jueves, 21 de agosto de 2008

Perdidos en el Bosque

Es la grandeza de la literatura, que nos permite reinventar la memoria y que nadie vea las cosas con los mismos ojos, un libro es muy diferente dependiendo de quién lo lea... se consigue que el lector u oídor escriba contigo el libro.

No es un secreto que Ana María Matute es mi escritora preferida. Quizá ahora más por el cariño que le tengo al personaje que por el conjunto de sus obras (Dickens ha subido puestos desde que decidí que era mi escritora) pero es que no puedo evitarlo. Cada vez que leo una entrevista suya, cada vez que me acerco a su visión de la literatura, cada vez que escucho o leo sus palabras hay algo en mí que se enternece y que la devuelve al puesto que se merece en mi corazón.

Leí Olvidado Rey Gudú con dieciséis años. Recuerdo que por aquel entonces mi abuela todavía nos preguntaba antes de pedir los regalos de los Reyes Magos : "¿Qué libro vamos a pedirnos este año?"

Desde que tengo recuerdos mi abuela siempre me regalaba un libro por Reyes, pero no creáis, que todo esto tiene una explicación muy terrenal. Veréis, yo de pequeño comía muy mal. Pero mal mal mal de tirarme cinco horas comiendo. Y yo comía siempre en casa de mis abuelos porque estaba cerca del colegio y mi abuelo, que era el que se encargaba de darme de comer, se desesperaba porque luego nunca llegaba puntual al cole por la tarde (sí, yo todavía soy de esa generación que sufría las clases de historia a las tres y media de la tarde. Una tortura).

Lo que ocurre es que un día descubrieron que, si me daban un cuento o un cómic de Disney, me metía tanto en la lectura que ellos podían darme de comer sin que yo apenas me quejara o me enterara. Tenía cinco años y mi abuela siempre fue una mujer muy práctica, de ahí que, cuando llegué a la época del Barco de Vapor, cambiáramos los cómics (gracias a ella tengo una colección enorme de cómics de Disney y me llegó a tocar una bicicleta) por los libros. Recuerdo que en Navidad me cayeron Los Mifenses, Danko, el Caballo que conocía las estrellas y muchos más.

Aquel año yo estaba dudoso entre el Capitán Alatriste y Olvidado Rey Gudú, de los que había leído las reseñas y los que me moría por catar. Al final, ganó Olvidado Rey Gudú y lo pedí en mi carta.

Lo que pasa es que algo debió de ocurrir (lo que ocurrió es que mi abuela enfermó de alzheimer aquel año y supongo que las cosas se salieron un poco de madre y los reyes dejaron de ser lo que eran) y no me cayó ningún libro.

Pero no pasó nada, ahorré y me lo compré. Todavía recuerdo cuándo, dónde y cómo hacía el día que fui a la librería y lo cogí. La dependienta me dijo que si no era un libro muy gordo para alguien de mi edad y yo tuve que aguantarme la risa. No era el primer tocho que me leía y por supuesto que no iba a ser el último.

Tardé cerca de cinco meses en terminármelo (ah, la adolescencia, cuántas distracciones disfrazadas de falda de tablas, piernas largas y sujetadores intuídos) y tengo que reconocer que me quedé en su superficie, que no leí más que la historia en sí. Pero a pesar de todo lo que no entendí, me encantó. Tal y como apunté al final, el día que me lo terminé (puse la fecha y todo, 19 de agosto del 96) fue "una experiencia increíble". Me costó mucho entrar en su universo, eso sí, pero cuando lo hice (exactamente cuando Volodioso conoce a Lauria y Ardid entra en escena) ya no pude dejarlo.

