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sábado, 14 de mayo de 2011

Mi semana, en jornadas (con sorpresa al final)

¡Señoras y señores! ¡No se peleen! ¡No hagan cola! ¡No hace falta! ¡Hay sitio para todos! ¿Quieren saber cómo se puede morir de estrés? ¿Quieren presenciar en directo cómo un pobre incauto ha tomado decisiones erróneas y se arrepiente minuto a minuto de lo que ha decidido? O, ¡mejor aún!, ¿quieren verle sufrir una muerte lenta y dolorosa de la que ni se percata porque sus sentidos están tan ocupados haciendo miles de cosas mientras ustedes comen palomitas y se regodean en su desdicha porque él, pobre infeliz, ni siquiera tiene tiempo para quejarse (con lo que a él le gusta ser una reina del drama y quejarse cual Scarlett O'Hara a los cuatro vientos)? Pues, pasen, señores. Pasen y vean.

Los lunes, nuestro pobre infeliz, recorre los cien kilómetros que separan su lugar de domicilio hasta su lugar de trabajo y se encierra en el instituto hasta las tres, hora en la que come a trompicones hasta que dan las cuatro, momento en el que vuelve a meterse en el aula hasta las ocho de la tarde, momento en el que vuelve a coger el coche y a recorrerse los 100 kilómetros que le separan de su ansiada cama. Porque es eso exactamente en lo que piensa mientras pisa el acelerador y reza por que la guardia civil no esté por las carreteras en ese momento: en su ducha, en su cama (y en su capítulo de A Game of Thrones, que verá mientras cene pero que no entenderá debido a su agotamiento cerebral).

Los martes, nuestro incauto espécimen de humano, vuelve a recorrerse cien kilómetros, da clases hasta las tres y recorre el camino de vuelta tan solo para encontrarse un hogar destrozado por el desorden, la inmundicia, los platos, sin fregar, la cama sin hacer, el baño sin brillar y la ropa tirada por el suelo gritándole desesperada que haga algo para que recuperen su lustro y esplendor de antaño.

Los miércoles, como cualquier otro miércoles, comienzan para nuestro ejemplar de homo cansadus con sus kilómetros reglamentarios, sus clases reglamentarias y su casual corrección de exámenes. Él no lo sabe, pero se encuentra amenazado de muerte por sus alumnos, que no tolerarán un día más de espera sin conocer los resultados de las pruebas que, de nuevo, el infeliz que nos ocupa, ha preparado entre minuto de tarea y minuto de tarea. Vuelve a casa y se mete de nuevo en clase, esta vez en la UNED, donde es tutor y donde intenta sacar lo mejor de sus alumnos. El examen está próximo. Nadie sabe quién está más tenso. Si los alumnos o el profesor.

Y llegan los jueves, de nuevo recorriendo kilómetros, nuestro caballero de triste figura (porque encima, como casi no camina, los michelines están apoderándose de su cuerpo cual caries malvadas de anuncio de dentrífico) piensa en los exámenes por poner, en las tareas que corregir y en, por supuesto, las clases que también da por la tarde en la UNED ese mismo día, que no ha tenido tiempo de preparar y de la que, por supuesto, aun le quedan varios trabajos por corregir. Se ha enterado de que está amenazado de muerte por uno de sus grupos de alumnos. Traga saliva mientras conduce y se dice que no deberia consentir amenazas de otro grupo pero que, a fin de cuentas, lo de dormir eternamente no suena tan mal en ese momento. Y finalmente da sus clases. Y sale de sus clases y prepara las clases del día siguiente.

