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sábado, 11 de junio de 2011

Atención: pregunta

Tengo una novela (vestida de azul) que me trae por la calle de la amargura. Y no es una frase hecha. Es, literalmente, lo que me produce cada vez que me planteo retomarla.

Probablemente, de las seis que he escrito, es el trabajo que más me ha costado. Por su profundidad, por las cosas que quiero decir con ella, por sus personajes, complejos, difíciles, diferentes a mí y entre sí... creo que nunca me había enfrentado a algo tan difícil. Y, claro, por eso me amarga, porque no sé si es que no tengo la suficiente experiencia o el talento como para contarla bien. Es raro, porque creo que la solución está ahí, detrás de mi cabeza, en algún sitio al que no puedo acceder y me enerva pensar que no voy a encontrarla nunca o que voy a encontrarla cuando ya sea demasiado tarde.

Evidentemente, estoy hablando de Equilátero.

Creo que no es un problema de estilo, creo que no es un problema de trama (al menos, no ahora que creo saber lo que falla al respecto). No sé qué es pero me aterra pensar que su problema sea la narración porque eso significa no solo tener que planteármela desde el principio, sino plantear toda (absolutamente toda) su estructura narrativa desde el principio. Lo que significaría que entonces la novela no sería Equilátero sino otra.

Ya sabéis la importancia que le doy yo a los cimientos literarios, vaya.

Hace poco me he planteado reorganizarla y creo saber por dónde tienen que ir los tiros. Todavía tengo que hacer un serio trabajo de redacción y de pulido. He tratado de reducirla a su núcleo y de tener cerca de 350 páginas, ahora mismo tiene 180 (con cosas por añadir todavía pero que han cambiado de punto de vista). Y yo tengo un vértigo gigante porque, ahora mismo, no sé por dónde tirar.

Y este es el momento donde entráis vosotros, mis queridos lectores (toma peloteo, más adelante os ofreceré caramelos si el peloteo no os convence. O sexo. Ofrecer sexo siempre logra que consigas todo lo que te propones. Sobre todo si te inventas capacidades amatorias que realmente no tienes... pero, bueno, no vengo yo aquí a desvelar mis trucos de seducción. O, al menos, no ahora, claro) porque la duda me asalta, me corroe, me pudre por dentro. Y no es bueno dejarla ahí porque entonces te envejece la piel y yo, por ahora, soy muy feliz aparentando menos edad de la que tengo (y que se verá aumentada en un año el próximo lunes).

Claro, que como mi meta en la vida es ser un madurito canoso interesante, pues tampoco me importa tanto.

En fin, a lo que voy. Para mí es muy importante la adolescencia en la novela. Y en la vida. No en vano, me gano las habichuelas siendo profesor de secundaria y pervirtiendo mentes para llevarlas por el buen camino. Creo que es la época del Cambio, la época en la que se sientan las bases para todo lo que vendrá después. Quizá no somos conscientes muchas veces pero yo creo que lo que te ocurre durante esa época marca de una manera muy definitiva lo que te ocurrirá en los años venideros.

Y hay una parte fundamental de la novela que transcurre durante la época de adolescencia de los personajes. En principio no es un problema porque todos conocemos novelas "para adultos" que transcurren durante la adolescencia de los protagonistas (El camino de Delibes, Soria Moria de Espido Freire, por poner un par de ejemplos) y no pasa nada.

Sin embargo, mucha gente ve en esto un escollo. Como si el hecho de que durante en el principio de la novela (concretamente, toda su primera parte) uno de los personajes narrara desde su presente rememorando ese pasado (me explico?) la convirtiera inmediatamente en "novela juvenil" solo porque la edad de sus protagonistas es de diecisiete años.

Me exaspera. Me cabrea. Me frustra y me hace darme cabezazos contra la pared que esto ocurra porque mi intención con Equilátero fue, precisamente, escribir algo diferente a lo que había escrito hasta ese momento y alejarme del "público juvenil" (o quizá, mejor expresado, alejarme del para todos los públicos).

(odio estas etiquetas. Para mí, como "escritor" no tienen sentido. Pero imagino que para las editoriales y librerías, sí)

Así que, no sé, según vosotros ¿qué debe tener una novela "adulta" con sus protagonistas pasando por la adolescencia al principio de la misma para que no sea considerada juvenil y sí adulta? El estilo sé que lo tiene, porque no es en absoluto el estilo que yo le doy a mis novelas juveniles o infantiles. Es otro tipo de narración, mucho más sosegada y profunda. Con otro ritmo. El sexo también lo tiene. De hecho, la novela está plagada de erotismo desde la primera hasta la última página. Y otras cosas también. Pero, no sé, necesito caminar sobre seguro y sé que solo vosotros, oh grandes gurús de la literatura, podéis ayudarme.

Y os daré caramelos a cambio.

¡Y sexo!

domingo, 21 de septiembre de 2008

y aquí va otra entrada poco interesante fruto del egocentrismo de una mañana de domingo

Lo sé, lo sé, lo sé y lo sé. Hace semanas que debería haberme pasado, si no por aquí, al menos por vuestros blogs porque les he echado un vistazo y me estoy perdiendo cosas tan geniales como la novela de Enrique Páez, la reciente mudanza de Maritornes a Soledad entretenida, o la vuelta de Care al mundo de los blogs después de un verano deleitándonos con preciosas fotografías.

Pero tengo una excusa, una bien gorda, además. Y es que, desde que volví de Centroeuropa (aparte de comenzar el curso en un centro donde los alumnos son muy buenos y yo lo estoy flipando en colores fluorescentes y cruzando los dedos en la espera de que no sea solo un sueño), no he dejado de escribir. Eché muchísimo de menos mi novela por esas tierras y cuando llegué de vuelta la cogí con muchas ganas. No tenía pensado terminarla, pero la cosa ha ido tan natural y tenía tan (sorprendentemente) bien hilvanados los hilos (o eso me parecía a mí) que ha salido sola y estoy bastante contento con el resultado. Han sido siete meses intensos, la verdad. Me metí de lleno en ese universo y creo haber acertado con la forma y el planteamiento. A ver qué piensan mi agente y mis incondicionales (son incondicionales porque les amenazo con el látigo si no me sacan de mi eterno mar de dudas y me dicen los fallos que cometo al escribir después de que les acose con mis textos por toda la faz de la tierra pero con una sonrisa. No hay nada que no se consiga con una sonrisa. ni con un strip-tease.

Tengo delante de mí un período largo de correcciones, pero se nota lo mal que lo pasé con Equilátero (y lo que me queda por pasar, ¿verdad, Leo?) y he cogido mucha más soltura. De todas maneras, no pienso volver a escribir de gente que tiene sentimientos tan pasionales no necesariamente buenos. Joe, me meto tanto que lo paso hasta físicamente mal, en serio. Prefiero escribir algo como esta última, mucho más ligera.

No sé si será buena o no, pero el caso es que creo que es la primera vez que tengo la sensación de haber escrito la novela que quería escribir. No en este momento, sino también la sensación de que esta es una novela que a mí me habría gustado leer en su momento. Ya lo explicaré más despacio, con detalles, cuando le dé el repaso y comprenda qué son esos elementos que yo he añadido que he echado en falta en muchas otras novelas y que me han dejado con una sensación de vacío existencial y decepción profunda a pesar de haberme gustado su lectura.

Ahora bien, una amiga después de leérsela dijo que echaba en falta más descripciones de los personajes, que le habría gustado leer cómo eran aparte de los detalles que yo daba, que, es cierto, son pocos. Pero es que, a mí como lector, no me han gustado nunca las descripciones. Son necesarias, eso no lo niego, pero en mi narrativa prefiero dar solo aquellas necesarias para la trama e incluírlas en la propia narración. Al leer una novela, por muy bien descrito que estuviera físicamente un personaje, he solido pasar de lo que me contaba el autor (no conscientemente, la verdad, pero es que mi imaginación siempre va por libre) y me los he imaginado como me ha dado la gana (a excepción de aquellos personajes que tenían un rasgo característico, claro, fundamental para la trama. Hola, Tyrion Lannister!!).