Tengo que hacer un alto en el camino para decir que, de pequeño, igual que me gustaban los cómics, estaba obsesionado con los cuentos clásicos. Tenía miles de colecciones, me sabía los diálogos Disney de memoria (aunque me cabreaba que no respetara las versiones originales de las historias, no lo comprendía. Pero, bueno, tampoco comprendía cómo era posible que Ana Torroja cantara canciones hablando en masculino). Me encantaba dibujar de pequeño (aunque mi hermano me supera con creces en ese arte) y cuando aprendí a escribir, mis dibujos sin contexto pasaron a ser cuentos. Quería dibujar tan bien como María Pascual, que ilustraba muchos de mis libros, y ya era fan de ella. Tengo guardadas mis mil y una versión del comienzo del Mago de Oz (todavía me sigue alucinando todo el asunto del tornado) y, cuando llegaban las Navidades, me sentaba delante de la pantalla de la tele para ver aquellos cuentos y superproducciones europeas (los primeros estaban presentados por Shelley Duvall. ¿Es que nadie se acuerda?) y, dependiendo del cuento que fuera, yo, por la tarde lo intentaba reproducir con dibujos y cómics y tal. También recuerdo que a los siete años me regalaron un walkman con grabadora y mi hermano y yo nos dedicamos a grabar nuestras propias versiones de los cuentos (mi abuelo me regalaba cada sábado una cinta con varios cuentos grabados y ¡todavía las tengo! En algún sitio que no recuerdo, vale, pero sé que las tengo). Famosas son en mi casa nuestras versiónes del Mago de Oz, como aquella en la que yo hacía de narrador pero en la que mi hermano, con su voz gangosilla y siempre resfriada de cuatro años, me interrumpe con una aparición estelar que dice "y vio a la carroza y a una bruja espantacional" de la que todavía no hemos sabido interpretar qué quería decir. O nuestra versión de Blancanieves en la que los enanitos cantan una canción de Bananarama.

Cuando iba a hacer la comunión estaba convencido con que me iban a regalar una cámara de vídeo (sí, lo de soñar despierto cosas imposibles ya se me daba bien desde aquel entonces) y ya tenía planeada mi propia versión del Mago de Oz. Había escrito un guión y todo que repartí a los amigos y primos que había elegido para los papeles, había pensado en las localizaciones e incluso tenía mis truquitos de efectos especiales, no os creáis. Lo que pasa es que al final no me la regalaron y no os podéis imaginar, con todo esto, lo identificado que me he llegado a sentir con el personaje de Briony al leer Expiación hace un par de meses.

Así que no es muy sorprendente que, en cuanto abriera Olvidado Rey Gudú y viera que muchos de mis personajes preferidos de los cuentos tenían su aparición estelar, quedara inmediatamente rendido a los pies de Ana María. Había sabido coger a los personajes tal y como yo me los imaginaba, en su esencia más pura, recogidos de los verdaderos cuentos, de los que yo me creía uno de los pocos conocedores.

No sabría explicar con palabras las sensaciones que me produjo la lectura de ese libro. Mi parte preferida es la segunda, con todo el asunto Tontina-Predilecto-Ondina. Aunque la tercera también es apotéosica, con esa inclinación hacia la nostalgia más desnuda, para llevarnos a ese final memorable e increíble y perfecto. Ardid es y siempre será para mí el mejor personaje (femenino y no femenino) de la literatura y la considero como mía. Y el trasgo del Sur, y el anciano, y todos los personajes de la Corte de Olar siempre tendrán un sitio en mí. Y el Olvido. Ese maravilloso y espeluznante aviso de que nada es eterno.

No puedo evitarlo. He leído el libro otras dos veces (una a los veintitrés y otra el año pasado) y siento que el libro crece conmigo, cada vez que lo leo descubro nuevos matices, nuevas sensaciones de las que no me había percatado antes. Y todavía tengo la sensación de que me quedan muchas por descubrir.

