viernes, 11 de marzo de 2011

Maneras de contar (I)

Si hay algo que me obsesiona cuando me golpea una historia y quiero contarla, ese algo es el modo de hacerlo. Sí, por supuesto, me emociono cuando creo personajes y van surgiendo escenas en mi cabeza; no puedo dejar de darle vueltas a los flecos que me van quedando entre esas escenas hasta que los tengo atados y bien atados (para, a lo mejor, después deshilacharse durante el período de escritura, claro); me apasionan las relaciones que se van estableciendo entre los personajes y disfruto como un niño pequeño con un helado cuando les puteo hasta el éxtasis.

Sin embargo, nada de lo anterior tiene sentido si no sé cómo voy a contarlo. Creo que el modo de contar una historia es lo que constituye sus cimientos. Podemos tener una historia cojonuda con unos personajes alucinantes, unas vueltas de tuerca que ni Henry James y una ambientación de órdago pero si no lo cimentamos bien, si no sabemos contarlo, al final, no tenemos nada.

Por eso, a mí siempre me ha gustado diferenciar entre el escritor y el redactor. Hay muchos buenos redactores que se creen escritores por el mero hecho de contar una historia. No voy a ser yo quien diga que no lo son, así, en público y sin la presencia de mi abogado en la sala pero, en todo caso, de ser considerados escritores, no creo que sean buenos escritores.
Me da la sensación de que hay mucho escritor vago por ahí suelto que se le olvida que, cuando escribe, está construyendo. Y que, para construir, siempre hacen falta herramientas. En este caso, las herramientas con las que contamos, no solo son las palabras sino todo el juego que se tiene que establecer entre ellas sí o sí. Huelga decir que no estoy hablando de la ortografía o la gramática. Lo siento mucho pero soy bastante talibán al respecto. No sabes escribir si no comprendes las reglas mínimas de concordancia, por poner un ejemplo, o mucho menos si cometes faltas de ortografía.

(¡Cojones! Que no hace falta revisar un texto para ver si has cometido faltas de ortografía. No. La corrección no trata de eso, que uno no comete faltas de ortografía de manera natural, porque ha interiorizado precisamente esas normas y, sencillamente, no tiene que pensarse cómo escribir una palabra porque, directamente, en su cabeza no puede escribirse de otra manera. Dejémonos ya de falacias absurdas, de niñerías baratas y de concesiones ridículas. Lo digo claro: No, no eres escritor si cometes faltas de ortografía por mucho que una editorial te haya publicado)

(Y no, en este caso no entra mi problema con las palabras cerveza y absorber que siempre pienso que se escriben como no lo hacen y me sobrecorrijo una y otra vez y me obsesiono y me estreso)

Cuando hablo de estas herramientas que ayudan a construir un cuento, una novela o lo que sea estoy hablando de los propios medios que tiene la literatura para unirlas como si fueran ladrillos y argamasa. Esas herramientas solo pueden adquirirse leyendo, o escuchando historias, o jugando a videojuegos, o viendo series y películas o incluso escuchando música. Son las propias técnicas de narración que se van adquiriendo a lo largo de la vida y que van formando nuestro estilo a lo largo de los años.

Contar una historia no se limita simplemente a ir poniendo una palabra detrás de otra hasta que llego al final. Lo siento, pero no. Un cuento tiene que tener una voz propia. Hay que dar con el narrador correcto o la historia que está en nuestra cabeza jamás será la que hemos escrito. A fin de cuentas, todo está escrito ya y lo que realmente hace destacar una obra es cómo se diferencia del resto. Está claro que va a diferenciarse por el estilo, no por lo que cuente. Y eso, para empezar simplemente. El encuentro de la voz que nos dicta la historia mientras la estamos contando es solo el comienzo. Y tampoco estoy hablando del uso de un vocabulario opulente o de una subordinación maravillosa, no. Simplemente estoy hablando de ese trabajo de preparación previa y de corrección posterior que hace que una obra tenga la forma que tenga que tener y no otra.

Por eso hay muchísimos cuentos que leo que me decepcionan, que me aburren hasta lo más profundo. Sí, no dudo que la historia sea original o que sus personajes estén bien construídos. Pero cuando yo leo un cuento quiero que me arrastre, literalmente, con él. Un cuento es una obra tan breve que no puede dejarte indiferente. Y solo se consigue de una manera: trabajando.

