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lunes, 10 de mayo de 2010

Políticamente correcto

Yo no soy lo que reza el título de la entrada. Lo he sido, sí. Durante mi más inocente adolescencia, yo fui políticamente correcto. Tanto, que una amiga una vez me dijo que yo era el yerno perfecto, que cualquier madre querría tenerme de novio para sus hijas.

¡Cojones! Yo quería ser novio (o amante ocasional, en todo caso) no yerno.

Y así fue como descubrí (aunque yo ya tenía mis sospechas) que aquello de la corrección política no me molaba mucho.

Me gusta la sinceridad, llamar a cada cosa por su nombre sin poner paños calientes. La realidad es la que hay. Por mucho que disfracemos las palabras, la realidad va a seguir siendo como es. No me gustan los adornos.

Y, ojo, que como ya dije otra vez, para mí la sinceridad no es lo que se nos vende actualmente. No es lo de decir lo primero que se te viene a la cabeza porque soy muy sincera, tía y yo digo siempre lo que me sale del bolo, tía y si no me crees te pego dos hostias en el baño y punto en boca, ¿me entiendes?

No. La sinceridad necesita de una sensibilidad educada, de un ejercicio previo de reflexión, requiere un ejercicio previo de empatía y un saber ponerse en el lugar del otro para llegar a deducir por qué ha dicho lo que ha dicho o por qué ha hecho lo que ha hecho.

Ser sincero no es decir lo primero que se te viene a la cabeza. No. Ser sincero es decir la verdad. Y para decir una verdad, hay que pensar primero. Siempre. En el otro, en ti, en lo que vas a decir, en tu porcentaje de razón, en tu porcentaje de sinrazón, en tu porcentaje de subjetividad al respecto...

Me explico, ¿verdad?

Por eso me jode tanto tantísimo que actualmente se lleve tanto la corrección política y te tachen de miles de cosas en cuanto no sigues lo establecido.

Por eso he decidido mantenerme en mis trece:

Durante estas correcciones, me percaté de que yo tenía escrita la palabra "hombres" para referirme al género humano en una parte de la novela. Con la sensibilidad al cien por cien y la inseguridad de la recta final rezumándome por todos los poros, decidí cambiar ese término por el de "seres humanos" y se lo comenté al editor aludiendo a esta corrección política de la que hablo.

El editor se mostró comprensivo y adujo que, si se trataba de un tema ideológico, él no se metía, pero que, como yo pienso y pensaba, en castellano los términos no marcados están en la mente de los hablantes como tal y que el hecho de no verlos así es simplemente una sobre-educación (no fueron sus palabras exactamente, pero yo las entendí así. Dejadme. Yo me entiendo).

Y me ha convencido. He vuelto a usar el término "hombres" porque si de una cuestión ideológica se trata, esa palabra encaja mejor con mi epistemología que lo de "seres humanos" que, por lo demás, me parece un término vacío y poco sonoro.

¿Que no soy políticamente correcto y que esta entrada puede levantar ampollas?

En fin.

Es lo que conlleva la sinceridad. Pero aplícate esos ejercicios antes de responder airado.

lunes, 26 de abril de 2010

El mecanismo del reloj (II)

En el episodio anterior...

A Fer le habían invitado a participar en el comité de lectura de un certamen internacional de novela y aceptó. Fer se reunió con los miembros del comité y fueron seleccionando una a una qué novelas cumplían las bases y qué novelas no las cumplían, después las numeraron e hicieron varios bloques (cada bloque acabó formado por diez novelas). Finalmente, se dividieron en grupos (tres personas para cada bloque de diez novelas) y se llevaron los manuscritos a sus casas para leerlos...

Bueno, después de este resumen, cuando me vi delante de las novelas, la verdad es que me agobié mucho porque no me sentía, no capacitado intelectualmente para decidir, sino quizá, moralmente. Supongo que detrás de esto está mi deformación profesional: me paso casi diez horas al día siendo profesor y evaluando a alumnos que pueden, o no pueden, llegar al diez y dándoles todas las oportunidades posibles para que, al menos, lleguen al cinco.

Sin embargo, esto era diferente. No valía con un cinco, porque de mis diez novelas, yo tenía que decidir qué par era el que, en mi opinión, merecía el diez.

