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sábado, 14 de mayo de 2011

Mi semana, en jornadas (con sorpresa al final)

¡Señoras y señores! ¡No se peleen! ¡No hagan cola! ¡No hace falta! ¡Hay sitio para todos! ¿Quieren saber cómo se puede morir de estrés? ¿Quieren presenciar en directo cómo un pobre incauto ha tomado decisiones erróneas y se arrepiente minuto a minuto de lo que ha decidido? O, ¡mejor aún!, ¿quieren verle sufrir una muerte lenta y dolorosa de la que ni se percata porque sus sentidos están tan ocupados haciendo miles de cosas mientras ustedes comen palomitas y se regodean en su desdicha porque él, pobre infeliz, ni siquiera tiene tiempo para quejarse (con lo que a él le gusta ser una reina del drama y quejarse cual Scarlett O'Hara a los cuatro vientos)? Pues, pasen, señores. Pasen y vean.

Los lunes, nuestro pobre infeliz, recorre los cien kilómetros que separan su lugar de domicilio hasta su lugar de trabajo y se encierra en el instituto hasta las tres, hora en la que come a trompicones hasta que dan las cuatro, momento en el que vuelve a meterse en el aula hasta las ocho de la tarde, momento en el que vuelve a coger el coche y a recorrerse los 100 kilómetros que le separan de su ansiada cama. Porque es eso exactamente en lo que piensa mientras pisa el acelerador y reza por que la guardia civil no esté por las carreteras en ese momento: en su ducha, en su cama (y en su capítulo de A Game of Thrones, que verá mientras cene pero que no entenderá debido a su agotamiento cerebral).

Los martes, nuestro incauto espécimen de humano, vuelve a recorrerse cien kilómetros, da clases hasta las tres y recorre el camino de vuelta tan solo para encontrarse un hogar destrozado por el desorden, la inmundicia, los platos, sin fregar, la cama sin hacer, el baño sin brillar y la ropa tirada por el suelo gritándole desesperada que haga algo para que recuperen su lustro y esplendor de antaño.

Los miércoles, como cualquier otro miércoles, comienzan para nuestro ejemplar de homo cansadus con sus kilómetros reglamentarios, sus clases reglamentarias y su casual corrección de exámenes. Él no lo sabe, pero se encuentra amenazado de muerte por sus alumnos, que no tolerarán un día más de espera sin conocer los resultados de las pruebas que, de nuevo, el infeliz que nos ocupa, ha preparado entre minuto de tarea y minuto de tarea. Vuelve a casa y se mete de nuevo en clase, esta vez en la UNED, donde es tutor y donde intenta sacar lo mejor de sus alumnos. El examen está próximo. Nadie sabe quién está más tenso. Si los alumnos o el profesor.

Y llegan los jueves, de nuevo recorriendo kilómetros, nuestro caballero de triste figura (porque encima, como casi no camina, los michelines están apoderándose de su cuerpo cual caries malvadas de anuncio de dentrífico) piensa en los exámenes por poner, en las tareas que corregir y en, por supuesto, las clases que también da por la tarde en la UNED ese mismo día, que no ha tenido tiempo de preparar y de la que, por supuesto, aun le quedan varios trabajos por corregir. Se ha enterado de que está amenazado de muerte por uno de sus grupos de alumnos. Traga saliva mientras conduce y se dice que no deberia consentir amenazas de otro grupo pero que, a fin de cuentas, lo de dormir eternamente no suena tan mal en ese momento. Y finalmente da sus clases. Y sale de sus clases y prepara las clases del día siguiente.

