martes, 21 de febrero de 2012

Un tipo con suerte

Sí, ese del título soy yo: Guapo, atractivo, inteligente, oscuro, sexy,  peligroso, alto de estatura media con unos pies grandes. Y encima, con suerte.

Probablemente no estéis acostumbrados a que destile azúcar por los cuatro costados pero, sí, es cierto que soy un tipo con suerte. Debo de serlo porque creo que he tenido la mayor suerte del mundo por cruzarme en la vida con la gente con la que me he cruzado. Con mis amigos, vamos.

No sé cómo lo he hecho ni si es mérito mío (que, probablemente, no lo sea) pero creo que tengo a los amigos con más talento del mundo. Me enriquecen, me llenan, me inspiran y me hacen seguir adelante. No sería quien soy, no llegaría a donde he llegado si no fuera por ellos, por lo que he aprendido y aprendo diariamente a su lado. Y hoy, que me he pasado el fin de semana escribiendo como si no hubiera un mañana y que he contado con su compañía en todo momento, no puedo evitar sentirme eso, afortunado. Y también muy agradecido.

Gracias.

lunes, 20 de febrero de 2012

Escribir a cuatro manos 1

Bueno, está clara la tendencia y yo me alegro por que así sea. Bueno, imagino que vosotros no os habréis dado cuenta pero yo sí: mis posts en el blog son directamente proporcionales a la cantidad de tiempo que le dedico a la escritura. Es decir, si escribo, posteo. Si no escribo, no posteo. Eso no es que me resulte sorprendente porque la razón por la que no he publicado tantas entradas el año pasado fue precisamente esa: no escribí, publiqué. Y, para qué vamos a engañarnos, escribir es mucho más interesante que publicar.

Así que, sí, estoy escribiendo. Pero no como siempre sino de una manera completamente diferente que me está haciendo sentir como un niño con pañales nuevos. Estoy escribiendo a cuatro manos. Y, sí, ya sé que lo he dicho en alguna entrada anterior, pero acostumbraos, este es mi blog y me cago cuando quiero y escribo y me repito cuanto quiero.

Escribir a cuatro manos es una experiencia increíble porque le arrebata al oficio de escritor esa soledad que tiene impregnada por defecto. Ahora mismo no sé cómo empezar porque me gustaría ir desgranando el proceso poco a poco en varias entradas, pero sí que tengo clara una cosa: esto de escribir con otra persona hace que no decaigas y que la motivación esté siempre al 100%. Si te caes, tienes una mano que te ayuda a levantarte. Si se cae la otra persona, te pones la capa de Superman y después de hacer un par de loops con doble efecto por el cielo (porque soy así de exhibicionista) vas y le tiendes tú la mano para que se levante. Si tienes dudas, solo tienes que gritar. Si las tiene la otra persona, va y te grita y tú respondes.

Evidentemente, no es algo fácil. Al menos al principio. Sobre todo porque no cualquier historia puede escribirse a cuatro manos. Al menos en mi caso. Pero es que esta historia ya existe. Está escrita de algún modo y, la verdad, no se escribió a cuatro manos. Se escribió, grosso modo, más o menos a ¿dieciséis?. Así que si quería embarcarme en este proyecto, estaba claro que no podía hacerlo solo y que solo podía hacerlo con ella, porque creo que tenemos exactamente la misma visión de la historia aunque llegamos a ella desde lugares muy diferentes y nos complementamos. Donde ella no ve, yo sí lo hago. Donde yo no llego, ella ha ido y ha vuelto doscientas veces, por lo menos.

Ya hablaré de cómo hacer que encajen los estilos, las escenas, de cómo nos estamos organizando, de los miles de problemas, de las miles de soluciones, de lo divertido que es, solo que hoy no lo voy a hacer porque es mejor empezar por el principio. Y el principio es muy claro y, al mismo tiempo, es contradictorio ya que el principio es la conclusión a la que llegamos el otro día, tratando de organizar la segunda parte de la novela:
Ella: Entonces tú tienes la mente organizada como un listado de cosas a escribir, ¿no?
yo: Exacto.
Ella: Pues mi cabeza es una página de wikipedia con miles de enlaces de hipertexto.
 Está claro que, por comentarios como ese, hay que quererla. Pero no solo eso, porque es que dio con la razón por la que nos complementamos tan bien. Es que pensamos de maneras tan diferentes que, al final, cuando trabajamos juntos (y creedme cuando os digo que trabajamos duro, muy duro) la novela alcanza una tridimensionalidad (sujeta a cambios, miles de cambios, millones de cambios, infinitas horas de revisión) que yo jamás sería capaz de lograr por mí mismo.

Ojalá todo esto salga bien y podáis leer el resultado. Yo ahora os dejo porque, jo, la ilusión que me hace decirlo: ME VOY A ESCRIBIR.

viernes, 17 de febrero de 2012

Recuperando el tiempo

No falla. De pronto, sin avisar (o con avisos a los que uno prefiere ignorar), uno se libera de todas las obligaciones superfluas que le han tenido ocupado la mayor parte del tiempo durante los últimos meses y, así, sin comerlo ni beberlo, al día siguiente se pone malo. Con gripe. Con fiebre. Y sin mami en casa a la que quejarse.

Definitivamente, estar malo sin tener a una madre a la que quejarse (al menos, le lloraba por teléfono) no mola.

Pues eso, no falla. Cada vez que mi cuerpo se relaja, las defensas deben de cogerse vacaciones y acabo enfermo; ya sea gripe, gastrointeritis, faringitis o cualquier cosa terminada en itis. Soy de esa gente tonta que se pone malo en vacaciones o en fin de semana. Desde luego, debo de ser el primer funcionario disfuncional.

En fin, que la semana pasada fue mi primera semana libre en varios meses (entendiendo por "libre" el seguir trabajando a cien kilómetros de casa, el tener una pila interminable de redacciones y de exámenes que corregir y demás obligaciones varias) y voy yo y, como soy así de inteligente, pues me cojo la gripe y me la paso envuelto en una manta viendo a Ana Rosa y sucedáneos por la tele.

Si ya estaba gilipollas, probablemente mi gilipollez habrá aumentado en un doscientos por cien.

Pero, eso sí, me dio tiempo a leerme las cartas de amor del certamen del que soy jurado y quedar satisfecho con el resultado. Recogí las novelas del certamen del que soy comité de lectura. Di una charla sobre literatura juvenil a profesores y bibliotecarios que disfruté muchísimo y, sí, también me ha dado tiempo a desesperarme con la nueva novela.

Porque, no sé si os pasa a vosotros, pero ahora que tengo tiempo para dedicarme a ello, me da ansiedad. Es como una sensación que empieza en la boca del estómago y que sube a la garganta y que hace que el corazón lata más rápido; que te da vértigo y terror y que te hace pensar: "madre mía, madre mía, madre mía, que voy a escribir. ¡Qué nervios!". Así que luego vas y como es un pensamiento que te supera, te pones a hacer cualquier otra cosa.

Siempre me pasa cuando llego a cierto punto en cada proyecto. No es miedo a la página en blanco, no sé exactamente qué es pero se parece a pensar que ahora que puedes dedicarte a ello, a lo mejor no das la talla.

Pero no os preocupéis porque suele durarme solo los primeros días.

Eso espero.

Porque si no, significará, que la ración doble de Ana Rosa y sucedáneos varios me dejó definitivamente (más) gilipollas.

jueves, 19 de enero de 2012

De prejuicios y otras yerbas

Hoy vengo reivindicativo. Sí, señoras y señores (por cierto, ¿estáis ahí todavía? Si seguís aquí, de verdad, ¡hay que tener valor!), porque pululando hoy en mi hora libre de clase por ciertos blogs me he encontrado con algún que otro comentario que, la verdad, no es que no me haya hecho gracia, que ya sabéis que uno tiene un humor muy sui géneris y se ríe por todo, sino que me ha dejado un poco confuso... confuso porque, vamos a ser sinceros, yo también tuve mi época de pensar igual que la persona que hizo ese "algún que otro comentario".

¿Y qué comentario es ese? Os preguntaréis (probablemente no, pero es que es para darle efecto a la cosa). Pues en realidad es una tontería, pero a mí me ha dejado pensando. Veréis, una persona ha dicho que tiene unos prejuicios muy asentados contra los escritores españoles porque no le atrae una historia cercana a sí misma, que prefiere leer historias que suceden en lugares lejanos...

No sé, yo me he quedado así, con los ojos y la boca muy abiertos hasta que me ha entrado una mosca, he estado a punto de atragantarme y de morirme de asco y entonces he cerrado la boca y la mosca se me ha quedado dentro del cerebro y, probablemente, dentro de nada ponga huevos y yo pase a ser el protagonista involuntario de una película malísima de serie B por lo menos. Una película de serie B sin presupuesto, para más INRI.