Finalmente, y a pesar de que suelo ser conocido por mi alto índice de aprobados, ninguna de las novelas que tuve que leer llegaron al diez. E incluso me atrevería a decir que ni llegaron al cinco.

Tuve que cambiar el chip, claro está. De todas las novelas se puede sacar algo bueno, por supuesto, no voy a ser yo quien diga lo contrario. Pero como lector, yo quiero leer lo mejor. Y mucho más, como lector de un comité de lectura: no solo quería leer lo mejor, sino que era responsabilidad mía que la novela que se publicase fuera la mejor, estuviera impoluta y no tuviera ningún fallo.

Ni siquiera me conformaba con hacer reina a la tuerta de las novelas. No me daba la gana, no me parecía justo que, de la muestra que yo tenía, eligiera una que no se adaptara a lo que yo querría leer en un libro publicado.

Por tanto, con mucha pena, no seleccioné ninguna. Y creo que fue lo más justo que hice. ¿por qué? Ahí van mis razones:
  • Los fallos en la forma: Cuando presentas una novela a un premio, no puede tener fallos. Y ahora no estoy hablando de fallos en su estructura interna o en la narración o en vaya usted a saber qué. No. Estoy hablando de cosas mucho más prácticas y casi pueriles: no puede haber errores en su puntuación, no debe haber faltas de ortografía, por favor (es deperogrullo, pero me las encontré). Tiene que estar impoluta. No puede ni debe faltar nada. ¿Por qué? Muy fácil. Cuando presentas una novela a un premio, no hay lugar para la edición porque suele pasar poco tiempo (si acaso lo hay) entre el fallo del premio y la publicación de la obra. Una novela premiable debe ser perfecta en su concepción, en su construcción y en su consecución. Tiene que ser efectiva. El propio autor ha de ser el editor y hacerse las mismas preguntas que le haría un editor. No puede ser condescendiente consigo mismo, tiene que ser muy consciente de que lo que entregue tiene que estar perfecto. O al menos, lo más cercano a ese punto.
Está claro que hay muchas obras que se presentan a los premios. Cuando lo hacemos, está claro también que tenemos que intentar que nuestra obra destaque, no por las florecillas que le pongamos (error garrafal) ni porque nuestra fuente y nuestra portada sean las más bonitas (error por dos, la discreción es sinónimo de elegancia y buen gusto. Lo que ha de primar es el texto por encima de todo). No. Tiene que destacar, como mínimo, en su compostura. Ni una errata, por favor. Al menos, intenta parecer lo más profesional posible.
  • El principio: Si no tienes un buen principio, no te molestes. No voy a seguir leyendo. ¿Por qué? ¿Porque soy un talibán de las letras? ¿porque soy un nazi empedernido? No. Muy fácil. No voy a seguir leyendo porque si no tienes un buen principio, para empezar, por muy buena que sea tu historia, no me va a apetecer seguir leyendo. Si tienes un mal principio, tu novela no está perfecta, seguramente le sobren cosas (o le falten). Por tanto, no será merecedora de un premio.
  • La narración: Ya puede ser genial tu historia, que si la narración es enreversada, no es clara, o está llena de errores de concordancia, o no tienes clara la voz del narrador, o tus puntos de vista no están bien focalizados, o demás... pues tampoco voy a seguir leyendo porque, directamente, no creeré a esa novela merecedora de un premio. Falta técnica.
  • La historia: Y aquí es donde yo diferencio entre escritor y redactor. Puedes escribir de puta madre, puedes ser el único que sacó una media de diez en los ejercicios de redacción del colegio, del instituto y de la universidad, pero como lo que cuentes no me interese o me aburra aunque solo sea un poco, no voy a seguir leyendo. Si me aburre, no me gusta. Si no me gusta, como lector, no voy a leerlo y ahora mismo lo que soy es un lector de un comité de lectura, es decir, UN MERO LECTOR como otro cualquiera. Por tanto, llegamos a la conclusión siguiente: de ser publicada, yo no me compraría tu novela; por tanto, en mi opinión, tu novela no merece ese premio para el que estoy trabajando por mucho que su factura sea impecable.
¿Que es injusto? Probablemente. A lo mejor si tu novela hubiese caido en otro comité con gustos diferentes a los míos, habría sido seleccionada. No tengo la menor idea. Por mucho que me pese, no soy dios (y lo que me gustaría serlo y lo que os gustaría a vosotros tener un dios tan sexy, oscuro y misterioso como yo) y no tengo todas las claves de la vida ni tengo el don de la clarividencia ni el de la sapiencia supina (qué bien hablo, por dios! es decir, por mí mismo!) simplemente tengo una opinión y, desgraciadamente, es con mi opinión con la que estás jugándote las cartas.