Además, gracias a la excelvillosa Adhara, antes de comenzar mis novelas hago un proceso de casting que me ayuda mucho a la hora de definir personajes e incluso personalidades de los mismos. No sé qué viene antes, si la personalidad o el físico, aunque a mí me da la sensación de que vienen parejos. Y, de todas maneras, no soy yo quien tiene que hablar de castings novelescos, esa es la tarea de Adhara (¿te gusta esta indirecta tan directa, Adhs?), la mejor para este trabajo que he visto nunca. Spielberg, si la vieras no la dejarías escapar.

Antes de comenzar a escribir una novela me gusta imaginar el físico de mis personajes y siempre se lo doy de actores o actrices. Supongo que esto deriva un poco de que, al fin y al cabo, mi educación como contador de historias (por llamarlo de alguna manera) tiene más influencia audiovisual que narrativa. De hecho, mal que me pese, en CarPa creo que se nota demasiado, pero no puedo evitarlo, muchas veces me imagino más las novelas como películas que como novelas en sí, no sé expresarlo (tiene cojones que no sepa) pero es así.

Además, para qué nos vamos a engañar, conocer realmente el físico de tus personajes de antemano ayuda mucho a la hora de narrar, porque ya los tienes en tu cabeza, sabes cómo se mueven, sabes cómo hablan (aunque luego modifiques a tu antojo lo que te dé la gana) y te ahorras muchos comederos de cabeza.

Amén de esas engorrosas narraciones. Claro, que a lo mejor yo peco de exceso y debería poner más. No lo sé. Creo que pongo las justas, las que son fundamentales para la narración. Luego, que cada cual se imagine al personaje como quiera, que para eso es una novela y no una película, hay que darle al coco un poco, ¿no? ¿Qué pensáis? ¿Qué preferís vosotros?

De todos modos, yo llevo esto al extremo y, para motivarme y recordarme siempre que me siente que tengo entre manos un proyecto, suelo hacer uso de los cuatro trucos que sé de Photoshop y me hago un fondo de escritorio relacionado con la novela y sus personajes para que, cada vez que encienda la pantalla, me grite desde lo más profundo que soy un vagazo y que debería ponerme a escribir.


CarPa, 2006


Equilátero, 2008



Ne Obliviscaris (No me olvides), 2008

Estoy deseando ver cómo queda el casting de la próxima novela. Realizarlo suele significar que, pronto, me embarcaré en un nuevo proyecto y no hay sensación que más me guste que esa. La de tener una nueva historia que contar.

Lo que me recuerda que: Noviembre se acerca.

jueves, 24 de julio de 2008

Como un viaje

Hace unos días le hicieron una pregunta al gran George RR Martin acerca de cómo organizaba él las complejas estructuras de sus novelas (o de su novela, según se mire, que la Canción de hielo y fuego puede ser considerada una novela en sí misma dividida en varios grandes tochos) y me gustó mucho su respuesta.

Cuando, a veces, ha surgido la discusión de si somos escritores de mapa o escritores de brújula yo nunca he sabido en cuál de los dos grupos encuadrarme, así que la respuesta que dio Martin me encantó porque creo que es ahí donde me encuadro. Vamos a ver, yo necesito saber hacia dónde voy, antes de ponerme a escribir una novela me compro un cuaderno pequeño de cuartillas y me pongo a hacer esquemas, resúmenes de capítulos, guiones, fichas de personajes... en fin, podría decirse que, siendo fieles al símil, me pongo a dibujar un mapa. Lo que ocurre es que llega un punto siempre en el que me atasco, suele ser a la mitad de la novela, cuando las bases están más o menos sentadas y ya sé desde donde estoy partiendo y hacia dónde quiero ir. Para continuar con el esquema suelo necesitar ponerme a escribir y llegar a ese punto para, a partir de ese momento, continuar con mi mapa.

Así que, sí, podría decirse que soy un escritor de mapa.

Lo que ocurre es que normalmente nunca sé cómo va a acabar una novela. Con Equilátero, por ejemplo, me ha pasado. No ha sido hasta que casi tenía terminada la segunda parte (de tres) que no he sabido exactamente el final que necesitaba. Bien es cierto que tenía una selección de finales diferentes (ah, los poderes de la combinatoria. Nunca pensé que aquellas horribles matemáticas de COU fueran a servirme para algo) pero no tenía ni idea de cuál iba a elegir. De alguna manera, podríamos decir que el final lo eligieron los propios personajes. O el propio personaje catalizador del final. Y lo más fuerte es que, mientras releía la novela para su corrección (tediosa y desesperante a más no poder y que, supongo, que requerirá de una nueva incursión por mi parte en ese mar de letras que tanto me ha costado y sobre el que tantas dudas tengo) más me iba sorprendiendo de las pistas que iba dando acerca del final que había elegido. Sé precisamente que ese es el final correspondiente porque todo lo escrito apunta hacia ahí. A veces no puedo dejar de sorprenderme por la fuerza del subconsciente.

Así que ahí me teníais hasta la entrevista de Martin, sin saber decidirme, sin tener ni idea de si uno era un escritor de mapa o de brújula. Supongo que queda mucho mejor decir lo segundo, que uno no sabe a dónde va a llegar, que es mucho más divertido ver hacia dónde te llevan los personajes, que si uno sabe de antemano qué es lo que va a pasar, pues la tarea de escribir pierde gracia... Pero, no sé, no acaba de convencerme esa visión del asunto.

Para mí, escribir es una cosa un poco metódica. Necesita de preparación, organización y mucho trabajo previo a la propia escritura. Por eso no acabo de creérmelo, no acabo de creerme a los escritores que se dicen con brújula. De alguna manera es imposible que sin un pequeño mapa trazado salga una historia coherente. Adoro atar cabos, adoro dar pistas, adoro dar pequeñas pinceladas a lo largo de toda la novela que, para mí, sería imposible dar de no caminar con un mapa bajo los ojos. A mí, por ejemplo, no hay cosa que más me guste que cogerme el Ipod y ponerme a caminar mientras dibujo una y otra vez en mi cabeza las escenas que tengo que escribir. Pero no, no penséis que uno se pone a caminar porque sí, que uno no es tan... ¿cómo llamarlo? ¿bohemio? Cuando me refiero a caminar, me refiero a ir de un sitio a otro porque tengo la necesidad de hacerlo. Se llama optimización de tiempo.

Por eso me gustó lo que dijo Martin acerca de este proceso. Dijo que, para él, escribir era como un viaje. Sabía de dónde partía, sabía hacia dónde tenía que ir y por dónde tenía que pasar y a dónde quería llegar al final, pero lo que no sabía eran las anécdotas que iban a ocurrir durante ese viaje.

Me encanta la afirmación. Define a la perfección el concepto que yo tengo de todo este asunto. Precisamente porque esas anécdotas son las que me gusta escribir. Bueno, no nos engañemos, es cierto que cuando me planteo una novela hay una serie de escenas (dos, tres, cuatro a lo sumo) que me muero por escribir y que son el eje central de la misma, las que tengo claras desde el principio y casi la razón principal por la que quiera escribir esa historia, más que nada, bueno, porque esas escenas son la historia en sí. Lo que ocurre es que, luego, al final, esas escenas nunca quedan tal cual las habías pintado en tu cabeza. Unas veces porque en tu cabeza son tan geniales y quedan tan de puta madre que cualquier cosa que tú escribas no va a ser capaz de estar a la altura ni de coña, otras porque ya no pegan y quedan como un pegote que, al final, tienes que quitar en la revisión (me ha pasado, una pena, aunque luego me he guardado esas escenas para futuras novelas. ¿Quién sabe?)...

Así que, sí, me encanta escribir esas anécdotas del viaje de las que habla Martin. Son las que me ayudan a conocer a los personajes, a darles vida. Son esas pequeñas cosas cotidianas que, quizá no son importantes a la hora de la trama principal, pero que son fundamentales en el dibujo del personaje y sus relaciones con los otros personajes.

Además me encanta la metáfora: Escribir una novela es como un viaje. Nunca mejor dicho, señor Martin.