Por eso decidí hace mucho que le dedicaría mi cuarta novela (Ne Obliviscaris (No me olvides), la que estoy escribiendo ahora y de la que ya he superado el ecuador) a Ana María Matute. Creo que, en parte, que yo quiera ser escritor se lo debo un poco a ella. Me di cuenta cuando hace unos años leí su biografía por Marie Luise Gazarian-Gautier y vi que Ana María Matute y yo compartíamos una visión muy, muy parecida de la infancia y del mundo que nos rodeaba (que ella hubiera nacido con toneladas de talento y sensibilidad era lo que nos separaba).

Así que, cuando iba el otro día a la piscina y pasé por un kiosko y vi su imagen (pero qué tierna me parece) en la portada de una revista, tuve que comprármela irremediablemente. En la entrevista celebraban que le habían dado el Premio Extremadura a la Creación y yo, desde aquí, quiero hacerle mi particular homenaje y compartir mi alegría por ese reconocimiento.

Gracias, Ana María, por perderme en el Bosque.

PD: Parto mañana hacia tierras centroeuropeas, donde, por lo visto, las casualidades existen.

miércoles, 6 de agosto de 2008

Perdona si estoy mal escrito y traducido y editado pero me publica Planeta

El otro día andábamos buscando un libro para que mi chica leyera en la piscina y como más o menos sé sus gustos, le dije que por qué no se llevaba el de Perdona si te llamo amor de Federico Moccia. Había escuchado hablar de él en el telediario y más o menos me sabía de qué iba, pensaba que le iba a gustar.

Al día siguiente, se quedó dormida y lo cogí yo para echarle un vistazo. La verdad es que lo flipé bastante con lo que pueden hacer la publicidad y la promoción (como si me sorprendiera, vaya, pero es que, qué queréis que os diga, uno es un poco inocente y cree siempre primero en la bondad y en la buena intención de las personas y que todo es rosa y bonito y dulce y de caramelo y de supernovas, chiste privado que no vais a entender).

El libro (todavía no llevo mucho, pero me da un poco de pudor llamarlo "novela") parecía más un guión cinematográfico lleno de diálogos insulsos llenos de onomatopeyas y notas a pie de página (que se supone que es la narración. La narración, me parto) que más bien parecen las acotaciones de un director de teatro que fragmentos de narración.

Vamos a ver, yo no sé mucho de técnicas literarias actuales ni nada, pero, no sé. A mí no me parece que el libro esté tan bien escrito ni que sea tan la hostia. Sí, puede que el tema tenga tirón, pero no sé.

Para empezar, la voz narrativa es muy particular. Se entremezcla sin ningún tipo de criterio la voz de un narrador en tercera persona con los pensamientos del personaje que está bajo la focalización en ese momento.

No, Alessandro deja la nota sobre la mesa, no han entrado los ladrones. Ha sido ella. Me ha robado la vida, el corazón. Ella dice que siempre ha respetado mis decisiones, pero ¿qué decisiones? Deambula por la casa. Los armarios están vacíos. Conque decisiones, ¿eh? Si ni mi casa era mía.


A mí esto no me parece ni original ni, ni mucho menos, algo bien escrito. De hecho, desde mi punto de vista, se salta más de dos lógicas de escritura porque sí, no le veo justificación ninguna a ese tipo de narrador, no me encaja en esta novela (si estuviéramos hablando de Virginia Woolf y esto fuera una novela literaria en sí misma o experimental, pues me callaría) y me parece metido con calzador, como si el autor no hubiera querido meterse en los berenjenales de escribir en primera persona cada punto de vista. O incluso parece vagancia y dejadez. Queda artificioso, sí, pero no en un sentido positivo, al menos en mi opinión.