Porque, precisamente, es aquí donde entra la parte optimista de todo esto. Quizá no has ganado este premio, quizá no has entrado dentro de mis gustos y por eso no has sido seleccionado, quizá tu obra estaba genialmente escrita pero yo soy un tiquismiquis de cojones y he acabado amargándote el mes en el que tenías puestas tantas ilusiones porque no me interesaba lo que me estabas contando. Pero, ¿sabes qué? Hay gente con opiniones diferentes a las mías a las que puede gustarles lo que haces. Si es así, ¿qué haces leyendo este rollo? ¡Corre a preparar tu novela! ¡Hay mil premios ahí fuera que están esperando una obra digna! ¿Por qué no va a serlo la tuya?

jueves, 16 de octubre de 2008

Incipit dramático que luego no llega a tanto

El otro día se me jodió el PC.

¡¡Drama!! ¡Drama!! ¡¡Tensión!! ¡Tensión!! ¡¡Contractura!! ¡¡Contractura!!

Esa fue exactamente mi reacción cerebral, emocional y física ante ese hecho catastrófico que, por unos segundos, amenazó con robarme la cordura y hacer que me lanzara al vacío desde mi ventana (obviando el hecho de que vivo en un bajo y que mi ventana tiene barrotes). ¿Por qué?

Pensé que, a dos días de presentar mi última novela al premio al que, por casualidad, y más porque me había dado tiempo a terminarla que porque realmente la hubiera escrito "para", había perdido el último manuscrito con las últimas correcciones.

Pero no, señoras y señores, uno tiene cola de zorro (interprétese como buenamente quiera cada uno) y recordó que tenía guardada esa última copia en la cuenta de correo. Cuenta de correo a la que no abrazó porque todavía no ha aprendido cómo abrazar a los entes no físicos, que si no, hasta le habría plantado un morreo que ni en una comedia romántica en su final de fade out.

Así que, sí, he mandado mi última novela a un premio. La verdad es que parto sin esperanza niguna, no porque no crea en la novela, porque no es así. De hecho, creo que es la primera novela de las que he escrito que ha acabado siendo la novela que yo tenía en la cabeza, la novela que quería escribir desde el principio y en la que no ha tenido lugar el desmadre habitual que suele reinar entre mis personajes cuando, de pronto, se me rebelan y dejan de ser lo que yo quiero que sean para ser la consecuencia de lo que yo he escrito que están siendo.

La novela ha tenido cierto éxito entre los círculos donde la he movido (qué interesante suena decir esto cuando lo que realmente quiero decir es que les ha gustado mucho a mis amigos, a mi novia y a mi agente) y, no sé, la quiero mucho (pensé en dormir todas las noches con una copia abrazada al pecho hasta que recordé mi propensión innata a cortarme con los folios y deseché la idea) y, sí, voy a arriesgarme a decir que creo que es una novela que cumple con los objetivos y con la premisa que me planteé al principio y que el tratamiento del tema es original y poco tratado (cosa fruto de una investigación -aquí viene Fer alardeando- de unos cuantos meses en los que disfruté casi tanto como escribiéndola).

El año pasado envié otra de mis novelas al mismo premio y, si bien no ganó, recibió críticas muy positivas por parte de la editora de la editorial (valga la redundancia, cómo odio hablar en claroscuros), a la que gustó mucho pero que desestimó por tratarse de una obra muy clásica.

Cosa que era, además.

Así que esa es la razón por la que he enviado la novela a ese premio, para ver si le gusta a esa buena señora que siempre forma parte del jurado. No tengo esperanzas, sobre todo, porque en ese premio abundan las obras realistas con un trasfondo social, y mi novela tiene cualquier cosa menos esas dos. Pero ¿quién sabe? A lo mejor eso es lo que la diferencia del resto...