Que es viernes. Y como cualquier otro viernes, se levanta con la misma cara que Belén Esteban (pongo este personaje por las visits que suscitará sus búsqueds en Google, claro, no porque mi imaginación esté tan seca que no sea capaz de imaginar un símil más vistoso) sin pasar por maquillaje y piensa que sería estupendo que fuera un viernes de verdad y no un sucedáneo. Porque, normalmente, los fines de semana se los pasa limpiando todo lo que no limpió durante la semana, recogiendo las pelusas que, de pronto, se han empeñado en recibirle cada vez que llega a casa y comprando todo lo que no compró para alimentar su vacía nevera.  y corrigiendo todo (TODO) lo que no corrige durante la semana. Y va al cine. A veces. Solo cuando la película lo merece.

Y este fin de semana tengo que preparar la charla que doy el próximo 19 de mayo en la Biblioteca Pública de Cáceres a las 20:00 horas, titulada Literatura juvenil: tan necesaria como completa y a la que estáis, por supuesto, invitados. Por favor, venid. ¡Que por ahora el único asistente confirmado es mi madre! Prometo que dejaré que me tiréis tomates al final. Incluso aunque os haya gustado. En serio.

Y además, ayer sumé una tarea más a todas las anteriores después de recibir una llamada.

(¡¡Una más!!)

La llamada de mi editor.

Sí, leéis bien.

Me he comprometido a entregar la revisión previa a la edición de Tormenta de verano, mi primera novela infantil, que verá la luz el próximo mes de octubre (¡¡¡ilustrada!!! De verdad, no os miento, ¡¡ilustrada!!) en Ala Delta, de nuevo en Edelvives.

¿A que no os lo esperabais?

(la verdad es que, fiel a la costumbre de no esperarme estas noticias cuando me las dan por estar pendiente de otras veinte mil cosas, yo tampoco)


Sí, seguro que me llamáis avaricioso por quedarme con tantas tareas y deberes cuando debería repartíroslo pero, qué queréis que os diga, pese a sonar egoísta (no, no soy egoísta, ¿en serio no queréis que os regale unos cuantos exámenes para que los corrijáis por mí?) estoy deseando quitarme todo lo anterior de encima, guardarlo en el cajón de "decisiones desafortunadas que jamás volveré a tomar so pena de morir por falta de tiempo libre" y ponerme con el proceso de edición de la novela. Lo haré con el mismo editor con el que lo hice con Ne obliviscaris. Así que la diversión y el disfrute están más que asegurados.

Y ¿lo mejor? No será lo único que publique durante este año. Pero más sobre eso más adelante.

martes, 29 de junio de 2010

Rebotando por las paredes (literalmente)

A mí el verano me da un subidón marujil que ya lo querrían para sí las señoras que se ponen una bolsa en la cabeza y ven a Ana Rosa Quintana (atentos a las vergonzosas búsquedas a través de las que los salidos de turno llegarán a mi blog después de esta mención) mientras comen patatas fritas del Mercadona.

Desde que me dieron las vacaciones, he llevado a la tintorería alfombras, fundas nórdicas, sábanas... he intentado hacer limpieza, la he hecho, la he vuelto a hacer; estoy planeando pintar una habitación (y convertirla en pseudobiblioteca porque mis libros llevan casi un año metidos en cajas y no es plan); he instalado yo solo un aparato de aire acondicionado...

Vamos, que me pongo un delantal y podría unirme al club de Gracita Morales y Rafaela Aparicio e irme de copas con ellas por las noches después de terminar la tarea, para comentar lo mal que está el servicio y el batín tan elegante que llevaba puesto el señorito durante el desayuno.

Pero es que siempre me pasa igual al comienzo y al finalizar el verano. No sé por qué, supongo que es porque termina el curso y hay como deseos de tirar a la basura todo lo pasado, de limpiar el estrés de junio y de quedarse con lo necesario de cara al proceso de renovación que siempre sucede en septiembre.

Además es que estoy tan ansioso que tengo que ocupar mi tiempo con algo. Aparte de por ser opositor consorte, estoy nerviosito porque en teoría la semana que viene corrijo galeradas y no puedo estar más impaciente.

