Cuando te dicen por primera vez que van a publicarte una novela, no os voy a engañar, la ilusión sube hasta el décimo piso y se queda allí durante un buen rato. Un rato tan largo que puede durar siglos. Te levantas y cuando recuperas la conciencia y lo recuerdas, te sube desde el estómago un calor agradable que hace que lo coloque todo, como si, de pronto, el mundo fuera perfecto y todas las piezas encajasen.
Yo no os voy a engañar. Escribo para ser leído. Incluso cuando escribo para mí, escribo precisamente para ser leído por mí.
Está claro que la escritura tiene varias fases. Y está claro que uno tiene que escribir lo que quiera escribir, cualquier aproximación a este acto que no responda a estos intereses suele terminar de mala manera: o con desmotivación, o con malas críticas (si son sinceras) o con, lo más importante, un resultado carente de vida.
Sin embargo, una vez que decido lo que quiero escribir, para mí es inevitable pensar en quién va a leerme. La verdad es que yo no suelo tener en la cabeza un tipo de lector concreto. Más bien, me planteo un lector ideal que se parece mucho a mí pero con la distancia suficiente para hacerme preguntas acerca de mi proceso de escritura: si tengo que dar más información, si tengo que dar menos, si he explicado lo suficiente, si he pintado bien a los personajes, si no lo he hecho, si gustará lo que he escrito, si no gustará...
Es inevitable y supongo que alguien superidealista que tenga un concepto de literatura estricto, académico, clásico y culterano, probablemente dirá que estas preguntas no son más que manchas que ensucian el proceso.
Yo no soy así. Soy una persona bastante práctica. Quizá soy tan práctico que, a veces, este sentido práctico mío, en vez de una virtud, acaba siendo un defecto porque me vuelvo demasiado racional y ciertas cosas pierden su sentido místico y emocional.
Qué le vamos a hacer, soy un tío. No esperes dobles sentidos por mi parte, cariño. Je suis simple, mon amour.
Sin embargo, es cierto que con esto de la publicación, a uno le entra un cosquilleo por el estómago que hace que le den ganas de trabajar desde otra perspectiva, con otro fin.
Me hace especial ilusión que Ne Obliviscaris sea mi primera novela publicada (en cuanto a novelas escritas, es la cuarta) porque tengo la sensación de haber escrito lo que quería escribir.
No sé cómo ocurrió, pero era una novela que tenía pensada para mucho más adelante, pero hubo un día en que se me metió en la cabeza la historia y, desde entonces, no pude quitármela. Inconscientemente se me iba la cabeza y yo ya estaba en su universo.
Entonces, a pesar de tener otros proyectos pendientes, una mañana me puse a escribirla. Y no pude parar. Tardé poco, unos seis meses más o menos, en tener terminado el primer borrador. Después de corregir ese borrador una vez, quedó una novela un poco más decente. Y volví a corregirla. Y después volví a ella una vez más.
Todo esto en el plazo de dos años.
Es inevitable, pero cuanto más lees y escribes, más consciente te vuelves de tus propios vicios y errores. Puede parecer de perogrullo pero a veces alucina comprobar en tus propias carnes lo inconsciente que has sido al escribir tal o cual cosa y darte cuenta del error tan garrafal de, por ejemplo, coherencia textual o subtextual que habías cometido.
Y ahora acabo de terminar la tercera corrección. Pero esta vez con compañía, siguiendo las directrices dadas por el editor (pero siempre dejándome capacidad de elección). No os podéis hacer una idea de lo intenso y agotador que ha sido este proceso. Pero, al mismo tiempo, quizá por su intensidad y por la ilusión que hace, ha sido un proceso del que he aprendido muchísimo y gracias al que me he vuelto mucho más consciente de mis palabras.
Esto es bueno, porque quizá me convierta en mejor escritor, pero desde luego me hace un lector mucho menos inocente. Y eso es un poco triste. Pero nadie dijo que de esto no obtuviéramos consecuencias. Algunas buenas. Otras, no tanto.
A veces echo de menos leer con la inocencia con la leía antes, caer en los juegos de luces y humo del mago escritor de turno y caer irremediablemente ante sus encantos sin darme cuenta de los andamios. Hace mucho que perdí esa inocencia y aunque me dé pena, no debo arrepentirme porque fue mi decisión. Una decisión de la que me he arrepentido muchas veces pero una decisión, al fin y al cabo, a la que acabaría volviendo todos los días.