En fin, lo dicho, al principio me ha dado por cabrearme ante el comentario porque, no sé, pensemos, de cinco novelas que he escrito yo, tan solo dos, la primera y la segunda, transcurren en un entorno, llamémosle, familiar. El resto... pues el resto, la verdad, entre lugares inexistentes, Londres, París y Venecia y más lugares inexistentes, pues la verdad es que creo que tengo cubierto el cupo de escribir acerca de historias que suceden en lugares lejanos... Y luego está lo de acordarme de otros compañeros escritores que, no sé, vamos, que tampoco escriben sobre lugares cercanos y, ¡oh, dios mío! incluso escriben acerca de gente con otra nacionalidad (¡PERO QUÉ SACRILEGIO!) o, peor aún, acerca de (es que esto, en serio, es que esto me parece tal atropello que no sé si decirlo...) GENTE DE OTRO TIEMPO Y DE OTRAS REALIDADES Y DE OTROS PAÍSES QUE AHORA NI SIQUIERA EXISTEN.

¡Dios mío! ¡Que alguien llame a la policía literaria, por favor! ¡YA!

Bien. Es que estoy un poco hartito de que muchos lectores se piensen que los escritores españoles (por cierto, todavía sigue dándome mucho pudor incluírme en este grupo, pero mi loquero terapeuta me ha dicho que si no quiero sufrir un desdoble de la personalidad, que mejor comience a hacerlo para ver si, así, en un par de siglos acabo por creérmelo) solo escribimos de realidad en España o, peor aún, solo escribimos de la Guerra Civil.

Claro que yo tengo una teoría que dice que en España nadie te considera escritor o cineasta hasta que no has escrito una novela o has hecho una película sobre la Guerra Civil, pero eso es otra historia.

No sé, poniéndome benevolente, pues imagino que esta persona solo ha leído los libros en español que le mandaban en el instituto. Porque, seamos un poco serios. ¡Cuánto daño ha hecho la asignatura de literatura española para la literatura española! Porque, no sé, al menos a mí es que solo me mandaban leer novelas realistas del tipo La Colmena, La Familia de Pascual Duarte y ese tipo de cosas y, claro, acabas por creer que la literatura española es, sobre todo, terruñera, realista, deprimente y postguerrera (¿existe esta palabra? ¿No? Pues debería. ¡Señoras y señores de la RAE, pásense por aquí!).

Porque, sí, sé de lo que hablo, que yo estudié filología inglesa por su literatura, porque no me gustaba nada de nada pero nada de nada de nada de nada de nada (y podría seguir así siglos, pero se me cansa la mano) la literatura española gracias a los libros que me obligaban a leer en clase.

Así que creo comprender a esa persona que ha hecho el comentario porque, bueno, a fin de cuentas ha admitido que se trata de un prejuicio.

Pero qué pena, los prejuicios hacen tanto daño. Esta persona, por poner un ejemplo, jamás se atreverá a leer Mitología de Nueva York de Vanessa Montfort, por ejemplo. O tampoco leerá El Mapa del tiempo o El Mapa del cielo de Félix J. Palma. O tampoco querrá leer, no sé, El Ciclo de la luna roja de Cotrina... como si, no sé, los que escribimos en español y encima somos españoles no pudiéramos conocer otras culturas y escribir acerca de ellas.

Incluso de las que no existen y nada tienen que ver con nosotros.

¿Sabéis? Hoy llevo cinco cafés en el cuerpo y creo que he escrito esta entrada en cinco minutos. ¿Se me nota? Ahora os dejo, que voy a tirarme por el balcón. Seguro que vuelo.

domingo, 8 de enero de 2012

Cosas (¿Estamos ya en enero? ¡Coño!)

Hay una historia.

Nació hace muchos años, en el 2006. No era una historia mía, de hecho. Que sí que lo era (en parte) porque lo bueno de esta historia es que era compartida. Iba creándose poco a poco, día a día (literalmente). La creábamos juntos, cada uno con su personaje (o personajes, porque gracias a esta historia muchos de nosotros llegamos a adquirir rasgos esquizoides -muy esquizoides). Vivió intensamente cuatro años más. Cuatro años en los que nuestros personajes vivieron y crecieron junto a nosotros. Día a día. Sí, repito lo de "día a día" porque eso es literal. Todos los días encontrábamos un hueco para regresar a ellos. No sé exactamente con quién habíamos establecido el vínculo, si con nosotros o con ellos, nuestros personajes, que ahora no solo formaban parte de nosotros sino que, de alguna manera, éramos nosotros mismos o nosotros ellos mismos. Ya os digo, esquizofrénicos perdidos (o, en nuestro argot, que nadie comprenderá, COMO LOCOS).

En el 2008 no es que muriera, porque morir, lo que se dice morir, no ha muerto nunca, pero sí que fue diluyéndose y quedó a medias (en esa parte de ciertas historias en las que te dan ganas de arrancarte el corazón y de sacarte las vísceras para no sufrir y eso).

No murió, pero, no sé, después de todo este tiempo tampoco es que formara parte de nuestras conversaciones diarias, pero sí que estaba ahí. Blyd siempre estuvo ahí.

Y entonces, en septiembre, durante un viaje de autobús, se me ocurrió. Probablemente estos últimos tres meses del 2011 hayan sido los más ocupados de mi vida. Miles de cosas, miles de proyectos sin importancia pero sumamente urgentes que me robaban todo el tiempo del mundo. Pero da igual, porque ese día se me ocurrió y tuve que mandar un mensaje a la única persona que sabía que compartiría la misma emoción que yo tenía ante la ocurrencia. Ante la locura, más bien.

¿Por qué no transformar esa historia en novela? Podía ser fácil, ¿no? Yo iba de culo, pero el NaNoWriMo se acercaba y yo tengo un vínculo emocional demasiado arraigado con el NaNoWriMo como para, ni siquiera, intentarlo. Si se trataba de escribir una novela de 50.000 palabras en un mes, compartiendo esas 50.000 palabras entre dos, pues si hacemos las matemáticas bien, se quedaban en 25.000. Que es, para los de letras, su mitad. Y la historia nos la conocíamos al dedillo. Y sus personajes, a fin de cuentas, seguían habitando dentro de nosotros. No parecía difícil.

Como era de esperar, recibí la respuesta que esperaba. Y así fue cómo en noviembre de 2011, como ya he dicho antes, el Año Más Jodidamente Ocupado de la Historia Vital de Fer El Guapo, comencé a escribir esta novela junto a la única persona con la que sabía que podía lograr el reto: Geòrgia Costa.

A fecha de hoy, la novela tiene más de cien mil palabras y creemos que va por la mitad. O no. No sabemos. Lo único que sé es que estos dos últimos meses he vuelto a recuperar la ilusión por escribir y que he vuelto a encontrarme a mí mismo gracias a la escritura.

Y es que, está muy claro, creo que ya sé por qué no he escrito en el blog tan asiduamente (¡toma eufemismo!) estos últimos meses. Es que yo creo que no soporto escribir acerca de lo que me han publicado. A mí, lo que me gusta realmente, es contaros acerca de lo que escribo. Eso es lo realmente importante.

Y es eso, quizá siga sin escribir mucho por aquí, porque, en serio, cuando hablo de falta de tiempo no estoy utilizando ningún eufemismo. El pluriempleo es malo, colegas. Las dobles o triples vidas (la del profesor que viaja, la del hijo perfecto, la del preparador de oposiciones, la del tipo sexy, la del escritor, la del señor de su casa, la del novio aceptable, la del que presenta libros...) tampoco son buenas. Pero, en fin, ya os lo he dicho, soy un poco esquizofrénico. Por eso espero que me disculpéis si no escribo tanto (prometo escribir más, en serio) o que no os responda al teléfono o que no quede con vosotros o que no presente los exámenes corregidos a tiempo o que no haga las miles de cosas que sé que tengo que hacer. Simplemente pensad que es porque estoy escribiendo.

Y eso me hace inmensamente feliz. Una felicidad que no recordaba hasta que comencé la novela junto a Geòrgia el pasado 1 de noviembre.

Y que me han vuelto a recordar este pasado cinco de enero, porque solo aquel que haya leído CarPa, sabrá lo importante, lo especial, lo maravilloso que es para mí haber recibido este regalo:


Lo vi por primera vez en Granada, después creo que fue en Edimburgo, luego en Venecia, también en Roma y en Praga... y no recuerdo en cuántos sitios más. Siempre lo he querido porque es un símbolo demasiado importante en mi vida. Y, por supuesto, al final, cuando menos lo esperaba, ha sido mío.

¿A que soy ultracríptico pero eso me hace mucho más intereante, sexy, atractivo, seductor y oscuro? ¿Verdad? ¿Verdad, Adhara, que ya no me odias?

viernes, 2 de septiembre de 2011

¿Cómo coño es que ya estamos en septiembre?

¡Ah! ¡Hola! ¿Qué hacéis por aquí? No, normalmente no llevo estas pintas, pero es que estoy barriendo las telarañas. Y, sí, ya sabemos todos que yo soy un aracnofóbico y que en la vida real jamás osaría limpiarlas no sea que alguna de sus habitantes se me cayera encima pero este es mi blog, todo lo que cuento aquí es mentira y hago lo que me da la gana.