Ahora mismo, después de las mil revisiones que le hicimos a la novela entre el editor y yo durante el mes de mayo, le está echando un ojo la correctora de la editorial (después de haber pasado un proceso previo de maquetación y de revisión por parte del editor jefazo) por si se nos ha pasado alguna errata o error de concordancia o váyase usted a saber qué.

Este miércoles terminará esta revisión y volverá a echarle un vistazo el editor para después pasar el texto a maquetación y, finalmente, pasármelo a mí para la revisión final durante la semana que viene, semana en la que también trabajaremos con el texto de cuarta de cubierta y con mi biografía (¡Con mi biografía! ¡Pero si aparte de que me gustan los helados de leche merengada, que soy un vago redomado y que mi deporte preferido es el sillón-ball, poco hay que decir!).

Y, mientras tanto, me consta que el equipo de diseño está trabajando en la portada de la novela.

Esto marcha, los resultados son inminentes y yo no hago más que rebotar por las paredes como una pelota de tenis.

lunes, 19 de abril de 2010

Yo ya no me callo

No sé si lo habéis leído, o si yo simplemente he escuchado campanas sin saber de dónde provienen, pero me alucinan los últimos comentarios que se han vertido, entre otros, desde el Ministerio de Igualdad acerca de lo que pueden significar los cuentos populares dentro del sistema educativo actual, o hablando en plata, del papel que pueden jugar en nuestra sociedad.

En resumen, lo que plantean es lo de siempre: ricemos el rizo, busquemos un titular y digamos que los cuentos están llenos de estereotipos sobre las mujeres y los hombres, que las mujeres presentan un papel pasivo, que las niñas no pueden leer eso porque van a tomar esos roles y los niños tampoco, porque en su maldad congénita, van a tomar esos cuentos como modelo y van a volver a tiranizar al género femenino (hola, Ministerio, el género es una característica gramatical. Los seres vivos tenemos SEXO!) y, como las mujeres son tontas del culo y en cuanto ven un vestidito precioso y una corona, se vuelven idiotas, dejarán que el hombre vuelva a someterlas.

¡Prohibamos los cuentos, por favor! ¡Son peligrosos!

No estamos en una sociedad tan naïve e inocente como la que nos quieren hacer creer. Porque si algo han ido perdiendo los niños con el paso de los años, precisamente es la inocencia, que no es más que el resultado de los avances en comunicación. Cuanto más saben, menos inocentes serán. No es un problema ni una dificultad. Es simplemente una ley natural: el conocimiento llama al conocimiento y cuanto más sabe uno más preguntas se hace y más suspicacias le surgen.

Es nuestra tarea como docentes, escritores, bomberos o legisladores... en fin, como adultos, darles las herramientas adecuadas para interpetar correctamente esa realidad que nunca será perfecta ni políticamente correcta y que, en muchas ocasiones, irá en contra de nuestro credo, del suyo o del de Antoñita la Fantástica (prima hermana de Bibiana Aído, a quien cada día soporto menos pese a quien pese). Habrá que enseñarles a reconocer eso que les chirría, o que no les chirría, pero habrá que enseñarles, simplemente, a leer.

Porque los alumnos de hoy en día se piensan que leer es simplemente unir letras y formar palabras. Y no solo los alumnos, también los legisladores y esos señores tan amables que ahora hablan por todos lados de "competencias básicas" sin tener muy claro ni qué es básico ni qué es un colegio o un instituto o una clase ni lo que se hace en ellas ni lo que se debe hacer en casa, en la calle, en el cine o en el cuarto de baño.

Si les enseñamos a leer correctamente, nos evitaremos muchos problemas. Uno de ellos es este. Claro, que a lo mejor hay ciertas ministras, políticos, legisladores e incompetentes que deberían aprender a leer primero, a interpretar la realidad primero y a no prohibir todo lo que no está de acuerdo con lo que ellos piensan.

Porque esa es la realidad: lo bueno, lo malo y lo peor.

