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lunes, 19 de abril de 2010

Yo ya no me callo

No sé si lo habéis leído, o si yo simplemente he escuchado campanas sin saber de dónde provienen, pero me alucinan los últimos comentarios que se han vertido, entre otros, desde el Ministerio de Igualdad acerca de lo que pueden significar los cuentos populares dentro del sistema educativo actual, o hablando en plata, del papel que pueden jugar en nuestra sociedad.

En resumen, lo que plantean es lo de siempre: ricemos el rizo, busquemos un titular y digamos que los cuentos están llenos de estereotipos sobre las mujeres y los hombres, que las mujeres presentan un papel pasivo, que las niñas no pueden leer eso porque van a tomar esos roles y los niños tampoco, porque en su maldad congénita, van a tomar esos cuentos como modelo y van a volver a tiranizar al género femenino (hola, Ministerio, el género es una característica gramatical. Los seres vivos tenemos SEXO!) y, como las mujeres son tontas del culo y en cuanto ven un vestidito precioso y una corona, se vuelven idiotas, dejarán que el hombre vuelva a someterlas.

¡Prohibamos los cuentos, por favor! ¡Son peligrosos!

No estamos en una sociedad tan naïve e inocente como la que nos quieren hacer creer. Porque si algo han ido perdiendo los niños con el paso de los años, precisamente es la inocencia, que no es más que el resultado de los avances en comunicación. Cuanto más saben, menos inocentes serán. No es un problema ni una dificultad. Es simplemente una ley natural: el conocimiento llama al conocimiento y cuanto más sabe uno más preguntas se hace y más suspicacias le surgen.

Es nuestra tarea como docentes, escritores, bomberos o legisladores... en fin, como adultos, darles las herramientas adecuadas para interpetar correctamente esa realidad que nunca será perfecta ni políticamente correcta y que, en muchas ocasiones, irá en contra de nuestro credo, del suyo o del de Antoñita la Fantástica (prima hermana de Bibiana Aído, a quien cada día soporto menos pese a quien pese). Habrá que enseñarles a reconocer eso que les chirría, o que no les chirría, pero habrá que enseñarles, simplemente, a leer.

Porque los alumnos de hoy en día se piensan que leer es simplemente unir letras y formar palabras. Y no solo los alumnos, también los legisladores y esos señores tan amables que ahora hablan por todos lados de "competencias básicas" sin tener muy claro ni qué es básico ni qué es un colegio o un instituto o una clase ni lo que se hace en ellas ni lo que se debe hacer en casa, en la calle, en el cine o en el cuarto de baño.

Si les enseñamos a leer correctamente, nos evitaremos muchos problemas. Uno de ellos es este. Claro, que a lo mejor hay ciertas ministras, políticos, legisladores e incompetentes que deberían aprender a leer primero, a interpretar la realidad primero y a no prohibir todo lo que no está de acuerdo con lo que ellos piensan.

Porque esa es la realidad: lo bueno, lo malo y lo peor.

En fin, no sé en qué sociedad viven, pero en la sociedad donde yo vivo, las niñas no son tontas ni se vuelven idiotas al ver a la cenincienta fregando el suelo, los niños son muy conscientes de la superioridad intelectual que suelen presentar las chicas durante la época de escolarización.

Las niñas quieren ser veterinarias, enfermeras, escritoras, cantantes, modelos, profesoras, ingenieras, informáticas y también amas de casa. Los niños quieren ser futbolistas, escritores, modelos, conductores, cantantes, actores, ingenieros, informáticos, veterinarios y Fernando Alonso.

Hoy en día, afortunadamente, cada uno puede ser quien quiera ser. Y si quieres ser ama de casa, modelo, cantante o estrella del árbol de navidad, tendremos que educar en que es posible que lo seas solo si lo intentas (ergo, bienvenida capacidad de esfuerzo y concentración, tan denostada hoy en día).

Hay que enseñar a leer, porque si sabes leer de verdad, serás crítico, y si eres crítico, sabrás expresar tu opinión y si sabes expresar tu opinión (y lo que es más importante, tenerla, pero una opinión tuya, formada a ravés de tus propios mecanismos mentales, n impuesta por alguien ajeno a ti), sabrás elegir.

En definitiva, hay que educar en la libertad de expresión, sí, pero sobre todo, en la libertad de ELECCIÓN, sea la que sea.

Pero, por eso, para que esas elecciones no sean erróneas, debemos darles a los niños y adolescentes las herramientas necesarias para que no las tomen. Y esas herramientas, precisamente, no pasan por decirles qué pueden o no pueden leer: tienen que leerlo todo. Incluso lo que no les gusta. Incluso lo que no nos gusta a nosotros.

Pueden ser lo que quieran.