Y hablando de viajes, mañana me marcho a Venecia. No me esperéis levantados.

sábado, 12 de julio de 2008

Ya se terminó

Bueno, desde ayer estoy oficialmente de vacaciones. No veía el momento en que llegara este momento y ahora es como si no fuera capaz de asumirlo. Comprendo perfectamente que es mucho más duro ser opositor que tribunal de oposición (no hace tanto que estuve del "otro lado") pero desde luego esta ha sido una experiencia más que agotadora mental, física, emocional y psicológicamente. Lo que está en juego para todos (un puesto de trabajo, credibilidad profesional, la inclusión de buenos profesionales en el sistema educativo...) es demasiado grande. El futuro, en definitiva.

Así que, sí, es duro. Por eso, porque sé que es duro y que una de las partes más duras para el opositor que no tiene éxito es no saber qué ha hecho mal y por qué ha fallado (es frustrante que uno se haya esforzado al máximo y acabe sin saber qué parte de ese esfuerzo ha dado sus frutos y qué no) y porque en este tiempo que ha durado el proceso las visitas a este blog han aumentado considerablemente a través de búsquedas en google de mi nombre desde Extremadura y porque muchos de los candidatos han incluído partes de literatura en sus exposiciones, intuyo que más de uno se ha pasado por aquí para conocer quién era el que tenía delante y cómo tenía que enfrentarse a él, invito a todo aquel a quien haya examinado y no sepa en qué ha fallado a que, cuando acabe finalmente todo el proceso y se sepan los resultados de forma oficial, me escriba un correo para preguntarme. Estaré encantado de ayudar, porque considero que esa es la continuación de mi labor. Al fin y al cabo, dedico una gran parte de las horas de mi día a la docencia y puede que esa experiencia ayude a otros que quieran dedicarse a lo mismo. Mi correo está en el perfil. Muchos me conocéis y habéis visto cómo nos hemos portado, así que no dudéis en preguntarme, estaré encantado de poder echaros una mano en la medida en que me sea posible.

He dicho.

Y ahora, al trapo. No he escrito nada. Pero nada con mayúsculas. Así: NADA. Y dudo que en los próximos días pueda hacerlo debido al cansancio mental del que estoy haciendo gala últimamente. Además, estoy enganchadísimo a Festín de cuervos del magnífico, maravilloso, genial, increíble y poco valorado fuera de su círculo (como muchos genios) George Martin (novela que ya empecé en inglés precisamente en el año de las oposiciones pero que, por el mismo tipo de agotamiento, preferí dejar porque estaba de inglés hasta las mismísimas pelotas. Así que no veo la hora de que llegue el momento piscina y yo pueda tumbarme a la bartola con mi librito y marcharme a Asshai o a Lannisport.

Espero volver a ponerme a la tarea en breve. Tengo una novela juvenil que me está encantando escribir a medias. Bueno, a medias es un decir, llevo poco más de la cuarta parte, pero estoy disfrutando tanto, tantísimo con ella, que quiero que se me quite el cansancio ya (para eso, he decidido darme un capricho y esta tarde voy a que me den un masaje oriental que acabe con todas mis jodidas contracturas de la espalda. La de sacrificios que tiene que hacer uno por la escritura...). Y como os he tenido muy abandonados, aquí va un pequeño avance de la novela.


...

...

El título. ¿Acaso pensáis que os iba a dar más? No, señores, que uno sigue siendo un poco pudoroso a pesar de toda la bilis que suelta en este blog. La novela se titulará Ne Obliviscaris (No me olvides) y ya tengo registrada la mitad en el registro intelectual, que como he mandado lo que llevo a algunas personas y uno, aparte de pudoroso, es desconfiado por naturaleza, pues no se fía mucho de la circulación de archivos por estas ondas y estos cables interneteros.

Y también le he mandado a mi agente la versión corregida (bueno, la primera versión corregida, que imagino que no se habrá terminado el proceso porque me conozco) de Equilátero y estoy que me muerdo las uñas porque hay días que sigo pensando que la novela es buena, que dice cosas interesantes y que tiene personajes apasionantes (¡cómo me quiero!) y días que pienso que he escrito un truño infumable de casi trescientas cincuenta páginas. En fin, qué dura es la vida del bipolar.

¡He vuelto!

sábado, 14 de junio de 2008

Insertar título inteligente aquí. La resaca me lo impide.

Ayer, día de mi cumpleaños (toma sutil sutileza), recibí un regalo estupendo (nótense mi falta de adjetivos y mi narración ramplona. Nunca te tomes más de tres mojitos pasada la medianoche. Son como los gremlins):

Me han concedido por Equilátero la beca a la creación literaria que concede la Consejería de Cultura de Extremadura (con esto me sale un poema, que es imposible evitar la rima interna). Ya la había conseguido por CarPa, así que en ningún momento, desde que la solicité en Enero casi por casualidad y porque estaba aburrido una tarde y no sabía qué hacer, me había vuelto a acordar de ella. Era muy difícil que me la concedieran por segunda vez. Pero, en fin, ahí está doña Beca. Dos mil euritos más para la saca que vienen muy bien para las vacaciones (por ahora nos vamos a Venecia, que a mí me encantó pero mi chica no la conoce y además también vislumbramos Turquía en el horizonte).

No quiero sonar prepotente, pero desde luego que no me ha hecho la misma ilusión que recibirla por CarPa. Cuando la recibí por CarPa, acababa de terminar la novela y, la verdad sea dicha, no tenía ni idea de qué hacer con ella. Si merecía la pena, si a mí me lo parecía porque como no había leído mucho (bueno, mucho sí, pero no todo, que uno es muy avaricioso) pues no tenía con qué comparar... Así que el hecho de que me la dieran al menos me dijo que había gente externa a mí que no me conocía y que no tenía por qué ser pelota ni condescendiente ni educada valorara algo que yo había escrito y considerara que merecía la pena. Supongo que ese fue el momento en que empecé a creérmelo.

Además, la beca es un aval al fin y al cabo. No todos los días te dan dinero por una obra que no está terminada. Y encima te dan dinero por escribir. O sea, no sé cómo será recibir dinero por los derechos de autor y todo eso, pero ¿que te paguen por hacer lo que más te gusta en el mundo? Pues digno de un anuncio de Master Card, ¿no?

Lo que pasa es que a mí no me pueden pagar ya por escribir Equilátero. ¿Qué? ¿Que por qué no? Pues porque precisamente la terminé una semana antes de recibir la beca (se escuchan aplausos, ovaciones y gritos de "¡tío bueno!" en la sala). Es lo que ocurre cuando se convoca seis meses antes de que se publiquen los resultados. Que uno tiene la firme convicción de terminar lo que empieza le paguen o no.

Y con esto también explico la ausencia de entradas de un tiempo a esta parte, que necesitaba terminar la novela, sacármela de encima, antes de que llegara el verano, en el que quería ponerme con la novela juvenil, de la que tengo muchas ganas y con la que, a decir verdad, estoy disfrutando mucho más que con la que acabo de terminar. ¡Mi tercera novela! No puedo creérmelo, que yo había pensado siempre que no iba a terminar nada en la vida. Supongo que es lo que tiene crecer y hacerse mayor (y que tu novia ande de oposiciones).

No sé qué pensar de Equilátero, la verdad. Pasado el subidón de ponerle punto y final, me han entrado las dudas. Imaginaos si me están entrando que dudo de hasta mandársela a mi agente porque no quiero que se me ponga la cara roja de la vergüenza...

Es que, no sé, pero es una novela que me deja hecho polvo. Creo que me he centrado tanto en los sentimientos, llamémosles, negativos, que al final, dios, qué depresión. Sé que los personajes son interesantes, a mí por lo menos me gustan, pero no sé si algún lector podría acabar interesado en alguno de ellos, por eso precisamente que he comentado, creo que me he cebado demasiado en la parte negativa. Pero es que quería hacer algo tan diferente a CarPa o Tormenta que no se me ocurría otra cosa más que esta novela (¡drama! ¡drama! ¡he usado la palabra cosa!).