Que es viernes. Y como cualquier otro viernes, se levanta con la misma cara que Belén Esteban (pongo este personaje por las visits que suscitará sus búsqueds en Google, claro, no porque mi imaginación esté tan seca que no sea capaz de imaginar un símil más vistoso) sin pasar por maquillaje y piensa que sería estupendo que fuera un viernes de verdad y no un sucedáneo. Porque, normalmente, los fines de semana se los pasa limpiando todo lo que no limpió durante la semana, recogiendo las pelusas que, de pronto, se han empeñado en recibirle cada vez que llega a casa y comprando todo lo que no compró para alimentar su vacía nevera.  y corrigiendo todo (TODO) lo que no corrige durante la semana. Y va al cine. A veces. Solo cuando la película lo merece.

Y este fin de semana tengo que preparar la charla que doy el próximo 19 de mayo en la Biblioteca Pública de Cáceres a las 20:00 horas, titulada Literatura juvenil: tan necesaria como completa y a la que estáis, por supuesto, invitados. Por favor, venid. ¡Que por ahora el único asistente confirmado es mi madre! Prometo que dejaré que me tiréis tomates al final. Incluso aunque os haya gustado. En serio.

Y además, ayer sumé una tarea más a todas las anteriores después de recibir una llamada.

(¡¡Una más!!)

La llamada de mi editor.

Sí, leéis bien.

Me he comprometido a entregar la revisión previa a la edición de Tormenta de verano, mi primera novela infantil, que verá la luz el próximo mes de octubre (¡¡¡ilustrada!!! De verdad, no os miento, ¡¡ilustrada!!) en Ala Delta, de nuevo en Edelvives.

¿A que no os lo esperabais?

(la verdad es que, fiel a la costumbre de no esperarme estas noticias cuando me las dan por estar pendiente de otras veinte mil cosas, yo tampoco)


Sí, seguro que me llamáis avaricioso por quedarme con tantas tareas y deberes cuando debería repartíroslo pero, qué queréis que os diga, pese a sonar egoísta (no, no soy egoísta, ¿en serio no queréis que os regale unos cuantos exámenes para que los corrijáis por mí?) estoy deseando quitarme todo lo anterior de encima, guardarlo en el cajón de "decisiones desafortunadas que jamás volveré a tomar so pena de morir por falta de tiempo libre" y ponerme con el proceso de edición de la novela. Lo haré con el mismo editor con el que lo hice con Ne obliviscaris. Así que la diversión y el disfrute están más que asegurados.

Y ¿lo mejor? No será lo único que publique durante este año. Pero más sobre eso más adelante.

domingo, 29 de junio de 2008

Me muero

Me muero por muchos motivos. El primero: El cansancio (el físico, el psicológico y el emocional). El segundo, pues luego os lo digo.

Me ha tocado ser tribunal de la Oposición de este año. No hace más de dos que me la saqué y ya me ha tocado evaluar cómo lo hacen algunos de mis compañeros de clase. Es agotador, no solo por la carrera a contrarreloj que los señores de las administraciones públicas nos imponen llevar (cobrando una mierda, todo sea dicho) sino porque, perfectito y pefeccionista que es uno, intenta hacer su labor lo más profesional posible y eso conlleva un desgaste de calcio, potasio y azúcares y demás nutrientes cerebrales que me deja turulato para el resto del día.

Pero, ¡oh, condena!, no puedo permitirme estar turulato porque mi chica también está opositando (de otra especialidad, no me seais malpensados) así que, como uno ya tiene experiencia en estas lides, pues le toca ayudar en el proceso. Y sostener en el momento de los bajones. Y animar y llevar la voz cantante cuando toca.

Agotador. No recordaba estar tan cansado desde mi propia oposición. Y lo que me queda. Estoy triste. Animadme.

Porque me muero. Sobre todo eso: me muero.

Me muero porque lo que más me apetece en el mundo es escribir y no puedo ni tengo la estabilidad mental para hacerlo.