Afortunadamente.

Aunque a nosotros no nos guste.

lunes, 1 de marzo de 2010

Pequeñas cosas

No soy economista, lo máximo que sé de dinero es lo que me cuesta llegar a fin de mes y lo que me gusta gastármelo (también sé un poco de recibos estratoféricos de gas natural, pero eso es otra historia), pero sé que estamos en crisis, nos lo repiten constantemente y yo me lo creo. Debemos de estarlo, yo qué sé.

No soy economista pero tengo dos dedos de frente y sé de lo que hay que quitar y dónde hay que ponerlo. No sé si saldremos de esta, quizá mi mundo es muy reducido y estoy equivocado en mi argumentación, pero creo que si hay algo en lo que, precisamente ahora, hay que invertir más es en educación.

Y en educación de verdad, no en ordenadores para cada alumno, no en campañitas que salen en la tele, no en becas que luego no acaban siéndolo, no en palabras vacías sin significado (qué pena que una palabra llegue a perder su significado).

Es una pena que el presupuesto que Educación vaya a dedicar en esos ordenadores para los alumnos sea tan desorbitado. En serio, cuando me he enterado esta mañana, casi me desmayo. ¿De qué van a servir? ¿Realmente es una medida tan urgente? Por supuesto que no voy a hablar de esto porque no es el lugar y estoy convencido de que la mayoría (de los que me leen, de los que no me leen, de los que me hablan, de los que no me hablan) sabe tan bien como yo que un aparato así, por muy útil que sea, no es lo primero que uno tiene que ver cuando llega a un centro educativo.

Hay muchas formas mucho más baratas de educar.

Y lo que es más triste: baratas y efectivas.

Disminuyan las ratios, señores (una ratio es el número de alumnos que hay por clase), aumenten la plantilla de profesores, aumenten las horas de idiomas, separen de nuevo la lengua de la literatura y fomenten algo el esfuerzo. El esfuerzo es humano, si algo nos cuesta trabajo, nos motivamos, si lo conseguimos, sabemos que ha merecido la pena. Si no nos cuesta trabajo, mostramos la mitad de interés en la tarea. Hay que educar en el esfuerzo, hay que aprender a esforzarse. En la vida, nada es fácil.

No sé, esas son las que se me ocurren para empezar.

Invirtamos en cultura.

Es un momento difícil para entrar en el mercado laboral, muchos de mis exalumnos abandonaron los estudios porque ganaban más poniendo ladrillos o trabajando en una hamburguesería (comprendo que 1000 euros cuando tienes dieciséis años es mucho dinero) pero ahora ¿qué? Están en la puerta del instituto porque no tienen dónde ir. Ya no pueden entrar. Pero es como si nunca hubieran salido porque tampoco han tenido acceso a otro sitio. O se les ha echado. O se les ha denegado la entrada.

Los políticos venden humo. Todos, sin excepción.

Y mientras tanto, el futuro pueblo, el pueblo que nos va a dirigir, el que va a decidir, se está educando en cosas vacías, pasa por la vida de puntillas y no aprende. Y, si no aprende, no sabe. Y, si no sabe, no elige bien.

¿Realmente a alguien le beneficia esto? ¿Es positivo que nadie sepa nada, que nadie juzgue nada, que nadie opine de nada porque no sabe opinar, ni interpretar la realidad de ninguna de las maneras?

Supongo que no hay nadie que responda con un "sí" a la pregunta anterior. Mucho menos los políticos, mucho menos los ideólogos.

Pero, da igual, mientras se gastan millonadas en ordenadores portátiles, hoy he recibido una carta del Ministerio de Cultura en la que se niega a mi centro el poder formar parte de los "Encuentros literarios en Institutos de Educación Secundaria" a través del cual queríamos traer a un escritor para celebrar el día del libro dentro del Plan de Fomento para la lectura debido a, cito textualmente, "las medidas adoptadas en el nuevo plan de austeridad del Ministerio de Cultura".

(¡Qué bonitos quedan los nombres en las páginas web! ¿verdad? Porque otra cosa yo no veo... Nombres)

¿Me puede decir alguien en qué tienen que gastarse el dinero los de ese Ministerio si no es para este tipo de cosas? Porque yo es que no lo entiendo.

Pero, da igual, mientras en los periódicos salga que nos dan ordenadores, que hay subvenciones estupendas para todas las cineastas femeninas (porque eso es lo importante, que seas mujer, no que hagas buenas películas) todos contentos.

Y, mientras tanto, son estas pequeñas cosas que, a priori, no interesan a nadie y de las que nadie se entera, las que van sufriendo los verdaderos vaivenes de esta crisis tan manida y de nombre tan vacío que ya harta y por la que nadie hace nada en condiciones y por la que sufren siempre los mismos.