En fin, no sé en qué sociedad viven, pero en la sociedad donde yo vivo, las niñas no son tontas ni se vuelven idiotas al ver a la cenincienta fregando el suelo, los niños son muy conscientes de la superioridad intelectual que suelen presentar las chicas durante la época de escolarización.

Las niñas quieren ser veterinarias, enfermeras, escritoras, cantantes, modelos, profesoras, ingenieras, informáticas y también amas de casa. Los niños quieren ser futbolistas, escritores, modelos, conductores, cantantes, actores, ingenieros, informáticos, veterinarios y Fernando Alonso.

Hoy en día, afortunadamente, cada uno puede ser quien quiera ser. Y si quieres ser ama de casa, modelo, cantante o estrella del árbol de navidad, tendremos que educar en que es posible que lo seas solo si lo intentas (ergo, bienvenida capacidad de esfuerzo y concentración, tan denostada hoy en día).

Hay que enseñar a leer, porque si sabes leer de verdad, serás crítico, y si eres crítico, sabrás expresar tu opinión y si sabes expresar tu opinión (y lo que es más importante, tenerla, pero una opinión tuya, formada a ravés de tus propios mecanismos mentales, n impuesta por alguien ajeno a ti), sabrás elegir.

En definitiva, hay que educar en la libertad de expresión, sí, pero sobre todo, en la libertad de ELECCIÓN, sea la que sea.

Pero, por eso, para que esas elecciones no sean erróneas, debemos darles a los niños y adolescentes las herramientas necesarias para que no las tomen. Y esas herramientas, precisamente, no pasan por decirles qué pueden o no pueden leer: tienen que leerlo todo. Incluso lo que no les gusta. Incluso lo que no nos gusta a nosotros.

Pueden ser lo que quieran.

Afortunadamente.

Aunque a nosotros no nos guste.

miércoles, 6 de agosto de 2008

Perdona si estoy mal escrito y traducido y editado pero me publica Planeta

El otro día andábamos buscando un libro para que mi chica leyera en la piscina y como más o menos sé sus gustos, le dije que por qué no se llevaba el de Perdona si te llamo amor de Federico Moccia. Había escuchado hablar de él en el telediario y más o menos me sabía de qué iba, pensaba que le iba a gustar.

Al día siguiente, se quedó dormida y lo cogí yo para echarle un vistazo. La verdad es que lo flipé bastante con lo que pueden hacer la publicidad y la promoción (como si me sorprendiera, vaya, pero es que, qué queréis que os diga, uno es un poco inocente y cree siempre primero en la bondad y en la buena intención de las personas y que todo es rosa y bonito y dulce y de caramelo y de supernovas, chiste privado que no vais a entender).

El libro (todavía no llevo mucho, pero me da un poco de pudor llamarlo "novela") parecía más un guión cinematográfico lleno de diálogos insulsos llenos de onomatopeyas y notas a pie de página (que se supone que es la narración. La narración, me parto) que más bien parecen las acotaciones de un director de teatro que fragmentos de narración.

Vamos a ver, yo no sé mucho de técnicas literarias actuales ni nada, pero, no sé. A mí no me parece que el libro esté tan bien escrito ni que sea tan la hostia. Sí, puede que el tema tenga tirón, pero no sé.

Para empezar, la voz narrativa es muy particular. Se entremezcla sin ningún tipo de criterio la voz de un narrador en tercera persona con los pensamientos del personaje que está bajo la focalización en ese momento.

No, Alessandro deja la nota sobre la mesa, no han entrado los ladrones. Ha sido ella. Me ha robado la vida, el corazón. Ella dice que siempre ha respetado mis decisiones, pero ¿qué decisiones? Deambula por la casa. Los armarios están vacíos. Conque decisiones, ¿eh? Si ni mi casa era mía.