Todo un drama, señores.

sábado, 24 de mayo de 2008

De concursos, premios y ciudades

Primero, lo importante. A día de hoy, vamos, quiero decir que me ha pasado esta mañana, Equilátero es lo más largo que he escrito nunca, superando en mil palabras la longitud de CarPa. Qué curiosidad me da saber hasta dónde voy a llegar. Al menos ya sé dónde voy a llegar porque hasta hace escasamente unas semanas no tenía la menor idea de cómo iba a ser el final. Al fin y al cabo, la novela trata de un triángulo, si hacemos uso de la combinatoria aquella que di en matemáticas de BUP nos salen infinidad de posibilidades, así que por fin, tal y como me había salido la segunda parte y el lugar hacia el que habían derivado los personajes lo he tenido claro: ese tiene que ser el final y no puede ser otro (cómo me doy ínfulas de misterio, ¿eh?). Ahora bien, cómo llegue a ese final, esa es otra historia e imagino que me dará ganas de tirarlo todo a tomar por culo y quedarme más ancho que Pancho (Pancho, ¿lo recordáis? Mi gorila, que ya ha crecido).

Además, mientras tanto y sin darme cuenta, la novela juvenil ha ido creciendo y ya he escrito la primera parte de un total de cuatro. Me está pasando algo con esta novela que no me pasaba desde CarPa y es que estoy realmente enganchado. Me gustan los personajes, me gusta la ambientación me gusta la sensación que me está dando de estar escribiendo exactamente lo que quiero decir y que apenas me cueste y estoy deseando seguir para saber qué pasa, igual que si la estuviera leyendo. Cómo se nota que esta sí que la tengo clara. Al menos su estructura interna. No sé cuál acabaré antes si sigo a este ritmo. Y me encanta no saberlo. Claro que no sé dónde leí hace poco que alguien dijo que pobres lectores que leyeran algo que había hecho disfrutar al escritor... y no sé si estar de acuerdo o completamente en contra. Supongo que me abstendré. Por ahora.

Y ahora vayamos al grano porque la verdad es que el tema es gracioso pero desagradable. Vamos, no desagradable en sí, sino por lo que me ha hecho sentir. Veréis, en noviembre gané el primer premio de jóvenes artistas de la ciudad de Cáceres. Fue un premio para empezar que no esperaba y que, por otra parte, me hizo mucha ilusión porque eso de ser profeta en tu propia tierra no es algo fácil.

Pero claro, ahí está el tema: mi propia tierra. Y mi propia tierra no se ha caracterizado nunca por funcionar a la perfección. Para empezar no hubo entrega de premios. Primero nos convocaron para un día y después nos llamaron para cancelarlo hasta nuevo aviso. Aviso que todavía no ha llegado y me consta que, evidentemente, no se realizará porque está a punto de salir la convocatoria del certamen del 2008 y sería un poco ridículo que ambas celebraciones coincidieran en el tiempo. Y qué queréis que os diga, los aplausos me ponen. Quería mi ración de aplausos. Cada uno tiene su fetiche, ¿no?

Y luego está el premio. Premio que todavía no he cobrado. Aunque pueda parecer lo contrario, el dinero del premio no es algo que me importe. Afortunadamente no escribo para sobrevivir económicamente (sino que lo hago para sobrevivir de otras maneras) y todo dinero extra que venga a través de la escritura es eso, extra e inesperado, así que, no sé, no me ha preocupado (y sigue sin preocuparme) el no haber cobrado el premio (tanto mejor, que si lo tengo me lo gasto ipso facto, dios, no tengo un duro ahorrado y llevo dos años de furcionario).

El caso es que en marzo estaba por la concejalía de juventud de mi ciudad para hacerme carnets y ese tipo de cosas que hace uno antes de salir de viaje y me dio por preguntarle al responsable. El responsable de la concejalía, muy azorado y servicial, todo sea dicho, llamó inmediatamente a quien tuviera que llamar para informarse del tema. Le dijeron que cobraríamos la semana siguiente y yo me dije: "mira que bien, dinero extra para Escocia" y me fui de allí tan contento.

Evidentemente no cobré.

