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sábado, 14 de mayo de 2011

Mi semana, en jornadas (con sorpresa al final)

¡Señoras y señores! ¡No se peleen! ¡No hagan cola! ¡No hace falta! ¡Hay sitio para todos! ¿Quieren saber cómo se puede morir de estrés? ¿Quieren presenciar en directo cómo un pobre incauto ha tomado decisiones erróneas y se arrepiente minuto a minuto de lo que ha decidido? O, ¡mejor aún!, ¿quieren verle sufrir una muerte lenta y dolorosa de la que ni se percata porque sus sentidos están tan ocupados haciendo miles de cosas mientras ustedes comen palomitas y se regodean en su desdicha porque él, pobre infeliz, ni siquiera tiene tiempo para quejarse (con lo que a él le gusta ser una reina del drama y quejarse cual Scarlett O'Hara a los cuatro vientos)? Pues, pasen, señores. Pasen y vean.

Los lunes, nuestro pobre infeliz, recorre los cien kilómetros que separan su lugar de domicilio hasta su lugar de trabajo y se encierra en el instituto hasta las tres, hora en la que come a trompicones hasta que dan las cuatro, momento en el que vuelve a meterse en el aula hasta las ocho de la tarde, momento en el que vuelve a coger el coche y a recorrerse los 100 kilómetros que le separan de su ansiada cama. Porque es eso exactamente en lo que piensa mientras pisa el acelerador y reza por que la guardia civil no esté por las carreteras en ese momento: en su ducha, en su cama (y en su capítulo de A Game of Thrones, que verá mientras cene pero que no entenderá debido a su agotamiento cerebral).

Los martes, nuestro incauto espécimen de humano, vuelve a recorrerse cien kilómetros, da clases hasta las tres y recorre el camino de vuelta tan solo para encontrarse un hogar destrozado por el desorden, la inmundicia, los platos, sin fregar, la cama sin hacer, el baño sin brillar y la ropa tirada por el suelo gritándole desesperada que haga algo para que recuperen su lustro y esplendor de antaño.

Los miércoles, como cualquier otro miércoles, comienzan para nuestro ejemplar de homo cansadus con sus kilómetros reglamentarios, sus clases reglamentarias y su casual corrección de exámenes. Él no lo sabe, pero se encuentra amenazado de muerte por sus alumnos, que no tolerarán un día más de espera sin conocer los resultados de las pruebas que, de nuevo, el infeliz que nos ocupa, ha preparado entre minuto de tarea y minuto de tarea. Vuelve a casa y se mete de nuevo en clase, esta vez en la UNED, donde es tutor y donde intenta sacar lo mejor de sus alumnos. El examen está próximo. Nadie sabe quién está más tenso. Si los alumnos o el profesor.

Y llegan los jueves, de nuevo recorriendo kilómetros, nuestro caballero de triste figura (porque encima, como casi no camina, los michelines están apoderándose de su cuerpo cual caries malvadas de anuncio de dentrífico) piensa en los exámenes por poner, en las tareas que corregir y en, por supuesto, las clases que también da por la tarde en la UNED ese mismo día, que no ha tenido tiempo de preparar y de la que, por supuesto, aun le quedan varios trabajos por corregir. Se ha enterado de que está amenazado de muerte por uno de sus grupos de alumnos. Traga saliva mientras conduce y se dice que no deberia consentir amenazas de otro grupo pero que, a fin de cuentas, lo de dormir eternamente no suena tan mal en ese momento. Y finalmente da sus clases. Y sale de sus clases y prepara las clases del día siguiente.

Que es viernes. Y como cualquier otro viernes, se levanta con la misma cara que Belén Esteban (pongo este personaje por las visits que suscitará sus búsqueds en Google, claro, no porque mi imaginación esté tan seca que no sea capaz de imaginar un símil más vistoso) sin pasar por maquillaje y piensa que sería estupendo que fuera un viernes de verdad y no un sucedáneo. Porque, normalmente, los fines de semana se los pasa limpiando todo lo que no limpió durante la semana, recogiendo las pelusas que, de pronto, se han empeñado en recibirle cada vez que llega a casa y comprando todo lo que no compró para alimentar su vacía nevera.  y corrigiendo todo (TODO) lo que no corrige durante la semana. Y va al cine. A veces. Solo cuando la película lo merece.

Y este fin de semana tengo que preparar la charla que doy el próximo 19 de mayo en la Biblioteca Pública de Cáceres a las 20:00 horas, titulada Literatura juvenil: tan necesaria como completa y a la que estáis, por supuesto, invitados. Por favor, venid. ¡Que por ahora el único asistente confirmado es mi madre! Prometo que dejaré que me tiréis tomates al final. Incluso aunque os haya gustado. En serio.

Y además, ayer sumé una tarea más a todas las anteriores después de recibir una llamada.

(¡¡Una más!!)

La llamada de mi editor.

Sí, leéis bien.

Me he comprometido a entregar la revisión previa a la edición de Tormenta de verano, mi primera novela infantil, que verá la luz el próximo mes de octubre (¡¡¡ilustrada!!! De verdad, no os miento, ¡¡ilustrada!!) en Ala Delta, de nuevo en Edelvives.

¿A que no os lo esperabais?

(la verdad es que, fiel a la costumbre de no esperarme estas noticias cuando me las dan por estar pendiente de otras veinte mil cosas, yo tampoco)


Sí, seguro que me llamáis avaricioso por quedarme con tantas tareas y deberes cuando debería repartíroslo pero, qué queréis que os diga, pese a sonar egoísta (no, no soy egoísta, ¿en serio no queréis que os regale unos cuantos exámenes para que los corrijáis por mí?) estoy deseando quitarme todo lo anterior de encima, guardarlo en el cajón de "decisiones desafortunadas que jamás volveré a tomar so pena de morir por falta de tiempo libre" y ponerme con el proceso de edición de la novela. Lo haré con el mismo editor con el que lo hice con Ne obliviscaris. Así que la diversión y el disfrute están más que asegurados.

Y ¿lo mejor? No será lo único que publique durante este año. Pero más sobre eso más adelante.

martes, 1 de febrero de 2011

Creo en la magia

A veces los astros se alinean, las casualidades proliferan y ocurren cosas como lo que ha sucedido este fin de semana en Madrid, en el I Encuentro Nacional Anika entre libros, del que tuve la suerte de formar parte. No sabría expresar todavía lo que nos ha marcado a todos los asistentes la magia que se creó durante el fin de semana pero sí puedo decir que, parte de la culpa, la tuvo la excelente organización de Elena Martínez Blanco, que como una anfitriona de las de solera, no perdió la sonrisa en ningún momento aunque estuviera a punto de explotar del estrés que seguramente sufrió por culpa de nosotros, que nos habíamos vuelto niños pequeños incapaces de controlarse. Muchísimas gracias, Elena, por invitarme al evento y acordarte de mí.

Supongo que no hace falta que os presente a Anika, después de catorce años encargándose de los libros y de extendiendo la, digamos, "crítica literaria amateur de lectores para lectores" en internet por toda la red, seguramente más de uno se ha pasado por la web para echar un vistazo.
Anika es pura magia. La sientes desde el momento en el que entra en la habitación. Y, lo mejor de todo, es que la contagia. Es pura generosidad y, en cuanto cruzas dos palabras con ella, te sientes enganchado a su forma de ver la literatura y, sobre todo, a su forma de vivirla.

Todos los que acudimos, desde escritores a bloggers o a meros lectores, sentimos al instante esa magia, quedamos prendados de ella y nos la fuimos repartiendo hasta el último minuto. Todo lo que sucedió en Fuentetaja fluyó de una manera tan suave, de una manera tan natural que, a los pocos minutos, todos nos sentíamos como una familia.

Desde la presentación de Antonio Martín Morales, el autor de La caza del Nigromante, que nos contagió a todos de su pasión andaluza, pasando por la educación, el sentido del humor y el saber estar del gran Santiago García-Clairac (a quien, no sé vosotros, pero a mí me cuesta muy poco imaginar con una armadura como un estupendo Don Quijote) y sin olvidarme del carácter de Antonia J. Corrales, de los misterios de David Benito, la mañana transcurrió en un suspiro.

Y, aunque de libros trataba la cosa, no solo quedaba ahí. Porque las charlas cómplices durante la comida con Javier Ruescas y Anabel Botella, los cigarritos furtivos con Julia y Gemma Nieto, las telarañas con Mais, la emoción por la obra inminente compartida con Jesús Cañadas, las risas compartidas con Dustin-Íker,  Mamen de Zulueta, Francisco de Paula y Álex Portero junto a mil cosas más de las que seguramente me olvide porque mi cabeza es mejor recordando sensaciones que caras, condujeron irremediablemente a que la tarde igualara la estupenda mañana.