El verano ha pasado por mí como si no hubiera existido. Hoy he ido por primera vez al intsituto y resulta que me ha dado la impresión de que había ido el día anterior y no sé si pensar que es algo triste o alegre.

Como podéis comprobar por la ausencia de entradas y por lo insulso de mi escritura hoy, no he parado. Eso está bien, pero para mí el verano siempre ha sido una época larga, infinítamente larga, en la que me daba tiempo a aburrirme. Así que supongo que el aburrimiento era algo que me podía permitir antes, porque si algo ha pasado este verano es precisamente eso: no me he aburrido.

Así que, por la parte literaria, que es la que nos interesa porque dudo que os interese saber el estado de mi herida en la pierna, fruto de un cirujano malvado que se empeñó en quitarme un lunar y que me ha tenido cual vampiro sin poder ponerme bajo el sol (aunque, todo sea dicho, yo huya del sol...).O tampoco creo que os interese saber lo mal que comí en Irlanda y los kilos que engordé durante el crucero por el Adriático.O que sigo sin un euro.

O que, durante la boda de unos amigos, perdí los pantalones. Literalmente, no en sentido figurado ni sexual que aquí nos conocemos todos. Es decir, que cuando fui a abrir la funda del traje a doscientos kilómetros de mi casa y a una hora escasa de la boda, resulta que los pantalones ya no estaban allí (y yo lo había revisado a conciencia antes de salir de casa). No llevaba más que unas calzonas hawaianas así que, como era de esperar, cundió el pánico. Mucho. Pero hete aquí que las tiendas de pueblo todavía abren los sábados por la tarde y yo no puedo estarle más agradecido al señor Marcelo, de Modas Marcelo, por que también entrara en pánico (según sus palabras: «¡Dios mío! ¡Un pantalón! Para ti y yo sin modista y con tu metro y medio habrá que cogerte el bajo!» a lo que yo le respondí si realmente creía que a mí me importaba que los pantalones me quedaran largos) y por que, finalmente, junto a veinte alfileres por pernera, yo pudiera ir a la boda dignamente vestido.

O que durante mi viaje a Irlanda, la alarma de incendios del hotel sonara a las dos de la mañana y comenzáramos a gritar como damiselas en el vestuario femenino ante la visita de un mirón a pesar de que fuera una falsa alarma y que, después del susto,a mi novia le dio por darme ideas para cuentos de terror que nos dejó a os dos sin pegar ojo durante toda la noche. Jamás un hotel dio más miedo que en sus palabras.

Supongo que no os interesará nada de eso y que lo que os interesa es lo que he escrito durante este verano y las conclusiones (seguramente absurdas) a las que habré llegado. Pero, dado que probablemente hayáis perdido el hábito de pasaros por este blog, y dado que estoy leyendo a George Martin, el maestro del cliff-hanger por excelencia y estoy aprendiendo mucho de él y de sus maneras de putear a sus lectores, mejor os cuento todo eso en la próxima entrada.

Que será en breve.

(la audiencia se ríe y se atraganta y se asfixia y se muere)

La entrada de hoy está dedicada, por supuesto, a Adhara, cuyas preguntas capciosas siempre dan donde más duele, como nuestra conversación de ayer:

Adhara: ¿Por qué no posteas?
Un compungido Fer: Porque no tengo cerebro.
Adhara: ¿Desde cuándo eso es una excusa para no postear?

Y me pilló. Vaya si me pilló. Si ella supiera que tuve que empeñar mi cerebro este verano para poder viajar...

sábado, 11 de junio de 2011

Atención: pregunta

Tengo una novela (vestida de azul) que me trae por la calle de la amargura. Y no es una frase hecha. Es, literalmente, lo que me produce cada vez que me planteo retomarla.

Probablemente, de las seis que he escrito, es el trabajo que más me ha costado. Por su profundidad, por las cosas que quiero decir con ella, por sus personajes, complejos, difíciles, diferentes a mí y entre sí... creo que nunca me había enfrentado a algo tan difícil. Y, claro, por eso me amarga, porque no sé si es que no tengo la suficiente experiencia o el talento como para contarla bien. Es raro, porque creo que la solución está ahí, detrás de mi cabeza, en algún sitio al que no puedo acceder y me enerva pensar que no voy a encontrarla nunca o que voy a encontrarla cuando ya sea demasiado tarde.

Evidentemente, estoy hablando de Equilátero.

Creo que no es un problema de estilo, creo que no es un problema de trama (al menos, no ahora que creo saber lo que falla al respecto). No sé qué es pero me aterra pensar que su problema sea la narración porque eso significa no solo tener que planteármela desde el principio, sino plantear toda (absolutamente toda) su estructura narrativa desde el principio. Lo que significaría que entonces la novela no sería Equilátero sino otra.

Ya sabéis la importancia que le doy yo a los cimientos literarios, vaya.

Hace poco me he planteado reorganizarla y creo saber por dónde tienen que ir los tiros. Todavía tengo que hacer un serio trabajo de redacción y de pulido. He tratado de reducirla a su núcleo y de tener cerca de 350 páginas, ahora mismo tiene 180 (con cosas por añadir todavía pero que han cambiado de punto de vista). Y yo tengo un vértigo gigante porque, ahora mismo, no sé por dónde tirar.

Y este es el momento donde entráis vosotros, mis queridos lectores (toma peloteo, más adelante os ofreceré caramelos si el peloteo no os convence. O sexo. Ofrecer sexo siempre logra que consigas todo lo que te propones. Sobre todo si te inventas capacidades amatorias que realmente no tienes... pero, bueno, no vengo yo aquí a desvelar mis trucos de seducción. O, al menos, no ahora, claro) porque la duda me asalta, me corroe, me pudre por dentro. Y no es bueno dejarla ahí porque entonces te envejece la piel y yo, por ahora, soy muy feliz aparentando menos edad de la que tengo (y que se verá aumentada en un año el próximo lunes).

Claro, que como mi meta en la vida es ser un madurito canoso interesante, pues tampoco me importa tanto.

En fin, a lo que voy. Para mí es muy importante la adolescencia en la novela. Y en la vida. No en vano, me gano las habichuelas siendo profesor de secundaria y pervirtiendo mentes para llevarlas por el buen camino. Creo que es la época del Cambio, la época en la que se sientan las bases para todo lo que vendrá después. Quizá no somos conscientes muchas veces pero yo creo que lo que te ocurre durante esa época marca de una manera muy definitiva lo que te ocurrirá en los años venideros.

Y hay una parte fundamental de la novela que transcurre durante la época de adolescencia de los personajes. En principio no es un problema porque todos conocemos novelas "para adultos" que transcurren durante la adolescencia de los protagonistas (El camino de Delibes, Soria Moria de Espido Freire, por poner un par de ejemplos) y no pasa nada.

Sin embargo, mucha gente ve en esto un escollo. Como si el hecho de que durante en el principio de la novela (concretamente, toda su primera parte) uno de los personajes narrara desde su presente rememorando ese pasado (me explico?) la convirtiera inmediatamente en "novela juvenil" solo porque la edad de sus protagonistas es de diecisiete años.

Me exaspera. Me cabrea. Me frustra y me hace darme cabezazos contra la pared que esto ocurra porque mi intención con Equilátero fue, precisamente, escribir algo diferente a lo que había escrito hasta ese momento y alejarme del "público juvenil" (o quizá, mejor expresado, alejarme del para todos los públicos).

(odio estas etiquetas. Para mí, como "escritor" no tienen sentido. Pero imagino que para las editoriales y librerías, sí)

Así que, no sé, según vosotros ¿qué debe tener una novela "adulta" con sus protagonistas pasando por la adolescencia al principio de la misma para que no sea considerada juvenil y sí adulta? El estilo sé que lo tiene, porque no es en absoluto el estilo que yo le doy a mis novelas juveniles o infantiles. Es otro tipo de narración, mucho más sosegada y profunda. Con otro ritmo. El sexo también lo tiene. De hecho, la novela está plagada de erotismo desde la primera hasta la última página. Y otras cosas también. Pero, no sé, necesito caminar sobre seguro y sé que solo vosotros, oh grandes gurús de la literatura, podéis ayudarme.

Y os daré caramelos a cambio.

¡Y sexo!

sábado, 14 de mayo de 2011

Mi semana, en jornadas (con sorpresa al final)

¡Señoras y señores! ¡No se peleen! ¡No hagan cola! ¡No hace falta! ¡Hay sitio para todos! ¿Quieren saber cómo se puede morir de estrés? ¿Quieren presenciar en directo cómo un pobre incauto ha tomado decisiones erróneas y se arrepiente minuto a minuto de lo que ha decidido? O, ¡mejor aún!, ¿quieren verle sufrir una muerte lenta y dolorosa de la que ni se percata porque sus sentidos están tan ocupados haciendo miles de cosas mientras ustedes comen palomitas y se regodean en su desdicha porque él, pobre infeliz, ni siquiera tiene tiempo para quejarse (con lo que a él le gusta ser una reina del drama y quejarse cual Scarlett O'Hara a los cuatro vientos)? Pues, pasen, señores. Pasen y vean.