(Prefiero pensar eso a que el autor -o, yo qué sé, el traductor- no tenga ni idea de las normas formales y de estilo que, seguramente habría pensado yo si fuera un informador de Planeta y este manuscrito me hubiera llegado de manos de un escritor novel, para qué vamos a engañarnos. El tipo este ya viene precedido por su fama en italia, así que supongo que es mejor no pensar que no tiene ni idea. Supongo, claro)

Y, bueno, yo no es que sea un purista precisamente (de hecho, CarPa también ha sido a veces tildada de "guión cinematográfico" más que de novela, pero bueno, sé por qué es así y no me preocupa. Más que nada porque hay fragmentos en que está hecho a conciencia -la novela quiere imitar la forma de una telecomedia- y porque esas "acotaciones" son más que acotaciones, vamos, que no son solo "Allesia (u otro nombre italiano) coge dos vasos. punto y aparte, seguimos con el diálogo lleno de onomatopeyas digno de redacción infantil"), pero creo que sé reconocer cuándo algo está bien escrito o cuándo el escritor que hay detrás no tiene muchas luces (no me parece un escritor inteligente el que hay detrás de la novela, lo siento) y trata de ser, cómo decirlo, ¿efectista?.

—¡Naomi!
—Se me da bien, ¿eh? —Sonríe Niki.
Diletta bebe un sorbo de cerveza.
—Deberías dedicarte en serio a lo de ser modelo.
—Pasa el tiempo, un año, una se engorda...
—¡Olly, eres una envidiosa! Te fastidia que desfile tan bien, ¿o
qué? Pero sabes de sobra que esta..., es la hostia. ¿Cómo se llama?
—Alexz Johnson.
—¡Eh, aquí todas somos profesionales! Mira, mírame a mí. —Y Olly se planta en el otro extremo de la acera, se apoya la mano en la cadera derecha, dobla un poco la pierna y se detiene, mirando fijamente al frente. Después da media vuelta, se echa la melena hacia atrás con un rápido movimiento de cabeza y regresa.
—¡Pareces una modelo de verdad! –Y todas le aplauden.

Odio el efectismo en las novelas. O al menos, el efectismo mal llevado. Queda bien en las pelis de Silvester Stallone, no te digo yo que no, pero, yo qué sé. Es que efectismo acaba llevando a teatralidad y la teatralidad es imposible de creer, todavía menos en una historia que se vende como "historia de amor de verdad blablablaqué bonito".

Y encima, no llevo mucho, apenas ochenta páginas y ya he visto docenas de gazapos, traducciones mal hechas y errores de edición.

¿No se supone que Planeta tiene que cuidar esas cosas? Lo admito de una editorial pequeña, a lo mejor, que no dispone de muchos medios, pero, ¿de Planeta? Sinceramente, si yo fuera el autor a lo mejor me cabreaba un poco por la falta de respeto a mi texto.

Yo, como lector, me he cabreado porque para mí eso entra también dentro del campo del respeto. Sobre todo porque un libro de Planeta no es barato precisamente. Puede ser malo, sí, como en nuestro caso, pero tiene que estar impoluto y cuidado al máximo. Con mucho énfasis en lo de tiene, del verbo tener utilizado como perífrasis de OBLIGACIÓN.

Qué rabia me dan estas cosas.

jueves, 31 de julio de 2008

Atención: pregunta.

Anoche volví de Venecia con mi contractura muscular igual de jodida (por la mochila y otras actividades no contables en un blog para todos los públicos) y el cansancio no curado, pero correctamente desconectado, que es lo que importa. No hay nada como eso, como cortar unos días con la rutina para volver a ella y abrazarla sin reparos, no porque antes hubiera estado mal, no, sino porque, fiel al tópico, ¡joder qué bien sienta un soplo de aire fresco! (tanto más sabiendo que a finales de mes me hago otro viajecito a tres ciudades que llevo mucho tiempo deseando visitar: Praga, Viena y Budapest).