Y todavía quedaba la noche: sa estupenda ambientación terrorífica, con ese pasaje del terror alucinante preparado ex profeso por Elena y las estupendísimas colaboradoras para que gritáramos pero que logró también despertar enormes carcajadas como antesala de la presentación de La taberna espectral, que compré al día siguiente.

Tuve que irme pronto, porque al día siguiente era la presentación de Ne obliviscaris y mi cuerpo ya barruntaba los nervios (de hecho, por la noche tuve el típico sueño de las escaleras interminables y el del corte de pelo horroroso, como prueba de que mi subconsciente ya estaba más nervioso que yo). Sin embargo, creo que salió bien. No pudo haber salido de otra manera, dado el ambiente en el que estaba y la compañía que tenía (incluso tuve gratas, gratísimas sorpresas de gente querida que se pasó por allí y que me hicieron, todavía, más feliz). Además, tenía buenos compañeros: Delante de mí, Miguel Aguerralde presentó Los ojos de Dios, una novela que me dio muchísima curiosidad. Detrás de mí, la gran Susana Vallejo, a quien le tocó un ejemplar de Obli. Fue un momento especial, porque no todos los días una escritora a la que admiras tiene en sus manos un ejemplar de tu novela. Seguida de Javier Ruescas, que dio una gran noticia a todos sus lectores y que podéis leer en su blog. Y no puedo olvidarme de la estupenda presentación del Rapto del tiempo con José Luís Zapatero y Diana Gavilán. Prácticamente todos los que estuvimos allí nos compramos un ejemplar. ¡Lo que disfrutamos de la presentación!

El resto de la mañana es para mí una nebulosa, porque eso es lo que ocurre cuando andas en las nubes y tienes alas en lugar de piernas. Y es que, todavía, a estas alturas, no sé qué ocurrió este fin de semana; pero estoy seguro de que fue cosa de magia.

viernes, 26 de noviembre de 2010

La tele me engorda pero yo pensaba que la cámara me adoraba

Pero qué le vamos a hacer. Por supuesto, en la entrevista llevo la camiseta del NaNoWriMo, porque si me hacían la entrevista en noviembre, no podía no llevarla:

sábado, 18 de septiembre de 2010

Obli

Cuando estuve en Escocia hace dos años, visité el pueblo de Inveraray, que es uno de los lugares más encantadores en los que he estado nunca. Allí, visité su castillo, perteneciente a los duques de Argyll y, entonces, sin darme cuenta, lo encontré.

En aquellos meses, estaba completamente inmerso en la escritura de la novela y, por lo tanto, estaba obsesionado hasta el tuétano. Y cuando entré en ese castillo y descubrí que el lema de la familia (recordad que todos los clanes escoceses tienen un lema) era Ne Obliviscaris y que ese lema significaba "nunca olvidar", supe que había encontrado título para mi novela. El título perfecto, además, porque inconscientemente, creo que buscaba algo que sonara a latín.
Sin embargo, para hablar de ella, sonaba demasiado largo y no sé si fui yo o si fue Adhara quien empezó llamando Obli a la novela.

Así pues (y dado que hay un grupo de heavy metal que se llama igual), la página web de Ne Obliviscaris solo podía llamarse así.

Y aquí os la presento:


Bienvenidos a la página web de Ne Obliviscaris, mi novela.

Me hace una ilusión tremenda que me hayáis acompañado hasta este momento, porque no sería ni la mitad de divertido si no lo pudiera compartir con vosotros.

Así como me hace la misma ilusión poder mostrar hoy en este blog, por primera vez, su portada. Tengo que reconocer que, antes de que me la mostraran, estaba acojonado porque no sabía de qué modo el equipo de diseño iría a interpretar la novela. No era fácil de ilustrar, la verdad. Pero mi editor me decía que siempre lo lograban y yo confiaba en él.

Y no me equivoqué.

No se me ocurre imagen mejor con la que presentaros, por fin, Ne Obliviscaris. Espero que os guste:

viernes, 17 de septiembre de 2010

Emociones

No sé cómo empezar esta entrada, pero es que tiene que haber pocas palabras que definan con exactitud la emoción que sentí ayer cuando entré en el aula de 4º de ESO y me encontré escrito en la pizarra el título de mi novela junto al del Príncipe destronado del gran Delibes.

Resulta que mis compañeros de lengua la han escogido como "lectura obligatoria" (¡cómo detesto este término!) para ese curso y yo no sé cómo agradecerles esa confianza.

Tuve que contener las lágrimas de la emoción. Más que nada porque no es plan que los alumnos te vean llorar el primer día. Que ocurra el tercero, o el cuarto, vale, pero el primero, no. ¡Que uno tiene una reputación de tipo duro que mantener durante, al menos, la primera semana!

Así que ya es real. Ne Obliviscaris sale a la venta a mediados del mes que viene y reboto (todavía más) por las paredes de la emoción.

Estad atentos a vuestras pantallas porque, desde la editorial, me han dado el visto bueno para hacer públicas la portada y la sinopsis. Cosa que haré mañana a través de una web que hemos creado para la novela.

Espero que me acompañéis. Todo esto no sería lo mismo sin vosotros.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Septiembre

Diga lo que diga el calendario, el año comienza en septiembre.

Porque, vamos a ver, ¿acaso en enero se produce algún cambio? La verdad es que no. Y, vale, de acuerdo, lo acepto. Mucho tiene que ver el ser profesor para que yo haga tal afirmación, pero es que, si te paras a pensarlo, es así. En verano, el tiempo se detiene. O va más lento... o más rápido si tienes vacaciones, pero en cualquier caso, se produce una distorsión de la visión que nosotros tenemos de nuestro día a día.

Y es en septiembre cuando sentimos esa sensación de renovación y retorno que, al mismo tiempo, emociona, da cosquillas en el estómago y asusta. En septiembre es cuando se produce la renovación.

(El crucero, bien. Muy bien. Es probablemente lo más kistch y hortera en lo que he participado en mi vida, pero una vez te metes en el mundillo del barco y de tedas arrastrar, te lo pasas teta)

Por eso, no se me ocurre fecha mejor que hoy, día uno de septiembre, para cambiar el diseño del blog y para presentaros ese ataque tan grande de egocentrismo que me ha dado y que me ha hecho capaz de perpetrar mi página personal:


No es que sea gran cosa teniendo en cuenta mis rudimentarios conocimientos de HTML, pero da el pego.

El curso se presenta lleno de ilusiones: Me iré diez días a Sicilia acompañando a varios alumnos; en breve recibiré mis ejemplares de Ne Obliviscaris; imagino que habrá presentación de la novela,; estoy preparando su página web; sigo escribiendo esa adaptación literaria de la que ya os hablé y que tanto me está gustando recrear; acaba de salir el número nueve de la revista Prosofagia, donde participo con un artículo en el que cuento mi experiencia desde que el manuscrito llegó a la editorial; mañana quedaré con mis compañeras y amigas de Cinco a las Cinco y, además, es el día en el que sale a la venta Sinsajo, la tercera parte de la gran trilogía de los Juegos del hambre, por Suzanne Collins y al que le tengo unas ganas que no veáis...

Si acaso eso no es un comienzo, que venga Alanis y lo vea.

Así pues, declaro inaugurado este nuevo año:

Sin embargo, justo antes de perder del todo la consciencia, en mitad del silencio de la casa, sientes el frío de septiembre, el aire de la noche que arrastra la luz y el polen de oro.

Y te duermes, por fin, sabiendo definitivamente que mañana no va a ser otro día.

Septiembre (Finalista del XIII Premio Ana María Matute)
Pilar Galán. Manual de Ortografía. Editorial de la luna libros, 2003.

martes, 27 de julio de 2010

Habemus portadam

Había un momento en todo este proceso de edición de una novela en el que no había pensado realmente. Bueno, vale, sí que lo había pensado, pero no le daba prioridad. Durante el proceso de corrección y de edición de la novela, me he obsesionado hasta tal punto con el pulido del texto que todo lo demás pasaba a un punto completamente secundario.

Sin embargo, cuando ayer recibí la portada definitiva de Ne Obliviscaris en mi bandeja de entrada, no pude evitar ponerme a temblar de la emoción.

Siempre he sido muy fetichista y, muchas veces, he escogido un libro por su portada. Me gusta su estética, el hecho de que existan, de que estén en mi casa (de hecho, lo que he ganado con el anticipo de la novela lo he invertido en crear la biblioteca-habitación de invitados de mi casa, porque no podía soportar que mis libros llevaran casi un año en cajas y quería lucirlos) así que, el hecho de recibir la que sería la carta de presentación de mi novela, usando otra lengua que a veces se antepone al castellano en mi cabeza y por eso a veces tengo que corregir tanto, sent shivers down my spine.

La portada me encanta. El equipo de diseño de Edelvives ha sabido captar a la perfección el quid de la novela y no puedo estar más contento. De hecho, ya me he puesto la imagen de cubierta de fondo de escritorio y de fondo del iphone porque soy así de egocéntrico.