El otro día fui de nuevo al ayuntamiento porque gracias a mi hermano resulta que era un moroso que llevaba dos años sin pagar el impuesto de circulación (nunca le encarguéis nada a vuestro hermano pequeño) y como yo entregué toda la documentación que me requerían para el premio en el mismo sitio donde tenía que pagar mi deuda, pues aproveché y pregunté. Je.

Nadie sabía dónde estaba mi expediente.

Me enviaron a otro departamento (no pude evitar recordar la película de Asterix y las doce pruebas) y allí que me presenté yo con mi cara de niño bueno (experto en ponerla después de ensayar doce horas diarias delante del espejo) y una señora me atiende diciéndome: "buenos días, que sepas que no tengo un buen día". Me encantó, la verdad, agradecí mucho su sinceridad.

Si queréis que os diga la verdad, yo me caliento enseguida y me pongo bastante borde y ácido. pero eso me pasa con las cosas que realmente me importan, como en el instituto, por ejemplo, o yo qué sé, cuando tengo que levantarme temprano y no me apetece ir a clase, que solo me falta escupirle a mi reflejo en el espejo después de las parrafadas de odio eterno y deseo de destrucción que le echo.

Así que me comporté muy tranquilamente y cordial. Es un premio. No iba a hacer un drama ni montar un pollo en el ayuntamiento porque llevarme un sofocón por un premio que encima he ganado pues como que me da cortocircuitos cerebrales, la verdad. Total, que me mandaron otra vez a la planta de abajo, desde la que me enviaron a la cuarta planta y de ahí vuelta a empezar a la primera. Evidentemente, yo ya me reía, pero no estaba dispuesto a seguir perdiendo el tiempo, que es lo más valioso que tengo.

Llamé a la concejalía y pregunté si el responsable sabía algo. De nuevo se mostró muy sorprendido y blablablabaquevergüenzablablabla y tal. En fin, que yo no voy a perder mi tiempo ni voy a montar un drama por algo que se supone que tiene que ser agradable.

Pero no creáis, que lo que me preocupa no es esto. Es que mi ciudad se presenta a Ciudad Europea de la cultura para el año 2016 y la gente está convencida de que vamos a conseguirlo. Sí, claro, seguro (dicho con toda la ironía del mundo). Solo hay que ver la importancia que le dan a los artistas de la ciudad, al premio que lleva su nombre y a demás cosas que ahora mismo no vienen a cuento pero que dejan a mi ciudad a la altura del betún (como, por ejemplo, el escaso presupuesto de la feria de libros, por poner un ejemplo que no se salga del tema). Es una pena, pero así es la ciudad en la que vivo.

Qué entrada más descafeinada me ha salido, ¿no? ¿Será que estoy nervioso por Eurovisión? O porque hoy es Sábado y me merezco el gintónic que pedía dos entradas más abajo y que compartiré con Joaquín por hacer que saliera de dudas y me ratificara en mi petición desesperada por el uso de la palabra fomento en lugar de fomentación (a no ser que quiera utilizar los libros a modo de paños mojados cuando entra la fiebre, que todo es posible, oiga).

sábado, 5 de abril de 2008

Después de la tempestad, pues viene la calma. ¿Qué si no?

Algo dolorido por las collejas virtuales traducidas en comentarios por la última entrada, Fer sale al escenario y saluda (los aplausos le ponen, así que ya sabéis). Le crujen los huesos. No es de extrañar. Ha recibido golpes. Pero de los buenos.

La verdad es que os tengo que decir que, tal y como os anunciaba en el título, el drama se me pasó al día siguiente. No sé qué tiene acostarse, dormir y despertarse, pero siempre me ha pasado que después de una noche, todo parece volver a su cauce y el Everest del día anterior se convierte en un mero granito en el culo que es molesto, sí, pero para el que tienes las armas necesarias. Que como muy bien decíais, para este ejemplar perteneciente al Himalaya debido al nivel de dramatismo de mis palabras, no era más que hacer lo que más me gusta hacer.