A mí esto no me parece ni original ni, ni mucho menos, algo bien escrito. De hecho, desde mi punto de vista, se salta más de dos lógicas de escritura porque sí, no le veo justificación ninguna a ese tipo de narrador, no me encaja en esta novela (si estuviéramos hablando de Virginia Woolf y esto fuera una novela literaria en sí misma o experimental, pues me callaría) y me parece metido con calzador, como si el autor no hubiera querido meterse en los berenjenales de escribir en primera persona cada punto de vista. O incluso parece vagancia y dejadez. Queda artificioso, sí, pero no en un sentido positivo, al menos en mi opinión.

(Prefiero pensar eso a que el autor -o, yo qué sé, el traductor- no tenga ni idea de las normas formales y de estilo que, seguramente habría pensado yo si fuera un informador de Planeta y este manuscrito me hubiera llegado de manos de un escritor novel, para qué vamos a engañarnos. El tipo este ya viene precedido por su fama en italia, así que supongo que es mejor no pensar que no tiene ni idea. Supongo, claro)

Y, bueno, yo no es que sea un purista precisamente (de hecho, CarPa también ha sido a veces tildada de "guión cinematográfico" más que de novela, pero bueno, sé por qué es así y no me preocupa. Más que nada porque hay fragmentos en que está hecho a conciencia -la novela quiere imitar la forma de una telecomedia- y porque esas "acotaciones" son más que acotaciones, vamos, que no son solo "Allesia (u otro nombre italiano) coge dos vasos. punto y aparte, seguimos con el diálogo lleno de onomatopeyas digno de redacción infantil"), pero creo que sé reconocer cuándo algo está bien escrito o cuándo el escritor que hay detrás no tiene muchas luces (no me parece un escritor inteligente el que hay detrás de la novela, lo siento) y trata de ser, cómo decirlo, ¿efectista?.

—¡Naomi!
—Se me da bien, ¿eh? —Sonríe Niki.
Diletta bebe un sorbo de cerveza.
—Deberías dedicarte en serio a lo de ser modelo.
—Pasa el tiempo, un año, una se engorda...
—¡Olly, eres una envidiosa! Te fastidia que desfile tan bien, ¿o
qué? Pero sabes de sobra que esta..., es la hostia. ¿Cómo se llama?
—Alexz Johnson.
—¡Eh, aquí todas somos profesionales! Mira, mírame a mí. —Y Olly se planta en el otro extremo de la acera, se apoya la mano en la cadera derecha, dobla un poco la pierna y se detiene, mirando fijamente al frente. Después da media vuelta, se echa la melena hacia atrás con un rápido movimiento de cabeza y regresa.
—¡Pareces una modelo de verdad! –Y todas le aplauden.

Odio el efectismo en las novelas. O al menos, el efectismo mal llevado. Queda bien en las pelis de Silvester Stallone, no te digo yo que no, pero, yo qué sé. Es que efectismo acaba llevando a teatralidad y la teatralidad es imposible de creer, todavía menos en una historia que se vende como "historia de amor de verdad blablablaqué bonito".

Y encima, no llevo mucho, apenas ochenta páginas y ya he visto docenas de gazapos, traducciones mal hechas y errores de edición.

¿No se supone que Planeta tiene que cuidar esas cosas? Lo admito de una editorial pequeña, a lo mejor, que no dispone de muchos medios, pero, ¿de Planeta? Sinceramente, si yo fuera el autor a lo mejor me cabreaba un poco por la falta de respeto a mi texto.

Yo, como lector, me he cabreado porque para mí eso entra también dentro del campo del respeto. Sobre todo porque un libro de Planeta no es barato precisamente. Puede ser malo, sí, como en nuestro caso, pero tiene que estar impoluto y cuidado al máximo. Con mucho énfasis en lo de tiene, del verbo tener utilizado como perífrasis de OBLIGACIÓN.

Qué rabia me dan estas cosas.

domingo, 29 de junio de 2008

Me muero

Me muero por muchos motivos. El primero: El cansancio (el físico, el psicológico y el emocional). El segundo, pues luego os lo digo.