A veces, sinceramente, creo que lo que se pretende actualmente es la verdadera alienación.

Y esa palabra, por lo menos a mí, sí que me da miedo.

No hay nada peor que un pueblo sin conciencia.

(perdonad el tono de la entrada de hoy, es que ni la he pensado, la he vomitado tal cual la he sentido al recibir la famosa carta de rechazo. Seguramente haya ideas inconexas y sin razonar que no he sabido enlazar bien, amén de un tono naïve que seguro que echa para atrás.

Está claro que mis alumnos no se van a quedar sin escritor (mi centro, afortunadamente, tiene fondos de sobra) pero sinceramente da miedo que se esté llegando a estos extremos y que se esté recortando de lo único de lo que no hay que recortar mientras se debate largamente acerca de recortes para los que todo el mundo está más que de acuerdo. Porque, por supuesto, la feria del libro de Cáceres también ha sufrido un recorte presupuestario pero, vamos, tampoco creo que lo notemos mucho, más mierda de lo que era no puede ser...)

(Al menos, en la página del ministerio, podrían anunciar que hay recorte presupuestario y que ya no se realizan los encuentros literarios, ¿no? Ah, claro, que mejor ese tipo de cosas, las ocultamos, pero que salgan los números -seguramente, maquillados, que yo también he hecho estadísticas para un organismo público, que fui becario, pero no gilipollas- de los balances de otros años)

viernes, 19 de febrero de 2010

Profesores de lengua (¿y literatura?)

Después de llevar varios años trabajando en un instituto me he dado cuenta de una cosa: La mayoría de actividades relacionadas con la literatura en los institutos, se realizan a través del departamento de lengua española.

A mí, como profesor de inglés, es algo que me jode un poquito, porque me veta un terreno que creo fundamental para la educación integral de nuestros alumnos, pero, bueno, lo asumo. Soy profesor de inglés, mi función es otra.

Pero, seamos sinceros, el tema me jode bastante más. Porque una cosa es la teoría y otra muy diferente es la práctica.

Estoy harto de ver cómo los profesores de lengua enseñan sin pasión su supuesto amor por los libros, que no pongan interés en los escritores que nos visitan, que no se hayan leido sus obras, que manden las lecturas sin criterio (o que inviten a pseudoescritoras extremeñas que escriben sobre vampiros pero no y que cometen las faltas de concordancia más grandes que he visto nunca, cosa que demuestra que no se han parado a informarse un poquito, que no se han molestado en comprobar cómo está escrito lo que ha escrito la persona a la que invitan. Un poquito de criterio, por favor. El terruño no es lo primero ni en la literatura ni en nada. Apertura, señoras y señores, que no duele), que no se actualicen ni un poquito...

Ojo, esto no es una crítica a mis compañeros. Conozco a muchos que aman los libros como se supone que tiene que hacerlo un profesor de lengua. Pero eso no quita que me plantee varias cosas.

No sé, mi experiencia me ha hecho ver que los profesores de lengua son eso, profesores de lengua. Y se limitan a eso, a enseñar lengua española. Que, sí, que está muy bien. Pero ¿dónde está la literatura?

Quizá sea un idealista (bueno, quizá no, es un hecho ratificado, soy un idealista del copón). Con muy pocos con los que he hablado, compartían mi amor por los libros. Y mi gusto por la literatura viene de antes de que descubriera que me gustara escribir. Yo me hice filólogo porque me gustaba la literatura, no enseñar lengua. De hecho, escogí filología inglesa porque me gustaba la literatura inglesa más que la hispánica.

Mi primera decepción vino al estudiar la carrera. Como ya he contado, la literatura parecía más un trámite que algo por lo que apasionarse. Nunca vi a uno solo de mis profesores en el teatro, No les vi jamás en ninguna de las obras escritas por su amado y requetestudiado y requeteanalizado (por ellos) Shakesperare y que anualmente venían a Cáceres y por las que por la mera perspectiva de verlas yo me emocionaba. Nunca lo comprendí.

Luego, al trabajar en un instituto, mi perplejidad fue en aumento, porque parecía que el amor por la literatura solo lo tenía yo por creerme escritor, no por ser filólogo. Y creo que es un razonamiento completamente erróneo ya que me hizo preguntarme por qué habían estudiado aquella carrera. ¿Por amor a la sintaxis? ¿por amor a la morfología?

Sinceramente, como adulto, sé que hay muchas filias y que te pueden poner muchas cosas y uno es abierto y tal y acepto que cada cual se excite con lo que quiera, pero, no sé, ¿ni una mención a los libros? ¡Conozco a muchos profesores de lengua que no leen (pero juegan al paddle, eso sí)!