Y no todo es negativo, no. Creo que la segunda y la tercera parte (que componen la mitad de la novela) son bastante mejores que la primera, lenta hasta el sufrimiento pero necesaria hasta la saciedad. Necesaria precisamente así, lenta, para que se note el contraste. Me gusta el final. Creo que, dadas las circunstancias, no podía haber sido otro. No estoy muy seguro de la evolución del personaje que acaba siendo catalizador de ese final, precisamente, pero no sé si es porque yo todavía estoy muy metido en la historia. Tampoco estoy seguro de dos o tres puntos de la novela donde he dejado los acontecimientos muy en el campo de la casualidad y quizá eso denota un poco de vagancia por mi parte. No estoy seguro de que se distinga una de las tres voces narrativas. Dos de ellas están claras, pero hay una tercera que está oscura, que se mueve por entre las otras dos (claro, que a lo mejor es necesario que sea así, opaquilla). El narrador de la segunda parte, aunque me encanta haberlo utilizado, puede dar lugar a demasiados interrogantes por parte del lector...

Soy un mar de dudas andantes. Ya he corregido la primera y la segunda parte, que al fin y al cabo fueron escritas hace casi un año y creo que dejaré pasar un tiempo antes de ponerme con la tercera, aunque tengo la sensación de que me ha salido mucho más fluída y directa (en cuanto tuve claro el final, me salió rodada). Así que no sé qué hacer. Como le dije el otro día a mi agente, me daba mucho miedo que la novela fuera un truño y que toda la confianza que la agencia había puesto en mí se fuera al garete. Aquí entre nosotros, ahora que no nos escucha nadie, desde que tengo uso de razón, mi miedo más atroz ha sido el de decepcionar a los demás, así que lo llevo claro si me quiero dedicar a esto porque siempre decepcionarás a alguien, pero, bueno, os hacéis una idea.

Así que, no sé, hoy me dedicaré a dormitar por este dolor de cabeza punzante y cabronazo y mañana será otro día (esta noche voy al Mercader de Venecia, que estamos en pleno Festival de Teatro Clásico de Cáceres y siempre es estupendo ver una comedia de Shakesperare en medio del entorno medieval de mi ciudad. Aunque los muy cabrones me han hecho tener que elegir entre esa y Mucho ruido y pocas nueces. Qué poca vista a la hora de poner las fechas de las obras, narices).

Y, bueno, ahora que lo pienso, mañana no será un día cualquiera , porque es día 15 y ese es el día que Adhara y yo nos hemos propuesto para comenzar nuestro NaNo deVerano. 20.000 palabras en un mes. ¿Alguien se apunta?

PD: En otro orden de cosas, he empezado a leer La Puerta Oscura para ver qué tal estaba y ¿soy yo, que tengo al cerebro con déficit neuronal, o la gramática es un poco oscura -por hacer un homenaje al título de la novela- y enreversada?

sábado, 24 de mayo de 2008

De concursos, premios y ciudades

Primero, lo importante. A día de hoy, vamos, quiero decir que me ha pasado esta mañana, Equilátero es lo más largo que he escrito nunca, superando en mil palabras la longitud de CarPa. Qué curiosidad me da saber hasta dónde voy a llegar. Al menos ya sé dónde voy a llegar porque hasta hace escasamente unas semanas no tenía la menor idea de cómo iba a ser el final. Al fin y al cabo, la novela trata de un triángulo, si hacemos uso de la combinatoria aquella que di en matemáticas de BUP nos salen infinidad de posibilidades, así que por fin, tal y como me había salido la segunda parte y el lugar hacia el que habían derivado los personajes lo he tenido claro: ese tiene que ser el final y no puede ser otro (cómo me doy ínfulas de misterio, ¿eh?). Ahora bien, cómo llegue a ese final, esa es otra historia e imagino que me dará ganas de tirarlo todo a tomar por culo y quedarme más ancho que Pancho (Pancho, ¿lo recordáis? Mi gorila, que ya ha crecido).

Además, mientras tanto y sin darme cuenta, la novela juvenil ha ido creciendo y ya he escrito la primera parte de un total de cuatro. Me está pasando algo con esta novela que no me pasaba desde CarPa y es que estoy realmente enganchado. Me gustan los personajes, me gusta la ambientación me gusta la sensación que me está dando de estar escribiendo exactamente lo que quiero decir y que apenas me cueste y estoy deseando seguir para saber qué pasa, igual que si la estuviera leyendo. Cómo se nota que esta sí que la tengo clara. Al menos su estructura interna. No sé cuál acabaré antes si sigo a este ritmo. Y me encanta no saberlo. Claro que no sé dónde leí hace poco que alguien dijo que pobres lectores que leyeran algo que había hecho disfrutar al escritor... y no sé si estar de acuerdo o completamente en contra. Supongo que me abstendré. Por ahora.

Y ahora vayamos al grano porque la verdad es que el tema es gracioso pero desagradable. Vamos, no desagradable en sí, sino por lo que me ha hecho sentir. Veréis, en noviembre gané el primer premio de jóvenes artistas de la ciudad de Cáceres. Fue un premio para empezar que no esperaba y que, por otra parte, me hizo mucha ilusión porque eso de ser profeta en tu propia tierra no es algo fácil.

Pero claro, ahí está el tema: mi propia tierra. Y mi propia tierra no se ha caracterizado nunca por funcionar a la perfección. Para empezar no hubo entrega de premios. Primero nos convocaron para un día y después nos llamaron para cancelarlo hasta nuevo aviso. Aviso que todavía no ha llegado y me consta que, evidentemente, no se realizará porque está a punto de salir la convocatoria del certamen del 2008 y sería un poco ridículo que ambas celebraciones coincidieran en el tiempo. Y qué queréis que os diga, los aplausos me ponen. Quería mi ración de aplausos. Cada uno tiene su fetiche, ¿no?

Y luego está el premio. Premio que todavía no he cobrado. Aunque pueda parecer lo contrario, el dinero del premio no es algo que me importe. Afortunadamente no escribo para sobrevivir económicamente (sino que lo hago para sobrevivir de otras maneras) y todo dinero extra que venga a través de la escritura es eso, extra e inesperado, así que, no sé, no me ha preocupado (y sigue sin preocuparme) el no haber cobrado el premio (tanto mejor, que si lo tengo me lo gasto ipso facto, dios, no tengo un duro ahorrado y llevo dos años de furcionario).

El caso es que en marzo estaba por la concejalía de juventud de mi ciudad para hacerme carnets y ese tipo de cosas que hace uno antes de salir de viaje y me dio por preguntarle al responsable. El responsable de la concejalía, muy azorado y servicial, todo sea dicho, llamó inmediatamente a quien tuviera que llamar para informarse del tema. Le dijeron que cobraríamos la semana siguiente y yo me dije: "mira que bien, dinero extra para Escocia" y me fui de allí tan contento.

Evidentemente no cobré.

El otro día fui de nuevo al ayuntamiento porque gracias a mi hermano resulta que era un moroso que llevaba dos años sin pagar el impuesto de circulación (nunca le encarguéis nada a vuestro hermano pequeño) y como yo entregué toda la documentación que me requerían para el premio en el mismo sitio donde tenía que pagar mi deuda, pues aproveché y pregunté. Je.

Nadie sabía dónde estaba mi expediente.

Me enviaron a otro departamento (no pude evitar recordar la película de Asterix y las doce pruebas) y allí que me presenté yo con mi cara de niño bueno (experto en ponerla después de ensayar doce horas diarias delante del espejo) y una señora me atiende diciéndome: "buenos días, que sepas que no tengo un buen día". Me encantó, la verdad, agradecí mucho su sinceridad.

Si queréis que os diga la verdad, yo me caliento enseguida y me pongo bastante borde y ácido. pero eso me pasa con las cosas que realmente me importan, como en el instituto, por ejemplo, o yo qué sé, cuando tengo que levantarme temprano y no me apetece ir a clase, que solo me falta escupirle a mi reflejo en el espejo después de las parrafadas de odio eterno y deseo de destrucción que le echo.

Así que me comporté muy tranquilamente y cordial. Es un premio. No iba a hacer un drama ni montar un pollo en el ayuntamiento porque llevarme un sofocón por un premio que encima he ganado pues como que me da cortocircuitos cerebrales, la verdad. Total, que me mandaron otra vez a la planta de abajo, desde la que me enviaron a la cuarta planta y de ahí vuelta a empezar a la primera. Evidentemente, yo ya me reía, pero no estaba dispuesto a seguir perdiendo el tiempo, que es lo más valioso que tengo.