Por eso me cuesta tanto escribir cuentos. Si ya tengo problemas encontrando la voz y escribo y reescribo usando puntos de vista diferentes hasta que encuentro la adecuada, imaginaos cuando me pongo a buscar el resto, cuando busco los andamios, los ladrillos y la argamasa que tienen que darle forma.

Una historia digna de cuento puede tirarse en mi cabeza años y puedo tirarme todo ese tiempo pensando en ella sin escribirla. Para mí, un cuento tiene que dejarte sin aliento. Es la palabra que he usado antes, arrastrar, la que más me gusta porque es lo que me sucede a mí cuando leo un buen cuento. Si no me arrastra, si no me deja sin aliento, al menos un poco, no creo que sea un buen cuento.

Y es una pena, porque hay miles de buenas historias por ahí sueltas, escritas por escritores demasiado vagos e impacientes que simplemente buscan a la hora de escribir esa satisfacción tan enorme que te da cuando terminas una obra.

Pero es que se nos olvida algo: igual que si un edificio terminado con malos materiales acaba sucumbiendo ante el primer temblor, lo mismo le ocurre a un cuento. Si no utilizamos con cuidado las herramientas, como le ocurrió a la casa de paja del primer cerdito, «soplaré y soplaré y tu casita derribaré ». Es decir, no se sostendrá, jamás será una buena obra literaria.

Y da rabia, lo siento pero da rabia porque hay mucha gente con talento pero demasiado vaga como para darse cuenta de que esto no es una carrera de velocidad, sino de fondo. Solo los que entrenan mucho, en la intimidad, acaban llegando.

Si yo llego, preferiría que mis edificios no se derrumbarsen. Más que nada porque no tengo un jodido euro para pagar las demandas que me caerían encima...

martes, 1 de febrero de 2011

Creo en la magia

A veces los astros se alinean, las casualidades proliferan y ocurren cosas como lo que ha sucedido este fin de semana en Madrid, en el I Encuentro Nacional Anika entre libros, del que tuve la suerte de formar parte. No sabría expresar todavía lo que nos ha marcado a todos los asistentes la magia que se creó durante el fin de semana pero sí puedo decir que, parte de la culpa, la tuvo la excelente organización de Elena Martínez Blanco, que como una anfitriona de las de solera, no perdió la sonrisa en ningún momento aunque estuviera a punto de explotar del estrés que seguramente sufrió por culpa de nosotros, que nos habíamos vuelto niños pequeños incapaces de controlarse. Muchísimas gracias, Elena, por invitarme al evento y acordarte de mí.

Supongo que no hace falta que os presente a Anika, después de catorce años encargándose de los libros y de extendiendo la, digamos, "crítica literaria amateur de lectores para lectores" en internet por toda la red, seguramente más de uno se ha pasado por la web para echar un vistazo.
Anika es pura magia. La sientes desde el momento en el que entra en la habitación. Y, lo mejor de todo, es que la contagia. Es pura generosidad y, en cuanto cruzas dos palabras con ella, te sientes enganchado a su forma de ver la literatura y, sobre todo, a su forma de vivirla.

Todos los que acudimos, desde escritores a bloggers o a meros lectores, sentimos al instante esa magia, quedamos prendados de ella y nos la fuimos repartiendo hasta el último minuto. Todo lo que sucedió en Fuentetaja fluyó de una manera tan suave, de una manera tan natural que, a los pocos minutos, todos nos sentíamos como una familia.

Desde la presentación de Antonio Martín Morales, el autor de La caza del Nigromante, que nos contagió a todos de su pasión andaluza, pasando por la educación, el sentido del humor y el saber estar del gran Santiago García-Clairac (a quien, no sé vosotros, pero a mí me cuesta muy poco imaginar con una armadura como un estupendo Don Quijote) y sin olvidarme del carácter de Antonia J. Corrales, de los misterios de David Benito, la mañana transcurrió en un suspiro.

Y, aunque de libros trataba la cosa, no solo quedaba ahí. Porque las charlas cómplices durante la comida con Javier Ruescas y Anabel Botella, los cigarritos furtivos con Julia y Gemma Nieto, las telarañas con Mais, la emoción por la obra inminente compartida con Jesús Cañadas, las risas compartidas con Dustin-Íker,  Mamen de Zulueta, Francisco de Paula y Álex Portero junto a mil cosas más de las que seguramente me olvide porque mi cabeza es mejor recordando sensaciones que caras, condujeron irremediablemente a que la tarde igualara la estupenda mañana.