No lo entiendo. No lo concibo. No me entra en la mollera.

Y me indigno y me ofendo y me cabreo y me enfado y no respiro.

Si nosotros no leemos, si no tratamos con respeto a la literatura, ¿cómo coño vamos a meterles esa idea en la cabeza de nuestros alumnos? Me consta que durante mis años de docencia yo, en mis horas de inglés, he hablado más de libros que muchos profesores de lengua.

¿Tiene sentido?

Lo siento, pero para mí no.

Luego, cuando resulta que viene el escritor de turno de visita al centro, tú tienes una hora libre, te metes a escucharle y el profesor de lengua te dice que ya que estás ahí tú te encargues de sus alumnos que tiene que ir a nosequé ya acaba por hacer que me explote la cabeza y que se esparzan mis sesos por todo el centro.

Y luego toca limpiarlo.

En fin.

Cuánta incoherencia me rodea.

(al final me he presentado al concurso de microrrelatos de SM, la verdad es que lo hice, sobre todo, porque no escribo. Lo intento, pero no tengo asiento, no soy capaz y mira que tengo ganas, pero necesito saber que tengo todo el tiempo del mundo para hacerlo y no lo tengo, estoy más ocupado que nunca.

Mi intención era escribir uno diario, pero al final solo he escrito uno. Una pena, tenía varias ideas que quedarán en el cementerio de las ideas. A ver si resucitan pronto.

De todos modos, aquí os dejo con el microrrelato con el que me decidí a participar:

lunes, 23 de noviembre de 2009

No-vedades

Vamos, que no tengo nada nuevo que contar sobre el horizonte y de ahí la laguna de entradas últimamente.

Estoy intentando el NaNo, sí. Con trampas, pero sí. Pero no creo que este año lo consiga. No me importa, porque para mí este año el objetivo era simplemente volver a sentarme frente al ordenador para escribir porque sí.

Y como me era difícil hacerlo con El árbol de los secretos, al final me decanté por una novela erótica de la que los primeros capítulos ya pululaban (sin pulir) por la red bajo seudónimo.

Sí, es trampa, pero yo siempre he sido un tramposo y nunca me he avergonzado por ello. No es que no me apeteciera escribir, de hecho, no hay nada que me apetezca más, pero uno es humano y por mucho que mi adorado Chris Baty diga, hay momentos en la vida en la que no es posible dedicarse a algo al 100%. Pero no desisto, seguiré con ella. De hecho, he avanzado bastante en la trama (¿trama?), los personajes se han perfilado (¿personajes redondos en una novela erótica? ¿Es eso posible? Parece que sí, que mis personajes también piensan y sienten -como pa no lo de sentir, oiga, con la cantidad de perversiones que les hago hacer-. Y ellos, tan felices. ¡Como pa no!).

Así que ahí sigo, dándole.

Y no interpretéis mal esa última palabra que os conozco bien.

Luego estuvieron los problemas de la mudanza, que para mí son muchos pero resumidos en uno. Uno de los principales motivos por los que me he mudado de mi cuchitril de 35 metros cuadrados a una casa más grande era que tenía demasiados libros. Sí, mis padres casi me obligan a llevarlos al trastero y uno tiene mucha dignidad y se hacía el hara-kiri antes de bajarlos a ese húmedo y oscuro sótano lleno de arañas. Conociéndome, ahí se iban a quedar. Porque sito en el que hay arañas, sitio al que Fer no va.

Libros y ropa, es lo único que tengo. Son mis debilidades.

Así que tengo todos mis libros metidos en cajas. Eso ya no es un problema porque ya he vuelto a caer y ya hay nuevos ejemplares en la mesilla.

pero hubo problema. El problema existió en el tiempo en el que volví a casa de mis padres mientras montaba la casa. No tenía libros. Y está comprobado que yo no soy capaz de dormir si antes no he leído algo (o, en su defecto, he hecho otras cosas igualmente placenteras que en casa de mis padres, evidentemente, era imposible hacer) así que no tuve más remedio que acudir a la biblioteca de mi hermano.

De esa biblioteca había leído la mayoría. Por no decir todos. Menos uno. Y ya se sabe que cuando el hambre aprieta hasta un mendrugo de pan duro con algo de paté caducado satisface.

No es que no hubiera intentado leerlo antes, que lo hice. Su estilo era el ideal para una de esas tardes de piscina veraniegas. Su trama se relacionaba con una de mis novelas preferidas, la que yo considero la primera "novela seria" que leí después de tanto Barco de vapor, tantas aventuras de los cinco y demás libros de la sala infantil de la biblioteca de Cáceres: Drácula. Sin embargo, no pude leer mucho. Era simplemente infumable.