Llamé a la concejalía y pregunté si el responsable sabía algo. De nuevo se mostró muy sorprendido y blablablabaquevergüenzablablabla y tal. En fin, que yo no voy a perder mi tiempo ni voy a montar un drama por algo que se supone que tiene que ser agradable.

Pero no creáis, que lo que me preocupa no es esto. Es que mi ciudad se presenta a Ciudad Europea de la cultura para el año 2016 y la gente está convencida de que vamos a conseguirlo. Sí, claro, seguro (dicho con toda la ironía del mundo). Solo hay que ver la importancia que le dan a los artistas de la ciudad, al premio que lleva su nombre y a demás cosas que ahora mismo no vienen a cuento pero que dejan a mi ciudad a la altura del betún (como, por ejemplo, el escaso presupuesto de la feria de libros, por poner un ejemplo que no se salga del tema). Es una pena, pero así es la ciudad en la que vivo.

Qué entrada más descafeinada me ha salido, ¿no? ¿Será que estoy nervioso por Eurovisión? O porque hoy es Sábado y me merezco el gintónic que pedía dos entradas más abajo y que compartiré con Joaquín por hacer que saliera de dudas y me ratificara en mi petición desesperada por el uso de la palabra fomento en lugar de fomentación (a no ser que quiera utilizar los libros a modo de paños mojados cuando entra la fiebre, que todo es posible, oiga).

miércoles, 23 de abril de 2008

Obsesiones

Últimamente a la hora de ponerme a escribir hay un tema que me obsesiona más de lo normal. Concretamente desde que me puse a escribir Equilátero (esta novela me está trayendo más quebraderos de cabeza de lo que imaginaba en un principio. A todo esto, estoy a cuatro capítulos de terminar la segunda parte).

Cuando me puse a escribir la novela me dio la sensación de que mi vocabulario era una mierda. Un tema que me obsesionaba (si titulo esta entrada obsesiones es por algo) era la contención. Por el tipo de historia que cuento, hubiera sido muy fácil para mí haber caído en el melodrama (no quiero decir que no haya caído, mucho me temo haberlo hecho) y quería ser lo más aséptico posible. Mucho más teniendo en cuenta que la novela estaba contada desde tres puntos de vista diferentes. En uno de ellos, quizá, podría haberme permitido un poco de melodrama y dramatismo, pero no en los otros dos, porque, para empezar, no todos vemos las cosas de la misma manera y, bueno, en fin, para eso están los tres puntos de vista, ¿no?

Pues lo dicho, al obsesionarme con la contención, me obsesioné con las palabras. Pero no, no os confundáis, que esto no es un alegato panfletista porque hoy es el día del libro. Me refiero a que me obsesioné de verdad. Intento que el Mounstro (como lo llama Ruth), ese crítico interior insobornable que todos llevamos dentro, no se apodere de mi persona mientras lo hago. Y, de alguna manera lo consigo. Cuando llevo un rato escribiendo y me meto en la historia, son las voces de los personajes las que me hablan y pisotean la suya.

Es luego cuando releo lo que he escrito cuando me doy cuenta de lo que os he dicho un poco más arriba acerca de mi vocabulario. Odio la palabra cosa, la palabra extraño y muchas otras más de las que ahora mismo no me acuerdo pero que generan en mí un sentimiento tan rabioso que me dan ganas de apretar los dientes y dejar de respirar. Ea. Porque uno es así de maduro.

Para paliarlo uso el Casares o el de Fernando Corripio pero aun así me siento atado de pies y manos. Impotente. Me da la sensación de que cada palabra que uso es transparente, está vacía, que no dice nada.

Supongo que es por eso por lo que no me gusta escribir cuentos. Lo hago, sí, porque generan satisfacción a corto plazo y porque hay historias que no pueden contarse de otra manera. Pero eso no quiere decir que me guste hacerlo. En un cuento, tal y como yo lo entiendo, no puede sobrar ni puede faltar una sola palabra. El estilo, por su brevedad, queda mucho más patente, es mucho más evidente que en otro tipo de texto en prosa. Un cuento tiene que retumbarte en los oídos, en las retinas. Para que me guste un cuento tengo que sentir que está perfecto, que está hecho con conciencia de historia y de estilo. Por eso me cuesta tanto hacerlos. El Mounstro está mucho más despierto cuando escribo un cuento que cuando estoy con una novela. Con la novela me da la sensación de que es mucho más fácil engañar a los lectores (tan listo que me creo que soy) porque la obra es más amplia y a veces trozos tediosos son necesarios (bueno, realmente no, pero es como yo me consuelo).

Y ya no solo son las palabras. Hoy mismo leía que los críticos, entre otras cosas, han puesto verde la nueva novela de Ruíz Zafón (no he leído ninguna de este autor, por lo que no puedo opinar, pero mi sentido común me dice que aparte de toda la propaganda comercial, publicitaria y de márketing, algo bueno tiene que tener para que le guste a la gente, ¿no? No creo que todo el mundo sea tan tonto, ¿no?) porque en ella encontramos escrita cosas como "ojos inyectados en sangre" y entonces yo me he puesto a revisar y he visto dos pares de ojos inyectados en sangre en mis dos novelas para adultos y, no sé, me ha dado la sensación de que ha vuelto a quedar patente mi obvia falta de vocabulario porque yo no sé decir esa expresión de otra manera que no sea esa, y para eso sí que no hay diccionario que me salve.

sábado, 5 de abril de 2008

Después de la tempestad, pues viene la calma. ¿Qué si no?

Algo dolorido por las collejas virtuales traducidas en comentarios por la última entrada, Fer sale al escenario y saluda (los aplausos le ponen, así que ya sabéis). Le crujen los huesos. No es de extrañar. Ha recibido golpes. Pero de los buenos.

La verdad es que os tengo que decir que, tal y como os anunciaba en el título, el drama se me pasó al día siguiente. No sé qué tiene acostarse, dormir y despertarse, pero siempre me ha pasado que después de una noche, todo parece volver a su cauce y el Everest del día anterior se convierte en un mero granito en el culo que es molesto, sí, pero para el que tienes las armas necesarias. Que como muy bien decíais, para este ejemplar perteneciente al Himalaya debido al nivel de dramatismo de mis palabras, no era más que hacer lo que más me gusta hacer.

Además, que me salió de forma natural. En estos días escribí un cuento para el que llevaba casi un año atascado, corregí un par de cosas, pasé a limpio lo que escribí de Equilátero en Escocia (también me cagué en mis propios muertos porque no tenía ni idea de qué había escrito, mi letra en un avió resultó ser de lo más molesta e ininteligible. Así que más que pasar a limpio, reescribí fiándome de mi intuición. Porque esa es otra, se me había olvidado completamente qué quería decir cuando escribí lo que escribí, y eso que recuerdo perfectamente la sensación de excitación porque estaba inspirado y en el avión, ese receptáculo pequeño lleno de gente que pasa de ti y en el que estás un tiempo exacto, ni más ni menos, me entró un subidón de adrenalina que tuve que traducir en palabras, porque encajaba con la escena), hice un capítulo más (no, no os alegréis tanto, que los capítulos de la segunda parte, como quiero que parezcan a tiempo real, solo tienen una o dos páginas) y organicé lo que quiero hacer a partir de ahora.

Y eso sí que me dio adrenalina.

Me gusta el verano. Sí, soy una de esas personas extrañas a las que el verano no le recuerda a sábanas pegajosas y síndrome apático. No, a mí me recuerda a tardes enormes, a terracitas, a tinto de verano, a Tiempo con mayúsculas y a libertad. El verano me recuerda a mi infancia, a horas interminables de juegos diferentes, a mis primos, al pueblo de mis padres (en todo eso se basa Tormenta de verano, por cierto) y no es de extrañar que, siempre, en verano, lo que me apetezca es escribir algo infantil o juvenil. Tormenta surgió de la nada y acabé escribiéndolo en esos dos meses.