Además, que me salió de forma natural. En estos días escribí un cuento para el que llevaba casi un año atascado, corregí un par de cosas, pasé a limpio lo que escribí de Equilátero en Escocia (también me cagué en mis propios muertos porque no tenía ni idea de qué había escrito, mi letra en un avió resultó ser de lo más molesta e ininteligible. Así que más que pasar a limpio, reescribí fiándome de mi intuición. Porque esa es otra, se me había olvidado completamente qué quería decir cuando escribí lo que escribí, y eso que recuerdo perfectamente la sensación de excitación porque estaba inspirado y en el avión, ese receptáculo pequeño lleno de gente que pasa de ti y en el que estás un tiempo exacto, ni más ni menos, me entró un subidón de adrenalina que tuve que traducir en palabras, porque encajaba con la escena), hice un capítulo más (no, no os alegréis tanto, que los capítulos de la segunda parte, como quiero que parezcan a tiempo real, solo tienen una o dos páginas) y organicé lo que quiero hacer a partir de ahora.

Y eso sí que me dio adrenalina.

Me gusta el verano. Sí, soy una de esas personas extrañas a las que el verano no le recuerda a sábanas pegajosas y síndrome apático. No, a mí me recuerda a tardes enormes, a terracitas, a tinto de verano, a Tiempo con mayúsculas y a libertad. El verano me recuerda a mi infancia, a horas interminables de juegos diferentes, a mis primos, al pueblo de mis padres (en todo eso se basa Tormenta de verano, por cierto) y no es de extrañar que, siempre, en verano, lo que me apetezca es escribir algo infantil o juvenil. Tormenta surgió de la nada y acabé escribiéndolo en esos dos meses.

Como ya os he contado, la crisis del año pasado se resolvió a través de escribirla. Soy una persona dormilona. Bueno, no mucho, como dirían en una película que ya no me acuerdo: lo normal. Me gusta dormir, pero me gusta madrugar. Y recuerdo que cuando estaba escribiendo CarPa me despertaba sobresaltado, miraba el reloj y me levantaba temprano (bueno, a ver qué es temprano para vosotros, para mí, temprano es las nueve de la mañana de un sábado o de un día de vacaciones) para escribir. Esa sensación, la de un buen desayuno, un café cargado y la mañana entera, el tiempo por completo, en mis manos, para mí, para hacer lo que quería no tenía precio. Como comprado con la Master Card, vamos.

Pues eso me pasó el verano pasado. De pronto, con Tormenta, encontré la motivación para levantarme. Ese hormigueo en la planta de los pies, el cosquilleo en el estómago, esa sensación que hace que abras los ojos de golpe y digas: "tengo que levantarme" reprimiendo una carcajada de excitación.

Y el verano se acerca.

He encontrado una nueva motivación.

*Caution: (hot and sexy) Man at work*

(Postdata: Muchas, muchas gracias por vuestros comentarios, emails, visitas, empatía y catarsis varias. Si al día siguiente la montaña pareció un granito fue en gran parte por ellos. Y por las collejas virtuales, por supuesto. Si en el fondo, cuando digo que soy un masoca, lo digo con todas las letras. Supongo que fue por vuestras collejas por las que vomité la entrada y me quedé más ancho que Pancho. No dudéis en dármelas cuando creáis que las necesite porque realmente las necesitaré)

viernes, 29 de febrero de 2008

Pequeñas grandes tragedias

La duda me embarga, me corroe. No puedo dormir, no como, no respiro, no vivo, no trabajo, no follo,. Y todo porque no puedo dejar de pensar, porque soy un drama andante, porque dudo, porque soy un diagnosticado intolerante a la incertidumbre. Y como no la tolero, pues tengo que pensarla, que masticarla, que comérmela para ver si se convierte en certeza y puedo volver a mi vida.