Los lunes, nuestro pobre infeliz, recorre los cien kilómetros que separan su lugar de domicilio hasta su lugar de trabajo y se encierra en el instituto hasta las tres, hora en la que come a trompicones hasta que dan las cuatro, momento en el que vuelve a meterse en el aula hasta las ocho de la tarde, momento en el que vuelve a coger el coche y a recorrerse los 100 kilómetros que le separan de su ansiada cama. Porque es eso exactamente en lo que piensa mientras pisa el acelerador y reza por que la guardia civil no esté por las carreteras en ese momento: en su ducha, en su cama (y en su capítulo de A Game of Thrones, que verá mientras cene pero que no entenderá debido a su agotamiento cerebral).

Los martes, nuestro incauto espécimen de humano, vuelve a recorrerse cien kilómetros, da clases hasta las tres y recorre el camino de vuelta tan solo para encontrarse un hogar destrozado por el desorden, la inmundicia, los platos, sin fregar, la cama sin hacer, el baño sin brillar y la ropa tirada por el suelo gritándole desesperada que haga algo para que recuperen su lustro y esplendor de antaño.

Los miércoles, como cualquier otro miércoles, comienzan para nuestro ejemplar de homo cansadus con sus kilómetros reglamentarios, sus clases reglamentarias y su casual corrección de exámenes. Él no lo sabe, pero se encuentra amenazado de muerte por sus alumnos, que no tolerarán un día más de espera sin conocer los resultados de las pruebas que, de nuevo, el infeliz que nos ocupa, ha preparado entre minuto de tarea y minuto de tarea. Vuelve a casa y se mete de nuevo en clase, esta vez en la UNED, donde es tutor y donde intenta sacar lo mejor de sus alumnos. El examen está próximo. Nadie sabe quién está más tenso. Si los alumnos o el profesor.

Y llegan los jueves, de nuevo recorriendo kilómetros, nuestro caballero de triste figura (porque encima, como casi no camina, los michelines están apoderándose de su cuerpo cual caries malvadas de anuncio de dentrífico) piensa en los exámenes por poner, en las tareas que corregir y en, por supuesto, las clases que también da por la tarde en la UNED ese mismo día, que no ha tenido tiempo de preparar y de la que, por supuesto, aun le quedan varios trabajos por corregir. Se ha enterado de que está amenazado de muerte por uno de sus grupos de alumnos. Traga saliva mientras conduce y se dice que no deberia consentir amenazas de otro grupo pero que, a fin de cuentas, lo de dormir eternamente no suena tan mal en ese momento. Y finalmente da sus clases. Y sale de sus clases y prepara las clases del día siguiente.

Que es viernes. Y como cualquier otro viernes, se levanta con la misma cara que Belén Esteban (pongo este personaje por las visits que suscitará sus búsqueds en Google, claro, no porque mi imaginación esté tan seca que no sea capaz de imaginar un símil más vistoso) sin pasar por maquillaje y piensa que sería estupendo que fuera un viernes de verdad y no un sucedáneo. Porque, normalmente, los fines de semana se los pasa limpiando todo lo que no limpió durante la semana, recogiendo las pelusas que, de pronto, se han empeñado en recibirle cada vez que llega a casa y comprando todo lo que no compró para alimentar su vacía nevera.  y corrigiendo todo (TODO) lo que no corrige durante la semana. Y va al cine. A veces. Solo cuando la película lo merece.

Y este fin de semana tengo que preparar la charla que doy el próximo 19 de mayo en la Biblioteca Pública de Cáceres a las 20:00 horas, titulada Literatura juvenil: tan necesaria como completa y a la que estáis, por supuesto, invitados. Por favor, venid. ¡Que por ahora el único asistente confirmado es mi madre! Prometo que dejaré que me tiréis tomates al final. Incluso aunque os haya gustado. En serio.

Y además, ayer sumé una tarea más a todas las anteriores después de recibir una llamada.

(¡¡Una más!!)

La llamada de mi editor.

Sí, leéis bien.

Me he comprometido a entregar la revisión previa a la edición de Tormenta de verano, mi primera novela infantil, que verá la luz el próximo mes de octubre (¡¡¡ilustrada!!! De verdad, no os miento, ¡¡ilustrada!!) en Ala Delta, de nuevo en Edelvives.

¿A que no os lo esperabais?

(la verdad es que, fiel a la costumbre de no esperarme estas noticias cuando me las dan por estar pendiente de otras veinte mil cosas, yo tampoco)


Sí, seguro que me llamáis avaricioso por quedarme con tantas tareas y deberes cuando debería repartíroslo pero, qué queréis que os diga, pese a sonar egoísta (no, no soy egoísta, ¿en serio no queréis que os regale unos cuantos exámenes para que los corrijáis por mí?) estoy deseando quitarme todo lo anterior de encima, guardarlo en el cajón de "decisiones desafortunadas que jamás volveré a tomar so pena de morir por falta de tiempo libre" y ponerme con el proceso de edición de la novela. Lo haré con el mismo editor con el que lo hice con Ne obliviscaris. Así que la diversión y el disfrute están más que asegurados.

Y ¿lo mejor? No será lo único que publique durante este año. Pero más sobre eso más adelante.

martes, 29 de marzo de 2011

Maneras de contar (II)

Como decíamos ayer (y esta vez casi es verdad), hay muchas maneras de contar una historia pero no todas me parecen buenas. El otro día hablaba de cómo para que un cuento me pareciera bueno, debía arrastrarme. Comparándolo con la música, por ejemplo, un buen cuento, quizá, es como una buena canción de los Rolling, que desde el primer acorde te tiene moviendo los pies y que al final te deja con una taquicardia incontrolable.

Eso no quiere decir que el cuento deba tener un ritmo endiablado o que se escuchen riffs de guitarra por todos los lados. Nada más lejos, hay cuentos intensísimos que siguen arrastrándote (literalmente) desde la primera palabra hasta la última pero que en nada pueden parecerse a una canción de los Rolling. Quizá a alguna de U2 (para comprobarlo, leed El menor espectáculo del mundo, de Félix J. Palma y sabréis de lo que hablo). En definitiva, un buen cuento debe dejarte taquicárdico, emocionalmente perdido, sin aliento. Definitivamente, con ganas de más.

Cuento todo esto porque, para mí, al contrario que para los cuentos que (como ya he dicho mil veces porque soy así de repetitivo, porque me encanta cómo suena la palabra y porque me masturbo con mis geniales propias comparaciones) deben arrastrarte, una novela debe conseguir que te deslices por ella sin que te des cuenta. Que, a lo mejor, comiences a leerla sin ninguna expectativa pero que, de repente, te veas atrapado en ella sin remedio, bajando por una cuesta cubierta de hielo en un trineo sin frenos.

Suelo decir que escribo mejores novelas que cuentos. Si acaso algo de lo que escribo puede considerarse bueno. Quizá a lo que realmente me refiero es que me es más fácil escribir una novela que un cuento. Y es que, la verdad, creo que escribir una novela es, definitivamente, más fácil. Eso no quiere decir que sea fácil escribir una buena novela, por supuesto que no, porque eso no es verdad. Pero sí es cierto que, a la hora de escribir, al menos como yo lo veo, una novela te permite ciertos recursos que piensas que pueden engañar al lector. Sin embargo, al final, después de unas cuantas a mis espaldas, me he dado cuenta de que al único al que engañan es a ti, al escritor.

Para empezar, una novela es más larga. Eso te puede hacer pensar que, no sé, con una descripción por aquí, unas cuantas florituras por allá, un diálogo en la cola del supermercado, una escena de sexo, otra de reconciliación y un par de rollos místico-filosóficos puedes llegar a cubrir los espacios vacíos entre esa escena y esa otra escena que tienes ganas de escribir y que fueron las que te dieron ganas de escribir la historia que estás contando.


Las Estaciones de Vivaldi, por poner un ejemplo, o El lago de los Cisnes o el maravilloso Rumours de Fleetwood Mac son obras mucho más largas que el Satisfaction de los Rolling y, en ninguno de sus acordes  o arpegios (no tengo ni puta idea de vocabulario musical, así que espero que disculpéis mi incultura) se aprecian esas herramientas engañosas. Dudo mucho que Tchaikovski dijera: "voy a meter ahora el Pas d'action para rellenar, que lo que quiero escribir realmente es la danza de los pequeños cisnes". Tampoco creo que Stevie Nicks le comentara a Mick Fleetwood que por qué no metían el Songbird de Christine McVie para rellenar antes de llegar al apoteosis de The Chain (apoteósica, esta canción es simplemente apoteósica). No. En esas piezas musicales ni sobra ni falta nada ni sientes que una parte está por estar para llegar a la otra parte. Todas y cada una de ellas son necesarias.

Ahora bien, ¿cómo se hace eso? ¿Cómo logramos que el lector se deslice por nuestras palabras? ¿Cómo evitar el ser un vago de mierda y recurrir a recursos vagos y manidos y tópicos?