Da vértigo.

Da vértigo ver cómo algo que has creado tú está dejando de pertenecerte, que alguien que no eres tú haya cogido el texto y haya creado otra cosa a partir de él. pensarlo es un poco perturbador. Como si alguien sin derecho hubiera cogido algo tuyo, pero al mismo tiempo es emocionante porque, precisamente, no conoces a ese alguien y ese alguien ha creado algo a partir de lo tuyo.

Estoy deseando enseñárosla pero todavía no sé cuándo puedo hacerla pública. Eso sí, en cuanto pueda, seréis los primeros en conocerla.

viernes, 9 de julio de 2010

Galeradas

La verdad es que hasta la palabra es bonita, "galeradas", como si aludiera a uno de esos barcos piratas de la canción que me viene ahora a la cabeza "galeradas, a remar" o algo así.

Es cierto, no podría estar más acertada la letra de la canción porque para llegar a verlas hay que remar, y mucho. Y después de verlas también.

Porque, señoras y señores, hace una semana recibí mis galeradas en el correo electrónico y si ya había estado rebotando por las paredes antes de recibirlas, al hacerlo volví a rebotar con doble efecto, looping mortal y salto del tigre incluido.

La verdad es que ver lo que has escrito tal cual va a quedar, con su letra redondita, sus capítulos ordenados con la fuente elegida, los márgenes, las dedicatorias, los agradecimientos, ¡El ISBN!, la ficha para bibliotecas... hace una ilusión que no podéis imaginaros. Si ya queda bonito en PDF no quiero ni imaginar cómo quedará cuando esté impreso.

Pero, claro, no todo podía ser tan bonito, porque el hecho de recibirlas solo podía significar una cosa: había que revisarlas. ¡Otra vez!

Pero no pesa, es algo que llevo queriendo hacer casi que desde tengo uso de razón.

Así que, a ello me puse, aunque los ojos se me cayeran de sus cuencas al resbalarse por el sudor (vivo en Extremadura, lo del calor está a la orden del día). Y, bueno, la verdad es que no hubo mucho que apuntar. Una mayúscula descolocada, un par de párrafos que estaban "más arriba de lo debido" porque separaban escenas, un error de tilde en una palabra en francés (en el índice: porque hay índice al final!) y poco más.

Así que, ya está hecho, ya he revisado las galeradas. Ya he recibido la sinopsis que irá en la contraportada. Ya he recibido la "biografía" que irá en la cuarta de cubierta.

Ya queda menos para ver finalizado el proceso y no puedo esperar para contaros más, para hablaros por fin de la novela, de sus personajes, de por qué elegí esa trama, del porqué de tantas cosas que estoy deseando que la editorial me dé luz verde para bombardear la red con información.

Así que, estad atentos, porque os hartaréis de Ne Obliviscaris.

(Espero que no)

PD: Y os recuerdo que ya salió el número de Junio de la revista Prosofagia, dedicado al mundo editorial y con una mención que me hace mucha ilusión en el apartado de noticias. No os la perdáis, porque este número va en la línea de los anteriores: colosal.

martes, 29 de junio de 2010

Rebotando por las paredes (literalmente)

A mí el verano me da un subidón marujil que ya lo querrían para sí las señoras que se ponen una bolsa en la cabeza y ven a Ana Rosa Quintana (atentos a las vergonzosas búsquedas a través de las que los salidos de turno llegarán a mi blog después de esta mención) mientras comen patatas fritas del Mercadona.

Desde que me dieron las vacaciones, he llevado a la tintorería alfombras, fundas nórdicas, sábanas... he intentado hacer limpieza, la he hecho, la he vuelto a hacer; estoy planeando pintar una habitación (y convertirla en pseudobiblioteca porque mis libros llevan casi un año metidos en cajas y no es plan); he instalado yo solo un aparato de aire acondicionado...

Vamos, que me pongo un delantal y podría unirme al club de Gracita Morales y Rafaela Aparicio e irme de copas con ellas por las noches después de terminar la tarea, para comentar lo mal que está el servicio y el batín tan elegante que llevaba puesto el señorito durante el desayuno.

Pero es que siempre me pasa igual al comienzo y al finalizar el verano. No sé por qué, supongo que es porque termina el curso y hay como deseos de tirar a la basura todo lo pasado, de limpiar el estrés de junio y de quedarse con lo necesario de cara al proceso de renovación que siempre sucede en septiembre.

Además es que estoy tan ansioso que tengo que ocupar mi tiempo con algo. Aparte de por ser opositor consorte, estoy nerviosito porque en teoría la semana que viene corrijo galeradas y no puedo estar más impaciente.

Ahora mismo, después de las mil revisiones que le hicimos a la novela entre el editor y yo durante el mes de mayo, le está echando un ojo la correctora de la editorial (después de haber pasado un proceso previo de maquetación y de revisión por parte del editor jefazo) por si se nos ha pasado alguna errata o error de concordancia o váyase usted a saber qué.

Este miércoles terminará esta revisión y volverá a echarle un vistazo el editor para después pasar el texto a maquetación y, finalmente, pasármelo a mí para la revisión final durante la semana que viene, semana en la que también trabajaremos con el texto de cuarta de cubierta y con mi biografía (¡Con mi biografía! ¡Pero si aparte de que me gustan los helados de leche merengada, que soy un vago redomado y que mi deporte preferido es el sillón-ball, poco hay que decir!).

Y, mientras tanto, me consta que el equipo de diseño está trabajando en la portada de la novela.

Esto marcha, los resultados son inminentes y yo no hago más que rebotar por las paredes como una pelota de tenis.

lunes, 10 de mayo de 2010

Políticamente correcto

Yo no soy lo que reza el título de la entrada. Lo he sido, sí. Durante mi más inocente adolescencia, yo fui políticamente correcto. Tanto, que una amiga una vez me dijo que yo era el yerno perfecto, que cualquier madre querría tenerme de novio para sus hijas.

¡Cojones! Yo quería ser novio (o amante ocasional, en todo caso) no yerno.

Y así fue como descubrí (aunque yo ya tenía mis sospechas) que aquello de la corrección política no me molaba mucho.

Me gusta la sinceridad, llamar a cada cosa por su nombre sin poner paños calientes. La realidad es la que hay. Por mucho que disfracemos las palabras, la realidad va a seguir siendo como es. No me gustan los adornos.

Y, ojo, que como ya dije otra vez, para mí la sinceridad no es lo que se nos vende actualmente. No es lo de decir lo primero que se te viene a la cabeza porque soy muy sincera, tía y yo digo siempre lo que me sale del bolo, tía y si no me crees te pego dos hostias en el baño y punto en boca, ¿me entiendes?

No. La sinceridad necesita de una sensibilidad educada, de un ejercicio previo de reflexión, requiere un ejercicio previo de empatía y un saber ponerse en el lugar del otro para llegar a deducir por qué ha dicho lo que ha dicho o por qué ha hecho lo que ha hecho.

Ser sincero no es decir lo primero que se te viene a la cabeza. No. Ser sincero es decir la verdad. Y para decir una verdad, hay que pensar primero. Siempre. En el otro, en ti, en lo que vas a decir, en tu porcentaje de razón, en tu porcentaje de sinrazón, en tu porcentaje de subjetividad al respecto...

Me explico, ¿verdad?

Por eso me jode tanto tantísimo que actualmente se lleve tanto la corrección política y te tachen de miles de cosas en cuanto no sigues lo establecido.

Por eso he decidido mantenerme en mis trece:

Durante estas correcciones, me percaté de que yo tenía escrita la palabra "hombres" para referirme al género humano en una parte de la novela. Con la sensibilidad al cien por cien y la inseguridad de la recta final rezumándome por todos los poros, decidí cambiar ese término por el de "seres humanos" y se lo comenté al editor aludiendo a esta corrección política de la que hablo.

El editor se mostró comprensivo y adujo que, si se trataba de un tema ideológico, él no se metía, pero que, como yo pienso y pensaba, en castellano los términos no marcados están en la mente de los hablantes como tal y que el hecho de no verlos así es simplemente una sobre-educación (no fueron sus palabras exactamente, pero yo las entendí así. Dejadme. Yo me entiendo).

Y me ha convencido. He vuelto a usar el término "hombres" porque si de una cuestión ideológica se trata, esa palabra encaja mejor con mi epistemología que lo de "seres humanos" que, por lo demás, me parece un término vacío y poco sonoro.

¿Que no soy políticamente correcto y que esta entrada puede levantar ampollas?

En fin.

Es lo que conlleva la sinceridad. Pero aplícate esos ejercicios antes de responder airado.

viernes, 7 de mayo de 2010

El estado de la cuestión

El proceso de edición detrás de Ne Obliviscaris está siendo agotador. Extenuante, diría yo.

La verdad es que no tenía la menor idea de que fuera así, lo que me hace explicarme muchas cosas acerca de por qué pasa lo que pasa en los concursos literarios y me da cierto sonrojo haber enviado ciertas obras mías a algunos de ellos.