Y todavía quedaba la noche: sa estupenda ambientación terrorífica, con ese pasaje del terror alucinante preparado ex profeso por Elena y las estupendísimas colaboradoras para que gritáramos pero que logró también despertar enormes carcajadas como antesala de la presentación de La taberna espectral, que compré al día siguiente.

Tuve que irme pronto, porque al día siguiente era la presentación de Ne obliviscaris y mi cuerpo ya barruntaba los nervios (de hecho, por la noche tuve el típico sueño de las escaleras interminables y el del corte de pelo horroroso, como prueba de que mi subconsciente ya estaba más nervioso que yo). Sin embargo, creo que salió bien. No pudo haber salido de otra manera, dado el ambiente en el que estaba y la compañía que tenía (incluso tuve gratas, gratísimas sorpresas de gente querida que se pasó por allí y que me hicieron, todavía, más feliz). Además, tenía buenos compañeros: Delante de mí, Miguel Aguerralde presentó Los ojos de Dios, una novela que me dio muchísima curiosidad. Detrás de mí, la gran Susana Vallejo, a quien le tocó un ejemplar de Obli. Fue un momento especial, porque no todos los días una escritora a la que admiras tiene en sus manos un ejemplar de tu novela. Seguida de Javier Ruescas, que dio una gran noticia a todos sus lectores y que podéis leer en su blog. Y no puedo olvidarme de la estupenda presentación del Rapto del tiempo con José Luís Zapatero y Diana Gavilán. Prácticamente todos los que estuvimos allí nos compramos un ejemplar. ¡Lo que disfrutamos de la presentación!

El resto de la mañana es para mí una nebulosa, porque eso es lo que ocurre cuando andas en las nubes y tienes alas en lugar de piernas. Y es que, todavía, a estas alturas, no sé qué ocurrió este fin de semana; pero estoy seguro de que fue cosa de magia.

sábado, 22 de enero de 2011

Excusas y otras historias

Cuando era pequeño, lo de la comida era un tema que no me entraba en la cabeza. Aunque, bueno, mucho más correcto sería decir que por donde no me entraba era por la boca. Comía mal, podía tardarme horas masticando, no sé, un gajo de naranja. No es que no me gustara comer. Simplemente, me aburría.

Por aquel entonces yo comía en casa de mis abuelos, así que mi abuela, que siempre fue una mujer muy práctica, pensó que había que buscar una solución para que, no sé, no nos creciera barba blanca esperando a que a mí me diera la gana de tragar. Así que un día apareció con un cómic de Disney debajo del brazo que me dio justo antes de comer. Yo lo abrí, me puse a leerlo y, por lo visto, ni me enteré de que me estaban dando de comer.

 Tenía seis años y me costó mucho tiempo no asociar la hora de la comida con los libros. Estuve hasta los catorce o quince años sin poder comer a menos que estuviera leyendo.

Cuento todo esto porque empezar una nueva entrada disculpándome una vez más por no haber escrito no me apetecía en absoluto. De hecho, creo que llevo retrasando tanto tiempo lo de escribir aquí precisamente porque no tenía una excusa cojonuda que poner. Y, ya sabéis, a mí lo del efectismo me gusta mucho.

¿No os ha pasado nunca eso de querer hablar con alguien pero no encontrar el momento y, luego, cuando ha llegado el momento resulta que hace tanto tiempo que no hablas con esa persona que te mueres de la vergüenza por coger el teléfono y marcar su número? La ansiedad del primer momento, ese vacío silencioso que temes que pueda ocurrir hace que te aterre y por eso no lo haces, pero luego, cuanto más tardas en hacerlo, la ansiedad va aumentando y tú retrasas todavía más el momento hasta que, de pronto, es esa persona la que te llama a ti y tú quieres que te trague la tierra porque parece que has pasado de ella totalmente cuando, en tu cabeza, esa llamada llevaba sucediendo en bucle una y otra vez desde hacía meses.

Pues bien, he recibido esa llamada. Es decir, en este contexto, esa llamada puede ser algo así como que en la misma semana dos personas que no tienen nada que ver entre sí pero a las que ves muy a menudo y con las que hablas igual de a menudo te dicen: "hace mil años que no actualizas el blog".