Pues, la verdad, no tengo ni idea (por ahora, que algún día dominaré el mundo. Ya lo veréis) y esta entrada me ha quedado demasiado larga y tengo mil cosas por hacer. Pero en próximas entradas intentaremos adivinarlo.

viernes, 11 de marzo de 2011

Maneras de contar (I)

Si hay algo que me obsesiona cuando me golpea una historia y quiero contarla, ese algo es el modo de hacerlo. Sí, por supuesto, me emociono cuando creo personajes y van surgiendo escenas en mi cabeza; no puedo dejar de darle vueltas a los flecos que me van quedando entre esas escenas hasta que los tengo atados y bien atados (para, a lo mejor, después deshilacharse durante el período de escritura, claro); me apasionan las relaciones que se van estableciendo entre los personajes y disfruto como un niño pequeño con un helado cuando les puteo hasta el éxtasis.

Sin embargo, nada de lo anterior tiene sentido si no sé cómo voy a contarlo. Creo que el modo de contar una historia es lo que constituye sus cimientos. Podemos tener una historia cojonuda con unos personajes alucinantes, unas vueltas de tuerca que ni Henry James y una ambientación de órdago pero si no lo cimentamos bien, si no sabemos contarlo, al final, no tenemos nada.

Por eso, a mí siempre me ha gustado diferenciar entre el escritor y el redactor. Hay muchos buenos redactores que se creen escritores por el mero hecho de contar una historia. No voy a ser yo quien diga que no lo son, así, en público y sin la presencia de mi abogado en la sala pero, en todo caso, de ser considerados escritores, no creo que sean buenos escritores.
Me da la sensación de que hay mucho escritor vago por ahí suelto que se le olvida que, cuando escribe, está construyendo. Y que, para construir, siempre hacen falta herramientas. En este caso, las herramientas con las que contamos, no solo son las palabras sino todo el juego que se tiene que establecer entre ellas sí o sí. Huelga decir que no estoy hablando de la ortografía o la gramática. Lo siento mucho pero soy bastante talibán al respecto. No sabes escribir si no comprendes las reglas mínimas de concordancia, por poner un ejemplo, o mucho menos si cometes faltas de ortografía.

(¡Cojones! Que no hace falta revisar un texto para ver si has cometido faltas de ortografía. No. La corrección no trata de eso, que uno no comete faltas de ortografía de manera natural, porque ha interiorizado precisamente esas normas y, sencillamente, no tiene que pensarse cómo escribir una palabra porque, directamente, en su cabeza no puede escribirse de otra manera. Dejémonos ya de falacias absurdas, de niñerías baratas y de concesiones ridículas. Lo digo claro: No, no eres escritor si cometes faltas de ortografía por mucho que una editorial te haya publicado)

(Y no, en este caso no entra mi problema con las palabras cerveza y absorber que siempre pienso que se escriben como no lo hacen y me sobrecorrijo una y otra vez y me obsesiono y me estreso)

Cuando hablo de estas herramientas que ayudan a construir un cuento, una novela o lo que sea estoy hablando de los propios medios que tiene la literatura para unirlas como si fueran ladrillos y argamasa. Esas herramientas solo pueden adquirirse leyendo, o escuchando historias, o jugando a videojuegos, o viendo series y películas o incluso escuchando música. Son las propias técnicas de narración que se van adquiriendo a lo largo de la vida y que van formando nuestro estilo a lo largo de los años.

Contar una historia no se limita simplemente a ir poniendo una palabra detrás de otra hasta que llego al final. Lo siento, pero no. Un cuento tiene que tener una voz propia. Hay que dar con el narrador correcto o la historia que está en nuestra cabeza jamás será la que hemos escrito. A fin de cuentas, todo está escrito ya y lo que realmente hace destacar una obra es cómo se diferencia del resto. Está claro que va a diferenciarse por el estilo, no por lo que cuente. Y eso, para empezar simplemente. El encuentro de la voz que nos dicta la historia mientras la estamos contando es solo el comienzo. Y tampoco estoy hablando del uso de un vocabulario opulente o de una subordinación maravillosa, no. Simplemente estoy hablando de ese trabajo de preparación previa y de corrección posterior que hace que una obra tenga la forma que tenga que tener y no otra.

Por eso hay muchísimos cuentos que leo que me decepcionan, que me aburren hasta lo más profundo. Sí, no dudo que la historia sea original o que sus personajes estén bien construídos. Pero cuando yo leo un cuento quiero que me arrastre, literalmente, con él. Un cuento es una obra tan breve que no puede dejarte indiferente. Y solo se consigue de una manera: trabajando.

Por eso me cuesta tanto escribir cuentos. Si ya tengo problemas encontrando la voz y escribo y reescribo usando puntos de vista diferentes hasta que encuentro la adecuada, imaginaos cuando me pongo a buscar el resto, cuando busco los andamios, los ladrillos y la argamasa que tienen que darle forma.

Una historia digna de cuento puede tirarse en mi cabeza años y puedo tirarme todo ese tiempo pensando en ella sin escribirla. Para mí, un cuento tiene que dejarte sin aliento. Es la palabra que he usado antes, arrastrar, la que más me gusta porque es lo que me sucede a mí cuando leo un buen cuento. Si no me arrastra, si no me deja sin aliento, al menos un poco, no creo que sea un buen cuento.

Y es una pena, porque hay miles de buenas historias por ahí sueltas, escritas por escritores demasiado vagos e impacientes que simplemente buscan a la hora de escribir esa satisfacción tan enorme que te da cuando terminas una obra.

Pero es que se nos olvida algo: igual que si un edificio terminado con malos materiales acaba sucumbiendo ante el primer temblor, lo mismo le ocurre a un cuento. Si no utilizamos con cuidado las herramientas, como le ocurrió a la casa de paja del primer cerdito, «soplaré y soplaré y tu casita derribaré ». Es decir, no se sostendrá, jamás será una buena obra literaria.

Y da rabia, lo siento pero da rabia porque hay mucha gente con talento pero demasiado vaga como para darse cuenta de que esto no es una carrera de velocidad, sino de fondo. Solo los que entrenan mucho, en la intimidad, acaban llegando.

Si yo llego, preferiría que mis edificios no se derrumbarsen. Más que nada porque no tengo un jodido euro para pagar las demandas que me caerían encima...

martes, 1 de febrero de 2011

Creo en la magia

A veces los astros se alinean, las casualidades proliferan y ocurren cosas como lo que ha sucedido este fin de semana en Madrid, en el I Encuentro Nacional Anika entre libros, del que tuve la suerte de formar parte. No sabría expresar todavía lo que nos ha marcado a todos los asistentes la magia que se creó durante el fin de semana pero sí puedo decir que, parte de la culpa, la tuvo la excelente organización de Elena Martínez Blanco, que como una anfitriona de las de solera, no perdió la sonrisa en ningún momento aunque estuviera a punto de explotar del estrés que seguramente sufrió por culpa de nosotros, que nos habíamos vuelto niños pequeños incapaces de controlarse. Muchísimas gracias, Elena, por invitarme al evento y acordarte de mí.

Supongo que no hace falta que os presente a Anika, después de catorce años encargándose de los libros y de extendiendo la, digamos, "crítica literaria amateur de lectores para lectores" en internet por toda la red, seguramente más de uno se ha pasado por la web para echar un vistazo.
Anika es pura magia. La sientes desde el momento en el que entra en la habitación. Y, lo mejor de todo, es que la contagia. Es pura generosidad y, en cuanto cruzas dos palabras con ella, te sientes enganchado a su forma de ver la literatura y, sobre todo, a su forma de vivirla.

Todos los que acudimos, desde escritores a bloggers o a meros lectores, sentimos al instante esa magia, quedamos prendados de ella y nos la fuimos repartiendo hasta el último minuto. Todo lo que sucedió en Fuentetaja fluyó de una manera tan suave, de una manera tan natural que, a los pocos minutos, todos nos sentíamos como una familia.

Desde la presentación de Antonio Martín Morales, el autor de La caza del Nigromante, que nos contagió a todos de su pasión andaluza, pasando por la educación, el sentido del humor y el saber estar del gran Santiago García-Clairac (a quien, no sé vosotros, pero a mí me cuesta muy poco imaginar con una armadura como un estupendo Don Quijote) y sin olvidarme del carácter de Antonia J. Corrales, de los misterios de David Benito, la mañana transcurrió en un suspiro.

Y, aunque de libros trataba la cosa, no solo quedaba ahí. Porque las charlas cómplices durante la comida con Javier Ruescas y Anabel Botella, los cigarritos furtivos con Julia y Gemma Nieto, las telarañas con Mais, la emoción por la obra inminente compartida con Jesús Cañadas, las risas compartidas con Dustin-Íker,  Mamen de Zulueta, Francisco de Paula y Álex Portero junto a mil cosas más de las que seguramente me olvide porque mi cabeza es mejor recordando sensaciones que caras, condujeron irremediablemente a que la tarde igualara la estupenda mañana.