Y es que este proceso no tiene nada que ver con el proceso de corrección al que yo sometía mis obras (esto suena un poco pretencioso, ¿no? Mis obras... como si yo fuera, no sé, un Kafka cualquiera o algo así).

Aunque yo me las diera de corregir exhaustivamente, me río yo ahora de mis correcciones. Sí, las hacía en serio, en varias fases, de diversas maneras, pero siempre desde mí, nunca saliendo de mí. Lo que era un error. Sí, no soy de los autores que se niegan a eliminar párrafos. O páginas. O capítulos enteros. Lo he hecho (siempre guardándolos en un archivo aparte, claro. Que uno es kamikaze pero tiene su corazoncito) pero siempre desde mi punto de vista.

Se me ha olvidado siempre meterme en el lector.

Bueno, no. Porque a veces he considerado a mi potencial lector un ente tan estúpido que no era capaz de eliminar tal o cual explicación. Cosa que le quitaba ritmo a la novela.

En cualquier caso, siempre desde mi YO enorme y dictador.

Editar la novela mano a mano con el editor está siendo un proceso tan intenso que no puedo evitar disfrutarlo. Razonamos cada párrafo (sí, como lo oís, cada párrafo) y después lo razono yo solito durante un rato para ver el porqué del cambio (si lo hay) o de la ausencia del mismo. De pronto me he hecho muy consciente de las palabras, del efecto que producen, de su razón de ser dentro de una novela, de su entidad casi física e individual.

Además, hablar con otra persona acerca de tus personajes, de tus intenciones al decir tal o cual cosa. Que alguien que no eres tú hable de ellos con la misma familiaridad con la que tú lo haces, o que se plantee disyuntivas que tú mismo te planteaste a la hora de escribirla...

No sé, es algo extraño y al mismo tiempo familiar. Editar la novela está siendo algo parecido a escribirla, me he vuelto a meter de lleno en su universo, he vuelto a abrazar a sus personajes y he vuelto a pensar como ellos.

No sé si lo habéis sentido alguna vez, pero terminar de escribir una novela es algo mucho más doloroso que terminar de leer una. Cuando se te acaba una novela que estás leyendo y que te gusta mucho, te pasas las horas que siguen echando de menos a los personajes, neceistando que vuelvan a la vida... Pero pasa pronto, solo dura lo que dura el rato en que estás sin coger un libro nuevo. Cuando lo haces, la historia vuelve a empezar. Te olvidas de los anteriores y te sumerges en los nuevos.

Sin embargo, al terminar de escribirla, el vacío es más grande. Casi permanente. Esa historia tuya que, hasta ese momento, tenías guardada, deja de ser tuya y aparece como un ente físico diferente a ti. Ha ganado forma, ha conseguido entidad propia. Deja de ser tú. No sé, ¿será igual a cuando tu hijo crece y se hace independiente? No lo sé y espero que pasen muchos, muchísimos años, antes de que me llegue el momento de descubrirlo.

Y aquí estamos, probablemente termine el proceso de edición la semana que viene y aunque estoy deseando releer la novela terminada, al mismo tiempo me da una pena horrorosa porque eso significará que, definitivamente, ha dejado de ser mía.

Y a veces soy un egoísta de la hostia.

martes, 27 de abril de 2010

Coloured Earth

Con esta canción escribí los últimos capítulos de Ne Obliviscaris y ahora que he terminado la primera fase de las correcciones, no puedo dejar de escucharla y de recordar lo que me emocioné escribiéndola:



Otro día más acerca de bandas sonoras, esto solo es un pequeño adelanto porque estaba aquí recordando mis momentos épicos con los finales que salen.

Y con los que no salen porque, a su manera, también son épicos.

Jodidamente épicos.

jueves, 22 de abril de 2010

Diario de progresos

Cuando te dicen por primera vez que van a publicarte una novela, no os voy a engañar, la ilusión sube hasta el décimo piso y se queda allí durante un buen rato. Un rato tan largo que puede durar siglos. Te levantas y cuando recuperas la conciencia y lo recuerdas, te sube desde el estómago un calor agradable que hace que lo coloque todo, como si, de pronto, el mundo fuera perfecto y todas las piezas encajasen.

Yo no os voy a engañar. Escribo para ser leído. Incluso cuando escribo para mí, escribo precisamente para ser leído por mí.

Está claro que la escritura tiene varias fases. Y está claro que uno tiene que escribir lo que quiera escribir, cualquier aproximación a este acto que no responda a estos intereses suele terminar de mala manera: o con desmotivación, o con malas críticas (si son sinceras) o con, lo más importante, un resultado carente de vida.

Sin embargo, una vez que decido lo que quiero escribir, para mí es inevitable pensar en quién va a leerme. La verdad es que yo no suelo tener en la cabeza un tipo de lector concreto. Más bien, me planteo un lector ideal que se parece mucho a mí pero con la distancia suficiente para hacerme preguntas acerca de mi proceso de escritura: si tengo que dar más información, si tengo que dar menos, si he explicado lo suficiente, si he pintado bien a los personajes, si no lo he hecho, si gustará lo que he escrito, si no gustará...

Es inevitable y supongo que alguien superidealista que tenga un concepto de literatura estricto, académico, clásico y culterano, probablemente dirá que estas preguntas no son más que manchas que ensucian el proceso.

Yo no soy así. Soy una persona bastante práctica. Quizá soy tan práctico que, a veces, este sentido práctico mío, en vez de una virtud, acaba siendo un defecto porque me vuelvo demasiado racional y ciertas cosas pierden su sentido místico y emocional.

Qué le vamos a hacer, soy un tío. No esperes dobles sentidos por mi parte, cariño. Je suis simple, mon amour.

Sin embargo, es cierto que con esto de la publicación, a uno le entra un cosquilleo por el estómago que hace que le den ganas de trabajar desde otra perspectiva, con otro fin.

Me hace especial ilusión que Ne Obliviscaris sea mi primera novela publicada (en cuanto a novelas escritas, es la cuarta) porque tengo la sensación de haber escrito lo que quería escribir.

No sé cómo ocurrió, pero era una novela que tenía pensada para mucho más adelante, pero hubo un día en que se me metió en la cabeza la historia y, desde entonces, no pude quitármela. Inconscientemente se me iba la cabeza y yo ya estaba en su universo.

Entonces, a pesar de tener otros proyectos pendientes, una mañana me puse a escribirla. Y no pude parar. Tardé poco, unos seis meses más o menos, en tener terminado el primer borrador. Después de corregir ese borrador una vez, quedó una novela un poco más decente. Y volví a corregirla. Y después volví a ella una vez más.

Todo esto en el plazo de dos años.

Es inevitable, pero cuanto más lees y escribes, más consciente te vuelves de tus propios vicios y errores. Puede parecer de perogrullo pero a veces alucina comprobar en tus propias carnes lo inconsciente que has sido al escribir tal o cual cosa y darte cuenta del error tan garrafal de, por ejemplo, coherencia textual o subtextual que habías cometido.

Y ahora acabo de terminar la tercera corrección. Pero esta vez con compañía, siguiendo las directrices dadas por el editor (pero siempre dejándome capacidad de elección). No os podéis hacer una idea de lo intenso y agotador que ha sido este proceso. Pero, al mismo tiempo, quizá por su intensidad y por la ilusión que hace, ha sido un proceso del que he aprendido muchísimo y gracias al que me he vuelto mucho más consciente de mis palabras.

Esto es bueno, porque quizá me convierta en mejor escritor, pero desde luego me hace un lector mucho menos inocente. Y eso es un poco triste. Pero nadie dijo que de esto no obtuviéramos consecuencias. Algunas buenas. Otras, no tanto.

A veces echo de menos leer con la inocencia con la leía antes, caer en los juegos de luces y humo del mago escritor de turno y caer irremediablemente ante sus encantos sin darme cuenta de los andamios. Hace mucho que perdí esa inocencia y aunque me dé pena, no debo arrepentirme porque fue mi decisión. Una decisión de la que me he arrepentido muchas veces pero una decisión, al fin y al cabo, a la que acabaría volviendo todos los días.

Porque hace que, muchos de esos días, todo parezca haber encontrado su sitio.

miércoles, 31 de marzo de 2010

Cuando menos te lo esperas

Llevas preparando una excursión durante dos meses. Es la excursión de fin de etapa, primero de bachillerato. Sois tres profesores pero tú te encargaste de mirar las agencias, tus dos compañeros andan metidos en miles de cosas también aparte de la excursión.

Teóricamente nos vamos a Edimburgo. Destino elegido porque tú ya has estado varias veces y, puestos a llevar a veintiocho alumnos hormonados a algún sitio, mejor uno que ya conozcas y que controles. Los vuelos salen caros. Los hoteles, también. Te pasas prácticamente los dos meses de agencia de viajes en agencia de viajes buscando un presupuesto que os convenga. Finalmente lo encuentras. Prácticamente a tres semanas del viaje.