Me ha tocado ser tribunal de la Oposición de este año. No hace más de dos que me la saqué y ya me ha tocado evaluar cómo lo hacen algunos de mis compañeros de clase. Es agotador, no solo por la carrera a contrarreloj que los señores de las administraciones públicas nos imponen llevar (cobrando una mierda, todo sea dicho) sino porque, perfectito y pefeccionista que es uno, intenta hacer su labor lo más profesional posible y eso conlleva un desgaste de calcio, potasio y azúcares y demás nutrientes cerebrales que me deja turulato para el resto del día.

Pero, ¡oh, condena!, no puedo permitirme estar turulato porque mi chica también está opositando (de otra especialidad, no me seais malpensados) así que, como uno ya tiene experiencia en estas lides, pues le toca ayudar en el proceso. Y sostener en el momento de los bajones. Y animar y llevar la voz cantante cuando toca.

Agotador. No recordaba estar tan cansado desde mi propia oposición. Y lo que me queda. Estoy triste. Animadme.

Porque me muero. Sobre todo eso: me muero.

Me muero porque lo que más me apetece en el mundo es escribir y no puedo ni tengo la estabilidad mental para hacerlo.

Todo un drama, señores.

domingo, 22 de junio de 2008

Moralinas estúpidas

Estoy un poco hasta las narices (iba a decir cojones, pero los cojones están muy abajo y la nariz está más arriba. Además, la nariz es el órgano por el que se huele la mierda) de la falsa moral de la que hace gala todo el mundo. Me resulta tan estúpida que me cabrea. Y cualquiera que me conozca (en persona, que el personaje de este blog tiene menos paciencia que yo) sabe que odio cabrearme y que es una sensación que detesto hasta tal punto que hago un ejercicio de reflexión previa a todo cabreo que suele racionalizar los sentimientos negativos para así evitar la explosión.

Veréis, hace un par de días escribí un artículo en el periódico con el que de vez en cuando colaboro que, dependiendo del círculo, ha tenido una acogida mejor u otra acogida peor. No me sorprende ni me afecta. Una de las cosas a las que he tenido que acostumbrarme a lo largo de los años es a las críticas. Soy alguien muy perfeccionista y antes me afectaban mucho porque no consideraba mi criterio como absolutamente válido si había una persona en el mundo que no estaba de acuerdo con él, así que cualquier crítica era una bomba directa hacia los cimientos de mi epistemología y acababa derrumbándome y teniendo que construir una nueva después.

Luego maduré y aprendí (mal que bien) a comprenderlas y a aceptarlas y a valorarlas en su justa medida. Lo siento pero hay críticas y críticas y no valen lo mismo ni emocional ni intelectualmente. Puedo sonar prepotente, pero no lo es. Y si lo es, no me importa porque creo que este sentimiento es el que quiero reivindicar en esta entrada.

Ya estoy harto da la falsa moral, de la falsa modestia que se valora actualmente. No puedo soportarla, parece que solo pueden triunfar los mediocres y que si crees que vales ya estás siendo prepotente y creído y, solo por eso, hay que ponerte una cruz. Pues miren, señores, yo creo que no. Me he hartado. Nunca saqué menos de un sobresaliente en el instituto y me avergonzaba por ello. No por tener las notas, no. Al contrario, creía que eran fruto de mi trabajo y, además, como me enseñaron mis padres, era mi única obligación, así que obtener un sobresaliente, era el justo premio. Lo que me avergonzaba era tener que decir las notas, es decir, no saber qué tono emplear para decirlas en voz alta sin parecer un estúpido prepotente y orgulloso. Fui la nota más alta de selectividad en mi comunidad autónoma el año que la hice e, igualmente, acabé avergonzándome porque pensaba que si me alegraba un poco egoístamente por ello, lo que hacía era regodearme en ello y corría el riesgo de parecer (ojo, que no de ser) un egocéntrico, así que lo he llevado más o menos en secreto hasta hace poco que me ha dado por culo tanta mediocridad absurda y me ha dado por reivindicara a la gente que se lo curra y que vale. Lo mismo pasa con la carrera y cuando me saqué las oposiciones. Perdón a los señores interinos por haber ido bien preparado y valer para esto y habérmelas sacado a la primera, lo sé, señoras y señores, no tengo perdón de dios, me pudriré en el infierno (pero que vengan a mi lado todas las ligeras de cascos y, ya que nos quemamos en el fuego de la eternidad, pues hagámoslo disfrutando de ello).