Y todavía quedaba la noche: sa estupenda ambientación terrorífica, con ese pasaje del terror alucinante preparado ex profeso por Elena y las estupendísimas colaboradoras para que gritáramos pero que logró también despertar enormes carcajadas como antesala de la presentación de La taberna espectral, que compré al día siguiente.

Tuve que irme pronto, porque al día siguiente era la presentación de Ne obliviscaris y mi cuerpo ya barruntaba los nervios (de hecho, por la noche tuve el típico sueño de las escaleras interminables y el del corte de pelo horroroso, como prueba de que mi subconsciente ya estaba más nervioso que yo). Sin embargo, creo que salió bien. No pudo haber salido de otra manera, dado el ambiente en el que estaba y la compañía que tenía (incluso tuve gratas, gratísimas sorpresas de gente querida que se pasó por allí y que me hicieron, todavía, más feliz). Además, tenía buenos compañeros: Delante de mí, Miguel Aguerralde presentó Los ojos de Dios, una novela que me dio muchísima curiosidad. Detrás de mí, la gran Susana Vallejo, a quien le tocó un ejemplar de Obli. Fue un momento especial, porque no todos los días una escritora a la que admiras tiene en sus manos un ejemplar de tu novela. Seguida de Javier Ruescas, que dio una gran noticia a todos sus lectores y que podéis leer en su blog. Y no puedo olvidarme de la estupenda presentación del Rapto del tiempo con José Luís Zapatero y Diana Gavilán. Prácticamente todos los que estuvimos allí nos compramos un ejemplar. ¡Lo que disfrutamos de la presentación!

El resto de la mañana es para mí una nebulosa, porque eso es lo que ocurre cuando andas en las nubes y tienes alas en lugar de piernas. Y es que, todavía, a estas alturas, no sé qué ocurrió este fin de semana; pero estoy seguro de que fue cosa de magia.

sábado, 22 de enero de 2011

Excusas y otras historias

Cuando era pequeño, lo de la comida era un tema que no me entraba en la cabeza. Aunque, bueno, mucho más correcto sería decir que por donde no me entraba era por la boca. Comía mal, podía tardarme horas masticando, no sé, un gajo de naranja. No es que no me gustara comer. Simplemente, me aburría.

Por aquel entonces yo comía en casa de mis abuelos, así que mi abuela, que siempre fue una mujer muy práctica, pensó que había que buscar una solución para que, no sé, no nos creciera barba blanca esperando a que a mí me diera la gana de tragar. Así que un día apareció con un cómic de Disney debajo del brazo que me dio justo antes de comer. Yo lo abrí, me puse a leerlo y, por lo visto, ni me enteré de que me estaban dando de comer.

 Tenía seis años y me costó mucho tiempo no asociar la hora de la comida con los libros. Estuve hasta los catorce o quince años sin poder comer a menos que estuviera leyendo.

Cuento todo esto porque empezar una nueva entrada disculpándome una vez más por no haber escrito no me apetecía en absoluto. De hecho, creo que llevo retrasando tanto tiempo lo de escribir aquí precisamente porque no tenía una excusa cojonuda que poner. Y, ya sabéis, a mí lo del efectismo me gusta mucho.

¿No os ha pasado nunca eso de querer hablar con alguien pero no encontrar el momento y, luego, cuando ha llegado el momento resulta que hace tanto tiempo que no hablas con esa persona que te mueres de la vergüenza por coger el teléfono y marcar su número? La ansiedad del primer momento, ese vacío silencioso que temes que pueda ocurrir hace que te aterre y por eso no lo haces, pero luego, cuanto más tardas en hacerlo, la ansiedad va aumentando y tú retrasas todavía más el momento hasta que, de pronto, es esa persona la que te llama a ti y tú quieres que te trague la tierra porque parece que has pasado de ella totalmente cuando, en tu cabeza, esa llamada llevaba sucediendo en bucle una y otra vez desde hacía meses.

Pues bien, he recibido esa llamada. Es decir, en este contexto, esa llamada puede ser algo así como que en la misma semana dos personas que no tienen nada que ver entre sí pero a las que ves muy a menudo y con las que hablas igual de a menudo te dicen: "hace mil años que no actualizas el blog".

Y entonces tú te sientes igual porque, en tu cabeza, probablemente lo hayas actualizado diariamente pero todas y cada una de las veces que lo has hecho, lo que estabas diciendo te parecía la tontería más grande del universo y pensabas que no merecía la pena ni postearlo...

Porque, no sé, es que tengo poco que contar. Sí, vale, tengo cosas que contar: me han hecho entrevistas, obli ha sido reseñada en varias webs y revistas, me han llamado de un par de sitios y, lo más importante: La semana que viene, el domingo 30 de enero a las 11:00h estaré presentando la novela en Madrid, en la librería Fuentetaja, dentro del I encuentro nacional de Anika entre libros. Así que, si andáis por allí, me encantaría que os pasarais. Pensadlo bien, sería una ocasión estupenda para darme una colleja física por no haber actualizado el blog hasta hoy. ¿De verdad os vais a perder una oportunidad así? Que yo tengo un cuello muy agradecido y se pone rojo en seguida...

viernes, 26 de noviembre de 2010

La tele me engorda pero yo pensaba que la cámara me adoraba

Pero qué le vamos a hacer. Por supuesto, en la entrevista llevo la camiseta del NaNoWriMo, porque si me hacían la entrevista en noviembre, no podía no llevarla:

sábado, 20 de noviembre de 2010

Vida literaria (que no es lo mismo que literatura)

Qué jartito estoy de mí, narices.

Mira que, para empezar, uno que se cree blogger tiene que empezar por lo obvio: el egocentrismo. Si no es para hablar de mí, de lo que pienso, de lo que veo o de lo que opino, ¿para qué iba a tener un blog?

Y, para continuar, uno que se cree proyecto de escritor ha de continuar con lo todavía más obvio: el egocentrismo. Porque, a fin de cuentas, aunque no seamos conscientes, aunque no queramos hacerlo, cuando contamos algo, lo hacemos tiñéndolo por completo de nuestra subjetividad, así que, al final, también estamos hablando de nosotros mismos. De una manera muy velada, claro, en el caso de las novelas, pero de nosotros al fin y al cabo.

Y, en fin, es lo que llevo haciendo sin parar en estos dos últimos meses.

Me han entrevistado para la prensa (podéis leer una de las entrevistas aquí), para la radio (próximamente subiré la entrevista), el lunes que viene grabamos un reportaje para la tele, he dado una charla en un instituto, he presentado la novela (próximamente, cuando recuerde cómo fue porque no me acuerdo de nada de nada de la noche, os haré crónica) y todo eso ha hecho que, cada vez más gente, comenzara a preguntarme por mí y por mi oficio de proyecto de escritor.

Me gusta, no voy a negarlo, a nadie le disgusta su poquito de atención ni el hecho de que se le reconozca su trabajo. Aparte de que, claro, sigue siendo un sueño el hecho de que mi primera novela haya salido a la luz y, aunque me canse, sí que me gusta hablar de mí mismo, no voy a negarlo.

Y disfruto de las entrevistas y de hablar en público. Y jamás pensé que pudiera llegar a cansarme.

Pero es eso, disfruto de ellos, en el momento, cuando lo estoy haciendo.

Después, al llegar a casa, te viene la oleada enorme de, no sé cómo llamarlo, ¿"visibilidad"? y te da el canguelo. Más que nada porque, no sé, se me ocurren cientos de cosas más importantes de las que hablar que de uno mismo. Y aunque siempre he dicho que "los aplausos me ponen", al final, el otro día, en la presentación me di cuenta de que no tenían tanto valor porque, en su amplia mayoría, venían de gente conocida, de gente querida y que te quiere. Y, claro, ¿cómo no van a aplaudirte los que te quieren?

¡Si yo a los que quiero procuro aplaudirles diariamente!

Se me ocurrió que no quería que me aplaudieran a mí porque si eso hubiera sido así, me habría hecho cantante, actor de teatro o playmate. Sin embargo, al final, ha caído lo de ser proyecto de escritor y cuando uno es proyecto de escritor, lo que quiere que aplaudan (si acaso hay algo a lo que aplaudir) es a la novela, ¿no? al trabajo que has hecho.

Supongo que, al final, como todo, el hecho de que me hayan publicado lo único que ha hecho es colocar las cosas en su sitio. La realidad siempre se impone y te da bofetadas y te hace madurar.

Me alegro de que haya sido así.

Así que voy a tener que desdecirme de lo que dije en la entrada anterior. Publicar sí que te cambia la vida y, en mi caso, ha sido para bien porque me ha hecho darme cuenta de que no es lo mismo literatura que vida literaria.

Eso no quiere decir que la vida literaria no me guste. Me gusta hablar de literatura, me gusta que se me reconozca como escritor y que la gente me pregunte por mí y por mi libro. Pero eso no lo es todo. Me gusta más la literatura. Ser lector. Ser proyecto de escritor. En la intimidad, en mi casa, disfrutando con las historias y con los personajes.