Y entonces tú te sientes igual porque, en tu cabeza, probablemente lo hayas actualizado diariamente pero todas y cada una de las veces que lo has hecho, lo que estabas diciendo te parecía la tontería más grande del universo y pensabas que no merecía la pena ni postearlo...

Porque, no sé, es que tengo poco que contar. Sí, vale, tengo cosas que contar: me han hecho entrevistas, obli ha sido reseñada en varias webs y revistas, me han llamado de un par de sitios y, lo más importante: La semana que viene, el domingo 30 de enero a las 11:00h estaré presentando la novela en Madrid, en la librería Fuentetaja, dentro del I encuentro nacional de Anika entre libros. Así que, si andáis por allí, me encantaría que os pasarais. Pensadlo bien, sería una ocasión estupenda para darme una colleja física por no haber actualizado el blog hasta hoy. ¿De verdad os vais a perder una oportunidad así? Que yo tengo un cuello muy agradecido y se pone rojo en seguida...

viernes, 26 de noviembre de 2010

La tele me engorda pero yo pensaba que la cámara me adoraba

Pero qué le vamos a hacer. Por supuesto, en la entrevista llevo la camiseta del NaNoWriMo, porque si me hacían la entrevista en noviembre, no podía no llevarla:

sábado, 20 de noviembre de 2010

Vida literaria (que no es lo mismo que literatura)

Qué jartito estoy de mí, narices.

Mira que, para empezar, uno que se cree blogger tiene que empezar por lo obvio: el egocentrismo. Si no es para hablar de mí, de lo que pienso, de lo que veo o de lo que opino, ¿para qué iba a tener un blog?

Y, para continuar, uno que se cree proyecto de escritor ha de continuar con lo todavía más obvio: el egocentrismo. Porque, a fin de cuentas, aunque no seamos conscientes, aunque no queramos hacerlo, cuando contamos algo, lo hacemos tiñéndolo por completo de nuestra subjetividad, así que, al final, también estamos hablando de nosotros mismos. De una manera muy velada, claro, en el caso de las novelas, pero de nosotros al fin y al cabo.

Y, en fin, es lo que llevo haciendo sin parar en estos dos últimos meses.

Me han entrevistado para la prensa (podéis leer una de las entrevistas aquí), para la radio (próximamente subiré la entrevista), el lunes que viene grabamos un reportaje para la tele, he dado una charla en un instituto, he presentado la novela (próximamente, cuando recuerde cómo fue porque no me acuerdo de nada de nada de la noche, os haré crónica) y todo eso ha hecho que, cada vez más gente, comenzara a preguntarme por mí y por mi oficio de proyecto de escritor.

Me gusta, no voy a negarlo, a nadie le disgusta su poquito de atención ni el hecho de que se le reconozca su trabajo. Aparte de que, claro, sigue siendo un sueño el hecho de que mi primera novela haya salido a la luz y, aunque me canse, sí que me gusta hablar de mí mismo, no voy a negarlo.

Y disfruto de las entrevistas y de hablar en público. Y jamás pensé que pudiera llegar a cansarme.

Pero es eso, disfruto de ellos, en el momento, cuando lo estoy haciendo.

Después, al llegar a casa, te viene la oleada enorme de, no sé cómo llamarlo, ¿"visibilidad"? y te da el canguelo. Más que nada porque, no sé, se me ocurren cientos de cosas más importantes de las que hablar que de uno mismo. Y aunque siempre he dicho que "los aplausos me ponen", al final, el otro día, en la presentación me di cuenta de que no tenían tanto valor porque, en su amplia mayoría, venían de gente conocida, de gente querida y que te quiere. Y, claro, ¿cómo no van a aplaudirte los que te quieren?

¡Si yo a los que quiero procuro aplaudirles diariamente!

Se me ocurrió que no quería que me aplaudieran a mí porque si eso hubiera sido así, me habría hecho cantante, actor de teatro o playmate. Sin embargo, al final, ha caído lo de ser proyecto de escritor y cuando uno es proyecto de escritor, lo que quiere que aplaudan (si acaso hay algo a lo que aplaudir) es a la novela, ¿no? al trabajo que has hecho.

Supongo que, al final, como todo, el hecho de que me hayan publicado lo único que ha hecho es colocar las cosas en su sitio. La realidad siempre se impone y te da bofetadas y te hace madurar.