Recopilas del dinero, organizas a los niños, haces un planning, montas la excursión. Parece que todo va a salir, que todo el esfuerzo verá su resultado.

Y, entonces, a menos de una semana del viaje, te enteras de la bomba: huelga de la compañía aérea. Se han suspendido vuestros vuelos.

El terror te posee, te tiemblan las piernas, un sudor frío te recorre la espalda. ¿Qué hacer?

Decides ponerte el disfraz de padre coraje y acudes a la agencia, amenazas con no moverte de allí a menos que lo solucionen. También piensas que tampoco tienes por qué ponerte así, al fin y al cabo, las chicas de la agencia tan solo son la cara visible de todo lo que hay detrás, esa fiesta de burocracia infinita a la que en este país somos adictos.

Pero tú no te mueves. El terror a que veintiocho alumnos con su respectivo par de padres decida lincharte en las puertas del instituto puede más que tu educación refinada y tu empatía traicionera.

Termina la tarde sin que se solucione nada y al día siguiente es fiesta nacional. Nadie trabaja en España.

La noche la pasas en blanco, dando vueltas en la cama. Imaginas alternativas, universos paralelos en los que las excursiones no existen, en los que se viaja con tan solo un chasquido de dedos y, sobre todo, en los que tú no tienes estrés. Porque si antes pensabas que lo habías tenido, no tiene nada que ver con lo que sientes ahora: Ahora no tienes estrés, eres una montaña de estrés andante desde la punta de las orejas hasta los dedos de los pies. Rezumas nervios, tiemblas tensión.

Así que te levantas más temprano de lo habitual para ser un día de fiesta y, después de estar un buen rato mirando a la pared, te planteas si sería una buena idea empezar a comértela. Tu perrita, a fin de cuentas, parece ser adicta a la cal de la pintura. Quizá no sea tan mala idea comérsela. Es una manera tan buena como cualquier otra de pasar el rato.

Pero, en vez de eso, decides coger el teléfono y ponerte a llamar a diestro y siniestro a cualquiera que pueda solucionarte la papeleta. Por supuesto, las primeras llamadas no tienen éxito. En España nadie trabaja. Así que llamas a Inglaterra, directamente a la compañía aérea. Se lo explicas, les cuentas tu situación, no lloras porque tienes que estar concentrado en entender por teléfono ese endiablado acento británico al que no estás acostumbrado debido a las interminables horas de series de televisión norteamericana que te tragas casi diariamente sin ningún tipo de aderezo.

Y lo solucionas. O al menos eso parece. Solo queda que llame la agencia al lunes siguiente a primera hora, les de nosequé número y cambien los billetes. Solo queda eso para que lo emitan. Has hecho todo lo que has podido. Teóricamente ahora puedes descansar.

Pero es imposible.

Llega el lunes y no haces más que mirar al teléfono. Estás esperando la llamada de la agencia. Queda un día para el viaje y todavía no sabes si podréis iros o no. Les has dado la noticia a los alumnos esa misma mañana y la histeria se ha contagiado como un virus. Nadie escucha en clase, nadie atiende. Ni siquiera tú.

Entonces te llaman.

Pero no es la agencia.

Es un editor. De una editorial a la que tu agente había enviado una de tus novelas hacía unos meses. Te quedas mudo. Si había un día que no esperabas esa llamada, precisamente es el día que estás viviendo. Y entonces te lo confirma. Publicarán tu novela en la temporada de navidad. No te lo crees, le cuelgas, le explicas que tienes que ir a clase.

Después te llaman de la agencia de viajes: Te han conseguido los vuelos.

Entonces te sientas, comienzan a temblarte las piernas y cuando llegas a casa y le das la gran noticia a tu novia, te echas a llorar. No sabes si de la felicidad, de los nervios o por todo a la vez.

No es posible que todo suceda el mismo día.


Pero lo ha hecho.

Y eso que acabo de contar es lo que me ocurrió el lunes pasado, probablemente el día más surrealista que haya vivido hasta este momento.

Y, sí, tengo el placer de anunciaros que Ne Obliviscaris (No me olvides), mi cuarta novela, si todo sale bien, será publicada por Edelvives esta temporada de otoño, dentro de la colección Alandar. Esto es tan grande que no tengo palabras para expresarlo, ni tampoco tengo tiempo. Desde que he vuelto de la excursión (al final todo ha salido estupendamente, gracias) estoy mano a mano con el editor, prácticamente a un par de e-mails diarios, organizando nuestro plan de trabajo, planeando correcciones, mejorando estructuras y argumentos.

Esto marcha y yo no puedo estar más contento por que lo haga.

domingo, 31 de enero de 2010

Rocavarancolia

Cuando una novela está bien escrita, da igual que sea para jóvenes, que para adultos, que para niños que para ranas cojas con tutú rosa. Cuando una novela sabe lo que hace, lo que quiere conseguir y cómo hacerlo, te atrapa. Y punto.

Eso es lo que me ha pasado con La cosecha de Samhein, de José Antonio Cotrina. Estaba yo el sábado pasado haciendo la compra semanal (sí, también me alimento. ¡Sorpresa!) y me detuve en la sección de libros más para mirar que para comprarme algo (mi economía está muy enferma últimamente) pero lo vi allí colocado y me atrajo su portada porque soy así de superficial y porque no pude resistirme al misterioso texto de la contraportada:

¿Doce chicos que son trasladados a otro mundo donde, seguramente, vayan a morir?

¿Drama y angst de los buenos y aventuras?

Lo eché al carro.

Y es que, después de Kundera y de Nabokov, sinceramente, necesitaba algo que, por una parte, no me diera ganas de arrancarme la piel a tiras por lo que me estaba contando (soy muy empático y la novela de Kundera ha calado hondo) y, por otra, que no me hiciera pensar tanto (el libro de Nabokov es una joya, pero creo que la próxima vez que lo lea, lo haré en dosis pequeñas porque creo que me han faltado varias cosas por absorber).

Así que el libro de Cotrina parecía perfecto.

Y me alegro de haberlo hecho. Muchos de los libros que más me han gustado los he escogido así, por impulsos, sin saber casi nada, sin tener ni idea ni de su autor ni de por qué existe. Por un impulso.

La verdad es que empecé a leer la novela con la ceja alzada, así, como sentado en el sofá con un batín de seda y una pipa humeante à la prepotenté, pero en cuanto avancé en su trama, me tuve que dejar llevar. La novela estaba bien escrita. Y no solo eso: era original, nueva, diferente.

No puedo evitarlo, pero de un tiempo a esta parte leo con algo de deformación profesional, intentando fijarme no solo en lo que me cuentan sino también en cómo me lo cuentan y, claro, prestar atención a ese segundo elemento hace que yo mismo me arruine muchas veces la trama porque ya imagino lo que va a pasar. Pero no me importa. Aprendo. Y disfruto de otra manera. Si me gusta escribir, ¿qué le vamos a hacer? Todo acaba llevándome siempre al mismo sitio.

Pero esta novela me ha sorprendido. Por varias razones, además. La primera (y casi también la segunda porque está relacionada), los personajes. Están vivos. Desde la primera página. No es fácil plantar a once personajes casi de golpe y que sean reconocibles casi desde su primera aparición.

Chapeau
por Cotrina.

Y después están los otros personajes, los autóctonos de Rocanvarancolia, una corte de seres fantásticos que nada tienen que ver con algo que hubiera leído antes.

Chapeau
por Cotrina segunda parte.

Mezcla las acciones con una gran facilidad. Sabe de tiempos, de ritmos: Sabe contar, leche.

Y eso, hoy en día, teniendo ejemplos de pseudoescritoras extremeñas que no escriben de vampiros pero casi y que cometen las faltas de concordancia y de ortografía más grandes del planeta (hasta que el supuesto corrector editorial, después del ya tradicional sangrado de ojos, se las corrige) y a quien me gustaría decir que se dice "volcarse en" no "volcarse con", y perdón por el inciso lioso, pues es de agradecer, la verdad.

Y la segunda razón por la que me ha sorprendido es la trama. No nos engañemos: típico rito de iniciación, un protagonista que no se lo cree pero destinado a ser grande... tiene todos los tópicos que hacen falta en este tipo de novelas, pero hay algo que siempre busco y que he encontrado.

Veréis, cuando era pequeño y leía literatura juvenil, siempre me acababa dando mucha rabia terminarlos, porque sentía que, de alguna manera, me quedaba vacío y no sabía por qué. Después, con el tiempo y las canas, me acabé dando cuenta de que eso era por la trama, porque en estas novelas, los personajes no eran más que meras marionetas al servicio de la trama. Una trama muy interesante y apoteósica y rocambolesca y alucinante, pero nada nuevo sobre el horizonte. A mí, sobre lo que me gustaba leer, era sobre cómo esa trama afectaba a los personajes. Cómo sufrían, cómo la disfrutaban, cómo la sentían, en definitiva. Y muy pocas lo hacían.