Y no, no es Crepúsculo. Gracias. Esa la intenté por curiosidad antes de todo el boom mediático y me quedé por la parte en la que la insulsa y estúpida protagonista casi muere. Decidí dejarlo ahí porque no pude avanzar más. En mi mente, el mundo era mucho menos imperfecto si moría. Era el final perfecto.

(Así como me encanta Harry Potter, no puedo con Stephenie Meyer y su ineptitud escritora. Simplemente me es imposible. Me entristece, me amarga, me agobia tanta estupidez concentrada, me agobia tanta letra mal escrita, me genera ansiedad, me da rabia, me repugna. Me ocurre igual que con esa pseudoescritora extremeña que se cree la George Martin española)

El libro que tuve que coger so pena de no dormir en dos meses era, tachán tachán, La historiadora.

Por Alanis Morrisette, menuda mierda de libro. O de traducción. O de lo que sea. Pero, joder, no os podéis hacer una idea de la tortura que es no tener tiempo para ir a la biblioteca, no tener un puto duro para comprarte un libro y tener eso en la mesilla y tener que leerlo. Uno tiene que dormir, que si no no es persona.

Los ojos me sangraron cuando leí TODABÍA. Con todas las letras, incluso con esa B tan bonita y barrigona. TODABÍA.

Los ojos me están sangrando ahora al leérmelo a mí mismo.

Por no hablar del pus que despedían mis orejas por cada una de las perífrasis de deber con sentido de duda en la que no había un solo "de". "Debía ser de noche cuando llegamos", "Debía estar muy salido cuando le pillamos haciéndose pajas en el baño". "Debía ser una inculta cuando escribió -o tradujo- eso" "Debía haberse pegado un tiro antes de coger el libro".

No he podido terminármelo.

Pero ahora sufro de sangrado continuo de ojos.

¿Algún doctor en la sala?


lunes, 20 de octubre de 2008

Atención, pregunta!

¿Cómo puede ser que un premio de novela bastante grande (por difusión de convocatoria, vamos, no por promoción final, que uno investiga y todo) que cerró la convocatoria hace un mes escaso haya publicado ya el fallo? ¿Tienen a lectores robots?

Ah, las preguntas sin respuesta, qué berraquito que me ponen.

(sigo actualizando -un poco con cuentagotas, para qué nos vamos a engañar- mi página de textos, a la que quiero cambiar el título porque, no sé, la que tengo me parece demasiado "tengo demasiadas historias que bullen en mi interior que necesito escribir y oh, dios mío, me encanta escribir y leer frente a la ventana mientras restalla la tormenta y llueve en el exterior, por dios qué megainteresante y superespecial que soy". ¿Alguna sugerencia?)

miércoles, 15 de octubre de 2008

Bilis

Escribo por la ingente cantidad de historias que bullen en mi cerebro y que tengo la necesidad de contar

Únase a esa expresión un gesto de victoriana delicadeza y un suspiro de falsa modestia en absoluto disimulada y ya tenéis a Fer echando bilis por la boca (en un aparte, claro, que uno siempre ha sido muy pudoroso para según qué cosas, como, por ejemplo, lo de expulsar jugos y líquidos del cuerpo de uno).

Muy a menudo (por no decir siempre, que suena así como muy apocalíptico y grande, SIEMPRE) he escuchado esta expresión de gente a la que se le preguntaba por qué escribía y, cada vez que la he escuchado de sus bocas, no he podido evitar hacer rodar los ojos y ponerlos en blanco.

Pues qué suerte tienes, hija (o hijo, o abuelo, o abuela) porque a mí me cuesta un huevo parir el germen de una novela o relato y, siempre, siempre (aquí sí que lo utilizo, que estoy metido de lleno en el drama) estoy acojonado por que no se me vayan a ocurrir más y me quede tan blanco como un nabo (en mi cabeza los nabos son blancos, ¿son blancos? Porque los que son rosas son los rábanos, ¿no? Fijaos lo que pasa cuando uno está aburrido en el instituto y se pone a hacer comparaciones originales, que acaba dudando. Si es que nos complicamos la vida demasiado...).

Así que, nada, moza, ya que tienes tantas historias que contar, pues regálame unas cuantas y a ver qué hacemos, que ya veo que a ti (insértese aquí un suspiro de falsa admiración, que a falsedades no me gana nadie) te sobran (y un sexy parpadeo también lo insertamos).

Pero qué morro tiene la gente a veces...

domingo, 22 de junio de 2008

Moralinas estúpidas

Estoy un poco hasta las narices (iba a decir cojones, pero los cojones están muy abajo y la nariz está más arriba. Además, la nariz es el órgano por el que se huele la mierda) de la falsa moral de la que hace gala todo el mundo. Me resulta tan estúpida que me cabrea. Y cualquiera que me conozca (en persona, que el personaje de este blog tiene menos paciencia que yo) sabe que odio cabrearme y que es una sensación que detesto hasta tal punto que hago un ejercicio de reflexión previa a todo cabreo que suele racionalizar los sentimientos negativos para así evitar la explosión.