Me alegro de que haya sido así.

Así que voy a tener que desdecirme de lo que dije en la entrada anterior. Publicar sí que te cambia la vida y, en mi caso, ha sido para bien porque me ha hecho darme cuenta de que no es lo mismo literatura que vida literaria.

Eso no quiere decir que la vida literaria no me guste. Me gusta hablar de literatura, me gusta que se me reconozca como escritor y que la gente me pregunte por mí y por mi libro. Pero eso no lo es todo. Me gusta más la literatura. Ser lector. Ser proyecto de escritor. En la intimidad, en mi casa, disfrutando con las historias y con los personajes.

Eso es lo realmente importante. No hablar de ello por muchas alegrías que eso traiga.

Así que, aunque os pido disculpas por mi silencio, no os lo toméis como tal. Como digo en mi novela, hay varios tipos de silencios. Y este ha sido un silencio agradable, un silencio en compañía, un silencio fruto de haber compartido muchas palabras previamente. El hecho de estar en silencio con alguien sin que este silencio sea incómodo y uno esté a gusto no es más que la muestra de confianza, complididad.

Es como volver a casa.

Y esta, de alguna manera, es mi casa y vosotros siempre tenéis las puertas abiertas.

Aunque sea para compartir el silencio conmigo.

Gracias por seguir por aquí. Seguiremos dando guerra.

Y ahora es cuando vienen los aplausos, claro.

viernes, 15 de octubre de 2010

No te cambia la vida

Me he levantado esta mañana con esa afirmación en la cabeza y no he dejado de darle vueltas en todo el día: "publicar no te cambia la vida". Lleva así, repitiéndose desde el desayuno, como un rurún incesante que ha hecho que se me removiera todo por dentro y que ciertos engranajes oxidados comenzaran a girar y a chirriar y a hacer ruido (¡que no cunda el pánico! No. No soy un robot. Es que mi cerebro hace ese ruido por falta de uso)

No te cambia la vida. Y es cierto. Creo que ahora mismo no hay verdad más grande que esa. Publicar no cambia tus gustos, ni tus rutinas. Tampoco a la gente a la que quieres ni lo que deseas hacer con tu día a día. Puede parecer bastante incoherente con toda la tralla que llevo dando estos últimos meses con la publicación de Ne obliviscaris y con la obsesión que ha supuesto para mí todo el proceso (no porque sea algo con lo que obsesionarse, no os preocupéis, porque es que yo me obsesiono con todo lo que emprendo debido a mi jodido afán de perfección congénito).

Tengo un libro. Es un sueño cumplido y no voy a negarlo. Pero de la emoción del principio (que era una cumbre) se van pasando por diversos estadíos hasta llegar, supongo, a un equilibrio. No sé, ni siquiera ha salido oficialmente la novela al mercado (sale durante esta semana... o la siguiente, no tengo la menor idea. Supongo que esto es lo que tiene lidiar con editoriales grandes) y ya me estoy planteando estas cosas.

La vida es la misma. Todo sigue igual. Y no es que me moleste. Al contrario: es lo que quiero. Eso no quita que no me preocupe por que la novela guste o no guste, por que llegue a las librerías, por que sea visible, por que se reseñe... yo qué sé... por que ocurra lo mejor que pueda ocurrir. Es normal. Es humano. Soy humano. Pero al mismo tiempo, me cansa, me agota, me exaspera mi entrega.

Suelo jactarme de que soy un tipo bastante práctico. Y lo soy. Pero, al mismo tiempo, con todo esto de la escritura me vuelvo demasiado pasional. Y no es que me moleste, al contrario, es necesaria la pasión y me encanta. Pero, de nuevo, bienvenidas sean las contradicciones, porque me molesta serlo. Me molesta que me preocupe algo que no puedo controlar. Me molesta que haya veces en las que me importe tanto.

Hoy ha llegado un momento en el que me he hartado de mí mismo y de mi novela. En serio. Y entonces he encontrado la paz: No te cambia la vida. Ni quiero que lo haga, porque lo de escribir es un rasgo más de todos los que me definen y lo de publicar, al final, por mucho que se desee, es algo completamente secundario. Sí, satisface cuando te dan la noticia. Supongo que satisfará cuando me comenten algo mis futuros lectores, pero ahora mismo no sé si esto no es más que un culto egocéntrico y masturbatorio que algo que sea realmente un derivado de la escritura. 