Como ya os he contado, la crisis del año pasado se resolvió a través de escribirla. Soy una persona dormilona. Bueno, no mucho, como dirían en una película que ya no me acuerdo: lo normal. Me gusta dormir, pero me gusta madrugar. Y recuerdo que cuando estaba escribiendo CarPa me despertaba sobresaltado, miraba el reloj y me levantaba temprano (bueno, a ver qué es temprano para vosotros, para mí, temprano es las nueve de la mañana de un sábado o de un día de vacaciones) para escribir. Esa sensación, la de un buen desayuno, un café cargado y la mañana entera, el tiempo por completo, en mis manos, para mí, para hacer lo que quería no tenía precio. Como comprado con la Master Card, vamos.

Pues eso me pasó el verano pasado. De pronto, con Tormenta, encontré la motivación para levantarme. Ese hormigueo en la planta de los pies, el cosquilleo en el estómago, esa sensación que hace que abras los ojos de golpe y digas: "tengo que levantarme" reprimiendo una carcajada de excitación.

Y el verano se acerca.

He encontrado una nueva motivación.

*Caution: (hot and sexy) Man at work*

(Postdata: Muchas, muchas gracias por vuestros comentarios, emails, visitas, empatía y catarsis varias. Si al día siguiente la montaña pareció un granito fue en gran parte por ellos. Y por las collejas virtuales, por supuesto. Si en el fondo, cuando digo que soy un masoca, lo digo con todas las letras. Supongo que fue por vuestras collejas por las que vomité la entrada y me quedé más ancho que Pancho. No dudéis en dármelas cuando creáis que las necesite porque realmente las necesitaré)

martes, 11 de marzo de 2008

Imperfecciones I

A veces, cuando estás escribiendo una novela, te encuentras con que hay un personaje que destaca más que el resto, no por su función en la historia (porque en mi caso, teóricamente y si lo estoy haciendo bien, su función es la misma que la de los demás) sino porque, de pronto, hace algo, piensa algo, se transforma en algo y te deslumbra.

Si encima eres alguien a quien le gustan los excesos, que adora las imperfecciones y que, otra cosa no, pero hacer sufrir a sus personajes es algo con lo que disfruta mucho mucho más cuando lo hace de forma cómica), ver cómo salen airosos de esas pequeñas, llamémoslas, putadas (sin las que, para qué nos vamos a engañar, no habría historia), y se superan a sí mismos es algo que me encanta. Ver cómo sin ser perfectos y siendo conscientes de sus limitaciones se las arreglan y se las ingenian para darme por culo y subirse en el pódium es algo por lo que pagaría.

Aparte de exagerado y contradictorio soy masoca, ¿qué le vamos a hacer?


Me pasó con Carlos en CarPa, que hacía que estuviera enganchado a mi propia novela porque por más putadas que le hacía, el cabrón sabía cómo salir del paso (con mucho dramatismo, ironía y un poco de pateticismo, pero salía. Y yo me reía horrores). Lo mismo también me ha pasado con Patrick, uno de los tres protagonistas de Equilátero.

Querer a un hijo tiene que ser increíble de grande. No lo sé porque no tengo ninguno y, sinceramente, ni intenciones de que eso ocurra, pero tiene que parecerse a esto de querer a un personaje, digo yo. Los quieres primero porque son tuyos. Y después porque dejan de serlo en cierta manera.

Fue lo que me pasó con Carlos en CarPa, que de alguna manera me cayó tan bien, que me gustó tanto su visión del mundo y, sobre todo, cómo la contaba, que acabé queriéndole como si fuera alguien de mi familia. Solo que no. Es algo diferente, pero creo que querer a un personaje tiene que parecerse mucho. No sé. Digo yo.

A veces es un riesgo que tienes que evitar que ocurra. O, al menos, tienes que ser muy consciente de que te ocurre para no ceder a tus instintos y darle más protagnismo que el que debes darle.

De todas maneras, no me pasa con todos mis personajes, cla
ro. Bueno, con CarPa creo que sí, pero es que para mí fue imposible no cogerle cariño a esa panda. Creo que en gran parte es por eso por lo que me gustaría que se acabara publicada. Por ellos, es como darles el don del nacimiento o algo parecido.


Pero, en fin, ahora quien es el objeto de mis pasiones creativas es Patrick. Tengo que reconocer que, al principio, ponerme detrás de su punto de vsita resultaba agotador, yo no tengo tanta energía ni de coña, pero luego ha sabido ir conquistándome y es el personaje que más me ha sorprendido de los tres. Quizá por ser el más imperfecto. Y no solo eso, porque Elisa y Allan (los otros dos protagonistas) también lo son, y mucho. Pero Patrick es consciente, juega con esa imperfección, le saca partido, se regodea en ella y no le importa. Es más, la potencia. Eso me gusta, me ha sorprendido en bastantes ocasiones. Y encima luego cambia. Sigue igual, pero cambia. Adoro el cambio que se produce en él y cómo se aprovecha de las circunstancias. Por supuesto que no creo que sea buena persona (¿Alguien es buena persona en Equilátero?) pero desde luego sí que le convierte en el personaje más atractivo.

Tenía muy claro cómo era antes de comenzar la novela. De hecho, durante el verano pasado, para irme acondicionando, les hice una entrevista enorme a cada uno. Fue muy divertido, y además aprendí mucho porque como la novela está contada desde los tres puntos de vista en primera persona, aprendí a ver cómo hablaba cada uno, cómo se expresaba y en qué cosas se fijaba. En la novela digo constantemente que si Patrick tiene miedo a algo, entre otras cosas, es a crecer. Sabía de la existencia del complejo de Peter Pan, por supuesto, pero imaginaos cuál sería mi sorpresa cuando, a mitad de noviembre, durante el NaNoWriMo,cuando llevaba más o menos la mitad de la primera parte de la novela, me encuentro con esto en la wikipedia:

El complejo de Peter Pan se caracteriza por inmadurez o por ciertos problemas psicologicos, sociales y sexuales. El tipo de personalidad en cuestión, normalmente masculina, es inmadura y narcisista. Mucho más, las características de un "Peter Pan" incluyen atributos tales como irresponsabilidad, rebelión, carácter explosivo, dependencia, narcisismo, manipulación y la creencia de estar por encima de las normas.

No os podéis imaginar la cara que puse. Esas y exactamente esas eran sus características. Las que yo tenía pensadas y las que fueron surgiendo a medida que iba avanzando con la novela, como si así tuviera que ser y no pudiera ser de otra manera. Para qué engañaros, fue uno de esos momentos en los que uno cree que lo está haciendo bien.

Duró poco, no os asustéis.

Así que si el otro día estaba hablando de lo que me gusta la imperfección en mis personajes, ya os podéis hacer una idea de hasta dónde llega. Escribirle creo que es una de las experiencias que más me están gustando de la novela. Lo que también me está costando mucho y me está generando mucho sufrimiento, para qué nos vamos a engañar. Sobre todo por el desgaste emocional y mental que me produce. Supongo que, en parte, es por eso por lo que cojo la novela con cuentagotas.

Tengo que volver a hacerlo, ya vale de excusas.


No me gusta pensar que fui un rebelde sin causa porque a pesar de la imagen que daba no lo era. En absoluto. Ni siquiera creo que supiera lo que era ser rebelde. Era un adolescente pagado de sí mismo que pensaba que, con sólo chasquear los dedos, podía tenerlo todo. Me quería mi familia, me querían mis amigos, era admirado en el colegio, tenía a las chicas que me daba la gana con sólo mirarlas y hablarles un rato. Sentía que nada costaba trabajo. Ni siquiera las notas. Creía, y efectivamente era así para mí, que todo era muy fácil. Si hubiera querido rebelarme ante eso, habría estado absolutamente gilipollas.
(Patrick. Capítulo 2. Equilátero - 2007)

(En la foto, Jonas Armstrong, el actor que elegí para encarnar al personaje y así ayudarme en sus descripciones físicas. Pero no soy yo quien tiene que hablar de castings mentales y del método y de lo que ayudan y de lo que nos gustan y de todo lo demás. Es una entrada que nos debe Adhara y para lo que este paréntesis funciona: es una directa en toda regla)

viernes, 29 de febrero de 2008

Pequeñas grandes tragedias

La duda me embarga, me corroe. No puedo dormir, no como, no respiro, no vivo, no trabajo, no follo,. Y todo porque no puedo dejar de pensar, porque soy un drama andante, porque dudo, porque soy un diagnosticado intolerante a la incertidumbre. Y como no la tolero, pues tengo que pensarla, que masticarla, que comérmela para ver si se convierte en certeza y puedo volver a mi vida.