Esa fue una de las motivaciones que me llevó a escribir Ne Obliviscaris (No me olvides), la novela de la que, hasta ahora, me siento más orgulloso. Yo quería saber qué había detrás. Qué se pasaba por la cabeza de los personajes ante lo que estaban viviendo, cómo lo enfrentaban, por qué no se rebelaban. O por qué se rebelaban. Quería saberlo todo de ellos, no de tal dios de hace veintemil siglos ni de cómo mataban al malo, por poner un ejemplo. Los personajes son humanos, coño. Y como tales tienen que comportarse. Si no, me quedo vacío.

Pues eso lo logra Cotrina con una facilidad pasmosa. De hecho, creo que ese es el objetivo de la novela y lo que la hace diferente. Los personajes no están a disposición de la trama sino que parece que son ellos los que la mueven. La trama, en este caso, es la marioneta de los personajes. ¿Y no es eso, a fin de cuentas, la vida? Teóricamente somos nosotros los que la llevamos, no al revés.

Chapeau de nuevo por Cotrina.

Y finalmente está Lo Otro. Ese giro argumental hijoputa que hizo que me acordara de toda su familia cuando, después de hacer que odiara a un personaje, logró que le cogiera un cariño alucinante solo para... matarlo.

Hijoputismo en estado puro.

Me encanta.

(dos entradas casi seguidas. Ni yo me reconozco. Estarás contento, ¿eh, Chris?)


jueves, 16 de octubre de 2008

Incipit dramático que luego no llega a tanto

El otro día se me jodió el PC.

¡¡Drama!! ¡Drama!! ¡¡Tensión!! ¡Tensión!! ¡¡Contractura!! ¡¡Contractura!!

Esa fue exactamente mi reacción cerebral, emocional y física ante ese hecho catastrófico que, por unos segundos, amenazó con robarme la cordura y hacer que me lanzara al vacío desde mi ventana (obviando el hecho de que vivo en un bajo y que mi ventana tiene barrotes). ¿Por qué?

Pensé que, a dos días de presentar mi última novela al premio al que, por casualidad, y más porque me había dado tiempo a terminarla que porque realmente la hubiera escrito "para", había perdido el último manuscrito con las últimas correcciones.

Pero no, señoras y señores, uno tiene cola de zorro (interprétese como buenamente quiera cada uno) y recordó que tenía guardada esa última copia en la cuenta de correo. Cuenta de correo a la que no abrazó porque todavía no ha aprendido cómo abrazar a los entes no físicos, que si no, hasta le habría plantado un morreo que ni en una comedia romántica en su final de fade out.

Así que, sí, he mandado mi última novela a un premio. La verdad es que parto sin esperanza niguna, no porque no crea en la novela, porque no es así. De hecho, creo que es la primera novela de las que he escrito que ha acabado siendo la novela que yo tenía en la cabeza, la novela que quería escribir desde el principio y en la que no ha tenido lugar el desmadre habitual que suele reinar entre mis personajes cuando, de pronto, se me rebelan y dejan de ser lo que yo quiero que sean para ser la consecuencia de lo que yo he escrito que están siendo.

La novela ha tenido cierto éxito entre los círculos donde la he movido (qué interesante suena decir esto cuando lo que realmente quiero decir es que les ha gustado mucho a mis amigos, a mi novia y a mi agente) y, no sé, la quiero mucho (pensé en dormir todas las noches con una copia abrazada al pecho hasta que recordé mi propensión innata a cortarme con los folios y deseché la idea) y, sí, voy a arriesgarme a decir que creo que es una novela que cumple con los objetivos y con la premisa que me planteé al principio y que el tratamiento del tema es original y poco tratado (cosa fruto de una investigación -aquí viene Fer alardeando- de unos cuantos meses en los que disfruté casi tanto como escribiéndola).

El año pasado envié otra de mis novelas al mismo premio y, si bien no ganó, recibió críticas muy positivas por parte de la editora de la editorial (valga la redundancia, cómo odio hablar en claroscuros), a la que gustó mucho pero que desestimó por tratarse de una obra muy clásica.

Cosa que era, además.

Así que esa es la razón por la que he enviado la novela a ese premio, para ver si le gusta a esa buena señora que siempre forma parte del jurado. No tengo esperanzas, sobre todo, porque en ese premio abundan las obras realistas con un trasfondo social, y mi novela tiene cualquier cosa menos esas dos. Pero ¿quién sabe? A lo mejor eso es lo que la diferencia del resto...

domingo, 21 de septiembre de 2008

y aquí va otra entrada poco interesante fruto del egocentrismo de una mañana de domingo

Lo sé, lo sé, lo sé y lo sé. Hace semanas que debería haberme pasado, si no por aquí, al menos por vuestros blogs porque les he echado un vistazo y me estoy perdiendo cosas tan geniales como la novela de Enrique Páez, la reciente mudanza de Maritornes a Soledad entretenida, o la vuelta de Care al mundo de los blogs después de un verano deleitándonos con preciosas fotografías.

Pero tengo una excusa, una bien gorda, además. Y es que, desde que volví de Centroeuropa (aparte de comenzar el curso en un centro donde los alumnos son muy buenos y yo lo estoy flipando en colores fluorescentes y cruzando los dedos en la espera de que no sea solo un sueño), no he dejado de escribir. Eché muchísimo de menos mi novela por esas tierras y cuando llegué de vuelta la cogí con muchas ganas. No tenía pensado terminarla, pero la cosa ha ido tan natural y tenía tan (sorprendentemente) bien hilvanados los hilos (o eso me parecía a mí) que ha salido sola y estoy bastante contento con el resultado. Han sido siete meses intensos, la verdad. Me metí de lleno en ese universo y creo haber acertado con la forma y el planteamiento. A ver qué piensan mi agente y mis incondicionales (son incondicionales porque les amenazo con el látigo si no me sacan de mi eterno mar de dudas y me dicen los fallos que cometo al escribir después de que les acose con mis textos por toda la faz de la tierra pero con una sonrisa. No hay nada que no se consiga con una sonrisa. ni con un strip-tease.

Tengo delante de mí un período largo de correcciones, pero se nota lo mal que lo pasé con Equilátero (y lo que me queda por pasar, ¿verdad, Leo?) y he cogido mucha más soltura. De todas maneras, no pienso volver a escribir de gente que tiene sentimientos tan pasionales no necesariamente buenos. Joe, me meto tanto que lo paso hasta físicamente mal, en serio. Prefiero escribir algo como esta última, mucho más ligera.

No sé si será buena o no, pero el caso es que creo que es la primera vez que tengo la sensación de haber escrito la novela que quería escribir. No en este momento, sino también la sensación de que esta es una novela que a mí me habría gustado leer en su momento. Ya lo explicaré más despacio, con detalles, cuando le dé el repaso y comprenda qué son esos elementos que yo he añadido que he echado en falta en muchas otras novelas y que me han dejado con una sensación de vacío existencial y decepción profunda a pesar de haberme gustado su lectura.

Ahora bien, una amiga después de leérsela dijo que echaba en falta más descripciones de los personajes, que le habría gustado leer cómo eran aparte de los detalles que yo daba, que, es cierto, son pocos. Pero es que, a mí como lector, no me han gustado nunca las descripciones. Son necesarias, eso no lo niego, pero en mi narrativa prefiero dar solo aquellas necesarias para la trama e incluírlas en la propia narración. Al leer una novela, por muy bien descrito que estuviera físicamente un personaje, he solido pasar de lo que me contaba el autor (no conscientemente, la verdad, pero es que mi imaginación siempre va por libre) y me los he imaginado como me ha dado la gana (a excepción de aquellos personajes que tenían un rasgo característico, claro, fundamental para la trama. Hola, Tyrion Lannister!!).

Además, gracias a la excelvillosa Adhara, antes de comenzar mis novelas hago un proceso de casting que me ayuda mucho a la hora de definir personajes e incluso personalidades de los mismos. No sé qué viene antes, si la personalidad o el físico, aunque a mí me da la sensación de que vienen parejos. Y, de todas maneras, no soy yo quien tiene que hablar de castings novelescos, esa es la tarea de Adhara (¿te gusta esta indirecta tan directa, Adhs?), la mejor para este trabajo que he visto nunca. Spielberg, si la vieras no la dejarías escapar.

Antes de comenzar a escribir una novela me gusta imaginar el físico de mis personajes y siempre se lo doy de actores o actrices. Supongo que esto deriva un poco de que, al fin y al cabo, mi educación como contador de historias (por llamarlo de alguna manera) tiene más influencia audiovisual que narrativa. De hecho, mal que me pese, en CarPa creo que se nota demasiado, pero no puedo evitarlo, muchas veces me imagino más las novelas como películas que como novelas en sí, no sé expresarlo (tiene cojones que no sepa) pero es así.