Veréis, hace un par de días escribí un artículo en el periódico con el que de vez en cuando colaboro que, dependiendo del círculo, ha tenido una acogida mejor u otra acogida peor. No me sorprende ni me afecta. Una de las cosas a las que he tenido que acostumbrarme a lo largo de los años es a las críticas. Soy alguien muy perfeccionista y antes me afectaban mucho porque no consideraba mi criterio como absolutamente válido si había una persona en el mundo que no estaba de acuerdo con él, así que cualquier crítica era una bomba directa hacia los cimientos de mi epistemología y acababa derrumbándome y teniendo que construir una nueva después.

Luego maduré y aprendí (mal que bien) a comprenderlas y a aceptarlas y a valorarlas en su justa medida. Lo siento pero hay críticas y críticas y no valen lo mismo ni emocional ni intelectualmente. Puedo sonar prepotente, pero no lo es. Y si lo es, no me importa porque creo que este sentimiento es el que quiero reivindicar en esta entrada.

Ya estoy harto da la falsa moral, de la falsa modestia que se valora actualmente. No puedo soportarla, parece que solo pueden triunfar los mediocres y que si crees que vales ya estás siendo prepotente y creído y, solo por eso, hay que ponerte una cruz. Pues miren, señores, yo creo que no. Me he hartado. Nunca saqué menos de un sobresaliente en el instituto y me avergonzaba por ello. No por tener las notas, no. Al contrario, creía que eran fruto de mi trabajo y, además, como me enseñaron mis padres, era mi única obligación, así que obtener un sobresaliente, era el justo premio. Lo que me avergonzaba era tener que decir las notas, es decir, no saber qué tono emplear para decirlas en voz alta sin parecer un estúpido prepotente y orgulloso. Fui la nota más alta de selectividad en mi comunidad autónoma el año que la hice e, igualmente, acabé avergonzándome porque pensaba que si me alegraba un poco egoístamente por ello, lo que hacía era regodearme en ello y corría el riesgo de parecer (ojo, que no de ser) un egocéntrico, así que lo he llevado más o menos en secreto hasta hace poco que me ha dado por culo tanta mediocridad absurda y me ha dado por reivindicara a la gente que se lo curra y que vale. Lo mismo pasa con la carrera y cuando me saqué las oposiciones. Perdón a los señores interinos por haber ido bien preparado y valer para esto y habérmelas sacado a la primera, lo sé, señoras y señores, no tengo perdón de dios, me pudriré en el infierno (pero que vengan a mi lado todas las ligeras de cascos y, ya que nos quemamos en el fuego de la eternidad, pues hagámoslo disfrutando de ello).

Y, sí, supongo que esto puede parecer precisamente lo que no quiero que parezca pero como estoy cabreado y esto es un vómito, pues permitídmelo.

Es que no puedo, de verdad que no puedo con la falsa moralina de las palabras. Del no hay que serlo sino parecerlo y de que nos escandalicen ciertas cosas pero que no lo hagan otras.

Porque, sí, hay gente que se ha escandalizado con la comparación que establezco en el artículo. La verdad es que me ha sorprendido mucho. Como he dicho antes no me afecta la crítica, puede haber sido más o menos desafortunada la comparación, pero, en fin, me toca mucho las narices.

El caso es que alguien ha colgado este artículo y lo ha puesto en un foro de profesores con, imagino, la intención de compartirlo y hay gente que ha pedido que se retirara de dicho foro porque le resultaba ofensivo. Como dirían los ingleses: What the fuck? ¿Ofensivo? En fin...

Si yo sé que debería estar contento, porque si hice una comparación tan exagerada era para que se viera con claridad de lo que estaba hablando, para despertar a las conciencias, para afectar al lector de alguna manera. Así que, sí, he cumplido mi objetivo y debería estar contento. La gente ha reaccionado ante él, ¿que no ha sido como a mí me gustaría? Además, la ironía no la comprende todo el mundo. Bueno, qué le vamos a hacer, ya sé que nadie es perfecto. Pero, no sé, es que es estúpido que la gente se haya quedado ahí, en la forma.

Y la estupidez sí que me cabrea.

Hace mucho tiempo que me dejé de gilipolleces y decidí decir, con la máxima educación posible que mis órganos, mis vísceras y todo lo que controla mi mala leche me lo permitiera, lo que opinaba. Que tampoco quiero decir que haga gala de esa """sinceridad""" (entre mil comillas más) que tan de moda han puesto los realities del "yo digo lo que me sale del coño cuando me sale del coño porque soy súpersincera, tía, y te lo digo y te lo vomito aquí, en la cara, y delante de todos porque soy súpersincera, tía y de paso te meto una hostia". No. Eso no es sinceridad. La sinceridad no está reñida con la falta de tacto ni con la cortesía ni con la falta de educación, joder. La sinceridad es otra cosa, es una reflexión previa acerca de lo que vas a decir, es un ejercicio de empatía por cómo va a recibir la otra persona lo que vas a decirle, es un elegir la mejor forma de decir lo que vas a decir... la sinceridad no es lo que ahora todo el mundo cree, joder.

Y por eso me cabrea que haya gente que se haya escandalizado con mi artículo. Que sí, que sí, que si quiero ser escritor, pues la que me espera si esta nimiedad llega a cabrearme, pero es que supongo que no es más que la gota que colma el vaso. No soporto las chorradas ni las medias tintas. Se me acusa de no tener sensibilidad. En fin, sé que no debo darle más vueltas al asunto, porque distingo muy, pero que muy bien, entre moral y moralina. Pero es eso, no puedo evitar no cabrearme por la estupidez humana.

Y ahora tachadme de prepotente, anda.

domingo, 4 de mayo de 2008

Malito del hígado, de verdad

Llevo unos días bastante ocupado, lo que no es una excusa para haberos abandonado de esta manera. Lo que sí es excusa es que lo que me ha tenido ocupado es la emoción de haber terminado (¡por fin!) la segunda parte de Equilátero y que, para celebrarlo, decidiera empezar la novela juvenil que tenía pensada para el verano y que, de pronto, se haya convertido en una obsesión y esté disfrutando tanto y me lo esté pasando tan bien que todo lo demás haya pasado a un segundo plano y me levante y me acueste pensando en continuar la historia y saber hacia dónde van mis personajes. Si esto sigue así no sé si llegaré a verano, porque teóricamente la novela es corta y voy a un ritmo del que no me creía capaz. Claro que mucho tiene que ver que desde la semana pasada, entre semanas culturales, excursiones varias a las que no pude acudir porque soy un alérgico sin posibilidad de cura y que hemos tenido este gran acueducto que le agradezco en el alma a las altas autoridades educativas, he tenido un tiempo precioso que he aprovechado como dios manda.

Pero no os confundáis, señores, que no voy a convertirme en el señor Umbral ni voy a venir aquí a hablar de mi libro (por ahora). Hoy voy a suplantar a la señorita Maritornes y voy a desgañitarme un poco con un tema que me horroriza y del que si no hablo, la bilis es capaz de supurarme por todos los poros del cuerpo y no creo que me favorezca ese brillo amarillo y amargo esta mañana tan bonita de domingo.

Veréis, hace un tiempo que sigo el blog de una escritora extremeña. Sí, pongo escritora en cursiva, no ha sido un error de dislexia dactilar. Lo empecé a seguir por el obvio interés de la cercanía. Siempre es bueno tener localizados a los compañeros en la batalla. Después mi interés a secas empezó a decaer y dio paso a un interés malvado, ese que hace que sigas a alguien o que te interese la trayectoria de alguien por la mera manía que le estás cogiendo. Vamos, el interés hijoputa.

Una de las cosas que me planteé al empezar este blog, y ya no solo el blog, sino cualquier cosa que emprendo, era ir con la humildad por delante. Ojo, no quiero confundir humildad con falsa modestia, que hoy en día tanto estos dos términos como el de sinceridad andan un poco desequilibradillos, todo sea dicho. Sé que soy muy claro y directo y que a veces mi cerebro parece no funcionar cuando hablo o escribo y suelto lo primero que me sube desde el estómago (o desde el hígado, rebozaditas mis palabras en bilis), pero tengo muy claro que no soy nadie, al menos en este mundillo literario, que como yo hay cientos, si no miles y que, a veces, es mejor callar que hablar, porque igual que yo critico, hay veinte mil cosas de mí mismo que también son susceptibles de ser criticadas y estoy más guapo callado (pero guapo guapo, que salgo en las fotos que ni Brad Pitt, oiga).

Pero es que hay veces, hay veces que la bilis se desborda, me inunda y la tengo que vomitar so pena de morir ahogado. Veréis, yo siempre he defendido que cualquiera puede escribir. Sí, cualquiera puede hacerlo, ahí están las herramientas, los diccionarios, los libros... Ahora bien, cualquiera que se ponga a escribir no tiene por qué ser escritor (esta palabra hay días que siento que me queda grande y otros días a los que no le encuentro un significado claro). Creo que para ser escritor (utilicemos esta nomenclatura, aunque ahora mismo no me haga gracia) hay que empezar bajo una premisa muy importante: el respeto. El respeto hacia uno mismo y, sobre todo, hacia los demás, hacia los que te leen.

¿Y cómo, desde mi punto de vista, se parte desde el respeto para ser escritor? Yo creo que está claro, para empezar hay que hacerlo bien. Y, ojo, que no estoy diciendo que haya que ser un buen escritor, quizá a esto de hacerlo bien me esté refiriendo a ser un buen redactor. Para mí son términos diferentes. Un buen redactor escribe bien en términos puramente lingüísticos, ortográficos y estilísticos, lo que no quiere decir que cuente buenas historias.

Lo que ocurre es que hay gente a las que esta premisa, la de ser un buen redactor, le es suficiente para considerarse escritor. Bueno, discrepo totalmente, pero si son felices así, allá ellos. No basta con cumplir las reglas ortográficas. Pero sí es condición sinequanon se puede ser escritor. Aunque sea uno un escritor mediocre, malo u horrendo.

Escribir técnicamente bien, aunque tu técnica sea de redacción de COU, es lo mínimo que se puede consentir si te quieres llamar escritor. Saber usar las palabras, el diccionario, las tildes y ya no digamos las bes y las uves (por cierto, tengo un problema con la palabra absorber que no es ni medio normal. ¿Por qué narices se escribe con dos bes y en mi cerebro aparece siempre la primera con be y la segunda con uve? ¿Algún psicólogo en la sala que me saque algún trauma?). Conozco por la red a escritores terribles que se consideran tal pero que, al menos, redactan bien y se preocupan por pulir sus textos. Aunque sean más planos y aburridos que, no sé, Helen Lindes antes de pasar por el quirófano, por poner un ejemplo evidente y placentero (aunque me da en la nariz que lo de aburrido lo sigue teniendo por muchas tetas que se haya puesto. Qué pena).

Después están Los Otros, los que se erigen además como escritores con mayúsculas (¿el ego está reñido con las faltas de ortografía y expresión? ¿Algún otro psicólogo en la sala?) que acaban por destrozarme el hígado (si ya me lo destrozo yo solito los sábados por la noche, ¿no podríais tener un poco de compasión conmigo?) y hacer que vomite este tipo de entradas aunque en un principio (valga la redundandia) fueran en contra de mis principios porque otra gente lo hace mucho mejor y con más motivos que yo.

Pero es que no puedo evitarlo. A esta señorita en cuestión, de la que hablaba en el principio de mi entrada, la han publicado en unas cuantas editoriales (una de ellas es Entrelíneas, con lo cual su credibilidad, desde mi punto de vista, está bajo tierra) y se pasea por colegios e institutos dando charlas. Yo, mientras tanto, al principio, cuando comenzaba a seguirla le escribí un educado e-mail en el que le sugería que cuidara la ortografía y la gramática de su blog, no por nada en concreto, sino porque con una mala ortografía (¿tan difícil es poner tildes?) se desprestigiaba tanto a sí misma, como al género en el que publica así como al resto de escritores (o pseudoescritores. O gente a la que le da por escribir) de Extremadura.

Pues bien, la señorita en cuestión me respondió diciendo que no tenía tiempo para revisar sus entradas, que escribía por las noches (en medio de un drama terrible, todo sea dicho) y que no podía pararse a revisar lo que había escrito.

¿Pero qué coño...?

A eso es a lo que yo me refería con respeto, narices. No sé si sabe, y si no lo sabe y algún día se pasa por aquí, se lo digo, ya que el email que me envió me dejó tan estupefacto que decidí no responder: Que lo que escribes y lo que publicas se lee. Da igual que lo lean quince, que solo lo lea tu tía Ramona la del pueblo o que solo lo leas tú. Se lee. Y como se lee y te estás autoproclamando escritora, lo mínimo, minimísimo, que puedes hacer es revisar tus textos, coño. Aunque sea un texto para anunciar tus próximas presentaciones. Que te estás llamando escritora, tía, que te estás dejando a la altura del betún, joder, que no me da la puta gana de que encima seas extremeña y si ya los extremeños tenemos fama de paletos, vengas tú a dárte ínfulas y no sepas poner una puta tilde. Y que encima hayas ido por los colegios haciendo talleres y dando charlas por "la fomentación" de la lectura.

¿Sabes? Se dice FOMENTO, tía. Fomento. Efe o eme e ene te o. Fomento.

Y tú vas y me escribes "fomentación" cinco veces en tu entrada de hoy. No puedo contigo.

Ala, qué a gusto me he quedao.

¿Me pones un gintónic, por favor? Puestos a destrozarnos el hígado, que al menos disfrutemos con ello.