Y que conste que antes de comenzar con el tema que quería tratar en la entrada de hoy quiero decir que el nivel de mi instinto paternal es indirectamente proporcional al nivel de mi líbido, que luego sacamos conclusiones erróneas; pero es que en el aeropuerto de Venecia, mientras estábamos esperando a que el equipaje saliera de las profundidades (y mientras cruzábamos todos los dedos de nuestros cuerpos para que Iberia no hubiera mandado nuestras maletas a Tumbuctú) vi a una bebita de poco menos de ocho meses. Vio que estábamos abriendo una bolsa de Pandilla Drakis (ñam ñam) y dijo claramente: "patata patata". La miré sorprendido y la madre se encogió de hombros y se rió. La niña siguió diciendo "patata patata" y yo le pregunté a la madre si le podía dar una. Ella dijo que no había problema y cuando le di una patata a la niña ella sonrió y dijo "rica". Así, claramente. Después me los quedé mirando un rato (las maletas tardaron bastante en salir pero, en fin, no me sorprendió. Acababa de llegar a Italia, es lo que se espera de ese país) y la niña hablaba claramente. Muy claramente.

Después, en el avión de vuelta, coincidí sentado detrás de un padre británico con tres niños. El mayor no tenía más de cinco años. Pues bien, en cuanto despegamos (venga, reconocedlo, a que os gusta tanto como a mí la sensación del despegue. Es algo que me gusta tanto que monto en el avión solo por sentirla. Y no, no hay ironía en esta frase aunque pueda parecerlo) abrió un libro y se puso a leer. Era La isla del tesoro. Y no era una versión abreviada ni nada por el estilo, no. La isla del tesoro tal y como me la leí yo años ha. Cuando se aburrió, cogió un cuaderno y se puso a escribir con su caligrafía irregular de lápiz casi sin punta. Empezó poniendo al principio de la página: "Chapter 2" y yo ya no pude fliparlo más y me puse a darle codazos a mi chica, que dormitaba a mi lado. Joder, el niño estaba escribiendo un cuento. ¡Un cuento! Le cotilleé entero y, aunque ponía faltas (no tiene que ser muy fácil para un niño de cinco años la diferencia entre fonemas ingleses por muy nativo que seas) estaba bien escrito. ¡Y estaba escribiendo más letras que todos mis alumnos juntos en dos años!

Y en el autobús de vuelta a Cáceres coincidí de nuevo con una familia anglo-germánica. Era impresionante escuchar a la abuela hablar en alemán, que los niños le respondieran en inglés, que hablaran entre ellos en ambos idiomas... Y a mí, que no hay cosa que más me guste que hablar en inglés con niños británicos porque, no sé, supone un reto y me encanta, pues me puse a jugar con ellos a un juego de cartas (en realidad primero empecé haciéndole cucamonas al hermanito pequeño y luego la hermana mediana me dijo que el pequeño quería preguntarme si quería jugar a las cartas con ellos pero que le daba vergüenza preguntármelo y yo no pude negarme) y nos pusimos a jugar. Las cartas eran de Harry Potter y la hermana mayor me contó que se había presentado al casting de Luna Lovegood y estuvimos hablando de los libros. No sabéis el ataque de frikismo que me dio. Hablar de Harry Potter en inglés con niños británicos. Frikismo total y Fer encantado.

Pues bien, a lo que voy, lo que me ha sorprendido de estas anécdotas es precisamente la capacidad que tenemos los humanos (y especialmente los niños) para el aprendizaje de las lenguas y, bueno, para el aprendizaje en general. Soy un apasionado tanto de las lenguas como del lenguaje, entendiéndolo como la capacidad que tenemos los humanos para comunicarnos con signos lingüísticos y a mí todos estos temas me dan orgasmos intelectuales, vamos. Por tanto yo me pregunto lo siguiente: ¿cómo es posible que, teniendo en cuenta esta evidente capacidad del ser humano, haya psicólogos que hace unos años decidieran que para la enseñanza reglada en España lo lógico era bajar contenidos e igualar a todos los niños por debajo en lugar de proponerles retos y darles unos contenidos acorde a sus capacidades?