Creo que no sé qué es lo que no me gusta de Equilátero. No, no me entendáis mal. No quiero decir que Equilátero no me guste. Menuda mierda sería tener que escribir una novela de la que llevo doscientas y pico páginas y solo voy por la mitad sin que me gustara. Como ya sabéis, a mí me va lo del placer, así que muy probablemente habría dejado que se pudriera entre los documentos del word y los cuadernos sin usar porque, en fin, ¿para qué hacer algo que me aburre cuando el objetivo de hacerlo es divertirme? Pues eso, lo dicho.

No, es simplemente que hay algo de la novela que, como escritor, creo que me echa para atrás y hace que me cueste mucho ponerme. Que luego disfrute haciéndolo, sí, pero que el momento del pre-, me dé una pereza horrible y encuentre mil excusas para no hacerlo.

Cuando hice la carta de presentación de CarPa, creo que puse algo así como que CarPa iba de esas pequeñas grandes tragedias, que eran (y siguen siendo) las que, en definitiva, más nos preocupaban. Creo que no he sido del todo consciente de la verdad y del alcance de mis palabras hasta que he aderezado mi existencia con un poco de drama acerca de mi nueva novela.

En Equilátero no hay pequeñas grandes tragedias, hay un tragedión que ni los griegos serían capaces de igualar. O al menos así es como yo lo veo, que tiendo a exagerarlo todo por costumbre. CarPa iba de personas normales (o al menos eso traté de hacer ver. Normales, además, no es la palabra. No es, de hecho, una palabra que me guste en absoluto, pero creo que os hacéis a la idea de lo que quiero decir, ¿no?) que sufrían de cosas por las que, seguramente, hemos pasado todos. Ese era uno de los objetivos de la novela: que todos y cada uno de los lectores sintieran en alguna de las páginas esa sensación tan conocida de "¡hey! ¡esto yo lo he vivido o lo he pensado!"

Con Equilátero no. No digo que los tres personajes principales de la novela no sean normales. Son normales, si entendemos esta palabra como, por ejemplo, "no extraterrestre, no mitad anfibio mitad humano o algo así". Lo que ocurre es que, bueno, digamos que sus circunnstacias no lo son tanto. Dudo que alguno de nosotros tenga tanto dinero como tienen ellos. Cosa que es importante, porque uno de los temas que quería tratar era cómo la posesión que no lleva ningún esfuerzo detrás puede que nos deshumanice. O algo así, vamos.

Y creo que ahí está la clave. Son tres personajes extremos. Me agotan, me cansan, me cuesta mucho ponerme como escritor en sus pieles y actuar como ellos actúan. Son muy diferentes a mí, me atraen y les cojo manía a cada rato y eso termina por cansarme. Siendo humanos, a veces parece que no lo son y, aun así, yo creo que está justificado, que precisamente por no serlo, lo son todavía más.

Pero me da igual, el caso es que me agotan y que estoy escribiendo algo que a veces siento que se me escapa de las manos, que no controlo. Y entonces me frustro, y como me frustro, me agoto y como me agoto, necesito descansar y como descanso pierdo el hilo, y como pierdo el hilo, tengo que volver a recuperarlo, y eso lleva su tiempo. Además, cuando lo recupero, vuelvo a tener dudas y vuelta a empezar.

Con CarPa no me pasaba, iba fluido. Sí que tenía mis períodos de sequía, pero luego descubrí que era porque se iba gestando un nuevo episodio en mi cabeza. La verdad es que incluso cuando no escribo estoy escribiendo, gran parte de lo que acabo poniendo sobre el papel lo he visto primero en mi cabeza, lo he masticado, lo he pensado. Hasta que no tengo muy seguro el paso que voy a dar, no lo doy. Salvo honrosas excepciones, como esta segunda parte de Equilátero, que por sí misma me está guiando y me está sorprendiendo y, la verdad, estoy disfrutando aunque ahora haya tenido que dejarlo unos días por la intensidad.