Creo que no sé qué es lo que no me gusta de Equilátero. No, no me entendáis mal. No quiero decir que Equilátero no me guste. Menuda mierda sería tener que escribir una novela de la que llevo doscientas y pico páginas y solo voy por la mitad sin que me gustara. Como ya sabéis, a mí me va lo del placer, así que muy probablemente habría dejado que se pudriera entre los documentos del word y los cuadernos sin usar porque, en fin, ¿para qué hacer algo que me aburre cuando el objetivo de hacerlo es divertirme? Pues eso, lo dicho.

No, es simplemente que hay algo de la novela que, como escritor, creo que me echa para atrás y hace que me cueste mucho ponerme. Que luego disfrute haciéndolo, sí, pero que el momento del pre-, me dé una pereza horrible y encuentre mil excusas para no hacerlo.

Cuando hice la carta de presentación de CarPa, creo que puse algo así como que CarPa iba de esas pequeñas grandes tragedias, que eran (y siguen siendo) las que, en definitiva, más nos preocupaban. Creo que no he sido del todo consciente de la verdad y del alcance de mis palabras hasta que he aderezado mi existencia con un poco de drama acerca de mi nueva novela.

En Equilátero no hay pequeñas grandes tragedias, hay un tragedión que ni los griegos serían capaces de igualar. O al menos así es como yo lo veo, que tiendo a exagerarlo todo por costumbre. CarPa iba de personas normales (o al menos eso traté de hacer ver. Normales, además, no es la palabra. No es, de hecho, una palabra que me guste en absoluto, pero creo que os hacéis a la idea de lo que quiero decir, ¿no?) que sufrían de cosas por las que, seguramente, hemos pasado todos. Ese era uno de los objetivos de la novela: que todos y cada uno de los lectores sintieran en alguna de las páginas esa sensación tan conocida de "¡hey! ¡esto yo lo he vivido o lo he pensado!"

Con Equilátero no. No digo que los tres personajes principales de la novela no sean normales. Son normales, si entendemos esta palabra como, por ejemplo, "no extraterrestre, no mitad anfibio mitad humano o algo así". Lo que ocurre es que, bueno, digamos que sus circunnstacias no lo son tanto. Dudo que alguno de nosotros tenga tanto dinero como tienen ellos. Cosa que es importante, porque uno de los temas que quería tratar era cómo la posesión que no lleva ningún esfuerzo detrás puede que nos deshumanice. O algo así, vamos.

Y creo que ahí está la clave. Son tres personajes extremos. Me agotan, me cansan, me cuesta mucho ponerme como escritor en sus pieles y actuar como ellos actúan. Son muy diferentes a mí, me atraen y les cojo manía a cada rato y eso termina por cansarme. Siendo humanos, a veces parece que no lo son y, aun así, yo creo que está justificado, que precisamente por no serlo, lo son todavía más.

Pero me da igual, el caso es que me agotan y que estoy escribiendo algo que a veces siento que se me escapa de las manos, que no controlo. Y entonces me frustro, y como me frustro, me agoto y como me agoto, necesito descansar y como descanso pierdo el hilo, y como pierdo el hilo, tengo que volver a recuperarlo, y eso lleva su tiempo. Además, cuando lo recupero, vuelvo a tener dudas y vuelta a empezar.

Con CarPa no me pasaba, iba fluido. Sí que tenía mis períodos de sequía, pero luego descubrí que era porque se iba gestando un nuevo episodio en mi cabeza. La verdad es que incluso cuando no escribo estoy escribiendo, gran parte de lo que acabo poniendo sobre el papel lo he visto primero en mi cabeza, lo he masticado, lo he pensado. Hasta que no tengo muy seguro el paso que voy a dar, no lo doy. Salvo honrosas excepciones, como esta segunda parte de Equilátero, que por sí misma me está guiando y me está sorprendiendo y, la verdad, estoy disfrutando aunque ahora haya tenido que dejarlo unos días por la intensidad.

Porque es eso, narices. ¡qué intensos son estos tres jodidos personajes! ¡por dios, cómo lo viven todo, con qué intensidad, y encima contado en primera persona! Si es que me agoto. Carlos era cansino, los que habéis leído CarPa lo sabéis, pero tenía ese punto irónico y sarcástico que tanto me gusta y que era lo que realmente me movía a seguir escribiendo, que Carlos era muy consciente de sus propios errores y limitaciones, se reía de ellos (después de dramatizarlos un montón, claro) y después trataba de superarse. Carlos, quizá por ser el primero, siempre será el personaje que más me guste. Aunque, tengo que reconocerlo, Patrick de Equilátero y Blanca de Tormenta de Verano, se le acercan también.

Así que es eso, estoy cansado de dramas. De dramas de los de verdad, me refiero, no de pequeñas grandes tragedias. Me agotan, me drenan, me adormecen. Nunca sé si lo que estoy escribiendo es real o no, dudo de si estoy siendo fiel al contrato entre el lector y yo mismo, si los acontecimientos (por muy exagerados) son lógicos y responden a un sistema de causa-efecto dentro del cosmos de la novela y estoy deseando terminarla, ponerle punto y final, saber hasta dónde he llegado y respirar tranquilo. O no.

Lo que tengo claro es que volveré a las pequeñas grandes tragedias de todos los días con Buskers, el argumento que me traje de Londres. Cosa que es curiosa, si me lo hubieran preguntado antes de dedicarme a la escritura de forma más o menos profesional hace unos cuantos años, nunca habría pensado que ese fuera el género en el que más a gusto iba a encontrarme.

Por ahora.

miércoles, 2 de enero de 2008

La suerte de tener una amiga ilustradora

Dice que va a parecer que me paga o algo parecido porque siempre la estoy citando, pero ¿qué le vamos a hacer si ella fue la que me metió en esto?

Como uno es práctico ante todo y a veces la imaginación la tiene atrofiada y además concebí CarPa como una telecomedia en la que la imagen era muy importante (fijaos qué pedante puedo sonar y todo, si en realidad yo comencé como un juego, qué voy a concebir y concebir yo. Lo que pasa es que me gusta darme aires y echarle rollo a la cosa, que a veces tan solo se trata de eso) adopté la idea de Adhara de hacer castings para mis personajes, con lo que así me ahorraba las descripciones mentales. Si hacía un casting, ya tenía la imagen en la cabeza, incluso podía tener movimientos, expresiones, tonos de voz... me ahorraba tiempo y quebraderos de cabeza. Además, yo no lo sabía por aquel entonces pero tenía una imagen muy clara de mis personajes que, efectivamente, se correspondían con actores, aunque los hubiera visto en alguna película o serie de hacía mil años y de la que ya me había olvidado. Otro día hablaré del casting y de los problemas que puede dar después, porque hoy no es el día. Hoy vengo aquí a hablar de mi libro de las ilustraciones de mi amiga Poggy, a la que tuve la suerte de conocer en Italia este verano y quien hizo de guía estupenda por la ciudad de Venecia.

Y quien me hizo estos tres regalos. Hablan por sí solos:

Episodio 14: El de la camisa

[...] Me levanto de un salto al ser consciente de que tengo que abrir, aunque todavía no haya bajado de mis nubes, pensando que es alguno de mis compañeros. Recojo la bufanda del suelo y me la pongo, notando la humedad sobre mi espalda. Sin mirar quién es, abro la puerta para después darme la vuelta, dar una fuerte calada al cigarrillo, avanzar a zancadas hacia el sofá y sumergirme en mis pensamientos otra vez.

CarPa
© Fernando Alcalá. 2006



Episodio 20: El de CarPa

[...] --CarPa… --dije en alto mirándole a los ojos. No hacía falta decir más porque nuestros nombres lo decían por sí solos. Allí, delante de la carpa del circo era donde teníamos que estar. Fuera no había nada y, aunque lo hubiera, nos daba igual porque nos teníamos el uno al otro-- CarPa… --repetí. ¡Curiosa combinación la suya y la mía! Y es que Paula tenía razón, la vida no era más que un espectáculo y nosotros dos éramos los artistas principales. Noté cómo mi pulso se aceleraba cuando ella me abrazó de nuevo.

