragedias

La duda me embarga, me corroe. No puedo dormir, no como, no respiro, no vivo, no trabajo, no follo,. Y todo porque no puedo dejar de pensar, porque soy un drama andante, porque dudo, porque soy un diagnosticado intolerante a la incertidumbre. Y como no la tolero, pues tengo que pensarla, que masticarla, que comérmela para ver si se convierte en certeza y puedo volver a mi vida.

Creo que no sé qué es lo que no me gusta de Equilátero. No, no me entendáis mal. No quiero decir que Equilátero no me guste. Menuda mierda sería tener que escribir una novela de la que llevo doscientas y pico páginas y solo voy por la mitad sin que me gustara. Como ya sabéis, a mí me va lo del placer, así que muy probablemente habría dejado que se pudriera entre los documentos del word y los cuadernos sin usar porque, en fin, ¿para qué hacer algo que me aburre cuando el objetivo de hacerlo es divertirme? Pues eso, lo dicho.

No, es simplemente que hay algo de la novela que, como escritor, creo que me echa para atrás y hace que me cueste mucho ponerme. Que luego disfrute haciéndolo, sí, pero que el momento del pre-, me dé una pereza horrible y encuentre mil excusas para no hacerlo.

Cuando hice la carta de presentación de CarPa, creo que puse algo así como que CarPa iba de esas pequeñas grandes tragedias, que eran (y siguen siendo) las que, en definitiva, más nos preocupaban. Creo que no he sido del todo consciente de la verdad y del alcance de mis palabras hasta que he aderezado mi existencia con un poco de drama acerca de mi nueva novela.

En Equilátero no hay pequeñas grandes tragedias, hay un tragedión que ni los griegos serían capaces de igualar. O al menos así es como yo lo veo, que tiendo a exagerarlo todo por costumbre. CarPa iba de personas normales (o al menos eso traté de hacer ver. Normales, además, no es la palabra. No es, de hecho, una palabra que me guste en absoluto, pero creo que os hacéis a la idea de lo que quiero decir, ¿no?) que sufrían de cosas por las que, seguramente, hemos pasado todos. Ese era uno de los objetivos de la novela: que todos y cada uno de los lectores sintieran en alguna de las páginas esa sensación tan conocida de "¡hey! ¡esto yo lo he vivido o lo he pensado!"

Con Equilátero no. No digo que los tres personajes principales de la novela no sean normales. Son normales, si entendemos esta palabra como, por ejemplo, "no extraterrestre, no mitad anfibio mitad humano o algo así". Lo que ocurre es que, bueno, digamos que sus circunnstacias no lo son tanto. Dudo que alguno de nosotros tenga tanto dinero como tienen ellos. Cosa que es importante, porque uno de los temas que quería tratar era cómo la posesión que no lleva ningún esfuerzo detrás puede que nos deshumanice. O algo así, vamos.

Y creo que ahí está la clave. Son tres personajes extremos. Me agotan, me cansan, me cuesta mucho ponerme como escritor en sus pieles y actuar como ellos actúan. Son muy diferentes a mí, me atraen y les cojo manía a cada rato y eso termina por cansarme. Siendo humanos, a veces parece que no lo son y, aun así, yo creo que está justificado, que precisamente por no serlo, lo son todavía más.

Pero me da igual, el caso es que me agotan y que estoy escribiendo algo que a veces siento que se me escapa de las manos, que no controlo. Y entonces me frustro, y como me frustro, me agoto y como me agoto, necesito descansar y como descanso pierdo el hilo, y como pierdo el hilo, tengo que volver a recuperarlo, y eso lleva su tiempo. Además, cuando lo recupero, vuelvo a tener dudas y vuelta a empezar.

Con CarPa no me pasaba, iba fluido. Sí que tenía mis períodos de sequía, pero luego descubrí que era porque se iba gestando un nuevo episodio en mi cabeza. La verdad es que incluso cuando no escribo estoy escribiendo, gran parte de lo que acabo poniendo sobre el papel lo he visto primero en mi cabeza, lo he masticado, lo he pensado. Hasta que no tengo muy seguro el paso que voy a dar, no lo doy. Salvo honrosas excepciones, como esta segunda parte de Equilátero, que por sí misma me está guiando y me está sorprendiendo y, la verdad, estoy disfrutando aunque ahora haya tenido que dejarlo unos días por la intensidad.

Porque es eso, narices. ¡qué intensos son estos tres jodidos personajes! ¡por dios, cómo lo viven todo, con qué intensidad, y encima contado en primera persona! Si es que me agoto. Carlos era cansino, los que habéis leído CarPa lo sabéis, pero tenía ese punto irónico y sarcástico que tanto me gusta y que era lo que realmente me movía a seguir escribiendo, que Carlos era muy consciente de sus propios errores y limitaciones, se reía de ellos (después de dramatizarlos un montón, claro) y después trataba de superarse. Carlos, quizá por ser el primero, siempre será el personaje que más me guste. Aunque, tengo que reconocerlo, Patrick de Equilátero y Blanca de Tormenta de Verano, se le acercan también.

Así que es eso, estoy cansado de dramas. De dramas de los de verdad, me refiero, no de pequeñas grandes tragedias. Me agotan, me drenan, me adormecen. Nunca sé si lo que estoy escribiendo es real o no, dudo de si estoy siendo fiel al contrato entre el lector y yo mismo, si los acontecimientos (por muy exagerados) son lógicos y responden a un sistema de causa-efecto dentro del cosmos de la novela y estoy deseando terminarla, ponerle punto y final, saber hasta dónde he llegado y respirar tranquilo. O no.

Lo que tengo claro es que volveré a las pequeñas grandes tragedias de todos los días con Buskers, el argumento que me traje de Londres. Cosa que es curiosa, si me lo hubieran preguntado antes de dedicarme a la escritura de forma más o menos profesional hace unos cuantos años, nunca habría pensado que ese fuera el género en el que más a gusto iba a encontrarme.

Por ahora.