Porque hace que, muchos de esos días, todo parezca haber encontrado su sitio.
Yo no os voy a engañar. Escribo para ser leído. Incluso cuando escribo para mí, escribo precisamente para ser leído por mí.
Está claro que la escritura tiene varias fases. Y está claro que uno tiene que escribir lo que quiera escribir, cualquier aproximación a este acto que no responda a estos intereses suele terminar de mala manera: o con desmotivación, o con malas críticas (si son sinceras) o con, lo más importante, un resultado carente de vida.
Sin embargo, una vez que decido lo que quiero escribir, para mí es inevitable pensar en quién va a leerme. La verdad es que yo no suelo tener en la cabeza un tipo de lector concreto. Más bien, me planteo un lector ideal que se parece mucho a mí pero con la distancia suficiente para hacerme preguntas acerca de mi proceso de escritura: si tengo que dar más información, si tengo que dar menos, si he explicado lo suficiente, si he pintado bien a los personajes, si no lo he hecho, si gustará lo que he escrito, si no gustará...
Es inevitable y supongo que alguien superidealista que tenga un concepto de literatura estricto, académico, clásico y culterano, probablemente dirá que estas preguntas no son más que manchas que ensucian el proceso.
Yo no soy así. Soy una persona bastante práctica. Quizá soy tan práctico que, a veces, este sentido práctico mío, en vez de una virtud, acaba siendo un defecto porque me vuelvo demasiado racional y ciertas cosas pierden su sentido místico y emocional.
Qué le vamos a hacer, soy un tío. No esperes dobles sentidos por mi parte, cariño. Je suis simple, mon amour.
Sin embargo, es cierto que con esto de la publicación, a uno le entra un cosquilleo por el estómago que hace que le den ganas de trabajar desde otra perspectiva, con otro fin.
Me hace especial ilusión que Ne Obliviscaris sea mi primera novela publicada (en cuanto a novelas escritas, es la cuarta) porque tengo la sensación de haber escrito lo que quería escribir.
No sé cómo ocurrió, pero era una novela que tenía pensada para mucho más adelante, pero hubo un día en que se me metió en la cabeza la historia y, desde entonces, no pude quitármela. Inconscientemente se me iba la cabeza y yo ya estaba en su universo.
Entonces, a pesar de tener otros proyectos pendientes, una mañana me puse a escribirla. Y no pude parar. Tardé poco, unos seis meses más o menos, en tener terminado el primer borrador. Después de corregir ese borrador una vez, quedó una novela un poco más decente. Y volví a corregirla. Y después volví a ella una vez más.
Todo esto en el plazo de dos años.
Es inevitable, pero cuanto más lees y escribes, más consciente te vuelves de tus propios vicios y errores. Puede parecer de perogrullo pero a veces alucina comprobar en tus propias carnes lo inconsciente que has sido al escribir tal o cual cosa y darte cuenta del error tan garrafal de, por ejemplo, coherencia textual o subtextual que habías cometido.
Y ahora acabo de terminar la tercera corrección. Pero esta vez con compañía, siguiendo las directrices dadas por el editor (pero siempre dejándome capacidad de elección). No os podéis hacer una idea de lo intenso y agotador que ha sido este proceso. Pero, al mismo tiempo, quizá por su intensidad y por la ilusión que hace, ha sido un proceso del que he aprendido muchísimo y gracias al que me he vuelto mucho más consciente de mis palabras.
Esto es bueno, porque quizá me convierta en mejor escritor, pero desde luego me hace un lector mucho menos inocente. Y eso es un poco triste. Pero nadie dijo que de esto no obtuviéramos consecuencias. Algunas buenas. Otras, no tanto.
A veces echo de menos leer con la inocencia con la leía antes, caer en los juegos de luces y humo del mago escritor de turno y caer irremediablemente ante sus encantos sin darme cuenta de los andamios. Hace mucho que perdí esa inocencia y aunque me dé pena, no debo arrepentirme porque fue mi decisión. Una decisión de la que me he arrepentido muchas veces pero una decisión, al fin y al cabo, a la que acabaría volviendo todos los días.
Porque hace que, muchos de esos días, todo parezca haber encontrado su sitio.