Y, sí, supongo que esto puede parecer precisamente lo que no quiero que parezca pero como estoy cabreado y esto es un vómito, pues permitídmelo.

Es que no puedo, de verdad que no puedo con la falsa moralina de las palabras. Del no hay que serlo sino parecerlo y de que nos escandalicen ciertas cosas pero que no lo hagan otras.

Porque, sí, hay gente que se ha escandalizado con la comparación que establezco en el artículo. La verdad es que me ha sorprendido mucho. Como he dicho antes no me afecta la crítica, puede haber sido más o menos desafortunada la comparación, pero, en fin, me toca mucho las narices.

El caso es que alguien ha colgado este artículo y lo ha puesto en un foro de profesores con, imagino, la intención de compartirlo y hay gente que ha pedido que se retirara de dicho foro porque le resultaba ofensivo. Como dirían los ingleses: What the fuck? ¿Ofensivo? En fin...

Si yo sé que debería estar contento, porque si hice una comparación tan exagerada era para que se viera con claridad de lo que estaba hablando, para despertar a las conciencias, para afectar al lector de alguna manera. Así que, sí, he cumplido mi objetivo y debería estar contento. La gente ha reaccionado ante él, ¿que no ha sido como a mí me gustaría? Además, la ironía no la comprende todo el mundo. Bueno, qué le vamos a hacer, ya sé que nadie es perfecto. Pero, no sé, es que es estúpido que la gente se haya quedado ahí, en la forma.

Y la estupidez sí que me cabrea.

Hace mucho tiempo que me dejé de gilipolleces y decidí decir, con la máxima educación posible que mis órganos, mis vísceras y todo lo que controla mi mala leche me lo permitiera, lo que opinaba. Que tampoco quiero decir que haga gala de esa """sinceridad""" (entre mil comillas más) que tan de moda han puesto los realities del "yo digo lo que me sale del coño cuando me sale del coño porque soy súpersincera, tía, y te lo digo y te lo vomito aquí, en la cara, y delante de todos porque soy súpersincera, tía y de paso te meto una hostia". No. Eso no es sinceridad. La sinceridad no está reñida con la falta de tacto ni con la cortesía ni con la falta de educación, joder. La sinceridad es otra cosa, es una reflexión previa acerca de lo que vas a decir, es un ejercicio de empatía por cómo va a recibir la otra persona lo que vas a decirle, es un elegir la mejor forma de decir lo que vas a decir... la sinceridad no es lo que ahora todo el mundo cree, joder.

Y por eso me cabrea que haya gente que se haya escandalizado con mi artículo. Que sí, que sí, que si quiero ser escritor, pues la que me espera si esta nimiedad llega a cabrearme, pero es que supongo que no es más que la gota que colma el vaso. No soporto las chorradas ni las medias tintas. Se me acusa de no tener sensibilidad. En fin, sé que no debo darle más vueltas al asunto, porque distingo muy, pero que muy bien, entre moral y moralina. Pero es eso, no puedo evitar no cabrearme por la estupidez humana.

Y ahora tachadme de prepotente, anda.

domingo, 25 de mayo de 2008

Anuncio urgente

He perdido una voz narrativa. ¿Alguien sabe dónde está?

Si alguien la encuentra, por favor, póngase en contacto conmigo. Será recompensado con un beso con lengua.

Gracias