Además, para qué nos vamos a engañar, conocer realmente el físico de tus personajes de antemano ayuda mucho a la hora de narrar, porque ya los tienes en tu cabeza, sabes cómo se mueven, sabes cómo hablan (aunque luego modifiques a tu antojo lo que te dé la gana) y te ahorras muchos comederos de cabeza.

Amén de esas engorrosas narraciones. Claro, que a lo mejor yo peco de exceso y debería poner más. No lo sé. Creo que pongo las justas, las que son fundamentales para la narración. Luego, que cada cual se imagine al personaje como quiera, que para eso es una novela y no una película, hay que darle al coco un poco, ¿no? ¿Qué pensáis? ¿Qué preferís vosotros?

De todos modos, yo llevo esto al extremo y, para motivarme y recordarme siempre que me siente que tengo entre manos un proyecto, suelo hacer uso de los cuatro trucos que sé de Photoshop y me hago un fondo de escritorio relacionado con la novela y sus personajes para que, cada vez que encienda la pantalla, me grite desde lo más profundo que soy un vagazo y que debería ponerme a escribir.


CarPa, 2006


Equilátero, 2008



Ne Obliviscaris (No me olvides), 2008

Estoy deseando ver cómo queda el casting de la próxima novela. Realizarlo suele significar que, pronto, me embarcaré en un nuevo proyecto y no hay sensación que más me guste que esa. La de tener una nueva historia que contar.

Lo que me recuerda que: Noviembre se acerca.

viernes, 12 de septiembre de 2008

Opinar acerca de todo

Dice mi querida escritora Pilar Galán (que ayer le dedicó su columna a Ana María Matute y me hizo mucha ilusión) que existe esta conciencia generalizada de que un escritor puede opinar sobre cualquier cosa. Es más, no es que pueda opinar (porque opinar podemos todos, aunque nuestras opiniones sean nefastas y, contrario a lo que se estile ahora, no deban tener todas el mismo valor mal que nos pese porque nos encanta escucharnos a nosotros mismos. ¡Maldita democratización de la opinión -sin acritud, sin acritud-!), sino que se espera su opinión como la de un experto cuando, precisamente por ser escritores, de expertos tienen poco o nada.

No tengo ni idea de dónde viene esto pero antes de que ella le diera forma a aquella idea con palabras lo que es cierto es que, de un modo u otro, estaba ya en mi cabeza y yo también lo creía. Es estupendo cómo, cuando te dicen bien las cosas, se caen los andamios de las ideas mal formadas y te puedes crear otra mucho más sólida y estable. A lo mejor eso también es crecer, no lo sé. Cuando se me quite el complejo de Peter Pan y empiece a hacerlo, pues ya os lo diré.

Esta entrada viene a que, últimamente, he bajado la cantidad de colaboraciones que desde el año pasado iba haciendo en el periódico y me he dado cuenta de que es precisamente porque, de los temas que yo suelo opinar, muy pocos han saltado a la palestra durante la época estival y, claro, pues opinar de lo que no tengo ni idea, pues no me ha gustado nunca. De hecho, siempre he sido mejor "escuchador" que orador (aunque cuando a mí me dan un micro suele ponerse a temblar el mundo). De todos modos, había uno acerca del que no podía evitar opinar.

Tengo la sensación de que los temas de los que yo opino son muy pocos y muy limitados y, de alguna manera, aunque lo considere lógico e, incluso, justo, no puedo evitar que me dé rabia porque soy así de ansioso y yo quiero saberlo todo y opinar de todo. Pero no opinar tontamente, no. Quiero ser experto en todo. Es algo que me ha pasado desde siempre y, sinceramente, creo que es un problema porque muchas, muchísimas veces me ha impedido centrarme en una sola cosa por miedo a abandonar otras que, igualmente, me resultaban igual de interesantes. Y, claro, he acabado haciéndolo todo al mismo tiempo con el consiguiente agotamiento y el posterior abandono de todo lo que había comenzado. Soy un desastre.

Y llega septiembre, nuevas alternativas, nuevos planes, nuevas motivaciones que, a bien seguro, si no me centro y elijo en condiciones no llegarán a buen puerto. Así que, mejor voy con calma, entro en septiembre con el pie derecho y no me dejo aturullar por este tiempo loco y sin cabeza que hace que lo mismo te pongas una camiseta que necesites una sudadera bien gordita a los cinco minutos.

Qué difícil es ser yo.

PD: Os debo visitas, comentarios, entradas acerca del viaje, de mi búsqueda y posterior desayuno con Antonia Romero en Praga, de mi genial encuentro online con Leo, de Peso Cero, y de mil cosas que ahora no me acuerdo, pero debéis perdonarme porque, aprendiendo de errores pasados, no quiero perderme en miles de cosas. Estoy completamente cegado por la novela (no me queda nada para llegar al final pero quiero saborearlo, que soy consciente de que siempre los precipito), me da la sensación de que era una idea que tenía desde siempre y que, de alguna manera, siempre había querido escribir esa historia que no sabía que existía. Y como soy así de egoísta me apetece disfrutarlo yo solito. No me odiéis mucho.

jueves, 21 de agosto de 2008

Perdidos en el Bosque

Es la grandeza de la literatura, que nos permite reinventar la memoria y que nadie vea las cosas con los mismos ojos, un libro es muy diferente dependiendo de quién lo lea... se consigue que el lector u oídor escriba contigo el libro.

No es un secreto que Ana María Matute es mi escritora preferida. Quizá ahora más por el cariño que le tengo al personaje que por el conjunto de sus obras (Dickens ha subido puestos desde que decidí que era mi escritora) pero es que no puedo evitarlo. Cada vez que leo una entrevista suya, cada vez que me acerco a su visión de la literatura, cada vez que escucho o leo sus palabras hay algo en mí que se enternece y que la devuelve al puesto que se merece en mi corazón.

Leí Olvidado Rey Gudú con dieciséis años. Recuerdo que por aquel entonces mi abuela todavía nos preguntaba antes de pedir los regalos de los Reyes Magos : "¿Qué libro vamos a pedirnos este año?"

Desde que tengo recuerdos mi abuela siempre me regalaba un libro por Reyes, pero no creáis, que todo esto tiene una explicación muy terrenal. Veréis, yo de pequeño comía muy mal. Pero mal mal mal de tirarme cinco horas comiendo. Y yo comía siempre en casa de mis abuelos porque estaba cerca del colegio y mi abuelo, que era el que se encargaba de darme de comer, se desesperaba porque luego nunca llegaba puntual al cole por la tarde (sí, yo todavía soy de esa generación que sufría las clases de historia a las tres y media de la tarde. Una tortura).

Lo que ocurre es que un día descubrieron que, si me daban un cuento o un cómic de Disney, me metía tanto en la lectura que ellos podían darme de comer sin que yo apenas me quejara o me enterara. Tenía cinco años y mi abuela siempre fue una mujer muy práctica, de ahí que, cuando llegué a la época del Barco de Vapor, cambiáramos los cómics (gracias a ella tengo una colección enorme de cómics de Disney y me llegó a tocar una bicicleta) por los libros. Recuerdo que en Navidad me cayeron Los Mifenses, Danko, el Caballo que conocía las estrellas y muchos más.

Aquel año yo estaba dudoso entre el Capitán Alatriste y Olvidado Rey Gudú, de los que había leído las reseñas y los que me moría por catar. Al final, ganó Olvidado Rey Gudú y lo pedí en mi carta.

Lo que pasa es que algo debió de ocurrir (lo que ocurrió es que mi abuela enfermó de alzheimer aquel año y supongo que las cosas se salieron un poco de madre y los reyes dejaron de ser lo que eran) y no me cayó ningún libro.

Pero no pasó nada, ahorré y me lo compré. Todavía recuerdo cuándo, dónde y cómo hacía el día que fui a la librería y lo cogí. La dependienta me dijo que si no era un libro muy gordo para alguien de mi edad y yo tuve que aguantarme la risa. No era el primer tocho que me leía y por supuesto que no iba a ser el último.

Tardé cerca de cinco meses en terminármelo (ah, la adolescencia, cuántas distracciones disfrazadas de falda de tablas, piernas largas y sujetadores intuídos) y tengo que reconocer que me quedé en su superficie, que no leí más que la historia en sí. Pero a pesar de todo lo que no entendí, me encantó. Tal y como apunté al final, el día que me lo terminé (puse la fecha y todo, 19 de agosto del 96) fue "una experiencia increíble". Me costó mucho entrar en su universo, eso sí, pero cuando lo hice (exactamente cuando Volodioso conoce a Lauria y Ardid entra en escena) ya no pude dejarlo.