Eso es lo realmente importante. No hablar de ello por muchas alegrías que eso traiga.

Así que, aunque os pido disculpas por mi silencio, no os lo toméis como tal. Como digo en mi novela, hay varios tipos de silencios. Y este ha sido un silencio agradable, un silencio en compañía, un silencio fruto de haber compartido muchas palabras previamente. El hecho de estar en silencio con alguien sin que este silencio sea incómodo y uno esté a gusto no es más que la muestra de confianza, complididad.

Es como volver a casa.

Y esta, de alguna manera, es mi casa y vosotros siempre tenéis las puertas abiertas.

Aunque sea para compartir el silencio conmigo.

Gracias por seguir por aquí. Seguiremos dando guerra.

Y ahora es cuando vienen los aplausos, claro.

viernes, 15 de octubre de 2010

No te cambia la vida

Me he levantado esta mañana con esa afirmación en la cabeza y no he dejado de darle vueltas en todo el día: "publicar no te cambia la vida". Lleva así, repitiéndose desde el desayuno, como un rurún incesante que ha hecho que se me removiera todo por dentro y que ciertos engranajes oxidados comenzaran a girar y a chirriar y a hacer ruido (¡que no cunda el pánico! No. No soy un robot. Es que mi cerebro hace ese ruido por falta de uso)

No te cambia la vida. Y es cierto. Creo que ahora mismo no hay verdad más grande que esa. Publicar no cambia tus gustos, ni tus rutinas. Tampoco a la gente a la que quieres ni lo que deseas hacer con tu día a día. Puede parecer bastante incoherente con toda la tralla que llevo dando estos últimos meses con la publicación de Ne obliviscaris y con la obsesión que ha supuesto para mí todo el proceso (no porque sea algo con lo que obsesionarse, no os preocupéis, porque es que yo me obsesiono con todo lo que emprendo debido a mi jodido afán de perfección congénito).

Tengo un libro. Es un sueño cumplido y no voy a negarlo. Pero de la emoción del principio (que era una cumbre) se van pasando por diversos estadíos hasta llegar, supongo, a un equilibrio. No sé, ni siquiera ha salido oficialmente la novela al mercado (sale durante esta semana... o la siguiente, no tengo la menor idea. Supongo que esto es lo que tiene lidiar con editoriales grandes) y ya me estoy planteando estas cosas.

La vida es la misma. Todo sigue igual. Y no es que me moleste. Al contrario: es lo que quiero. Eso no quita que no me preocupe por que la novela guste o no guste, por que llegue a las librerías, por que sea visible, por que se reseñe... yo qué sé... por que ocurra lo mejor que pueda ocurrir. Es normal. Es humano. Soy humano. Pero al mismo tiempo, me cansa, me agota, me exaspera mi entrega.

Suelo jactarme de que soy un tipo bastante práctico. Y lo soy. Pero, al mismo tiempo, con todo esto de la escritura me vuelvo demasiado pasional. Y no es que me moleste, al contrario, es necesaria la pasión y me encanta. Pero, de nuevo, bienvenidas sean las contradicciones, porque me molesta serlo. Me molesta que me preocupe algo que no puedo controlar. Me molesta que haya veces en las que me importe tanto.

Hoy ha llegado un momento en el que me he hartado de mí mismo y de mi novela. En serio. Y entonces he encontrado la paz: No te cambia la vida. Ni quiero que lo haga, porque lo de escribir es un rasgo más de todos los que me definen y lo de publicar, al final, por mucho que se desee, es algo completamente secundario. Sí, satisface cuando te dan la noticia. Supongo que satisfará cuando me comenten algo mis futuros lectores, pero ahora mismo no sé si esto no es más que un culto egocéntrico y masturbatorio que algo que sea realmente un derivado de la escritura. 

Y entonces, ahora, después de irme a beber un vaso de agua (es que he hecho una pausa porque, la verdad, no tenía la menor idea de hacia dónde quería que fuera esta entrada al ponerme a escribirla porque solo lo he hecho para ver si se me aclaraba un poco la mente) me he dado cuenta de algo importante. Escribir es que no tiene que cambiarte la vida. Mucho menos que te publiquen. En todo caso, si por algo es importante que te publiquen un libro y que se lo lea alguien que no es tu madre, es para que le cambie la vida a esa persona. No a ti.

Lo demás, supongo y me declaro completamente culpable si es así, no es más que lo dicho ahí arriba: una masturbación un poco enfermiza.

sábado, 25 de septiembre de 2010

De viajes y bandas sonoras

La música siempre ha sido muy importante para mí. Soy de los que les pone banda sonora a los momentos de su vida, a los años, a los momentos importantes... No hay un momento en el que no haya una canción rondándome en la cabeza y, cuando me sucede algo, es imposible desligar esa canción del acontecimiento.

De hecho, yo soy de los que piensa que la vida debería ser un musical: ir por la calle, darle al play y que todo se confabulara para acompañarte en un número musical magnífico acorde con tu estado de ánimo.¿Que estás contento? Pues todos a cantar y a bailar como si no hubiera un mañana. ¿Que estás tan desesperado que te gustaría cortarte las venas y que el viento te zarandeara como una hoja de otoño y que el cielo se pusiera gris? Pues nada, que se ponga a llover para que tú te marques un número lacrimógeno y expresivo merecedor de un Tony.

Así pues, si me pasa eso con la vida, con las novelas no podía ser menos. Normalmente pasa un año desde que me planteo escribir una novela hasta que la pongo en papel. Ese año, claro, la novela se convierte en una obsesión y todo lo que vivo, lo que leo, lo que me pasa, lo que disfruto o lo que me llega, me lleva a pensar en la novela y, por supuesto, la música no podía ser menos.

Por eso, siempre comienzo creando una lista de reproducción en el itunes donde voy añadiendo cualquier canción que me haya recordado al proyecto que tengo entre manos, ya sea por su melodía, por su letra, por lo que me hace sentir... Al final, después de un año, acabo teniendo una recopilación extensa basada en la novela y que después escucho en bucle mientras estoy escribiendo. No falla. Siempre acaba inspirándome. Cada escena tiene su canción, así como lo tiene su personaje. Es un modo más de caracterizarlos.

Como sabéis, soy un poco friki y, sobre todo para las últimas novelas que he escrito, que se adaptan más a la literatura juvenil, las bandas sonoras de videojuegos han sido mi mejor inspiración. Tienen un espectro tan amplio que es imposible no encontrar una canción que se adapte a lo que necesitas. Y, además, como son instrumentales, no tienen letra que te distraiga mientras escribes. Lo tienen todo. Y a mí me gustan.

Me gustan tanto como la banda sonora que, finalmente, ha quedado para Ne obliviscaris, que os presento ahora y que podréis escuchar en la web de la novela. ¡Espero que la disfrutéis!


 Además, ayer recibí el primer ejemplar de Ne obliviscaris. No me lo esperaba tan pronto. Me habían dicho desde la editorial que no recibiría mis ejemplares correspondientes ni los de la promoción hasta principios de octubre, pero a mi editor (que ha llegado a conocerme bien y sabe lo intolerante a la incertidumbre y lo impaciente que puedo llegar a ser) se le ocurrió mandarme uno de los primeros que les han llegado a ellos.

El corazón empezó a latirme en cuanto abrí el buzón y vi el sobre marrón de la editorial Edelvives. No podía ser otra cosa más que mi novela, así que el viaje en ascensor se me hizo más largo de lo normal, tiré la bandolera al suelo, dejé las gafas de sol en algún sitio que ahora no recuerdo y de donde todavía no las he rescatado y me fui directo al salón para abrirlo.



Tengo un libro.

Es una frase que todavía no me voy a acostumbrar a decir. Mucho menos a creer.

Y me voy diez días a Sicilia con mis alumnos. Entre otras cosas, voy a ver si me uno a la mafia. Que El Padrino es una de mis películas favoritas y, qué le vamos a hacer, uno es un fetichista para todo...
Portaos bien hasta mi vuelta!!

sábado, 18 de septiembre de 2010

Obli

Cuando estuve en Escocia hace dos años, visité el pueblo de Inveraray, que es uno de los lugares más encantadores en los que he estado nunca. Allí, visité su castillo, perteneciente a los duques de Argyll y, entonces, sin darme cuenta, lo encontré.

En aquellos meses, estaba completamente inmerso en la escritura de la novela y, por lo tanto, estaba obsesionado hasta el tuétano. Y cuando entré en ese castillo y descubrí que el lema de la familia (recordad que todos los clanes escoceses tienen un lema) era Ne Obliviscaris y que ese lema significaba "nunca olvidar", supe que había encontrado título para mi novela. El título perfecto, además, porque inconscientemente, creo que buscaba algo que sonara a latín.
Sin embargo, para hablar de ella, sonaba demasiado largo y no sé si fui yo o si fue Adhara quien empezó llamando Obli a la novela.

Así pues (y dado que hay un grupo de heavy metal que se llama igual), la página web de Ne Obliviscaris solo podía llamarse así.