Tenía que besarla.

CarPa

© Fernando Alcalá. 2006


[...] Imaginé que nuestra vida podía ser así, que podíamos hacer que funcionara. ¿Por qué no? A Elisa le gustaba yo, y ella a mí no me desagradaba y estaba empezando a caerme bien. Seguramente a ella tampoco le desagradara Allan del todo. Si hubiera sido así, no habría estado tanto tiempo con nosotros y no le hubiera reído sus gracias tan a menudo. Y yo sabía que a Allan le gustaba ella. Por mi parte yo creía que no tenía que ser muy difícil gustarle a él, si no de la misma manera que a mí me gustaba, sí de una manera parecida.
Equilátero
© Fernando Alcalá. 2007



Es increíble cómo Poggy capta exactamente lo que quieres decir sin que apenas se lo expliques, cómo sabe dar con los colores, con la expresión, con la imagen exacta de lo que tenías en tu cabeza. Es increíblemente genial tener una amiga ilustradora. Su arte deriva del talento. Y cuando hay talento, sobran las palabras.

miércoles, 12 de diciembre de 2007

Drama por los cuatro costados

Yo creo que para mí no hay mayor crisis que el aburrimiento.

Lo proclamo a los cuatro vientos: estoy aburrido. Y si yo me aburro, no puedo evitar pensar que aburro a los demás, y si aburro a los demás acabo cayendo en la crisis; y si caigo en la crisis (oh, drama drama drama) acabo aburriéndome porque no escribo, y si no escribo me da la sensación de que pasan los días sin que yo haga nada de provecho, de que paso por la vida de puntillas y acabo quedándome en el espectro gris de esta y me amargo porque no quiero ser gris.

Además estoy atascado (¡más drama!). No preocuparse, que diría mi abuela, que voy al water regularmente (las enseñanzas de José Coronado nunca fueron más útiles). Estoy atascado de verdad, sí. O a lo mejor voy cuesta abajo y sin frenos, no lo sé, porque dependiendo de la hora tengo una sensación u otra. Uno que es así de esquizofrénico.

Estoy atascado o desfrenado porque ando trabajando en el esquema de la segunda parte de la novela que empecé en noviembre y lo único que veo son trabas por todos los lados. ¿Cómo coño voy a usar el jodido narrador que quiero usar, teóricamente un narrador testigo pero que quiero que acabe sabiendo más que un testigo porque fue personaje principal en la primera parte? (lioso, ¿eh?) No lo sé, pero quiero. ¿Qué papel tiene la chica en cuestión si casi durante toda la primera parte se dejó arrastrar por los acontecimientos y quedamos en que ya no lo haría pero vuelve a ser tan cansina y pava como en la primera parte? No lo sé, pero tengo la sensación de que hará algo importante. ¿Cómo? Ah, amigos, del cómo no tengo ni idea. ¿Por qué coño escribo de gente que se pasa el día haciéndose putadas si normalmentea me siento culpable si suspendo a un chaval o mato una mosca? (si mato una araña lo que me da es miedo, porque siempre imagino que vendrá la mamá de la susodicha a comerme mientras duermo) No lo sé, pero quiero hacerlo.

Lo que yo digo, o atascado o cuesta abajo y sin frenos porque no sé dónde acabará la cosa, ni siquiera sé si acabará y no me decidiré por guardar los apuntes en el congelador y pasar a otra cosa, mariposa (mariposa, que no araña). Y mientras tanto, mi agente no me llama.

Qué difícil es ser yo, que diría con acento argentino (más drama).

sábado, 1 de diciembre de 2007

NaNoWriMo 2007

El jueves por la tarde conseguí mi primer NaNoWriMo después de cuatro años intentándolo. ¿Que qué es el NaNoWriMo? Míralo por ti mismo:


¿Escribir 50000 palabras en treinta días? cuando la peor influencia del mundo (gracias, Adhara) me invitó a punta de pistola amablemente para que participara con aquel proyecto de novela que tenía desde hacía mil años pero con el que nunca me había puesto, mi primera reacción fue reírme. Sí, sí. A carcajada limpia. Yo. Una novela. En un mes. Sí, seguro. Y los monos bailarían claqué haciendo malabares con tartas mientras tanto.

Pero el caso es que lo hice. No llegué a las 50000 palabras y no gané aquel año, el 2004, pero llegué a las 30000 y aquello no hizo más que encender la mecha. Terminé al año siguiente la novela, era CarPa, y aquel mes en el que no pensé en otra cosa que en escribir fue uno de los más felices de mi vida. Si me vierais, tenía yo el cutis tan suave por la felicidad... Incluso a pesar de la falta de sexo, que había que emplear todos los esfuerzos en conseguirlo y cualquier distracción podía ser nefasta.

Nunca podré estarle más agradecido porque me hizo darme cuenta de que yo también podía hacerlo, que escribir solamente tenía un truco: ponerse a hacerlo, casi diría más, obligarse a sentarse a hacerlo. Y el NaNoWriMo te da la excusa perfecta.

Además escribir es algo un poco solitario. Al fin y al cabo, te sientas delante de la pantalla, o de las hojas del cuaderno e incluso te aíslas (como es mi caso) con los auriculares y la música (bueno, tengo que reconocer que a veces los tengo apagados, pero es la única manera que tengo de hacer como que no escucho a la gente que me habla en la sala de profesores del instituto mientras leo o escribo). ¡Pero no en noviembre! ¡En noviembre, tu abuela, tu primo, tu tío e incluso tu perro puede hacerlo! Podéis hacer guerras de palabras, podéis apostar a que el que no llegue a 17000 antes del sábado saldrá por la noche desnudo gritando por la calle. Podéis leeros mientras no escribís. Y todo eso lo haces sabiendo que miles, millones de personas alrededor del mundo lo están haciendo a la vez que tú.

Así que este año me lo propuse firmemente, llegué al 31 de octubre con mi esquema bien organizado. Sabía qué tenía que poner y adónde quería llegar. Solo tenía que ponerme. Y el día 1 a las 9 de la mañana lo hice. No paré hasta el día 29 por la tarde cuando llegué a 50133 palabras, justo en el final de la primera parte de mi novela. Justo como había planeado. Como diría Hannibal Smith, adoro que los planes salgan bien.

Claro que yo no iba a saber el desgaste emocional que iba a suponer eso, porque solo a mí se me ocurre hacer el NaNo con una novela contada desde tres puntos de vista que no va precisamente de buenos sentimientos ni de alegrías. La última tarde fue horrorosa, de hecho. Sabía que iba a conseguirlo. Al fin y al cabo tenía dos días por delante para poco menos de 3000 palabras, pero algo tuve que hacer mal porque aunque tenía clarísimo qué tenía que pasar era como si yo mismo o mis personajes se negaran a que pasara.

Quizá fue un poco de las dos cosas. En mi vida normalmente evito los conflictos y los enfrentamientos así que imagino que inconscientemente estaba alejando el que tenía que pasar durante la novela. Y quizá, por otra, porque en resumidas cuentas lo que creas durante un NaNo no es una novela sino un borrador, no había dibujado a mis tres personajes tan bien como había creido y por eso se sentían un poco reticentes a hacer lo que yo les estaba obligando a que hicieran.

Al final lo hicieron y di carpetazo con la primera parte de la novela, que por otra parte me ha encantado escribir, dejándome agotado, física y emocionalmente. Porque además las consecuencias de un NaNo también son otras: de pronto, así, de la noche a la mañana, solo por el hecho de que termina noviembre, te sientes como desamparado porque tu motivación para escribir cambia. Ya no se trata de escribir sin mirar atrás ni para coger impulso (¡y mucho menos para corregir! Eso se hace en diciembre) sino de escribir como lo has hecho siempre, y uno pierde un poco el norte.

Así que me encuentro ahora mismo en un mar de dudas porque me pican los dedos y necesito seguir haciéndolo, pero no sé si seguir con Equilátero (la novela en la que he trabajado durante noviembre) o si me pongo con la que pensaba ponerme durante el verano. Reflexionaré estos días y organizaré ideas (espero).

Aunque mientras tanto disfrutaré de la victoria: