No me extraña que los poetas románticos se quedaran flipados con el paisaje de las Islas Británicas y acabaran escribiendo odas, poemas, himnos y baladas a lo que les rodeaba.
Acabo de llegar de mi periplo por tierras escocesas y, aunque yo era más bien de la novela victoriana, tengo que reconocer que he aprendido a valorar un poco más la locura de esos poetas (y su opio, claro) y el amor que sentían por los paisajes que les vieron crecer. No digo que no me gustaran, de hecho, si una de mis asignaturas preferidas de la carrera fue la literatura del XIX no fue solo por la novela, sino también por los románticos (y eso que yo siempre me he considerado un poco neoclásico) pero, en fin, es un poco difícil de entender ese amor tan exagerado que sienten por la naturaleza si eres extremeño y, bueno, lo más verde que has visto es esa llanura verde casual de cuando ha llovido la noche antes.
Así que me emocioné en las colinas de las Highlands mientras escuchaba la banda sonora de las Crónicas de Narnia, descubrí lo que es el verdadero frío en Loch Lommond esperando a que me hicieran una foto, disfruté en Edimburgo como si fuera la primera vez que iba, eché de menos a quien tenía que echar de menos y disfruté de la compañía de aquellos con los que iba, me sentí como en casa (igual que cada vez que voy al Reino Unido) y deseé mudarme de nacionalidad (así de chaquetero que es uno y así de poco en serio se toma estos temas), leí y escribí en el avión (a mano, veremos a ver si luego me entiendo la letra), organicé temas y asuntos de la próxima novela en esas largas esperas de autobús y aeropuerto y, en definitiva, decidí escribir esta entrada insulsa para daros envidia y anunciar mi regreso.
He vuelto.
Acabo de llegar de mi periplo por tierras escocesas y, aunque yo era más bien de la novela victoriana, tengo que reconocer que he aprendido a valorar un poco más la locura de esos poetas (y su opio, claro) y el amor que sentían por los paisajes que les vieron crecer. No digo que no me gustaran, de hecho, si una de mis asignaturas preferidas de la carrera fue la literatura del XIX no fue solo por la novela, sino también por los románticos (y eso que yo siempre me he considerado un poco neoclásico) pero, en fin, es un poco difícil de entender ese amor tan exagerado que sienten por la naturaleza si eres extremeño y, bueno, lo más verde que has visto es esa llanura verde casual de cuando ha llovido la noche antes.
Así que me emocioné en las colinas de las Highlands mientras escuchaba la banda sonora de las Crónicas de Narnia, descubrí lo que es el verdadero frío en Loch Lommond esperando a que me hicieran una foto, disfruté en Edimburgo como si fuera la primera vez que iba, eché de menos a quien tenía que echar de menos y disfruté de la compañía de aquellos con los que iba, me sentí como en casa (igual que cada vez que voy al Reino Unido) y deseé mudarme de nacionalidad (así de chaquetero que es uno y así de poco en serio se toma estos temas), leí y escribí en el avión (a mano, veremos a ver si luego me entiendo la letra), organicé temas y asuntos de la próxima novela en esas largas esperas de autobús y aeropuerto y, en definitiva, decidí escribir esta entrada insulsa para daros envidia y anunciar mi regreso.
He vuelto.