Y aquí os la presento:


Bienvenidos a la página web de Ne Obliviscaris, mi novela.

Me hace una ilusión tremenda que me hayáis acompañado hasta este momento, porque no sería ni la mitad de divertido si no lo pudiera compartir con vosotros.

Así como me hace la misma ilusión poder mostrar hoy en este blog, por primera vez, su portada. Tengo que reconocer que, antes de que me la mostraran, estaba acojonado porque no sabía de qué modo el equipo de diseño iría a interpretar la novela. No era fácil de ilustrar, la verdad. Pero mi editor me decía que siempre lo lograban y yo confiaba en él.

Y no me equivoqué.

No se me ocurre imagen mejor con la que presentaros, por fin, Ne Obliviscaris. Espero que os guste:

viernes, 17 de septiembre de 2010

Emociones

No sé cómo empezar esta entrada, pero es que tiene que haber pocas palabras que definan con exactitud la emoción que sentí ayer cuando entré en el aula de 4º de ESO y me encontré escrito en la pizarra el título de mi novela junto al del Príncipe destronado del gran Delibes.

Resulta que mis compañeros de lengua la han escogido como "lectura obligatoria" (¡cómo detesto este término!) para ese curso y yo no sé cómo agradecerles esa confianza.

Tuve que contener las lágrimas de la emoción. Más que nada porque no es plan que los alumnos te vean llorar el primer día. Que ocurra el tercero, o el cuarto, vale, pero el primero, no. ¡Que uno tiene una reputación de tipo duro que mantener durante, al menos, la primera semana!

Así que ya es real. Ne Obliviscaris sale a la venta a mediados del mes que viene y reboto (todavía más) por las paredes de la emoción.

Estad atentos a vuestras pantallas porque, desde la editorial, me han dado el visto bueno para hacer públicas la portada y la sinopsis. Cosa que haré mañana a través de una web que hemos creado para la novela.

Espero que me acompañéis. Todo esto no sería lo mismo sin vosotros.

viernes, 3 de septiembre de 2010

El menor espectáculo del mundo

Y como comienza septiembre y para mí termina el año y uno se pasa los días haciendo balance, ya he llegado a la conclusión que siempre me gusta tomar por estas fechas.

Esta vez ha sido fácil: El mejor libro que he leído este año ha sido El menor espectáculo del mundo, volumen recopilatorio de cuentos de Félix J. Palma que ha editado Páginas de Espuma y que ya estáis tardando en conseguir. Si no lo hacéis, pienso ir a visitaros por las noches con una capa negra, unos colmillos de pega y una carcajada maléfica que suene algo así como esta... O, esperad, mejor no, que como están de moda los vampiros, no vaya a ser que os enamoréis de mí y acabéis violándome y esas cosas, que uno es muy recatadito cuando quiere.

(Paula Prendes, Sara Carbonero o Angelina Jolie, si vosotras estáis leyendo esto, no os preocupéis que lo anterior no va por vosotras. Me visto de vampiro lujurioso cuando queráis)

(Y ahora, de nuevo, este blog se llenará de visitantes pajilleros que sufrirán la mayor decepción de sus vidas al no encontrárselas)

El año pasado no fue fácil porque se me juntaron Los juegos del hambre de Suzanne Collins, el Curso de Literatura Europea de Nabokov y Paraíso inhabitado de Ana María Matute en el top 3 del ránking, pero acabó venciendo por goleada la distopía de Collins.

En fin, a lo que íbamos.

No soy un gran escritor de cuentos. Como ya he contado mil veces por aquí (y es que siendo casi del sur de la península, es normal que se me haya pegado algo del gazpacho y no pueda evitar no repetirme), escribir cuentos me agota psíquicamente. Muchas veces tardo más en escribir un cuento que en escribir varios capítulos de una novela. Cada vez que me apetece escribir un cuento, acaba entrándome tal ansiedad, que tengo que dejarlo para respirar durante unos días. Y es que eso de intentar que una obra sea perfecta desde la primera a la última palabra cuando no se cuentan con muchas para despistar al lector no es nada fácil.

Por eso valoro sobremanera cuando me encuentro con un libro de la categoría del de Félix. Perfectos relatos desde el primero al último. Tanto, que ahora mismo, no sabría con cuál de ellos quedarme. Aunque, quizá, precisamente por su lugar en el libro, me quedo con el último.

Para empezar, me gusta que todos los relatos tengan un nexo común tanto formal como temático. Esas voces masculinas tan bien orquestadas que van desgranando poco a poco sus historias fueron lo primero que me convenció. No sé si quizá es porque yo no he leído muchos ejemplares del género, pero no me parece que actualmente abunden las voces masculinas en los cuentos. Y, a decir verdad, en la narrativa en general. (nuestro género sexual no está de moda, qué le vamos a hacer. Como me dijo Adhara cuando intentaba publicar CarPa: eres hombre, tienes entre veinticinco y cuarenta años y eres heterosexual. Lo tienes todo para no destacar en nada).

Así que, para mí, escuchar las voces de Palma es algo que agradecí mucho. Aunque parezca una tontería (y, en parte, lo es), el hecho de escuchar unas voces tan claras pertenecientes a unos personajes tan bien definidos con los que comparto sexo y atracciones, me hizo mucho más fácil adentrarme en su universo.

En segundo lugar, evidentemente, el tema: un amor tan actual como variopinto, con tantos matices ante los que es imposible no sonreír con complicidad, ni identificarse con, al menos, una idea de las muchas que pueblan los relatos (el de la carta de Kafka me enamoró de principio a fin. Leí a mis alumnos algunos trozos y, sorprendentemente, pidieron más).

Esta es una recomendación en toda regla acerca de la que no puedo profundizar más porque ahora mismo, en esta habitación, probablemente estemos a treinta grados y acaba de empezar septiembre, así que no me pidáis que piense con claridad. Dadme mi tiempo.

Dadle una oportunidad. Esa portada tan preciosa, esa edición tan cuidada (como suele hacer esa editorial), todas esas historias se merecen un hueco en vuestras estanterias.

A ver si termina siendo también vuestra mejor lectura del año en curso. Porque la del año que viene ya está clara, ¿verdad? Ne Obliviscaris, que para algo la publicaremos antes de navidad y para algo se la compraréis a vuestra abuela, a vuestra tía, a vuestro vecino el ermitaño del quinto y a todos vuestros conocidos. Reconocedlo, no se os ocurre un mejor regalo.

Y cuando yo cuente tres, despertaréis.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Septiembre

Diga lo que diga el calendario, el año comienza en septiembre.

Porque, vamos a ver, ¿acaso en enero se produce algún cambio? La verdad es que no. Y, vale, de acuerdo, lo acepto. Mucho tiene que ver el ser profesor para que yo haga tal afirmación, pero es que, si te paras a pensarlo, es así. En verano, el tiempo se detiene. O va más lento... o más rápido si tienes vacaciones, pero en cualquier caso, se produce una distorsión de la visión que nosotros tenemos de nuestro día a día.

Y es en septiembre cuando sentimos esa sensación de renovación y retorno que, al mismo tiempo, emociona, da cosquillas en el estómago y asusta. En septiembre es cuando se produce la renovación.

(El crucero, bien. Muy bien. Es probablemente lo más kistch y hortera en lo que he participado en mi vida, pero una vez te metes en el mundillo del barco y de tedas arrastrar, te lo pasas teta)

Por eso, no se me ocurre fecha mejor que hoy, día uno de septiembre, para cambiar el diseño del blog y para presentaros ese ataque tan grande de egocentrismo que me ha dado y que me ha hecho capaz de perpetrar mi página personal:


No es que sea gran cosa teniendo en cuenta mis rudimentarios conocimientos de HTML, pero da el pego.

El curso se presenta lleno de ilusiones: Me iré diez días a Sicilia acompañando a varios alumnos; en breve recibiré mis ejemplares de Ne Obliviscaris; imagino que habrá presentación de la novela,; estoy preparando su página web; sigo escribiendo esa adaptación literaria de la que ya os hablé y que tanto me está gustando recrear; acaba de salir el número nueve de la revista Prosofagia, donde participo con un artículo en el que cuento mi experiencia desde que el manuscrito llegó a la editorial; mañana quedaré con mis compañeras y amigas de Cinco a las Cinco y, además, es el día en el que sale a la venta Sinsajo, la tercera parte de la gran trilogía de los Juegos del hambre, por Suzanne Collins y al que le tengo unas ganas que no veáis...

Si acaso eso no es un comienzo, que venga Alanis y lo vea.

Así pues, declaro inaugurado este nuevo año:

Sin embargo, justo antes de perder del todo la consciencia, en mitad del silencio de la casa, sientes el frío de septiembre, el aire de la noche que arrastra la luz y el polen de oro.

Y te duermes, por fin, sabiendo definitivamente que mañana no va a ser otro día.

Septiembre (Finalista del XIII Premio Ana María Matute)
Pilar Galán. Manual de Ortografía. Editorial de la luna libros, 2003.