Es algo que no logro comprender. Pero, igualmente, teniéndolo en cuenta, sí que comprendo que nos vaya como nos vaya.

jueves, 24 de julio de 2008

Como un viaje

Hace unos días le hicieron una pregunta al gran George RR Martin acerca de cómo organizaba él las complejas estructuras de sus novelas (o de su novela, según se mire, que la Canción de hielo y fuego puede ser considerada una novela en sí misma dividida en varios grandes tochos) y me gustó mucho su respuesta.

Cuando, a veces, ha surgido la discusión de si somos escritores de mapa o escritores de brújula yo nunca he sabido en cuál de los dos grupos encuadrarme, así que la respuesta que dio Martin me encantó porque creo que es ahí donde me encuadro. Vamos a ver, yo necesito saber hacia dónde voy, antes de ponerme a escribir una novela me compro un cuaderno pequeño de cuartillas y me pongo a hacer esquemas, resúmenes de capítulos, guiones, fichas de personajes... en fin, podría decirse que, siendo fieles al símil, me pongo a dibujar un mapa. Lo que ocurre es que llega un punto siempre en el que me atasco, suele ser a la mitad de la novela, cuando las bases están más o menos sentadas y ya sé desde donde estoy partiendo y hacia dónde quiero ir. Para continuar con el esquema suelo necesitar ponerme a escribir y llegar a ese punto para, a partir de ese momento, continuar con mi mapa.

Así que, sí, podría decirse que soy un escritor de mapa.

Lo que ocurre es que normalmente nunca sé cómo va a acabar una novela. Con Equilátero, por ejemplo, me ha pasado. No ha sido hasta que casi tenía terminada la segunda parte (de tres) que no he sabido exactamente el final que necesitaba. Bien es cierto que tenía una selección de finales diferentes (ah, los poderes de la combinatoria. Nunca pensé que aquellas horribles matemáticas de COU fueran a servirme para algo) pero no tenía ni idea de cuál iba a elegir. De alguna manera, podríamos decir que el final lo eligieron los propios personajes. O el propio personaje catalizador del final. Y lo más fuerte es que, mientras releía la novela para su corrección (tediosa y desesperante a más no poder y que, supongo, que requerirá de una nueva incursión por mi parte en ese mar de letras que tanto me ha costado y sobre el que tantas dudas tengo) más me iba sorprendiendo de las pistas que iba dando acerca del final que había elegido. Sé precisamente que ese es el final correspondiente porque todo lo escrito apunta hacia ahí. A veces no puedo dejar de sorprenderme por la fuerza del subconsciente.

Así que ahí me teníais hasta la entrevista de Martin, sin saber decidirme, sin tener ni idea de si uno era un escritor de mapa o de brújula. Supongo que queda mucho mejor decir lo segundo, que uno no sabe a dónde va a llegar, que es mucho más divertido ver hacia dónde te llevan los personajes, que si uno sabe de antemano qué es lo que va a pasar, pues la tarea de escribir pierde gracia... Pero, no sé, no acaba de convencerme esa visión del asunto.

Para mí, escribir es una cosa un poco metódica. Necesita de preparación, organización y mucho trabajo previo a la propia escritura. Por eso no acabo de creérmelo, no acabo de creerme a los escritores que se dicen con brújula. De alguna manera es imposible que sin un pequeño mapa trazado salga una historia coherente. Adoro atar cabos, adoro dar pistas, adoro dar pequeñas pinceladas a lo largo de toda la novela que, para mí, sería imposible dar de no caminar con un mapa bajo los ojos. A mí, por ejemplo, no hay cosa que más me guste que cogerme el Ipod y ponerme a caminar mientras dibujo una y otra vez en mi cabeza las escenas que tengo que escribir. Pero no, no penséis que uno se pone a caminar porque sí, que uno no es tan... ¿cómo llamarlo? ¿bohemio? Cuando me refiero a caminar, me refiero a ir de un sitio a otro porque tengo la necesidad de hacerlo. Se llama optimización de tiempo.