Y entonces, ahora, después de irme a beber un vaso de agua (es que he hecho una pausa porque, la verdad, no tenía la menor idea de hacia dónde quería que fuera esta entrada al ponerme a escribirla porque solo lo he hecho para ver si se me aclaraba un poco la mente) me he dado cuenta de algo importante. Escribir es que no tiene que cambiarte la vida. Mucho menos que te publiquen. En todo caso, si por algo es importante que te publiquen un libro y que se lo lea alguien que no es tu madre, es para que le cambie la vida a esa persona. No a ti.

Lo demás, supongo y me declaro completamente culpable si es así, no es más que lo dicho ahí arriba: una masturbación un poco enfermiza.

sábado, 25 de septiembre de 2010

De viajes y bandas sonoras

La música siempre ha sido muy importante para mí. Soy de los que les pone banda sonora a los momentos de su vida, a los años, a los momentos importantes... No hay un momento en el que no haya una canción rondándome en la cabeza y, cuando me sucede algo, es imposible desligar esa canción del acontecimiento.

De hecho, yo soy de los que piensa que la vida debería ser un musical: ir por la calle, darle al play y que todo se confabulara para acompañarte en un número musical magnífico acorde con tu estado de ánimo.¿Que estás contento? Pues todos a cantar y a bailar como si no hubiera un mañana. ¿Que estás tan desesperado que te gustaría cortarte las venas y que el viento te zarandeara como una hoja de otoño y que el cielo se pusiera gris? Pues nada, que se ponga a llover para que tú te marques un número lacrimógeno y expresivo merecedor de un Tony.

Así pues, si me pasa eso con la vida, con las novelas no podía ser menos. Normalmente pasa un año desde que me planteo escribir una novela hasta que la pongo en papel. Ese año, claro, la novela se convierte en una obsesión y todo lo que vivo, lo que leo, lo que me pasa, lo que disfruto o lo que me llega, me lleva a pensar en la novela y, por supuesto, la música no podía ser menos.

Por eso, siempre comienzo creando una lista de reproducción en el itunes donde voy añadiendo cualquier canción que me haya recordado al proyecto que tengo entre manos, ya sea por su melodía, por su letra, por lo que me hace sentir... Al final, después de un año, acabo teniendo una recopilación extensa basada en la novela y que después escucho en bucle mientras estoy escribiendo. No falla. Siempre acaba inspirándome. Cada escena tiene su canción, así como lo tiene su personaje. Es un modo más de caracterizarlos.

Como sabéis, soy un poco friki y, sobre todo para las últimas novelas que he escrito, que se adaptan más a la literatura juvenil, las bandas sonoras de videojuegos han sido mi mejor inspiración. Tienen un espectro tan amplio que es imposible no encontrar una canción que se adapte a lo que necesitas. Y, además, como son instrumentales, no tienen letra que te distraiga mientras escribes. Lo tienen todo. Y a mí me gustan.

Me gustan tanto como la banda sonora que, finalmente, ha quedado para Ne obliviscaris, que os presento ahora y que podréis escuchar en la web de la novela. ¡Espero que la disfrutéis!


 Además, ayer recibí el primer ejemplar de Ne obliviscaris. No me lo esperaba tan pronto. Me habían dicho desde la editorial que no recibiría mis ejemplares correspondientes ni los de la promoción hasta principios de octubre, pero a mi editor (que ha llegado a conocerme bien y sabe lo intolerante a la incertidumbre y lo impaciente que puedo llegar a ser) se le ocurrió mandarme uno de los primeros que les han llegado a ellos.

El corazón empezó a latirme en cuanto abrí el buzón y vi el sobre marrón de la editorial Edelvives. No podía ser otra cosa más que mi novela, así que el viaje en ascensor se me hizo más largo de lo normal, tiré la bandolera al suelo, dejé las gafas de sol en algún sitio que ahora no recuerdo y de donde todavía no las he rescatado y me fui directo al salón para abrirlo.



Tengo un libro.

Es una frase que todavía no me voy a acostumbrar a decir. Mucho menos a creer.

Y me voy diez días a Sicilia con mis alumnos. Entre otras cosas, voy a ver si me uno a la mafia. Que El Padrino es una de mis películas favoritas y, qué le vamos a hacer, uno es un fetichista para todo...
Portaos bien hasta mi vuelta!!