Porque es eso, narices. ¡qué intensos son estos tres jodidos personajes! ¡por dios, cómo lo viven todo, con qué intensidad, y encima contado en primera persona! Si es que me agoto. Carlos era cansino, los que habéis leído CarPa lo sabéis, pero tenía ese punto irónico y sarcástico que tanto me gusta y que era lo que realmente me movía a seguir escribiendo, que Carlos era muy consciente de sus propios errores y limitaciones, se reía de ellos (después de dramatizarlos un montón, claro) y después trataba de superarse. Carlos, quizá por ser el primero, siempre será el personaje que más me guste. Aunque, tengo que reconocerlo, Patrick de Equilátero y Blanca de Tormenta de Verano, se le acercan también.

Así que es eso, estoy cansado de dramas. De dramas de los de verdad, me refiero, no de pequeñas grandes tragedias. Me agotan, me drenan, me adormecen. Nunca sé si lo que estoy escribiendo es real o no, dudo de si estoy siendo fiel al contrato entre el lector y yo mismo, si los acontecimientos (por muy exagerados) son lógicos y responden a un sistema de causa-efecto dentro del cosmos de la novela y estoy deseando terminarla, ponerle punto y final, saber hasta dónde he llegado y respirar tranquilo. O no.

Lo que tengo claro es que volveré a las pequeñas grandes tragedias de todos los días con Buskers, el argumento que me traje de Londres. Cosa que es curiosa, si me lo hubieran preguntado antes de dedicarme a la escritura de forma más o menos profesional hace unos cuantos años, nunca habría pensado que ese fuera el género en el que más a gusto iba a encontrarme.

Por ahora.

miércoles, 12 de diciembre de 2007

Drama por los cuatro costados

Yo creo que para mí no hay mayor crisis que el aburrimiento.

Lo proclamo a los cuatro vientos: estoy aburrido. Y si yo me aburro, no puedo evitar pensar que aburro a los demás, y si aburro a los demás acabo cayendo en la crisis; y si caigo en la crisis (oh, drama drama drama) acabo aburriéndome porque no escribo, y si no escribo me da la sensación de que pasan los días sin que yo haga nada de provecho, de que paso por la vida de puntillas y acabo quedándome en el espectro gris de esta y me amargo porque no quiero ser gris.

Además estoy atascado (¡más drama!). No preocuparse, que diría mi abuela, que voy al water regularmente (las enseñanzas de José Coronado nunca fueron más útiles). Estoy atascado de verdad, sí. O a lo mejor voy cuesta abajo y sin frenos, no lo sé, porque dependiendo de la hora tengo una sensación u otra. Uno que es así de esquizofrénico.

Estoy atascado o desfrenado porque ando trabajando en el esquema de la segunda parte de la novela que empecé en noviembre y lo único que veo son trabas por todos los lados. ¿Cómo coño voy a usar el jodido narrador que quiero usar, teóricamente un narrador testigo pero que quiero que acabe sabiendo más que un testigo porque fue personaje principal en la primera parte? (lioso, ¿eh?) No lo sé, pero quiero. ¿Qué papel tiene la chica en cuestión si casi durante toda la primera parte se dejó arrastrar por los acontecimientos y quedamos en que ya no lo haría pero vuelve a ser tan cansina y pava como en la primera parte? No lo sé, pero tengo la sensación de que hará algo importante. ¿Cómo? Ah, amigos, del cómo no tengo ni idea. ¿Por qué coño escribo de gente que se pasa el día haciéndose putadas si normalmentea me siento culpable si suspendo a un chaval o mato una mosca? (si mato una araña lo que me da es miedo, porque siempre imagino que vendrá la mamá de la susodicha a comerme mientras duermo) No lo sé, pero quiero hacerlo.

Lo que yo digo, o atascado o cuesta abajo y sin frenos porque no sé dónde acabará la cosa, ni siquiera sé si acabará y no me decidiré por guardar los apuntes en el congelador y pasar a otra cosa, mariposa (mariposa, que no araña). Y mientras tanto, mi agente no me llama.

Qué difícil es ser yo, que diría con acento argentino (más drama).