Tengo que hacer un alto en el camino para decir que, de pequeño, igual que me gustaban los cómics, estaba obsesionado con los cuentos clásicos. Tenía miles de colecciones, me sabía los diálogos Disney de memoria (aunque me cabreaba que no respetara las versiones originales de las historias, no lo comprendía. Pero, bueno, tampoco comprendía cómo era posible que Ana Torroja cantara canciones hablando en masculino). Me encantaba dibujar de pequeño (aunque mi hermano me supera con creces en ese arte) y cuando aprendí a escribir, mis dibujos sin contexto pasaron a ser cuentos. Quería dibujar tan bien como María Pascual, que ilustraba muchos de mis libros, y ya era fan de ella. Tengo guardadas mis mil y una versión del comienzo del Mago de Oz (todavía me sigue alucinando todo el asunto del tornado) y, cuando llegaban las Navidades, me sentaba delante de la pantalla de la tele para ver aquellos cuentos y superproducciones europeas (los primeros estaban presentados por Shelley Duvall. ¿Es que nadie se acuerda?) y, dependiendo del cuento que fuera, yo, por la tarde lo intentaba reproducir con dibujos y cómics y tal. También recuerdo que a los siete años me regalaron un walkman con grabadora y mi hermano y yo nos dedicamos a grabar nuestras propias versiones de los cuentos (mi abuelo me regalaba cada sábado una cinta con varios cuentos grabados y ¡todavía las tengo! En algún sitio que no recuerdo, vale, pero sé que las tengo). Famosas son en mi casa nuestras versiónes del Mago de Oz, como aquella en la que yo hacía de narrador pero en la que mi hermano, con su voz gangosilla y siempre resfriada de cuatro años, me interrumpe con una aparición estelar que dice "y vio a la carroza y a una bruja espantacional" de la que todavía no hemos sabido interpretar qué quería decir. O nuestra versión de Blancanieves en la que los enanitos cantan una canción de Bananarama.

Cuando iba a hacer la comunión estaba convencido con que me iban a regalar una cámara de vídeo (sí, lo de soñar despierto cosas imposibles ya se me daba bien desde aquel entonces) y ya tenía planeada mi propia versión del Mago de Oz. Había escrito un guión y todo que repartí a los amigos y primos que había elegido para los papeles, había pensado en las localizaciones e incluso tenía mis truquitos de efectos especiales, no os creáis. Lo que pasa es que al final no me la regalaron y no os podéis imaginar, con todo esto, lo identificado que me he llegado a sentir con el personaje de Briony al leer Expiación hace un par de meses.

Así que no es muy sorprendente que, en cuanto abriera Olvidado Rey Gudú y viera que muchos de mis personajes preferidos de los cuentos tenían su aparición estelar, quedara inmediatamente rendido a los pies de Ana María. Había sabido coger a los personajes tal y como yo me los imaginaba, en su esencia más pura, recogidos de los verdaderos cuentos, de los que yo me creía uno de los pocos conocedores.

No sabría explicar con palabras las sensaciones que me produjo la lectura de ese libro. Mi parte preferida es la segunda, con todo el asunto Tontina-Predilecto-Ondina. Aunque la tercera también es apotéosica, con esa inclinación hacia la nostalgia más desnuda, para llevarnos a ese final memorable e increíble y perfecto. Ardid es y siempre será para mí el mejor personaje (femenino y no femenino) de la literatura y la considero como mía. Y el trasgo del Sur, y el anciano, y todos los personajes de la Corte de Olar siempre tendrán un sitio en mí. Y el Olvido. Ese maravilloso y espeluznante aviso de que nada es eterno.

No puedo evitarlo. He leído el libro otras dos veces (una a los veintitrés y otra el año pasado) y siento que el libro crece conmigo, cada vez que lo leo descubro nuevos matices, nuevas sensaciones de las que no me había percatado antes. Y todavía tengo la sensación de que me quedan muchas por descubrir.

Por eso decidí hace mucho que le dedicaría mi cuarta novela (Ne Obliviscaris (No me olvides), la que estoy escribiendo ahora y de la que ya he superado el ecuador) a Ana María Matute. Creo que, en parte, que yo quiera ser escritor se lo debo un poco a ella. Me di cuenta cuando hace unos años leí su biografía por Marie Luise Gazarian-Gautier y vi que Ana María Matute y yo compartíamos una visión muy, muy parecida de la infancia y del mundo que nos rodeaba (que ella hubiera nacido con toneladas de talento y sensibilidad era lo que nos separaba).

Así que, cuando iba el otro día a la piscina y pasé por un kiosko y vi su imagen (pero qué tierna me parece) en la portada de una revista, tuve que comprármela irremediablemente. En la entrevista celebraban que le habían dado el Premio Extremadura a la Creación y yo, desde aquí, quiero hacerle mi particular homenaje y compartir mi alegría por ese reconocimiento.

Gracias, Ana María, por perderme en el Bosque.

PD: Parto mañana hacia tierras centroeuropeas, donde, por lo visto, las casualidades existen.

sábado, 12 de julio de 2008

Ya se terminó

Bueno, desde ayer estoy oficialmente de vacaciones. No veía el momento en que llegara este momento y ahora es como si no fuera capaz de asumirlo. Comprendo perfectamente que es mucho más duro ser opositor que tribunal de oposición (no hace tanto que estuve del "otro lado") pero desde luego esta ha sido una experiencia más que agotadora mental, física, emocional y psicológicamente. Lo que está en juego para todos (un puesto de trabajo, credibilidad profesional, la inclusión de buenos profesionales en el sistema educativo...) es demasiado grande. El futuro, en definitiva.

Así que, sí, es duro. Por eso, porque sé que es duro y que una de las partes más duras para el opositor que no tiene éxito es no saber qué ha hecho mal y por qué ha fallado (es frustrante que uno se haya esforzado al máximo y acabe sin saber qué parte de ese esfuerzo ha dado sus frutos y qué no) y porque en este tiempo que ha durado el proceso las visitas a este blog han aumentado considerablemente a través de búsquedas en google de mi nombre desde Extremadura y porque muchos de los candidatos han incluído partes de literatura en sus exposiciones, intuyo que más de uno se ha pasado por aquí para conocer quién era el que tenía delante y cómo tenía que enfrentarse a él, invito a todo aquel a quien haya examinado y no sepa en qué ha fallado a que, cuando acabe finalmente todo el proceso y se sepan los resultados de forma oficial, me escriba un correo para preguntarme. Estaré encantado de ayudar, porque considero que esa es la continuación de mi labor. Al fin y al cabo, dedico una gran parte de las horas de mi día a la docencia y puede que esa experiencia ayude a otros que quieran dedicarse a lo mismo. Mi correo está en el perfil. Muchos me conocéis y habéis visto cómo nos hemos portado, así que no dudéis en preguntarme, estaré encantado de poder echaros una mano en la medida en que me sea posible.

He dicho.

Y ahora, al trapo. No he escrito nada. Pero nada con mayúsculas. Así: NADA. Y dudo que en los próximos días pueda hacerlo debido al cansancio mental del que estoy haciendo gala últimamente. Además, estoy enganchadísimo a Festín de cuervos del magnífico, maravilloso, genial, increíble y poco valorado fuera de su círculo (como muchos genios) George Martin (novela que ya empecé en inglés precisamente en el año de las oposiciones pero que, por el mismo tipo de agotamiento, preferí dejar porque estaba de inglés hasta las mismísimas pelotas. Así que no veo la hora de que llegue el momento piscina y yo pueda tumbarme a la bartola con mi librito y marcharme a Asshai o a Lannisport.

Espero volver a ponerme a la tarea en breve. Tengo una novela juvenil que me está encantando escribir a medias. Bueno, a medias es un decir, llevo poco más de la cuarta parte, pero estoy disfrutando tanto, tantísimo con ella, que quiero que se me quite el cansancio ya (para eso, he decidido darme un capricho y esta tarde voy a que me den un masaje oriental que acabe con todas mis jodidas contracturas de la espalda. La de sacrificios que tiene que hacer uno por la escritura...). Y como os he tenido muy abandonados, aquí va un pequeño avance de la novela.


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El título. ¿Acaso pensáis que os iba a dar más? No, señores, que uno sigue siendo un poco pudoroso a pesar de toda la bilis que suelta en este blog. La novela se titulará Ne Obliviscaris (No me olvides) y ya tengo registrada la mitad en el registro intelectual, que como he mandado lo que llevo a algunas personas y uno, aparte de pudoroso, es desconfiado por naturaleza, pues no se fía mucho de la circulación de archivos por estas ondas y estos cables interneteros.

Y también le he mandado a mi agente la versión corregida (bueno, la primera versión corregida, que imagino que no se habrá terminado el proceso porque me conozco) de Equilátero y estoy que me muerdo las uñas porque hay días que sigo pensando que la novela es buena, que dice cosas interesantes y que tiene personajes apasionantes (¡cómo me quiero!) y días que pienso que he escrito un truño infumable de casi trescientas cincuenta páginas. En fin, qué dura es la vida del bipolar.

¡He vuelto!