Por eso me gustó lo que dijo Martin acerca de este proceso. Dijo que, para él, escribir era como un viaje. Sabía de dónde partía, sabía hacia dónde tenía que ir y por dónde tenía que pasar y a dónde quería llegar al final, pero lo que no sabía eran las anécdotas que iban a ocurrir durante ese viaje.

Me encanta la afirmación. Define a la perfección el concepto que yo tengo de todo este asunto. Precisamente porque esas anécdotas son las que me gusta escribir. Bueno, no nos engañemos, es cierto que cuando me planteo una novela hay una serie de escenas (dos, tres, cuatro a lo sumo) que me muero por escribir y que son el eje central de la misma, las que tengo claras desde el principio y casi la razón principal por la que quiera escribir esa historia, más que nada, bueno, porque esas escenas son la historia en sí. Lo que ocurre es que, luego, al final, esas escenas nunca quedan tal cual las habías pintado en tu cabeza. Unas veces porque en tu cabeza son tan geniales y quedan tan de puta madre que cualquier cosa que tú escribas no va a ser capaz de estar a la altura ni de coña, otras porque ya no pegan y quedan como un pegote que, al final, tienes que quitar en la revisión (me ha pasado, una pena, aunque luego me he guardado esas escenas para futuras novelas. ¿Quién sabe?)...

Así que, sí, me encanta escribir esas anécdotas del viaje de las que habla Martin. Son las que me ayudan a conocer a los personajes, a darles vida. Son esas pequeñas cosas cotidianas que, quizá no son importantes a la hora de la trama principal, pero que son fundamentales en el dibujo del personaje y sus relaciones con los otros personajes.

Además me encanta la metáfora: Escribir una novela es como un viaje. Nunca mejor dicho, señor Martin.

Y hablando de viajes, mañana me marcho a Venecia. No me esperéis levantados.

miércoles, 16 de julio de 2008

¡Vaya!

¿Que cómo ha llegado mi nombre ahí? No tengo la menor idea.


En la sección de Cultura del diario Expansión, el sábado 28 de Junio de 2008.

sábado, 12 de julio de 2008

Ya se terminó

Bueno, desde ayer estoy oficialmente de vacaciones. No veía el momento en que llegara este momento y ahora es como si no fuera capaz de asumirlo. Comprendo perfectamente que es mucho más duro ser opositor que tribunal de oposición (no hace tanto que estuve del "otro lado") pero desde luego esta ha sido una experiencia más que agotadora mental, física, emocional y psicológicamente. Lo que está en juego para todos (un puesto de trabajo, credibilidad profesional, la inclusión de buenos profesionales en el sistema educativo...) es demasiado grande. El futuro, en definitiva.

Así que, sí, es duro. Por eso, porque sé que es duro y que una de las partes más duras para el opositor que no tiene éxito es no saber qué ha hecho mal y por qué ha fallado (es frustrante que uno se haya esforzado al máximo y acabe sin saber qué parte de ese esfuerzo ha dado sus frutos y qué no) y porque en este tiempo que ha durado el proceso las visitas a este blog han aumentado considerablemente a través de búsquedas en google de mi nombre desde Extremadura y porque muchos de los candidatos han incluído partes de literatura en sus exposiciones, intuyo que más de uno se ha pasado por aquí para conocer quién era el que tenía delante y cómo tenía que enfrentarse a él, invito a todo aquel a quien haya examinado y no sepa en qué ha fallado a que, cuando acabe finalmente todo el proceso y se sepan los resultados de forma oficial, me escriba un correo para preguntarme. Estaré encantado de ayudar, porque considero que esa es la continuación de mi labor. Al fin y al cabo, dedico una gran parte de las horas de mi día a la docencia y puede que esa experiencia ayude a otros que quieran dedicarse a lo mismo. Mi correo está en el perfil. Muchos me conocéis y habéis visto cómo nos hemos portado, así que no dudéis en preguntarme, estaré encantado de poder echaros una mano en la medida en que me sea posible.

He dicho.

Y ahora, al trapo. No he escrito nada. Pero nada con mayúsculas. Así: NADA. Y dudo que en los próximos días pueda hacerlo debido al cansancio mental del que estoy haciendo gala últimamente. Además, estoy enganchadísimo a Festín de cuervos del magnífico, maravilloso, genial, increíble y poco valorado fuera de su círculo (como muchos genios) George Martin (novela que ya empecé en inglés precisamente en el año de las oposiciones pero que, por el mismo tipo de agotamiento, preferí dejar porque estaba de inglés hasta las mismísimas pelotas. Así que no veo la hora de que llegue el momento piscina y yo pueda tumbarme a la bartola con mi librito y marcharme a Asshai o a Lannisport.

Espero volver a ponerme a la tarea en breve. Tengo una novela juvenil que me está encantando escribir a medias. Bueno, a medias es un decir, llevo poco más de la cuarta parte, pero estoy disfrutando tanto, tantísimo con ella, que quiero que se me quite el cansancio ya (para eso, he decidido darme un capricho y esta tarde voy a que me den un masaje oriental que acabe con todas mis jodidas contracturas de la espalda. La de sacrificios que tiene que hacer uno por la escritura...). Y como os he tenido muy abandonados, aquí va un pequeño avance de la novela.


...

...

El título. ¿Acaso pensáis que os iba a dar más? No, señores, que uno sigue siendo un poco pudoroso a pesar de toda la bilis que suelta en este blog. La novela se titulará Ne Obliviscaris (No me olvides) y ya tengo registrada la mitad en el registro intelectual, que como he mandado lo que llevo a algunas personas y uno, aparte de pudoroso, es desconfiado por naturaleza, pues no se fía mucho de la circulación de archivos por estas ondas y estos cables interneteros.

Y también le he mandado a mi agente la versión corregida (bueno, la primera versión corregida, que imagino que no se habrá terminado el proceso porque me conozco) de Equilátero y estoy que me muerdo las uñas porque hay días que sigo pensando que la novela es buena, que dice cosas interesantes y que tiene personajes apasionantes (¡cómo me quiero!) y días que pienso que he escrito un truño infumable de casi trescientas cincuenta páginas. En fin, qué dura es la vida del bipolar.

¡He vuelto!

domingo, 29 de junio de 2008

Me muero

Me muero por muchos motivos. El primero: El cansancio (el físico, el psicológico y el emocional). El segundo, pues luego os lo digo.

Me ha tocado ser tribunal de la Oposición de este año. No hace más de dos que me la saqué y ya me ha tocado evaluar cómo lo hacen algunos de mis compañeros de clase. Es agotador, no solo por la carrera a contrarreloj que los señores de las administraciones públicas nos imponen llevar (cobrando una mierda, todo sea dicho) sino porque, perfectito y pefeccionista que es uno, intenta hacer su labor lo más profesional posible y eso conlleva un desgaste de calcio, potasio y azúcares y demás nutrientes cerebrales que me deja turulato para el resto del día.

Pero, ¡oh, condena!, no puedo permitirme estar turulato porque mi chica también está opositando (de otra especialidad, no me seais malpensados) así que, como uno ya tiene experiencia en estas lides, pues le toca ayudar en el proceso. Y sostener en el momento de los bajones. Y animar y llevar la voz cantante cuando toca.

Agotador. No recordaba estar tan cansado desde mi propia oposición. Y lo que me queda. Estoy triste. Animadme.

Porque me muero. Sobre todo eso: me muero.

Me muero porque lo que más me apetece en el mundo es escribir y no puedo ni tengo la estabilidad mental para hacerlo.

Todo un drama, señores.